Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Da igual lo que diga en voz alta. Sí me arrepiento, solo que no por las razones que debería. Me arrepiento de que nos interrumpieran. Me arrepiento de seguir sintiendo sus manos en mi cintura. Me arrepiento de que cada vez que cierro los ojos, vea su cara.

Pero no puedo decirle eso.

No puedo decírselo a nadie.

El edificio está casi vacío cuando recojo mis cosas.

La oficina está en silencio, salvo por el traqueteo lejano del equipo de limpieza pasando la aspiradora por los pasillos.

Cuando llego al vestíbulo, Nina sigue en su escritorio, con el pintalabios recién retocado y el teléfono cargándose junto a su taza de café.

—¿Todavía estás aquí? —pregunto, sorprendida.

Sonríe.

—Esperando a que me recojan. Brandon viene a buscarme.

—Uy, ¿obligaciones de novio?

Se sonroja y agacha la cabeza.

—Sí. Insistió. Dijo que es demasiado tarde para que vuelva sola a pie.

Le doy un codazo.

—Dile de mi parte que está poniendo el listón demasiado alto.

Se ríe, pero luego su expresión se vuelve un poco más seria.

—Oye... quería decírtelo antes. Tu padre preguntó por Jack.

Se me encoge el estómago. Un escalofrío me recorre el cuerpo.

—¿Qué le dijiste?

—¡Nada! Solo que es nuevo.

—Bien. —Me acerco más y bajo la voz—. No le digas nada más. Si vuelve a preguntar, desvía, distrae, finge un incendio. Activa la alarma. Simula una situación de rehenes. Lo que sea.

Se lleva una mano al pecho como si jurara guardar el secreto con su vida.

—Entendido, jefa. Tu secreto está a salvo conmigo.

Le doy un abrazo rápido y salgo.

El aparcamiento está casi vacío, iluminado solo por unas pocas farolas que proyectan sombras largas y quebradas sobre el asfalto.

El frío del atardecer me muerde la piel, cortante tras el calor del edificio.

Mis tacones repiquetean suavemente al cruzar el hormigón, con una mano aferrada a la correa del bolso.

Pulso el botón del mando. Mi coche parpadea una vez en respuesta.

—Aria Santorelli.

La voz me congela en seco.

Es grave. Áspera. Como grava arrastrada sobre cemento.

Me giro lentamente, con el corazón ya desbocado.

Un hombre sale de entre dos coches aparcados.

Es enjuto, de unos cincuenta y tantos, con mejillas hundidas y ojos demasiado salvajes para alguien en su sano juicio.

Profundas arrugas surcan su rostro como si el estrés se hubiera grabado en cada centímetro de piel.

Le tiemblan las manos a los costados. Se da cuenta de que lo noto, y sus labios se curvan en algo que no llega a ser una sonrisa.

—No me conoces —dice, y da un paso hacia mí—. Pero tu padre sí. Y pagará por lo que hizo.

Abro la boca, pero no me sale nada. Cada instinto me grita que corra, que grite, que haga algo, pero las piernas no me responden. Estoy paralizada, clavada en el sitio por la rabia grabada en su rostro.

Mete la mano en la chaqueta.

Lo veo: solo el borde, reluciendo bajo la luz del aparcamiento.

Una pistola.

Se me corta la respiración. Se me para el corazón. Todo se detiene...

Y entonces algo me golpea la muñeca.

Unos dedos fuertes se cierran en torno a mi brazo y tiran de mí hacia atrás. Tropiezo, jadeo, me giro, justo a tiempo para ver otra figura surgir de la oscuridad.

Jack.

Tiene el rostro rígido, tallado en piedra. Sus ojos se clavan en el hombre armado con una calma letal, el tipo de concentración que no corresponde a un consultor financiero.

Abre de golpe la puerta del copiloto de un coche negro y me empuja dentro. La puerta se cierra a mi espalda antes de que pueda protestar.

Se lanza al asiento del conductor y arranca el motor. Los neumáticos chirrían contra el asfalto cuando salimos disparados del aparcamiento.

Detrás de nosotros, oigo gritos.

Luego un disparo.

El sonido estalla en el aire como un latigazo y me agacho instintivamente, llevándome las manos a la cabeza.

—¡Agáchate! —ladra Jack.

El coche da un volantazo, acelera, y de pronto estamos en la carretera principal, zigzagueando entre el tráfico a una velocidad que debería aterrorizarme. Pero estoy demasiado aturdida para sentir miedo. Demasiado conmocionada para procesar lo que acaba de pasar.

Alguien acaba de intentar matarme.

Por culpa de mi padre.

—¿Quién era ese? —grito, con la voz quebrada—. ¿Qué demonios ha sido eso?

Jack tiene la mandíbula apretada. Los nudillos se le han puesto blancos de aferrar el volante.

—Deberías preguntarle a tu padre.

—¿De qué estás hablando?

Sus ojos se desvían hacia mí, solo un segundo, y lo que veo en ellos me hiela la sangre. No es miedo. No es confusión.

Es certeza.

—No es quien crees que es, Aria.

—No hables así de él.

—Acabo de salvarte la vida.

—¡No te lo pedí!

—Te habría alcanzado una bala antes de que te dieras cuenta de lo que pasaba.

Se me entrecorta la respiración. Me tiemblan tanto las manos que apenas puedo sujetar el teléfono. Lo saco a duras penas del bolso y marco el número de mi padre.

Suena.

Y suena.

Y suena.

No contesta.

Siempre contesta. Siempre. Incluso a las tres de la madrugada, incluso en medio de reuniones, siempre descuelga cuando lo llamo.

—¿Qué me estás ocultando? —susurro, con la mirada clavada en el teléfono.

Jack no responde.

Y el silencio, ese silencio pesado y cargado, es más aterrador que el disparo.

Porque en lo más hondo de mi ser, empiezo a preguntarme si el mensaje de voz tenía razón.

Si las advertencias anónimas tenían razón.

Si todo lo que creía saber sobre mi padre es mentira.