Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

Infiltrarme en el círculo de Damian Santorelli a través de su única debilidad: su hija.

Después, conocer la estructura financiera.

Averiguar quién blanquea qué y dónde. Trazar la cadena de mando.

Nombres. Fechas. Métodos de transferencia.

Creemos que la empresa de Aria se está usando como tapadera para el blanqueo.

Fachadas de diseño benéfico. Obras públicas con dinero sucio por debajo.

Y derribar todo el imperio cueste lo que cueste. Aunque eso incluya a su hija.

—No olvidaré mi misión, señora.

Elaine asiente y desliza una carpeta sellada hacia mí. La cojo y la abro.

Alias: JACK REED

Edad: 35. Antecedentes: Consultor financiero especializado en arquitectura. Licenciado por la Universidad de Míchigan. Trabajó con varias firmas de diseño en Chicago. Consultor independiente en busca de expansión en Nueva York.

La tapadera es buena. No solo creíble: hermética.

—Tu currículum encaja con lo que buscan —dice Elaine—.

Están creciendo rápido. Necesitan a alguien que sirva de enlace entre clientes, comisiones urbanísticas y ejecución de proyectos.

Tienes un historial limpio y recomendaciones falsas que resistirán cualquier comprobación.

En cuanto superes la fase de entrevistas, la fase dos comenzará oficialmente.

Sonrío con ironía. Al universo le encanta gastarme bromas crueles.

Yo me licencié en Míchigan tres años antes de la fecha que figura en el expediente, y de hecho tenía un título en arquitectura.

Los recuerdos de aquella época son tan borrosos que parecen de otra vida.

Un Julian diferente. Uno que pensó que diseñaría edificios en lugar de infiltrarse en imperios criminales.

Pero puedo sacarme algún que otro as de la manga si hace falta.

Asiento y cierro el expediente.

—¿Eso es todo?

Elaine me observa durante un largo momento antes de suspirar.

—Sé que no tengo que decirte esto, pero lo haré. El sexo complica las cosas. Puedes decir que es solo un medio para conseguir un objetivo, pero las emociones pueden ser... traicioneras. Quiero que me garantices que solo va a ser eso. Sexo para obtener información.

—Tiene mi palabra, señora.

—Y cuando llegue el momento de derribar a Santorelli, su imperio y su familia, no dudarás, ¿verdad?

La miro directamente a los ojos.

—No dudaré.

Tardo varios días en familiarizarme por completo con mi alias.

Estudio a Jack Reed como si me preparara para un papel: sus gestos, su forma de hablar, su historial profesional.

Practico su firma hasta que me sale con naturalidad.

Memorizo los nombres de sus colegas ficticios, sus restaurantes favoritos en Chicago, los detalles de proyectos en los que nunca trabajó.

A finales de semana, cuando llega el día de la entrevista, estoy más que preparado.

Zefiro Studios es todo cristal, acero y belleza calculada. El tipo de lugar donde cada superficie refleja poder, donde el aire huele a eucalipto y tinta de impresora, y el silencio está cuidado como si fuera una obra de arte. Hasta el vestíbulo parece juzgarte.

Hay una escultura enorme que me llama la atención de inmediato. Hierro retorcido, dentado y alto, erguida en el centro del vestíbulo como un monumento al caos controlado. Una pequeña placa en su base reza:

El orden nace del caos.

Apropiado. Para ella. Para este lugar. Para lo que estoy a punto de hacer.

Me ajusto la chaqueta y me acerco a la recepcionista, la secretaria de Aria.

No levanta la vista al principio; teclea con furia en su portátil.

Recuerdo algunas cosas de su expediente.

Nina Cosgrove. Lleva casi quince años trabajando aquí, una de las empleadas con más antigüedad.

Enérgica, eficiente, leal. La clase de guardiana que conoce los asuntos de todos y no comparte ninguno.

Tendré que ganarme su confianza en cuanto consiga el puesto.

—Hola —digo con suavidad—. Jack Reed. Tengo una cita a las diez con la Sra. Santorelli.

Sus dedos se detienen en el teclado, luego continúan. Clic-clic-clic.

Ladea la cabeza y recorre la pantalla con la mirada.

—Sr. Reed... ah, sí. La entrevista final de hoy.

Una pequeña sonrisa profesional se dibuja en sus labios.

—La verá ahora.

Me entrega una tarjeta de acceso y señala hacia el ascensor.

—Última planta. Cruce las puertas de cristal.

El ascensor se abre con un suave timbre. Cuando las puertas se cierran, veo mi reflejo en el interior espejado.

Pelo recortado. Barba de tres días, la justa para parecer curtido, no dejado. Traje a medida pero discreto. Todo calculado al milímetro: experiencia creíble, seguridad natural, ningún rastro personal que pueda conducir hasta Julian North.

Me llevó cuatro meses de preparación solo para conseguir esta entrevista.

Tres identidades barajadas y descartadas. Dos referencias falsas creadas desde cero. Una semana viviendo completamente desconectado para borrar cualquier rastro digital.

Estudié el estilo de su empresa como si fuera un idioma.

Pasé noches en vela leyendo cada artículo que había publicado, cada entrevista que había concedido.

Ensayé respuestas a treinta y siete posibles preguntas de entrevista frente al espejo hasta que mi tono sonaba tan natural que me aburría a mí mismo.

Sé todo lo que tengo que decir. Conozco al hombre que finjo ser.

Y conozco a la mujer a la que estoy a punto de enfrentarme.

O eso creía.

Las puertas del ascensor se abren.

La última planta es más silenciosa que el resto del edificio. Inquietantemente silenciosa. Solo hay dos personas aquí, apostadas al final del pasillo, flanqueando las puertas de cristal del despacho de Aria. Visten de negro, fornidas donde hay que serlo. No son recepcionistas.

Guardaespaldas.

Quizá Aria Santorelli no sea tan impoluta como indican sus registros.

Me detengo ante su puerta, me presiono dos dedos contra la muñeca y me tomo el pulso.

Constante. Concentrado. Acero.

Los guardias me saludan con un gesto y se apartan. Llamo una vez y empujo la puerta.

Está detrás del escritorio, hojeando un expediente grueso. Lleva las mangas de la blusa color crema remangadas hasta los codos, lo que deja a la vista unos antebrazos delgados y fuertes. Falda oscura, de tubo, impecable. El pelo recogido en un moño bajo, ni un mechón fuera de lugar.

Sin joyas. Sin distracciones visibles.

Maquillaje mínimo, si es que lleva. El justo para que los pómulos parezcan tallados en mármol y esos ojos —esos ojos implacables color tormenta— resulten aún más afilados de lo que recordaba.

El pulso me da un vuelco. Me traiciona.

Creía haber superado aquella noche de pasión. Creía haberla enterrado tan hondo que volver a verla no sería más que un ejercicio de reconocimiento.

Me equivocaba.

He visto su cuerpo arquearse bajo el mío. He memorizado el sonido que hace cuando se corre. La he abrazado después, he sentido cómo su respiración se ralentizaba contra mi pecho, sus dedos dibujando formas perezosas sobre mi piel.

¿Cómo demonios puede un hombre olvidar a una mujer así?

Levanta la vista.

Y se queda paralizada.

Nuestras miradas se cruzan. Durante un largo momento, ninguno de los dos dice nada. El aire entre nosotros crepita con algo tácito: reconocimiento, tensión, el fantasma de lo que hicimos en aquella habitación de hotel.

Entonces, de pronto, recuerdo unas palabras que me persiguen desde hace tres años:

El señor Santorelli le envía saludos.

La voz temblorosa del repartidor. La caja en sus manos. La explosión que me lo arrebató todo.

Me recuerdo por qué estoy aquí.

Tengo que acabar con Damian Santorelli. Y lo haré.

Aunque eso signifique destruir a la mujer que tengo delante.