Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

JULIAN

Despierto empalmado y solo.

La sábana a mi lado está fría. Su aroma persiste —vainilla, champán y sudor— pero ella se ha ido.

Recuerdo su aspecto de anoche: el cabello suelto de ese moño apretado que llevaba en la gala, mechones oscuros cayéndole por la espalda como tinta.

Su vestido dorado quedó arrugado a sus pies cuando se lo quité.

Piel suave que brillaba incluso bajo la tenue luz del hotel. Piernas largas, muslos firmes, esa clavícula marcada que besé más de una vez. Tenía los labios carnosos, un poco altivos cuando sonreía, y sus ojos —marrón oscuro, indescifrables— permanecieron clavados en los míos todo el maldito rato.

Como si no me tuviera miedo.

Me quedo mirando el espacio vacío donde durmió, con el brazo extendido sobre el colchón como si fuera a reaparecer si espero lo suficiente.

Pero no.

Me incorporo y me paso una mano por la mandíbula.

Todavía tengo la espalda marcada por sus uñas —noto el escozor cuando me estiro.

Me duelen los muslos donde ella me rodeó con las piernas y me atrajo más adentro.

Recuerdo cómo gimió contra mi boca, cómo se estremeció cuando la deshice con la lengua, cómo se corrió rápido, luego lento, luego rápido otra vez.

Cada sonido que hizo anoche está grabado a fuego en mi cabeza.

Debería haber sabido que desaparecería. De hecho, lo esperaba.

Según su perfil, Aria Santorelli no se relaciona con desconocidos ni con nadie fuera de su círculo íntimo.

Es cautelosa hasta rayar en la paranoia —un rasgo que aprendió de su padre.

Pasé un día entero antes de la gala intentando encontrar la mejor manera de acercarme a ella e iniciar la fase uno de mi misión.

Derramarle una bebida encima, confundirla con otra persona, una propuesta de negocios forzada... Lo consideré todo.

No se me ocurrió nada.

Pero gracias a un imbécil como Langston y a un poco de suerte, tuve mi oportunidad.

Y entonces las cosas se... complicaron.

El plan era solo ganarme su confianza. Convertirme en un rostro familiar para que la fase dos transcurriera sin problemas. No esperaba que fuera tan... acogedora. Impresionantemente hermosa. Elegante de una manera que no tenía nada que ver con su vestido y todo con cómo se movía.

No esperaba que me mirara como si me deseara.

Y desde luego no esperaba que me dejara besar esos labios carnosos y preciosos.

Anoche fue la noche más inesperada de mis veinte años como agente de campo. Y para ser sincero, no sé si cumplí o arruiné mi misión.

¿El plan era acercarme a ella por cualquier medio posible? Sí.

¿Ese plan incluía sexo alucinante? Rotundamente no.

Gruño y por fin me levanto de la cama, echando un vistazo a la suite. La luz del sol atraviesa las cortinas e ilumina el desastre que dejamos —almohadas en el suelo, mi chaqueta arrugada junto a la puerta, las sábanas revueltas como si algo violento hubiera ocurrido en ellas.

Y algo ocurrió. Solo que no la clase de violencia para la que me entrenaron.

Hay un papel doblado en la mesita de noche. Su letra es pulcra, pura curvas y bucles. Femenina, controlada.

Anoche fue... no lo que esperaba. En el mejor sentido.

Siento no poder quedarme. Parecías de los que no les importa que una se escabulla sin despedirse.

El desayuno corre de mi cuenta.

—A.

Paso los dedos por la nota, recorriendo las marcas que su bolígrafo dejó en el papel. Luego la doblo y me la guardo en el bolsillo.

No sé por qué la guardo. Debería tirarla. Es la prueba de una complicación que no planeé.

Pero no consigo hacerlo.

Me visto despacio, cada prenda una armadura que no llevaba anoche. Sacudo la chaqueta en el aire para quitarle las arrugas y me la pongo. Ajusto la correa del reloj. Me paso los dedos por el pelo.

No puedo quedarme aquí sentado todo el día preguntándome si lo que hice anoche estuvo bien o mal. La misión era acercarme a la empresaria más cautelosa del país. El cómo no es asunto mío.

Al menos, eso es lo que me digo.

Bajo a por el coche y conduzco directo al trabajo.

Durante los últimos tres años —desde la explosión— acabar con Damian Santorelli y su imperio ha sido mi única misión.

Mi único propósito. La razón por la que me levanto de la cama, la razón por la que no me he volado la tapa de los sesos en las noches malas.

Necesito hacer mi informe y pasar a la fase dos cuanto antes.

Cuando llego a la Sede de la CIA, la noto más fría de lo habitual.

No físicamente. La calefacción funciona bien y no hay nada especialmente distinto en el edificio. Pero algo en mi pecho está mal. Vacío. Torcido. No logro identificar qué es exactamente.

Observo lo que me rodea mientras camino.

Las paredes blancas son estériles, casi clínicas.

Las luces del techo brillan con demasiada intensidad, como si intentaran exponer cada secreto que llevas encima.

Cada paso resuena como un disparo. Siempre he pensado que este lugar olvidó cómo respirar después de que Walter —la única figura paterna que tuve— saltara por los aires por orden de Santorelli.

Hoy la sensación es peor.

Paso la tarjeta por tres niveles de seguridad. Saludo con la cabeza a dos agentes con los que solía entrenar.

—Agente North —dice Timothy al cruzarme con él. Llevamos casi diez años entrenando juntos como agentes de campo, y aun así no puedo llamarlo amigo.

—Tim —respondo con un asentimiento cortés.

Y repito el ciclo —nombre, asentimiento, seguir adelante— con cada cara conocida que me cruzo. Pero nadie me sonríe, y yo tampoco sonrío a nadie.

Aquí nadie sonríe.

No hay lugar para la calidez en un sitio que trafica con secretos y daños colaterales.

Mis botas me llevan por el ala este como si hubiera recorrido esta ruta mil veces. Y así es. Pero ahora todo parece distinto. Una sensación de inquietud me invade y se me asienta en el estómago como comida en mal estado. Siento que he hecho algo prohibido.

La sensación es irracional. Perturbadora.

Muchos agentes han hecho cosas peores que comerle el coño a alguien para acercarse a un objetivo.

Cuando voy a guardarme la tarjeta de acceso en el bolsillo, los dedos rozan algo.

La nota de Aria.

No sé por qué no la tiré. Pero ahora que la tengo en la mano, me asaltan destellos de recuerdos. Su espalda arqueándose. Sus uñas clavándose en mis hombros. El sonido que hizo cuando me hundí dentro de ella: mitad jadeo, mitad gemido, pura rendición.

Intento apartar las imágenes de mi mente mientras llego a mi taquilla y saco un expediente, pero los recuerdos están demasiado frescos para olvidarlos.

El expediente lleva las palabras MÁXIMA AUTORIZACIÓN selladas en rojo. Justo debajo, su nombre aparece en negrita:

ARIA SANTORELLI

Objetivo Principal.

Exhalo por la nariz, agarro el expediente con fuerza y me dirijo a la oficina de la Subdirectora. La mujer que sustituyó a Walter en esta división.

Entro en la sala de operaciones con paredes de cristal.

Elaine Massey ya está esperando. Es tan formidable como una cámara acorazada y tan afilada como un bisturí. Lleva el cabello recogido en un severo moño gris, sin un solo mechón fuera de lugar. Su traje es gris marengo, impecable. Sus ojos no pierden detalle.

No es como Walter, y no intenta serlo.

Walter tenía fe. Creía en el instinto. Se fiaba de sus tripas, de sus agentes, de que hacer lo correcto acabaría llevando al resultado correcto.

Elaine tiene números. Estadísticas. Probabilidad. No cree en nada que no pueda cuantificar.

—Llegas tarde —dice.

—No es cierto —respondo—. Tenía que presentarme a primera hora de la mañana, y eso es exactamente lo que he hecho.

No discute. Nunca pierde tiempo en lo irrelevante. Sus ojos se fijan en el expediente que llevo en la mano.

—Te escucho.

Coloco el expediente sobre la mesa, pero no lo abro.

—Aria Santorelli es inteligente y tiene la cabeza fría.

Hasta ahora, no hemos encontrado rastro de vínculos criminales.

Ni una sola señal de alerta en sus cuentas personales.

Ninguna actividad transfronteriza. Ninguna comunicación encriptada.

Ni siquiera una multa de tráfico —hago una pausa—.

No es de las que dejan entrar fácilmente a la gente, y no se deja intimidar por nadie.

Es ambiciosa y hace lo necesario para lograr sus objetivos, aunque eso implique fingir sonrisas y tragar mierda.

Elaine cruza los brazos.

—¿Obtuviste todo eso en una noche?

—La mayor parte viene de un año de investigación de antecedentes. El resto lo confirmé en unos minutos de conversación... y entre sus muslos.

Eso me vale el más leve arqueo de ceja.

—Acostarte con ella no era parte de la misión.

—Hice lo necesario para acercarme al objetivo. Nada más.

Elaine frunce el ceño.

—Pareces comprometido.

Meto la mano en el bolsillo, palpo la esquina de la nota y aprieto hasta que el borde del papel se me clava en la yema del dedo.

—No lo estoy.

—Agente North...

—Aria Santorelli es la hija de uno de los criminales más peligrosos de la ciudad.

Eso también la convierte en peligrosa —mantengo la voz neutra, profesional—.

Con gente así, la forma más fácil de que cometan un error es por el corazón.

Creo que con nuestra... interacción de anoche, voy por buen camino.

Esa es la única razón por la que hice lo que hice, señora.

Me mira como si intentara leerme la mente, diseccionando cada microexpresión, cada contracción muscular. Luego mira el expediente sobre la mesa y lo golpetea con un dedo de manicura perfecta.

Elaine dejó claro cuando aceptó este puesto que yo no le caía bien. Demasiado imprudente, dijo. Demasiado emocional. Pero tampoco negó que yo era el más indicado para llevar este caso.

—Bueno —dice finalmente—, el sexo no es mala forma de acercarse al objetivo. Siempre que no olvides tu misión.

Tengo la misión memorizada. Palabra por palabra.