CAPÍTULO 1
ARIA
Lo único peor que un hombre diciéndome que me quede quieta y ponga cara bonita es un técnico de iluminación diciéndome que no puede «encontrar mi lado bueno».
—Tienes dos minutos para arreglar ese foco, o bajaré yo misma esa bombilla y te la meteré por—
—Señorita Santorelli —jadea mi asistente detrás de mí.
Ajusto el escote de mi vestido de satén, fuerzo una sonrisa y me alejo del escenario.
La sala de la gala es sencillamente impresionante: candelabros dorados goteando cristal, suelos de mármol negro pulidos hasta brillar como espejos, camareros con guantes blancos equilibrando bandejas de champán como bailarines entrenados.
Yo lo diseñé así. Cada detalle, desde los centros de mesa de orquídeas hasta el aroma difundido por las rejillas de ventilación —bergamota y cuero, cálido pero no empalagoso— estaba calculado para que la gente sintiera que había entrado en un mundo donde el dinero no solo se gastaba, se adoraba.
Y este técnico de iluminación idiota quiere arruinar mi obra maestra con un foco que hace que el escenario parezca la escena de un crimen.
Esto no es solo una gala. Es un campo de pruebas. He pasado la mayor parte de mi vida tratando de demostrar lo que valgo: a inversores, a competidores, a cada hombre que me miró y vio a la hija de mi padre en lugar de a una arquitecta. Esta noche no es diferente.
—Rina, coloca a las modelos en posición —digo, cruzando el salón de baile—. Nada de labios rojos. Solo paleta nude. Y si veo una uña astillada, está fuera.
Rina asiente y desaparece; el repiqueteo de sus tacones resuena contra la piedra pulida.
El teléfono vibra dentro del bolso de mano. Se me revuelve el estómago antes siquiera de mirar la pantalla.
Número desconocido. Un mensaje de voz.
No lo escucho.
Ya sé lo que es: otro mensaje anónimo advirtiéndome sobre mi padre, diciéndome que es un hombre malvado que mata gente, trafica con drogas y destruye vidas. Recibo este tipo de mensajes al menos dos veces por semana. A veces más.
No me creo ninguno.
Mi padre es un hombre de éxito, y siempre habrá rumores sobre los hombres de éxito. La gente envidia el poder. Teme lo que no entiende. Inventa historias para explicar por qué otros tienen más que ellos.
Borro el mensaje y tomo nota mental de cambiar de número otra vez.
Mi padre es un buen hombre. Me quiere. Me ha protegido toda mi vida. Eso es todo lo que necesito saber.
Esta noche es la presentación más importante de mi vida.
El Grupo Hotelero Vanderbilt por fin está considerando firmas externas.
Si consigo este contrato de diseño, mi estudio pasa a ser internacional.
Internacional de verdad, no del tipo en el que abres una oficina satélite en Toronto y lo llamas expansión. Hablo de Dubái. Singapur. Londres.
Se acabaron los susurros sobre mi apellido. Se acabaron los favores por la puerta de atrás. Se acabó que me subestimen.
Treinta minutos después, tras gritar instrucciones y apagar fuegos, la fiesta comienza oficialmente.
El salón de baile rebosa dinero: dinero viejo, dinero heredado, dinero que no ha trabajado un día en su vida.
La élite de Manhattan se mezcla bajo los candelabros como depredadores en un abrevadero, evaluándose unos a otros mientras fingen charlar de banalidades.
Todos aquí van vestidos con armadura: esmóquines, alta costura, arrogancia. Y yo no soy la excepción.
Mi vestido de satén dorado está confeccionado para imponer, no para seducir. La espalda cae lo bastante como para mostrar las horas que he pasado en Pilates, pero el escote no. Se ciñe a curvas que he ganado con disciplina, no con vanidad. Mis tacones son afilados. Mi paciencia no.
El aire huele a champán y perfume caro: Chanel, Tom Ford, algo almizclado que podría ser oud. Es sofocante, como si todos compitieran por oler mejor que el de al lado. La combinación me revuelve el estómago, pero aguanto. He soportado cosas peores.
Rodeo el borde de la sala, recorriendo la multitud con la mirada. No dejo de moverme: la quietud es una debilidad. Una de las muchas lecciones que mi padre me inculcó desde niña. Sigue moviéndote, principessa. Un blanco inmóvil es un blanco fácil.
Saludo con la cabeza al CEO de una marca hotelera boutique, un hombre con el que trabajé en un resort de playa en los Hamptons el año pasado. Sonrío a una socialité que una vez me llamó «la hija de la mafia» en una cena benéfica. Su rostro palidece. Aparta la mirada primero.
Bien.
Por fin encuentro al hombre que busco. El hombre cuya presencia es el noventa por ciento de la razón por la que este evento existe siquiera.
Edward Langston.
Sesenta y tres años. Cabello gris acero peinado con fuerza contra el cráneo, como si intentara aplastar los años de vuelta dentro de su cabeza.
Traje de rayas hortera con el cuello deshilachado, ese tipo de «me da igual» que solo los multimillonarios pueden permitirse.
Anillo de meñique que brilla como una peineta al buen gusto.
Estrecha manos como si le hiciera un favor a la gente con solo respirar su aire.
¿Su reputación? Despiadado. Misógino. Imposible de impresionar.
Es el guardián de la puerta. La clave para conseguir este contrato.
Y por mucho que lo odie, por mucho que lo último que quiera sea hacerle la pelota a este hombre, me recuerdo por décima vez hoy por qué esto es importante. Si gano este contrato, dejarán de subestimarme por no tener pene ni anillo de casada.
Si esto es lo que hace falta para que reconozcan lo que valgo, puedo ser amable con este imbécil unos minutos.
Cuadro los hombros y camino hacia él.
—Sr. Langston —digo, extendiendo la mano—. Aria Santorelli. Fundadora y arquitecta principal de Zefiro Studios.
Su mirada se desliza por mi cuerpo como si estuviera evaluando un coche que no cree que yo merezca conducir. Me mira así durante varios segundos interminables —pecho, caderas, piernas, otra vez a la cara— y sigue sin estrecharme la mano.
—No esperaba una modelo de pasarela —dice—. Pensé que serías mayor. O que al menos llevarías americana.
No pierdo la sonrisa.
—No esperaba que un hombre con anillo de meñique controlara una cartera de mil millones de dólares, pero aquí estamos.
Resopla.
—Tienes garra, bonita. Me gusta. Si trabajaras para mí, te tendría cerca.
—No llevo bien las correas.
Eso le arranca una carcajada, más genuina de lo que esperaba.
—De acuerdo, señorita Santorelli. Tiene mi atención. No la desperdicie.
Respiro hondo y me lanzo con mi presentación. Pulida. Precisa. Respaldada por estudios de mercado y proyecciones de ingeniería. Saco la tableta y le muestro renderizados en 3D, modelos de iluminación, datos de sostenibilidad y retornos proyectados basados en casos comparables.
He practicado esta presentación más veces de las que he dormido esta semana. Cada palabra está calibrada. Cada pausa, intencionada.
Apenas mira la tableta.
Tiene los ojos clavados en mi pecho, y lucho contra el impulso de estamparle la pantalla en esa cara de engreído.
—Sr. Langston. ¿Me está escuchando?
Se ríe, una carcajada grave y grosera que me recorre la espalda como un escalofrío.
—Aria, voy a ser honesto contigo. Me importan un bledo los paneles solares y los muebles escandinavos —dice, agitando la mano como si espantara un mosquito—. Lo que me importa es que la gente quiera follar en las habitaciones de mi hotel.
Me quedo paralizada.
—¿Perdón?
—Me estás vendiendo un ambiente, ¿no? Pues véndeme eso. Véndeme eso como si yo fuera un tío de paso por la ciudad con su amante. Convénceme de que a mis clientes no se les va a bajar mirando tus bonitas lamparitas.
Se me tensa la mandíbula. Me arde la piel de vergüenza, de rabia, de contenerme.
Estoy acostumbrada a esto. Estoy acostumbrada a hombres groseros que me menosprecian, que le hablan a mis tetas en lugar de a mi cara, que reducen todo lo que he construido a mi cuerpo.
Hasta cierto punto, me esperaba esto de Langston.
Pero joder... aun así duele.
Abro la boca para responder —Dios, quiero destrozarlo tanto que me duelen los dientes— pero entonces:
Una voz irrumpe.
—Se da cuenta de que ella no se está vendiendo a sí misma ni vendiendo prostitutas. Está vendiendo una visión.
La voz es grave y segura. Tiene un matiz peligroso que hace que hombres como Langston se queden sin aliento.
Me giro.
Y me encuentro mirando al hombre más guapo que he visto en mucho, mucho tiempo.
Es alto —fácilmente metro ochenta y ocho— y tiene unos hombros anchos que llenan el traje como si se lo hubieran cosido a la piel.
Pelo negro azabache, con algunos mechones sueltos como si se hubiera pasado la mano por costumbre.
Mandíbula marcada, ensombrecida por varios días de barba.
El traje negro no lleva corbata, y sin embargo parece un perfecto caballero.
Pero lleva la camisa desabrochada lo justo para insinuar que es un peligro.
Sus ojos encuentran los míos, y todo en mi interior se paraliza.
Azules. Intensos. Demasiado penetrantes.
Como si viera a través de la armadura que llevo años construyendo.
Langston frunce el ceño.
—¿Quién demonios eres tú?
El desconocido da un paso adelante, lo justo para plantarse entre el hombre mayor y yo.
—Alguien que ya ha oído bastante.
Langston resopla.
—Bueno, pues quizá tú deberías presentarme tu hotelito de ensueño, amigo. La mujer está intentando demostrarme lo que vale, y yo le estoy dando consejos sobre cómo hacerlo mejor.
—No creo que una mujer como ella necesite demostrarle nada a usted —dice el hombre, tranquilo pero firme.
Algo cruza el rostro de Langston: sorpresa, tal vez, o el escozor desconocido de que alguien le plante cara. Su expresión se tuerce, como si estuviera debatiendo entre discutir o largarse.
Opta por murmurar algo entre dientes y darse la vuelta, desapareciendo entre la multitud como una rata que huye de un foco.
Bueno. Ahí se fue mi oportunidad de conseguir este contrato.