Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos) PRÓLOGO
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Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos)

Protegida por el impostor (Los protectores prohibidos)

Por Kayla Martyn

© inepub.com

PRÓLOGO

Si hubiera esperado cinco segundos más antes de derribar la puerta del almacén, no estaría sentado aquí, frente a un pelotón de fusilamiento trajeado.

La sala de conferencias parece encogerse, como si las paredes se acercaran poco a poco.

Seis ejecutivos rodean una larga mesa de cristal, con expresiones neutras cinceladas en rostros que han enviado a hombres a la tumba profesional con solo arquear una ceja.

Altos mandos de la CIA: rostros de piedra, trajes impecables, fingiendo que esto es una audiencia.

No lo es.

Es un funeral.

El mío.

Todavía tengo los nudillos en carne viva de forzar esa cerradura. El polvo del almacén aún cubre mis botas porque ni siquiera tuve tiempo de ducharme antes de que dos de los tipos más corpulentos de la agencia me arrastraran hasta aquí. No es que importara. Vine por voluntad propia.

Walter permanece de pie al otro extremo de la sala. Es el único en pie. Tiene los ojos grises inyectados en sangre, con arrugas más profundas de las que recuerdo. Parece exhausto. O decepcionado. Quizás ambas cosas.

—Ya sabes por qué —digo.

Walter aprieta la mandíbula.

—Eres un agente de campo de la CIA, North. No un justiciero.

—Encontré pruebas...

—Encontraste una caja —espeta.

—Y un libro de contabilidad con rutas portuarias vinculadas a los alias de Santorelli. Dos de esos alias estaban marcados en los informes de la DEA...

Su mano corta el aire.

—Da igual que tuvieras a Santorelli en vídeo confesando todos los delitos habidos y por haber. Actuaste solo. Violaste el protocolo. Entraste sin autorización en un sitio protegido vinculado a un acuerdo diplomático en curso. Tienes suerte de seguir llevando esa placa.

Peterson, subdirector de Operaciones, se inclina hacia delante y se ajusta las gafas, como si estuviera a punto de leer mi elogio fúnebre.

—Esta agencia se mueve por inteligencia —dice—. No por instinto. Sin base legal, tus acciones fueron imprudentes... e ilegales.

Me vuelvo hacia él.

—Esperar a tener «base legal» es lo que hace que tipos como Santorelli sigan siendo intocables.

Un murmullo recorre la sala.

Uno de los trajes más nuevos interviene, con la voz rezumando condescendencia.

—¿Acaso entiendes las consecuencias si te equivocas?

—No me equivoco.

—Entonces reza para que sea así —dice—. Porque acabas de meter la mano en un avispero lleno de cuchillos.

Vuelvo a mirar a Walter. Su expresión cambia: algo se tensa. Algo se quiebra.

—Fuiste tú quien me dijo que tenía los mejores instintos que habías visto en veinte años —digo en voz baja—. Dijiste que confiabas en mí.

—Sigo confiando —admite, apartando la mirada.

—Entonces respáldame.

—No es cuestión de confianza —dice—. Es cuestión de lo que podemos demostrar. Y ahora mismo... no podemos demostrar una maldita cosa.

Baja la voz aún más.

—¿Cuál fue la lección más importante que te enseñé en tu primera misión?

Todas las acciones tienen consecuencias.

No respondo. No hace falta.

—Se acabó para ti —dice.

Las palabras golpean como un puñetazo. Peterson asiente. La audiencia —el funeral— termina.

Me levanto. El pulso me ruge en los oídos. Quiero discutir. Quiero lanzar una silla. Quiero que lo entiendan.

Pero me limito a asentir una vez hacia Walter. No es respeto.

Es duelo.

Salgo de la sala. La puerta se cierra a mi espalda con un clic.

El pasillo está demasiado silencioso, demasiado iluminado. Mis botas resuenan mientras camino. La ira y la incredulidad me bullen bajo las costillas. Están protegiendo a Santorelli. O peor: le tienen miedo.

—Disculpe —murmura alguien.

Me doy la vuelta. Un repartidor pasa junto a mí: joven, poco más de veinte años, complexión delgada, gorra calada hasta los ojos.

Tiene la piel morena pálida bajo las luces fluorescentes.

Lleva un paquete marrón corriente como si fuera a explotar.

Le tiemblan las manos. Le perla el sudor en la frente.

Paso junto a él con el ceño fruncido. Algo no cuadra.

Vacila ante la puerta de la oficina. Un paso adelante, uno atrás. Paralizado. Aterrorizado.

—Eh —digo—. ¿De quién es el paquete?

Se estremece.

—¿Qué hay en la caja? —pregunto, alzando la voz.

El temblor se intensifica. Entonces alza la voz hacia la puerta.

—El señor Santorelli le envía saludos.

Me lanzo hacia él, pero no soy lo bastante rápido.

La explosión desgarra el mundo.

Calor. Fuego. Gritos.

La onda expansiva me golpea como un tren de mercancías. Salgo disparado hacia atrás y me estrello contra el suelo mientras el dolor me estalla en las costillas.

El humo me llena los pulmones. La sangre me inunda los oídos. Intento arrastrarme. No puedo.

La oficina de Walter arde envuelta en llamas. El techo se ha derrumbado. Las paredes, reventadas. La mesa de cristal ha desaparecido: solo quedan esquirlas brillantes en el suelo. Los trajes que estaban sentados alrededor...

Han desaparecido.

Un trozo de papel quemado flota en el aire. La foto de familia de Walter. La que llevaba veinte años en su escritorio.

Se enrolla, se ennegrece y desaparece entre las llamas.

El calor lo devora todo.

Después, la oscuridad me devora a mí.