Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 7
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Capítulo 7

CAPÍTULO SIETE

Isabella

La luz de la mañana baña la mansión de Nathan en un resplandor dorado mientras me miro al espejo y aliso el vestido de seda que él me ayudó a elegir.

Es elegante, mucho más que cualquier cosa que haya llevado antes.

El suave tono champán favorece mi piel y la tela se ciñe a mi cuerpo de una forma que me hace sentir guapa, aunque también un poco fuera de lugar.

El cuello alto y la cintura entallada le dan un aire regio, pero yo siento más bien que estoy jugando a disfrazarme, no que forme parte de este mundo.

—¿Han venido en su avión privado solo para conocerme? —susurro. El corazón se me acelera cuando miro por encima del hombro hacia Nathan. Está apoyado en el marco de la puerta, observándome con esa mirada tierna y posesiva que me agita el pulso.

—Tienen muchas ganas de conocerte —dice Nathan mientras se acerca. Me rodea la cintura con las manos y me atrae contra su pecho—. Eres la persona más importante de mi vida. Claro que quieren conocerte.

Trago saliva y aliso nerviosa la tela del vestido con los dedos. —¿Y si no les caigo bien? ¿Y si piensan que todo esto va... demasiado rápido?

Nathan me vuelve hacia él y me toma la cara entre las manos. —Les vas a encantar —murmura con voz cálida y segura—. Y aunque no fuera así, para mí no cambiaría nada.

Se inclina y me besa con suavidad en los labios. Por un momento, la opresión que siento en el pecho se alivia. Tiene una forma de hacer que todo parezca más sencillo, de devolverme a tierra cuando siento que me alejo demasiado.

Sonrío, aunque con inseguridad. —Es que estoy... nerviosa.

Sus labios rozan mi frente y me susurra: —No lo estés. Estaré a tu lado todo el tiempo.

El repiqueteo de los tacones sobre el suelo de mármol resuena por el majestuoso vestíbulo mientras bajamos a conocer a su familia.

Al entrar en la estancia, el corazón me da un vuelco.

James, el padre de Nathan, se alza imponente; el pelo plateado y la mirada penetrante le dan todo el aspecto de hombre poderoso que es.

A su lado, Catherine irradia gracia y elegancia, con el pelo rubio perfectamente peinado y un vestido que le sienta como un guante.

Y luego está Henry, el hermano menor de Nathan, que aún va al instituto, pero ya se mueve con la misma seguridad que el resto de su familia.

—Usted debe de ser Isabella —dice Catherine, adelantándose con una sonrisa cálida pero impecable—. Hemos oído hablar mucho de usted.

Intento devolverle la sonrisa, pero los nervios me lo ponen difícil. —Es un placer... conocerla —digo en voz baja, casi en un susurro.

Cuando doy un paso hacia ella para estrecharle la mano, el tacón se me engancha en el borde de la alfombra y tropiezo.

El corazón me da un vuelco y el pánico se apodera de mí mientras agito los brazos en busca del equilibrio.

Pero, antes de que caiga al suelo, las manos de Nathan me sujetan y me estabilizan.

Su contacto es firme, tranquilizador. Cuando levanto la vista hacia él, espero encontrar diversión en sus ojos, pero solo veo ternura. Ni me juzga ni se burla de mí: solo hay amor.

—No pasa nada —murmura, apoyándome una mano con delicadeza en la espalda mientras me ayuda a recobrar el equilibrio.

Me arden las mejillas de vergüenza, pero su serenidad alivia un poco mi tensión. Aun así, siento que ya he causado una impresión espantosa.

La comida se sirve en el majestuoso comedor, en una mesa dispuesta con vajilla de porcelana fina y copas de cristal.

Todo es perfecto, desde las flores exquisitamente arregladas en el centro de la mesa hasta la presentación impecable de los platos.

Y, sin embargo, me siento completamente fuera de lugar.

—Bueno, Isabella —dice Catherine mientras toma un sorbo de vino—. Háblenos de usted. ¿De dónde es?

Vacilo y miro a Nathan, pero, antes de que pueda hablar, él interviene con naturalidad. —Isabella ha pasado por muchas cosas últimamente —dice con voz serena y controlada—. Pero ahora preferimos centrarnos en el presente.

Catherine asiente sin perder la sonrisa, aunque noto el peso de su curiosidad.

Sé que quieren saber más de mí, de dónde vengo y a qué me dedico, pero ¿cómo les explico que acabo de perder mi trabajo, que no tengo un céntimo y que llevo tiempo huyendo de mi pasado? ¿Cómo les explico que no encajo aquí?

Después, la conversación pasa a temas más fáciles: el trabajo de Nathan, los planes de Henry para la universidad y la vida de la familia en la localidad isleña a la que se han mudado.

Pero no consigo quitarme de encima la sensación de que me están evaluando, de que intentan averiguar si soy lo bastante buena para su hijo.

Después de comer, Nathan se disculpa y se va a hablar con su familia a otra habitación, dejándome sola en la sala de estar.

Intento entretenerme, pero no dejo de darle vueltas a todo.

No encajo aquí. No tengo sitio en este mundo de aviones privados, ropa de diseño y familias que viven en islas.

Y ahora oigo la voz de James al otro lado de la puerta, cortante y llena de desaprobación.

—No puedes hablar en serio, Nathan. Solo han pasado dos días. Sé razonable.

Se me encoge el estómago. Sabía que esto era demasiado bonito para ser verdad. La familia de Nathan se da cuenta. Saben que no encajo aquí. No puedo quedarme. Tengo que irme antes de empeorar las cosas.

Nathan

En cuanto nos sentamos en el despacho, sé que esta conversación es inevitable. Mi padre me ha observado con atención todo el día; a sus ojos penetrantes no se les escapa nada. Nunca he dudado de que me quiere, pero sé que no entiende lo en serio que voy con Isabella. Todavía no.

—No puedes hablar en serio, Nathan —dice mi padre con voz baja y controlada—. Solo han pasado dos días. Sé razonable.

Le sostengo la mirada, decidido a no ceder. —Estoy siendo razonable. La quiero.

James entorna los ojos y me examina como si fuera uno de sus negocios y necesitara estudiarme más a fondo. —¿La quieres? ¿Después de dos días?

Respiro hondo y procuro mantener la calma en la voz. —Sí. Sé que parece precipitado, pero esto es distinto. Nunca había sentido algo así por nadie. No es algo pasajero. Es ella con quien quiero estar.

Catherine interviene con un tono suave y comprensivo. —El amor es el amor —dice con delicadeza, mirando a mi padre—. Ya sabes que tu padre y yo nos prometimos después de solo un mes.

James gruñe, pero veo que empieza a relajársele el rostro. —Aquello fue diferente.

—¿Lo fue? —pregunta ella con una leve sonrisa—. ¿O es lo mismo, solo que más rápido?

Los miro a los dos, con el corazón latiéndome con fuerza. —Esto es distinto —digo en voz baja, pero firme—. No sé explicarlo..., pero sé que no puedo perderla.

Durante un momento, la habitación queda en silencio. Entonces, mi padre deja escapar un largo suspiro. —De acuerdo —dice, asintiendo despacio—. Si estás seguro de esto, Nathan..., tienes mi bendición.

Me invade el alivio, pero, antes de que pueda responder, mi madre sonríe con afecto. —¿Te gustaría darle el anillo de tu abuela? —pregunta en voz baja—. Está en la caja fuerte. Es precioso. Ella querría que lo tuvieras.

Henry, que ha estado escuchando en silencio, suelta un silbido quedo y sonríe. —Joder, Nathan. Ese anillo es increíble. Menudo afortunado.

Recorremos los pasillos de la mansión mientras el corazón se me acelera de expectación. Nunca he estado más seguro de nada en mi vida y ahora, al abrir la caja fuerte y sacar el estuche del anillo, siento que todo... encaja.

Dentro está el anillo más impresionante que he visto jamás.

El aro es delicado pero resistente, con un intrincado trabajo de filigrana que rodea la piedra central: un diamante deslumbrante que parece brillar con luz propia.

Es una joya clásica y elegante, y representa todo lo que quiero ofrecerle a Isabella.

Mi madre sonríe mientras me observa sostener el anillo, con los ojos llenos de emoción. —Dirá que sí.

Asiento, con un nudo en la garganta. —Tiene que hacerlo.

Cuando regresamos a la parte principal de la mansión, ya estoy haciendo planes a toda velocidad. Voy a pedírselo esta noche. Voy a hacer que sea mía para siempre. Pero, antes de que pueda poner el plan en marcha, Teresa se acerca a toda prisa, pálida y preocupada.

—Señor... Isabella se ha ido.