Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

CAPÍTULO OCHO

Isabella

El aire frío me muerde la piel mientras espero el taxi al final del largo camino de entrada a la casa de Nathan, abrazándome a mí misma.

El corazón me golpea en el pecho y las lágrimas me escuecen en los ojos.

Me voy. Este no es mi sitio. Este mundo, el mundo de Nathan, me viene grande.

Nunca encajaré. Nunca estaré a la altura.

Vuelvo la vista hacia la mansión, cuya imponente fachada se alza a lo lejos, y se me encoge el pecho.

No quiero dejarlo, pero no tengo elección.

Su padre tenía razón. Esto es una locura.

No soy más que una chica que no tiene nada: ni trabajo, ni familia, ni futuro.

Lo único que aporto a la vida de Nathan son problemas.

La cita desastrosa que nos unió, el vecino inquietante, el desastre en que se ha convertido mi vida. No tengo nada que ofrecerle.

Las lágrimas me resbalan por las mejillas al pensar en lo increíble que es Nathan: tan guapo, tan poderoso, tan dueño de sí mismo. Y, en el fondo, sé que nunca estaré a su altura. Nunca estaré a la altura de su familia.

De pronto, oigo pasos a mi espalda y, antes de que pueda reaccionar, la voz de Nathan corta el aire frío, grave y cargada de rabia.

—¿Adónde vas?

Me vuelvo y lo veo venir hacia mí hecho una furia, con los ojos encendidos de rabia y desesperación.

—He oído a tu padre —susurro con la voz quebrada—. Este no es mi sitio, Nathan. No tengo nada que ofrecerte.

Nathan niega con la cabeza, con las manos cerradas en puños.

—¿Cómo es que no ves la verdad? —gruñe, acercándose un paso—. Eres más que suficiente, Isabella. Tal como eres.

Antes de que pueda decir nada más, Nathan me levanta en vilo y me echa al hombro como si no pesara nada. Se me escapa un grito ahogado y me aferro a su camisa mientras me lleva de vuelta a la mansión.

—¡Nathan! —protesto, con las mejillas ardiendo de vergüenza—. ¡Bájame!

Pero no me hace caso. Cuando entramos en el majestuoso vestíbulo, su familia está allí, atónita, pero sonriente. James arquea una ceja, claramente divertido. Catherine se tapa la boca para disimular la risa, y hasta Henry sonríe mientras Nathan atraviesa la casa conmigo al hombro.

Siento que me arde la cara mientras intento zafarme.

—Seguro que me odian. ¿Por qué sonríen?

Nathan se ríe por lo bajo.

—Porque no te odian, princesa. Les caes bien. Ven lo mismo que yo.

Después de que Nathan se despida de su familia, me siento un poco más tranquila, pero la tensión sigue ahí.

Sus padres han sido amables, y su madre incluso me ha dado un abrazo afectuoso antes de marcharse.

Aun así, me cuesta quitarme de encima la sensación de que sigo fuera de lugar en este mundo. En el mundo de Nathan.

Cuando su familia se va, Nathan se vuelve hacia mí. Sus ojos se oscurecen con esa mirada ardiente que ya conozco y que siempre me acelera el corazón.

—Arriba —ordena con voz grave y autoritaria—. Ve a mi habitación y ponte la lencería que hay sobre la cama.

Abro mucho los ojos y noto cómo se me encienden las mejillas.

—¿Lencería?

Esboza una sonrisa ladeada y se mete las manos en los bolsillos mientras se inclina para rozarme la oreja con los labios.

—Haz lo que te digo, Isabella.

Trago saliva, con el pulso desbocado, y subo sin decir palabra.

Al entrar en el dormitorio, la veo: un precioso conjunto de lencería extendido sobre la cama, más bonito que cualquier cosa que haya visto jamás.

Es la prenda más lujosa que he tocado nunca, confeccionada en delicados encajes negros y satén, con detalles intrincados.

Las copas del sujetador son poco más que finas tiras de encaje que dejan mis pechos al descubierto, y el tanga no tiene entrepierna.

Se me corta la respiración al pasar los dedos por la tela, con el corazón latiéndome con fuerza. Nunca me he puesto nada parecido. Es la fantasía de cualquier mujer: erótico, atrevido, precioso.

Me quito el vestido despacio y me pongo la lencería. El encaje está fresco contra mi piel. Me miro en el espejo y me ruborizo al contemplarme. La lencería se ciñe a mi cuerpo y realza cada curva. Me siento... poderosa. Sexy.

Pero también nerviosa. ¿Qué pensará Nathan?

Nathan

Cuando entro en la habitación y veo a Isabella de pie frente al espejo, siento que el corazón se me para.

Está espectacular. Me deja sin aliento. El encaje negro se ciñe a sus curvas y la tela transparente deja muy poco a la imaginación.

Cuando se vuelve para mirarme, sus ojos grandes e inocentes me encogen el pecho con una necesidad imperiosa de hacerla mía.

Esta es la mujer con la que voy a casarme. La mujer que ha puesto mi mundo patas arriba, que me ha hecho sentir cosas que nunca creí que pudiera sentir.

Noto cómo reacciona mi cuerpo al verla: se me endurece la polla, lista para penetrarla. Pero antes... Antes necesito que sepa lo mucho que significa para mí.

Me acerco y le acaricio la mejilla con la mano mientras la miro a los ojos.

—Te quiero, Isabella —susurro, con la voz ronca de emoción—. Te quiero desde el momento en que te vi. Lo eres todo para mí.

Abre mucho los ojos y entreabre los labios, sorprendida.

—Nathan... Yo también te quiero.

—No puedo vivir sin ti —continúo. Deslizo la mano hasta su nuca y la atraigo hacia mí—. Te necesito, princesa. Para siempre. Quiero tenerte a mi lado, siempre.

Me arrodillo sobre una rodilla y saco del bolsillo la cajita de terciopelo. Al abrirla, el anillo de diamantes capta la luz y centellea.

—Cásate conmigo —susurro, con el corazón golpeándome en el pecho—. Sé mía. Para siempre.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras me mira. Le tiembla la mano cuando se tapa la boca.

—Sí —susurra con la voz quebrada—. Sí, Nathan. Me casaré contigo.

Me levanto y la estrecho entre mis brazos. Mientras la beso con pasión, el mundo que nos rodea se desvanece. Es mía. Por fin es mía.

La tumbo en la cama y deslizo las manos por el delicado encaje, por la tela transparente que apenas la cubre. Alza la vista hacia mí, con los ojos muy abiertos y llenos de amor, y sé que esta vez es diferente. No se trata solo de sexo: hay algo más profundo. Algo real.

Me tomo mi tiempo para acariciar cada centímetro de su cuerpo y venerarla con las manos y los labios.

Tiembla debajo de mí y respira entre jadeos suaves y ansiosos.

Cuando por fin me deslizo dentro de ella, la conexión entre nosotros es electrizante.

No es solo física: está cargada de emoción, es intensa y arrolladora.

Nos movemos juntos, nuestros cuerpos perfectamente acompasados, y, cuando llega al orgasmo, se estremece a mi alrededor y sus gemidos llenan la habitación. Yo la sigo, derramándome dentro de ella mientras le agarro las caderas y la mantengo cerca.

La atraigo hacia mí y le rozo la oreja con los labios.

—Te quiero —susurro con voz ronca—. Te quiero entera.