Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

CAPÍTULO SEIS

Isabella

Nathan sale de la habitación con el cuerpo visiblemente tenso. Apenas ha dicho nada desde que se me escapó el nombre de Ralph, pero sé que está furioso. No conmigo, sino con el hombre que se ha atrevido a hacerme sentir miedo.

Sentada junto al fuego, mientras el resplandor de las llamas titila por la habitación, no puedo evitar sentir que el peso de todo esto me aplasta.

Nunca quise meterlo en este lío, nunca quise ser la chica a la que había que salvar.

Pero a Nathan... parece darle igual. Ha decidido encargarse él mismo. Solucionarlo.

Cuando vuelve, veo que la tormenta de sus ojos se ha calmado y ha dejado paso a algo más firme, más contenido. Sigue emanando ese poder, ese dominio, que siempre me deja sin aliento.

—Ya está —dice con voz baja y ronca—. Ralph no volverá a molestarte.

El corazón me da un vuelco.

—¿Qué quieres decir?

Se acerca un paso y se mete las manos en los bolsillos sin apartar los ojos de mí.

—Tengo gente ocupándose de ello. Dejará de ser un problema.

Lo miro fijamente, con la boca seca. Sabía que Nathan tenía poder, pero esto... Esto es otra cosa. Lo ha resuelto como si nada, como si Ralph ni siquiera supusiera un problema. Ha tomado las riendas de una manera que jamás habría imaginado.

—Vaya —susurro, con un hilo de voz—. ¿Has... has hecho eso por mí?

Los labios se le curvan en una leve sonrisa, aunque hay en ella un matiz peligroso, posesivo.

—Por supuesto. Eres mía, Isabella. Nadie se mete contigo.

Sus palabras me provocan un escalofrío de placer y, antes de que pueda evitarlo, noto cómo el calor se extiende por mi cuerpo y se concentra en el bajo vientre. Estoy mojada, excitada por su poder, por la facilidad con la que puede solucionar mis problemas con una sola palabra. Es embriagador.

—Nathan... —murmuro mientras me levanto y me acerco a él—. Quiero hacerte sentir tan bien como tú me haces sentir a mí.

Suelta una risita y niega con la cabeza mientras acorta la distancia entre nosotros.

—Princesa —susurra con un gruñido grave—, has pasado por mucho. Deja que cuide de ti primero.

Antes de que pueda protestar, ya tiene las manos sobre mí. Me atrae hacia él despacio, con movimientos deliberados. Su tacto es suave, cuidadoso, pero hay fuerza detrás, un control que me acelera el corazón. Me conduce hasta la mullida alfombra frente al fuego sin apartar los ojos de los míos.

—Túmbate —dice con suavidad mientras me guía con la mano hasta la alfombra.

Obedezco. Me tiembla el cuerpo de anticipación cuando me tumbo boca arriba y siento el calor del fuego acariciarme la piel. Nathan se inclina sobre mí y desliza los dedos por mis brazos desnudos y mis costados, dejando tras de sí una estela de calor.

—Voy a hacer que te relajes —murmura, y su voz me estremece de pies a cabeza—. Pero antes voy a enseñarte algo nuevo.

Empieza a desnudarme despacio, con manos firmes, quitándome la ropa prenda a prenda hasta que quedo completamente desnuda bajo él. La forma en que me mira —como si fuera algo precioso y frágil— me hace sentir más expuesta que nunca, pero en el mejor de los sentidos.

Cuando termina, se tumba a mi lado y me acaricia la cadera con la mano.

—¿Has oído hablar del sesenta y nueve?

Lo miro parpadeando, con las mejillas encendidas.

—No... ¿Qué es?

Su sonrisa se ensancha. Se inclina hacia mí y me besa con dulzura.

—Es cuando tú me das placer y yo te lo doy a ti... al mismo tiempo.

Trago saliva. Solo de pensarlo, se me acelera el corazón.

—Pero... ¿cómo vamos a...?

—No te preocupes —susurra, rozándome la oreja con los labios—. Yo te enseño.

Me coloca encima de él y me guía con las manos hasta que quedo a horcajadas sobre su cara. El calor de su aliento contra mis labios íntimos me provoca un escalofrío y, cuando su boca me encuentra, dejo escapar un suave gemido y muevo las caderas contra él.

—Dios mío, Nathan... —jadeo, temblando de pies a cabeza.

Me agarra de los muslos para mantenerme en posición mientras su lengua juguetea con mi clítoris, provocándome, saboreándome. Siento la humedad acumularse entre mis piernas y el placer crecer mientras me devora.

—Inclínate, princesa —murmura contra mi piel—. Métetela en la boca.

Obedezco. Me tiemblan las manos al extenderlas hacia él y rodear con los dedos su miembro grueso y duro. Bajo la boca hasta él y saboreo el gusto salado y almizclado de su piel. Cuando lo acojo entre los labios, gime y alza un poco las caderas.

Empiezo a chupársela despacio, sintiendo cómo su polla se hincha en mi boca, sintiendo su fuerza. Sabe a todo lo que siempre he deseado y, cuando acelero y me la meto más adentro, noto que se tensa bajo mi cuerpo.

—Así —murmura con la voz cargada de placer—. Sigue, cariño.

Hago lo que me pide, deslizando la boca por su miembro mientras mi cuerpo se estremece al calor de sus caricias. Y cuando por fin se corre y derrama su semen caliente en mi boca, me trago hasta la última gota y gimo al sentir cómo me llena.

Nathan

Ver a Isabella con los labios hinchados de chupármela y el cuerpo tembloroso mientras disfruta de los últimos coletazos del placer basta para que vuelva a ponérseme dura.

Nunca he visto nada tan hermoso. La forma en que me mira, como si yo fuera lo único que la ancla a este mundo, me hace querer protegerla para siempre.

Poseerla. Hacerla mía de todas las formas posibles.

La atraigo hacia mí y la beso profundamente, saboreándome en sus labios. Pero aún no he terminado con ella. Ni mucho menos.

—Eres increíble —le susurro contra la boca mientras deslizo las manos hasta sus caderas y la sujeto con firmeza—. Y ahora... voy a hacer que te corras como nunca.

Abre mucho los ojos y veo en ellos la confianza que deposita en mí, cómo se entrega por completo.

El fuego baña la piel de Isabella con un suave resplandor que la hace parecer aún más hermosa, aún más frágil. Pero sé que es más fuerte de lo que cree. Se ha entregado a mí y ahora voy a tomarla. A tomarla entera.

—Date la vuelta —murmuro con voz grave y autoritaria.

Tiembla debajo de mí; su cuerpo responde a cada palabra, a cada caricia.

Despacio, se pone a cuatro patas y arquea la espalda cuando la agarro de las caderas.

Verla así, tan vulnerable, tan deseosa de complacerme, hace que una oleada de calor me recorra el cuerpo.

No puedo evitar darle una suave palmada en el culo y observar cómo la piel se le tiñe de rosa bajo mi mano.

—Te gusta, ¿verdad? —gruño, notando cómo se me endurece la polla mientras la veo retorcerse—. Te encanta que tome el control.

—Sí... —susurra con voz temblorosa—. Me encanta.

Entro en ella despacio, saboreando cómo su cuerpo me aprieta mientras penetro más hondo y sus suaves jadeos llenan la habitación.

Ella se agarra a la alfombra y mueve las caderas hacia atrás, contra mí.

El placer crece entre nosotros, ardiente e intenso.

Cada embestida, cada movimiento nos lleva más alto, mientras el calor se concentra cada vez más en mi vientre.

Sus gemidos se vuelven más fuertes, más desesperados. Cuando noto que su cuerpo empieza a contraerse a mi alrededor, sé que está cerca. Pero quiero más. La quiero entera.

Embisto con más fuerza, más hondo, hasta que el placer se apodera de los dos y me derramo dentro de ella. Mi semen, caliente y espeso, la llena por completo. Ella jadea, estremeciéndose debajo de mí, pero aún no he terminado.

Salgo de ella despacio y, mientras la pongo boca arriba, deslizo las manos entre sus piernas.

Tiembla y tiene los ojos muy abiertos, nublados de placer, pero estoy lejos de acabar.

Introduzco los dedos en ella, con decisión, bien adentro, y presiono contra el calor de mi semen, que todavía gotea de su interior.

Gime y arquea la espalda mientras su cuerpo responde a cada caricia, a cada movimiento.

—Mírate —murmuro con voz ronca de deseo—. Mi semen gotea de ti, princesa.

Su cuerpo se estremece y mueve las caderas contra mi mano mientras hundo los dedos en ella con más fuerza y profundidad. Está empapada, húmeda y dispuesta, y cada vez que alcanzo ese punto tan sensible en su interior, grita y respira con jadeos breves y desesperados.

—Vas a mojarme bien para mí —gruño mientras muevo los dedos más rápido, más hondo—. Pero todavía no. No hasta que yo lo diga.

Gimotea, temblando de necesidad, y se aferra a la alfombra mientras se contiene a la espera de mi orden. El control que tengo sobre ella, la forma en que su cuerpo responde a cada palabra y cada caricia... Es embriagador.

—Ahora —gruño, hundiendo los dedos en ella hasta alcanzar ese punto perfecto. Y ella se deja llevar.

Su cuerpo se contrae, sacudido por la fuerza del orgasmo, y libera un chorro que empapa mi mano, la alfombra, todo. Gime con fuerza, desesperada, y se retuerce debajo de mí mientras el placer la atraviesa.

La observo fascinado: su cuerpo tiembla y la humedad se acumula entre sus piernas y sale de ella en oleadas. Alza la vista hacia mí, con las mejillas encendidas de vergüenza, pero me inclino y la beso con suavidad sin sacar los dedos de su interior.

—¿Lo he hecho bien?

—Me encanta —susurro mientras le aparto un mechón de pelo de la cara—. Me encanta cada centímetro de ti. Cada gota que sale de ti.

Ella deja escapar un suave jadeo y sigue respirando entrecortadamente. Sonrío, la estrecho entre mis brazos y la mantengo cerca de mí mientras su cuerpo empieza a relajarse poco a poco.

Mientras el fuego crepita suavemente a nuestro lado, le doy un tierno beso en la frente. El corazón aún me late a toda velocidad por la intensidad de lo que acabamos de vivir. Pero, incluso mientras permanecemos tumbados y abrazados, sé que hay algo que tengo que decirle.

—Mi familia viene mañana —digo en voz baja, rompiendo el silencio.

Su cuerpo se tensa y abre mucho los ojos.

—¿Qué?