Capítulo 5
CAPÍTULO CINCO
Isabella
Aún siento el calor del cuerpo de Nathan contra el mío cuando se aparta y deja las manos apoyadas con suavidad en mis caderas.
Percibo la tensión que lleva dentro, esa que nace de una vida cargada de responsabilidades.
No puedo evitar pensar en lo diferentes que somos.
Él es un hombre que tiene poder, riqueza, de todo, mientras que yo soy... simplemente yo.
—Tengo que ir a la ciudad unas horas —dice con voz grave y tranquilizadora, aunque es evidente que no quiere marcharse—. Hay unos asuntos de los que debo ocuparme. Aquí estarás a salvo.
Alzo la mirada hacia él y parpadeo, todavía aturdida por la noche que hemos compartido.
—¿Qué clase de asuntos?
Me dedica una media sonrisa; hay algo oscuro y burlón en su mirada.
—Soy dueño de varias empresas. Finanzas, inversiones, tecnología... Me mantienen ocupado.
Se me corta la respiración. Claro que sí. Por si le faltara algo, también es brillante.
—Es... increíble —murmuro, negando con la cabeza, maravillada—. Ni siquiera puedo imaginármelo.
Nathan se ríe por lo bajo y me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—No hace falta. Yo me ocupo de todo.
Mientras empieza a vestirse, observo sus movimientos: está tan seguro de sí mismo, tan seguro de todo. Se detiene en la puerta y se vuelve hacia mí.
—Hoy no tienes que preocuparte por nada. Le diré a Theresa que te enseñe la casa. Ella se encargará de lo que necesites. Deberías relajarte. Quizá darte un masaje.
Parpadeo.
—¿Un masaje?
Nathan sonríe, se acerca y roza mis labios con los suyos.
—Disfruta, Isabella. Volveré antes de que te des cuenta.
Antes de que me dé tiempo a asimilar la idea, ya está llamando al ama de llaves. Cuando Theresa entra en la habitación, se muestra profesional y eficiente. Sus movimientos precisos y sus modales discretos me hacen sentir como si ya formara parte del mundo de Nathan.
—¿Quiere que avise a la masajista para que venga? —pregunta Theresa con voz serena y profesional.
Asiento despacio, con el corazón agitado por lo fácil que parece todo.
—Sí... Estaría bien.
Theresa coge el teléfono de inmediato.
—Estará aquí en treinta minutos —dice con soltura—. ¿Puedo traerle algo más?
—No... Así está bien. Gracias —respondo en un hilo de voz. Este mundo me parece tan ajeno al mío... Como una fantasía que podría desvanecerse en cualquier momento.
De nuevo a solas en el dormitorio de invitados, me siento ante el tocador y me paso el cepillo por el pelo, saboreando el calor de la cama de Nathan que aún me acompaña en la piel.
No dejo de darle vueltas a todo lo que ha sucedido.
Sigo conmocionada por la noche que hemos compartido, por la forma en que me tocó, como si fuera algo precioso.
Pero, debajo de todo eso, hay una sensación que me corroe y de la que no consigo librarme: la de que esto no es real.
De que todo es una fantasía que podría venirse abajo en cualquier momento.
Miro el móvil y se me encoge el estómago al recordar que ayer entraron en mi piso.
Ralph, el tipo siniestro que vivía enfrente, siempre ha estado ahí, al acecho, observándome.
Fue por él por quien huí de mi piso. Y ahora, aunque estoy a salvo en la mansión de Nathan, no puedo quitarme de encima la sensación de que Ralph sigue vigilándome, esperando su momento.
El móvil vibra y me quedo paralizada. Es una llamada de un número desconocido. El corazón se me desboca y me tiemblan las manos al contestar.
—¿Diga?
Hay una pausa al otro lado y entonces oigo su voz, grave y burlona.
—No pensarías que ibas a librarte de mí, ¿verdad?
Se me hiela la sangre. Es Ralph.
—¿Cómo...? ¿Cómo me ha encontrado? —susurro con la voz temblorosa.
Se ríe con una risa cruel, retorcida.
—Siempre he sabido dónde estabas. Te puse un localizador en el bolso, cariño.
Me levanto y, temblando, rebusco frenéticamente en mi viejo bolso raído. Y ahí está: un pequeño dispositivo escondido. Se me cae el alma a los pies. Ha estado vigilándome todo este tiempo.
Cuelgo y me quedo mirando el localizador que sostengo entre las manos temblorosas.
Sé que Ralph no puede llegar hasta mí aquí, en la mansión de Nathan, con toda la seguridad que tiene.
Pero ¿cuánto durará esto? ¿Cuánto durará esta fantasía con Nathan?
No soy más que una chica venida de ninguna parte, aferrada a un sueño que no me pertenece.
No puedo dejar que Nathan se entere. No puedo arrastrarlo a este lío. Ya me ha dado más de lo que jamás he merecido. No quiero que vea lo rota que estoy.
La sala de masajes es impresionante. Las paredes están cubiertas de telas suntuosas, unas suaves cortinas de terciopelo caen hasta el suelo y el aire está impregnado de aromas de lavanda, eucalipto y un toque de algo más exótico que no consigo identificar.
La luz es tenue y lo baña todo de un cálido resplandor.
Por un momento, siento que he entrado en otro mundo, muy alejado de aquel en el que crecí.
Me tumbo en la camilla y mi cuerpo se hunde en la mullida superficie mientras la masajista empieza a trabajar.
Tiene unas manos expertas que se mueven con pasadas lentas y precisas, y noto que los músculos empiezan a aflojarse bajo sus dedos.
Pero, aunque mi cuerpo se relaja, mi mente está muy lejos de encontrar la calma.
Miro a la masajista. Lleva el lustroso pelo oscuro recogido en un moño impecable y su piel resplandece bajo la luz suave.
Es guapa. Demasiado guapa. Y, por alguna razón, eso me inquieta.
No puedo evitar preguntarme: si es la masajista a la que llaman cuando la necesitan en esta finca, ¿hasta qué punto la conoce Nathan?
—Tienes suerte de tener a Nathan —dice de pronto con una voz suave como la seda—. Es un buen hombre. Sabe cuidar de las personas que le importan.
Sus palabras quedan flotando en el aire y siento una opresión en el pecho.
—¿Que le importan? —murmuro apenas. ¿Se ha acostado Nathan con ella? ¿Ha habido algo entre ellos?
La masajista sonríe levemente sin dejar de mover las manos con firmeza.
—Sí. Siempre ha sido muy generoso. Siempre se asegura de que a nadie le falte de nada.
Sus palabras suenan demasiado íntimas, demasiado cargadas de conocimiento, y el estómago se me revuelve por una oleada de celos que no consigo contener. ¿Ha sentido ella sus caricias? ¿Ha estado también en su cama?
Cierro los ojos e intento apartar esos pensamientos, pero siguen ahí, royéndome por dentro.
El olor de la sala —lavanda, vainilla y un toque de almizcle— parece envolverme hasta dificultarme la respiración.
Tanto lujo, todo tan perfecto, tan impecable...
Me siento una intrusa. Como si este no fuera mi sitio.
Las manos de la masajista se deslizan por mi piel.
—Parece que estás tensa —comenta con ligereza, aunque no se le escapa nada.
—Estoy bien —miento, pero lo cierto es que no podría estar peor. Me siento... pequeña. Insegura. Como si nunca fuera a estar a la altura de un hombre como Nathan.
Después del masaje, mi cuerpo está relajado, pero mi cabeza es un torbellino.
No puedo dejar de pensar en Ralph, en el localizador que puso en mi bolso, en la llamada...
Y ahora también en la masajista y en si Nathan ha estado alguna vez con ella.
Regreso a mi habitación con el peso de todo ello sobre los hombros, como una manta que me asfixia.
Nathan
Entro en la mansión con el frío aire invernal todavía pegado al cuerpo, pero la calidez de la casa me resulta lejana, como si algo hubiera cambiado.
Le he traído rosas a Isabella para demostrarle cuánto significa para mí, pero, mientras recorro los pasillos, noto que la tensión va en aumento. ¿De dónde viene?
La biblioteca está en silencio. El fuego crepita suavemente en la chimenea e ilumina con un tenue resplandor las cortinas de terciopelo y las gruesas alfombras del suelo. Es una noche de esas que deberían invitar a la calma, incluso al romanticismo. Pero, al entrar y verla, se me encoge el corazón.
Está acurrucada junto a la ventana, con las rodillas pegadas al pecho y las lágrimas resbalándole por las mejillas. Al verla así, tan frágil, tan hermosa bajo la luz tenue, algo se rompe dentro de mí.
—Isabella —susurro mientras me acerco a ella, con las rosas olvidadas en la mano.
No levanta la vista. Su cuerpo tiembla entre sollozos silenciosos y no puedo soportarlo. Me arrodillo a su lado y alargo una mano para secarle con suavidad las lágrimas de las mejillas. Su piel es suave, delicada, y verla así, tan vulnerable, despierta en mí un feroz instinto de protección.
—¿Qué ha pasado? —pregunto en voz baja, tratando de que no se me note el pánico.
Isabella alza la mirada hacia mí. Tiene los ojos muy abiertos, llenos de miedo.
—Ralph... Me ha encontrado.
El nombre me golpea como un puñetazo y frunzo el ceño.
—¿Quién es Ralph?
Ella vacila, respirando a bocanadas cortas y temblorosas.
—Vivía enfrente de mí. Lleva meses... vigilándome. No tenía pruebas, pero siempre sentía que estaba ahí, al acecho. Entonces entraron en mi piso y lo supe... Supe que tenía que haber sido él.
La ira se apodera de mí, pero me obligo a mantener la calma.
—¿Qué ha pasado hoy?
Busca el bolso y, con las manos temblorosas, saca un pequeño localizador negro.
—Me metió esto en el bolso. Ha estado vigilándome todo este tiempo. Nathan, lo siento muchísimo... No lo sabía.
Me quedo mirando el localizador, con la rabia hirviéndome en el pecho. ¿Cómo se atreve? ¿Cómo se atreve nadie a hacer que ella se sienta insegura, que crea que tiene que huir y esconderse? Voy a destrozarlo. Me aseguraré de que no vuelva a acercarse a ella.
Pero contengo la ira y me obligo a centrarme en Isabella. Ahora es ella quien me necesita.
—Princesa, mírame —murmuro mientras le seco otra lágrima con el pulgar—. Esto no es culpa tuya.
Niega con la cabeza y se le quiebra la voz.
—Pero sí lo es. No te mereces verte metido en un drama como este.
—No has traído a mi vida nada que yo no quisiera —digo con firmeza, sosteniéndole el rostro entre las manos—. No eres una carga. ¿Me entiendes? Eres mía, Isabella. Y voy a ocuparme de esto.
Le tiembla el labio y veo la culpa en sus ojos, pero no puedo dejar de pensar en lo hermosa que está incluso ahora. A pesar de las lágrimas, a pesar del miedo que se le ha enroscado en el corazón, sigue siendo la mujer más deslumbrante que he visto jamás. Tan delicada. Tan frágil.
Y no deseo nada más que protegerla y hacer que se sienta a salvo para siempre.
—Yo... No quiero arrastrarte a esto —susurra—. Lo he perdido todo. Mi trabajo, mi piso... No me queda nada, Nathan. No soy nadie.
Niego con la cabeza y la atraigo hacia mí, sujetándola con firmeza por la cintura.
—Para mí lo eres todo.
Se le entrecorta la respiración. Su cuerpo tiembla cuando se apoya en mí, y junto mi frente con la suya mientras el resplandor del fuego proyecta suaves sombras sobre su rostro.
—No me importa lo que hayas perdido. No me importa tu pasado. Lo que me importa eres tú, aquí y ahora. Eres mía, Isabella. Nadie volverá a hacerte daño.
Deja escapar un leve gemido y se aferra a mi camisa como si temiera que fuera a desaparecer. Pero no lo haré. Estoy aquí. No pienso ir a ninguna parte.
La beso con suavidad, rozando sus labios con los míos, pero el beso se vuelve enseguida más profundo, más desesperado. Me necesita. Necesita saber que conmigo está a salvo, que la protegeré de todo, incluso de sus propios miedos.
La siento sobre mi regazo y deslizo las manos por su espalda, siguiendo con los dedos la curva de su cintura mientras la estrecho contra mí. Es tan menuda, tan delicada entre mis brazos, que no deseo nada más que tenerla aquí para siempre.
—Estás a salvo —susurro contra su piel mientras recorro su cuello con los labios—. Eres mía y me ocuparé de todo.
—Nathan... —exhala con voz temblorosa, y noto cómo la tensión de su cuerpo va cediendo poco a poco mientras la acaricio con suavidad.
—Chist... —murmuro mientras mis manos descienden y rozan la suave curva de sus caderas—. Deja que te ayude a relajarte, princesa. Deja que cuide de ti.
Deja escapar un leve gemido y su cuerpo se abandona contra el mío. Mientras la estrecho aún más, sé que haré cualquier cosa para mantenerla a salvo. Cualquier cosa para asegurarme de que nunca vuelva a sentir miedo.
—Eres mía —susurro con voz grave y firme—. Y me aseguraré de que siempre te sientas a salvo.
Respira entrecortadamente y le tiemblan los dedos al aferrarse a mi camisa, pero sé que confía en mí. Se está entregando a mí, y me aseguraré de que nunca se arrepienta.