Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 4 #2
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Capítulo 4 #2

Jadea cuando mi boca llega a su coño. Mi lengua juguetea entre sus pliegues y saborea el dulce flujo que ya se acumula entre sus piernas.

Reacciona a cada caricia: levanta las caderas de la cama mientras la lamo y, cuando deslizo los dedos en su interior y los curvo en el punto justo, deja escapar un gemido desesperado.

—Dios, Nathan... —jadea, aferrándose a las sábanas mientras la acaricio con los dedos sin dejar de estimularle el clítoris con la boca. Noto que está cada vez más cerca: le tiembla el cuerpo, respira a jadeos breves y entrecortados, y sé que está a punto de llegar.

—Déjate llevar conmigo —murmuro contra su piel mientras le rozo el clítoris con el pulgar—. Necesito verte correrte.

Grita y se contrae alrededor de mis dedos cuando el orgasmo la sacude. Al soltar un chorro de líquido que me empapa la mano, lo recojo con la lengua, saboreándola. Está fuera de sí de placer, con las manos y el cuerpo temblorosos mientras se corre bajo mí, y no me canso de ella.

Me aparto y me lamo los dedos, húmedos por sus jugos, con la polla palpitando de deseo. Me coloco entre sus piernas y le sujeto las caderas. Cuando sitúo la punta en su entrada, noto que vacila.

—Nunca he hecho esto —susurra con voz temblorosa.

Mi dulce princesa. Nadie la ha tocado antes. Es inocente.

Miro a mi chica virgen, con los ojos muy abiertos por la incertidumbre, y algo cambia dentro de mí. Voy a cuidar de ella. Seré yo quien la haga suya, y me aseguraré de que disfrute cada segundo.

—No te preocupes —murmuro, dándole un beso suave en los labios—. Iré con cuidado.

Entro en ella despacio; la siento estrecha a mi alrededor y jadea, aferrándose a mis hombros. Me detengo para dejar que se acostumbre, pero, cuando noto que empieza a mover las caderas, sé que está preparada.

—Eres mía, Isabella —murmuro con la voz ronca por el esfuerzo de contenerme—. Siempre.

Gime y le tiembla el cuerpo mientras penetro más hondo; sentirla tan estrecha me vuelve loco.

Al principio me muevo despacio, pero, a medida que se relaja, acelero y mis caderas encuentran un ritmo constante.

Jadea, clavándome los dedos en la piel, y, cuando alcanzo ese punto tan sensible en lo más profundo de ella, grita y arquea la espalda, despegándola de la cama.

—Ah, Nathan... No pares —jadea, sin aliento—. Por favor... No pares.

Gimo y, sujetándola por las caderas, embisto con más fuerza, más hondo.

Cuando noto que se contrae a mi alrededor, sé que está cerca.

Sigo moviéndome, con el cuerpo pegado al suyo y, cuando por fin se corre, estremeciéndose debajo de mí, yo la sigo y me derramo en su interior con un gemido profundo de satisfacción.

Nos dejamos caer juntos, sin aliento y temblorosos, con los cuerpos cubiertos de sudor. Le doy un beso suave en la frente. El corazón todavía me late a toda velocidad por la intensidad de lo que acabamos de vivir.

—Eres increíble —susurro, todavía abrazándola mientras ella se acurruca contra mi pecho.

Pero, incluso mientras la abrazo, no puedo quitarme de la cabeza que esto no ha hecho más que empezar. La he hecho mía, pero ahora tengo que averiguar cómo conseguir que se quede. Porque, cuanto más tiempo paso con Isabella, más claro tengo que me estoy enamorando de ella. Hasta el fondo.

Y no sé si alguna vez seré capaz de dejarla marchar.

Permanezco tumbado con Isabella contra mi pecho.

El calor de nuestra pasión todavía flota en el aire, pero noto que algo está cambiando.

El silencio de la habitación pesa más ahora, como si la importancia de lo que acabamos de compartir empezara a hacerse sentir.

Bajo la mirada hacia ella, acurrucada junto a mí.

Respira con regularidad, pero percibo su tensión.

Hay dudas en sus ojos. Las vi cuando me miró antes de quedarse dormida y aún noto que siguen ahí, entre nosotros. Se ha entregado a la pasión sin reservas; aquella inocencia ha dado paso a algo más visceral, más intenso. Pero la vulnerabilidad sigue ahí, justo bajo la superficie.

La estrecho un poco más y le doy un beso suave en la frente. —Estás muy callada —murmuro, rompiendo el silencio con mi voz grave—. Dime qué estás pensando.

Isabella se mueve un poco y traza círculos con los dedos sobre mi pecho, pero no me mira a los ojos. —No sé si este es mi sitio, Nathan —susurra con voz temblorosa—. Tú eres... lo tienes todo. Y yo solo soy... yo.

Frunzo el ceño y me aparto lo justo para mirarla. —¿Qué quieres decir?

Se muerde el labio y se ruboriza. —Eres poderoso. Rico. Lo tienes todo, y yo... yo nunca he tenido nada. No encajo en tu mundo.

Sus palabras me oprimen el pecho. Veo la duda dibujada en su rostro, la incertidumbre en sus ojos. Le cuesta ver lo que yo sé desde el instante en que la vi: que ella es justo lo que necesito.

—¿Crees que eso me importa? —pregunto con dulzura, pero con firmeza—. ¿Crees que estoy contigo por lo que tienes o dejas de tener?

Guarda silencio un momento, buscando algo en mi mirada. —Es que... no quiero ser una carga.

Niego con la cabeza y le aparto un mechón de pelo de la cara. —Nunca podrías ser un lastre para mí, Isabella. No eres una carga. Eres... —Hago una pausa, buscando las palabras adecuadas—. Eres todo lo que no sabía que necesitaba.

Abre un poco más los ojos y entreabre los labios, sorprendida. Le tomo la mano y me la llevo al pecho.

—Me he construido esta vida —continúo, suavizando la voz—. Esta mansión, esta fortuna... Llevo años trabajando para conseguirlo, pero nada de esto significa nada si no tengo con quién compartirlo. Alguien que me haga sentir... vivo.

Alza la mirada hacia mí. Sus ojos brillan de incertidumbre, pero también hay algo más: un atisbo de esperanza. —¿Lo dices de verdad? —susurra.

Asiento y le aprieto la mano. —Sí. No eres un capricho pasajero, Isabella. Eres... eres algo más. Y quiero que estés aquí. Conmigo.

Guarda silencio un momento y baja la mirada hacia nuestras manos. Noto que la tensión abandona su cuerpo y que sus dudas empiezan a desvanecerse.

—Nunca he tenido a nadie —confiesa en un hilo de voz—. Nunca he sabido lo que es sentirse... amada. Que alguien cuide de mí. No sé si seré suficiente para ti.

Sus palabras me encogen el corazón. La acerco a mí y le doy un beso suave en los labios. —Eres más que suficiente —murmuro contra su boca—. Lo eres todo.

Suelta el aire de forma temblorosa y se aferra a mí como si temiera que pudiera desaparecer. Pero no voy a hacerlo. Estoy aquí. Y no pienso irme a ninguna parte.