Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

CAPÍTULO CUATRO

Isabella

La puerta se cierra tras Nathan y me quedo sola en la habitación, con el crepitar del fuego como único sonido en la silenciosa mansión.

Permanezco sentada un momento, dejando que me invada el calor de lo que acabamos de compartir.

Me ha dejado sin aliento; todavía tiemblo por la forma en que me ha tocado.

Pero ahora que se ha ido, la realidad se impone.

Me levanto y voy al baño; el suelo de mármol está frío bajo mis pies descalzos.

La ducha es un lujo, con un rociador que deja caer agua tibia sobre mí como si fuera lluvia, pero mis pensamientos distan mucho de estar en calma.

¿Cuánto sé en realidad de Nathan? Es poderoso, rico y protector, pero, más allá de eso...

es un misterio. ¿Por qué me ayuda? ¿Por qué está tan interesado en mí?

El agua apenas logra disipar mi confusión. Salgo de la ducha y me envuelvo en una toalla gruesa y mullida. Entonces las veo: varias bolsas de compras llenas de ropa sobre la cama. Alguien debe de haberlas traído mientras me duchaba.

Movida por la curiosidad, abro una y se me corta la respiración.

Dentro hay ropa de diseño, la más bonita que he visto jamás.

Jerséis de lana suavísima, delicados vestidos de seda y un abrigo largo impresionante que parece hecho de nubes.

Fuera es invierno, la nieve cubre los jardines, y estas prendas son perfectas para el frío.

Incluso hay un conjunto de lencería de lujo: encaje delicado de un suave tono rosa pálido.

Y maquillaje también. Caro. Elegido con esmero.

Me tomo mi tiempo para arreglarme. Me pongo un jersey de cuello alto ajustado y de color crema, y unos leggings negros y suaves que se amoldan a mis curvas.

Me maquillo con cuidado, con la sensación de estar preparándome para algo importante, algo...

que va a cambiarme la vida. Cuando me miro al espejo, apenas reconozco a la chica que me devuelve la mirada. Me siento como una princesa.

La mansión me parece aún más grande mientras deambulo por sus pasillos, con mis pasos resonando sobre el suelo de mármol.

Todo aquí es opulento: los detalles de madera noble, los ventanales altísimos, las lámparas de araña que brillan como estrellas.

Siento que he entrado en un cuento de hadas, pero no consigo librarme del desasosiego que me recorre la espalda.

¿Por qué querría alguien como Nathan a alguien como yo en su mundo?

Voy en su busca, con los pensamientos dando vueltas en mi cabeza, hasta que oigo su voz.

Suena cortante, frustrada, y viene de una de las habitaciones que dan al pasillo.

Me detengo y asomo la cabeza por la esquina.

Lo veo hablando por teléfono, de espaldas a mí.

Tiene los músculos tensos y habla en voz baja, con frases secas.

Está claro que no quiere que nadie escuche esa conversación.

Espero, sin saber si interrumpirlo, pero, antes de que pueda decidirme, Nathan se vuelve y clava sus ojos en los míos. Su expresión se suaviza y la tensión desaparece de su rostro mientras pone fin a la llamada.

—Ya estás lista —dice, ahora con voz cálida, como si no hubiera pasado nada.

Asiento, un poco cohibida bajo su mirada. —La ropa... Es preciosa.

Se acerca y apoya una mano con suavidad en mi brazo. —Te queda muy bien. Estás... perfecta.

Me ruborizo, pero, antes de que pueda responder, Nathan me ofrece el brazo. —Ven. Vamos a dar un paseo.

Nathan

Después de coger nuestros abrigos, le tomo la mano y la conduzco al aire fresco del invierno.

Una capa de nieve reciente cubre los terrenos de la finca y los árboles altísimos proyectan largas sombras bajo la luz que se apaga.

Caminar en medio de tanta quietud suele tranquilizarme, pero esta noche, con Isabella a mi lado, no me siento tranquilo en absoluto.

Su mano es pequeña y suave dentro de la mía. La miro mientras caminamos. Está perfecta, envuelta en el lujoso abrigo que mandé traer antes, con las mejillas sonrosadas por el frío. Se la nota nerviosa, pero quiero que vea este lugar como lo veo yo, que sienta la paz que se respira aquí.

Caminamos un rato en silencio, acompañados solo por el crujido de la nieve bajo nuestros pies. Percibo su tensión en la forma en que me mira de reojo, como si todavía intentara entender por qué quiero que esté aquí. Pero yo sí lo sé. Lo sé desde el momento en que la vi.

—Este lugar es precioso —dice en voz baja, rompiendo el silencio.

Asiento y le aprieto la mano con suavidad. —Lleva generaciones en mi familia —digo en voz baja—. De pequeño corría por estos bosques con mis hermanos. Esta finca... es mi hogar.

Levanta la mirada hacia mí; sus ojos, muy abiertos, brillan bajo la tenue luz. —Tienes suerte de tener un lugar así —susurra.

Me detengo y me vuelvo hacia ella sin soltarle la mano. —Tendría más suerte si tuviera con quién compartirlo —digo con una voz más ronca de lo que pretendía.

Se ríe quedamente y niega con la cabeza. —Somos unos desconocidos, Nathan. Yo no pertenezco a un mundo como el tuyo.

Me acerco y tiro de ella con suavidad, deslizando las manos hasta su cintura. —Podrías pertenecer a él —murmuro, en voz baja pero insistente—. Tu sitio está aquí, conmigo.

Abre mucho los ojos y, por un instante, todo se detiene. El aire entre nosotros parece cargado de algo que ninguno ha dicho, algo que lleva creciendo desde que nos conocimos. Y, antes de poder contenerme, me inclino y uno mis labios a los suyos.

El beso es suave al principio, vacilante, pero, en cuanto me corresponde, todo cambia.

Aprieto las manos en su cintura y la atraigo hacia mí; el deseo que hay entre nosotros prende de golpe.

Se derrite entre mis brazos, aferrándose a mi abrigo, y percibo la desesperación en su forma de tocarme: la misma que llevo combatiendo desde que la vi por primera vez.

Me aparto lo justo para mirarla. Tiene los labios hinchados y respira deprisa. —Ven conmigo —murmuro con la voz ronca de deseo—. Te deseo, Isabella.

Vacila un momento, pero luego asiente, con las mejillas encendidas por algo más que el frío. —Vale.

En cuanto la puerta de mi dormitorio se cierra a nuestras espaldas, algo cambia dentro de mí.

Toda la vida he tenido el control; he construido todo lo que tengo de la nada y me he protegido de cualquier cosa que pudiera debilitarme.

Pero ahora, al mirar a Isabella —sus ojos inocentes, muy abiertos y vulnerables, sus labios entreabiertos a la espera de lo que vendrá—, siento que ese control se me escapa.

La deseo. De todas las maneras posibles.

Su manita está cálida entre la mía mientras la llevo hasta la cama, y ya noto cómo se me endurece la polla al pensar en lo que está a punto de pasar. Pero voy a tomármelo con calma. Voy a hacer que se sienta querida, adorada, porque es lo que se merece.

Me vuelvo hacia ella y no puedo evitar tocarla.

Empiezo a desnudarla despacio, saboreando cada instante mientras su cuerpo va quedando al descubierto.

El suave cachemir del jersey resbala por sus hombros y contemplo sus pechos, llenos y perfectos, que tensan el delicado sujetador.

Se lo desabrocho y dejo que caiga al suelo.

Cuando sus pezones se endurecen bajo mi mirada, tengo que contenerme para no tomarla allí mismo.

—Estás preciosa —murmuro con la voz cargada de deseo. Mis manos recorren su piel desnuda, bajan por la suave curva de su cintura y le deslizan los leggings por las caderas hasta dejarla desnuda, temblando bajo mis caricias.

La beso, con suavidad al principio, pero el hambre que sentimos no tarda en intensificarse.

Ya jadea y tira de mi camisa, desesperada por tocarme, así que dejo que me desnude.

Cuando me quita la camisa, abre mucho los ojos al contemplar los marcados músculos de mi pecho; cuando los pantalones caen al suelo, veo que se le corta la respiración.

Baja la vista hacia mi polla, gruesa y palpitante, y, cuando se humedece los labios, estoy a punto de perder el control. Pero no lo hago. Todavía no.

Me siento en el borde de la cama y la atraigo entre mis piernas. Le acaricio las caderas mientras alzo la mirada hacia ella. —Quiero que me pruebes —susurro con la voz ronca de deseo.

Vacila un instante, pero luego se arrodilla y me rodea la polla con las manos. El roce de sus dedos suaves y delicados al acariciarme desata una oleada de calor en mi cuerpo. Cuando se inclina hacia mí y me envuelve con sus labios, con la boca cálida y húmeda, gimo y hundo las manos en su pelo.

—Dios, Isabella... —jadeo. Mis caderas se mueven por instinto mientras me la mete más adentro de la boca y su lengua juega alrededor del glande. Al principio está insegura, vacila, pero la guío acercándola con suavidad, y empieza a metérsela más. La sensación es increíble.

No puedo dejar de mirarla. La forma en que mueve la boca sobre mi polla, cómo se le hunden las mejillas cuando succiona con más fuerza, cómo alza sus ojos grandes e inocentes para encontrarse con los míos. Es perfecta. Y, cuando noto que el orgasmo se acerca, sé que no voy a aguantar mucho más.

—Sigue —murmuro con voz tensa—. Voy a correrme, princesa.

Gime con mi polla en la boca y la vibración me provoca un escalofrío. Con una última embestida, me dejo llevar y el semen se derrama sobre su pecho. Ella jadea, con las manos temblorosas, mientras yo observo cómo le resbala por los pechos y le cubre los pezones, duros y relucientes.

Pero no se detiene. Sigue acariciándome, con los dedos resbaladizos por mi semen, y ya estoy poniéndome duro otra vez. La ayudo a levantarse y la llevo hasta la cama. Cuando le separo las piernas, la visión de su coño húmedo y brillante está a punto de hacerme perder el control.

—Eres increíble —susurro mientras voy bajando a besos por su vientre y le separo aún más los muslos—. Y eres mía.