Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

CAPÍTULO TRES

Isabella

La mansión está en silencio, salvo por el suave crepitar del fuego, mientras permanezco tumbada en la cama, contemplando el techo ornamentado.

Mi cuerpo aún vibra por todo lo que ha pasado con Nathan.

La forma en que me ha tocado, la forma en que me ha besado...

No se parece a nada de lo que he vivido.

Y, sin embargo, se ha detenido. Podría haberme poseído, podría haberme tenido de todas las maneras posibles, pero no lo ha hecho.

Se ha apartado y me ha susurrado que merecía algo más.

Nadie me había hecho sentir así. Deseada, querida.

Me doy la vuelta, con la cabeza hecha un torbellino.

No debería desearlo tanto. Es poderoso, rico, está tan fuera de mi alcance que resulta absurdo.

Yo solo soy una chica que creció de una familia de acogida a otra, sin saber nunca lo que era tener una familia de verdad.

Y, sin embargo, cuando me mira, parece que nada de eso importe.

Cierro los ojos, esperando quedarme dormida. Pero, incluso mientras me vence el sueño, sigo sintiendo sus caricias en la piel, y sé que algo ha cambiado dentro de mí.

A la mañana siguiente, me despierta el suave sonido de unos pasos. Por un momento, estoy desorientada y no sé dónde estoy. Entonces recuerdo: la mansión de Nathan. Anoche. Cómo me abrazó, cómo me miró con esos ojos oscuros e intensos.

Me incorporo y me cubro con las sábanas justo cuando Nathan entra en la habitación con una bandeja.

Al verlo, se me corta la respiración. No lleva camiseta, dejando a la vista su pecho musculoso y sus anchos hombros, y la luz de la mañana se filtra por las ventanas y lo baña en un resplandor dorado.

—Buenos días —dice con voz grave y cálida—. He pensado que quizá tendrías hambre.

Deja la bandeja sobre la cama y contemplo lo que ha traído: fruta fresca, bollería, café... Todo está dispuesto con tanto esmero que casi da pena comérselo. Levanto la vista hacia él con el corazón acelerado.

—No tenías por qué hacer esto —murmuro.

Nathan sonríe y se sienta a mi lado en la cama. —Quería hacerlo. Mereces que te traten bien, Isabella. Mereces que cuiden de ti.

Sus palabras me encogen el corazón y aparto la mirada, sintiendo que no merezco tanta amabilidad. No estoy acostumbrada a esto, a que cuiden de mí, a que me deseen. Me abruma.

Comemos durante unos minutos en un silencio agradable antes de que Nathan vuelva a hablar. —Háblame de tus sueños —dice, y su mirada se dulcifica mientras me observa—. ¿Qué quieres, Isabella?

Vacilo, sin saber qué responder. Nadie me lo había preguntado nunca. ¿Qué quiero? Me he pasado la vida intentando sobrevivir, sin pensar jamás en el futuro ni en lo que deseo de verdad.

—Nunca me lo he planteado en serio —admito en voz baja—. Pero supongo que... quiero tener una familia. Nunca he tenido una, y siempre he soñado con tener hijos, con ser la clase de madre que quiere a sus hijos como a mí nunca me quisieron.

La expresión de Nathan cambia; su mirada se vuelve más intensa mientras alarga la mano para coger la mía. —Serías una madre maravillosa —murmura, acariciándome los nudillos con el pulgar—. Se nota en tu dulzura, en tu fortaleza.

Sus palabras me hacen sonrojar y siento que una cálida emoción me llena el pecho. —¿Y tú? —pregunto en un hilo de voz—. ¿Qué quieres?

Guarda silencio un momento, como si sopesara sus palabras.

—He pasado tantos años centrado en mi negocio, en construir mi imperio...

Pero ahora... —Clava los ojos en los míos y siento el peso de su mirada—.

Ahora quiero algo más. Quiero una familia.

Una esposa. Hijos. Alguien con quien compartir todo esto.

Sus palabras quedan suspendidas entre nosotros y, por un instante, todo parece tan claro, tan acertado.

Yo también quiero eso. Quiero ser la persona con quien comparta su vida.

Pero, antes de que pueda decir nada, Nathan se inclina hacia mí y sus labios rozan los míos en un beso suave, cargado de promesas.

Nathan

No puedo dejar de mirarla.

La luz de la mañana que se filtra por las cortinas la hace aún más hermosa que anoche.

Tiene el pelo revuelto por el sueño y las mejillas arreboladas por el calor de la habitación.

Cuando me mira con esos ojos tan abiertos y confiados, necesito toda mi fuerza de voluntad para no hacerla mía aquí y ahora.

Hemos desayunado juntos y hemos hablado de sueños que nunca pensé que expresaría en voz alta. Pero es algo más que eso. Hay algo en Isabella —su dulzura, su vulnerabilidad— que me atrae, que me hace querer protegerla y darle todo lo que siempre ha deseado.

Aparto la bandeja del desayuno y le sostengo el rostro entre las manos. —No tienes ni idea de cuánto te deseo —murmuro, mientras le acaricio los labios con el pulgar.

Cierra los ojos y se inclina hacia mi mano. Su respiración suave y la manera en que su cuerpo responde al mío hacen imposible ignorar el deseo que hay entre nosotros. La beso profundamente y deslizo las manos por su cuerpo, apartando las sábanas de su piel.

Sus pechos son llenos y perfectos. Bajo la cabeza y me llevo uno de sus pezones a la boca. Ella jadea, arqueándose hacia mí, y no puedo evitar sonreír al ver cómo responde a cada caricia. Le beso el cuello y el pecho, y le chupo suavemente el otro pezón, arrancándole leves gemidos.

—Dios, qué hermosa eres —susurro mientras deslizo la mano entre sus piernas. Ya está mojada y tiembla cuando mis dedos la encuentran y empiezan a acariciarla con suavidad.

Extiende la mano hacia mí y me rodea la polla con los dedos. Gimo al sentir cómo me acaricia. Verla desnuda y temblorosa bajo mi cuerpo aviva aún más el deseo que arde en mi interior.

Deslizo los dedos dentro de ella y siento lo estrecha y cálida que está.

Cuando le acaricio el clítoris, jadea y levanta las caderas de la cama.

Le chupo el pezón con más fuerza mientras con la otra mano le sujeto el muslo.

Muevo los dedos dentro de ella, metiéndolos y sacándolos, y observo cómo pierde el control.

—Déjate llevar —murmuro contra su piel, acariciándole el clítoris con el pulgar—. Sé buena y enséñame cómo te corres.

Gime más fuerte y su cuerpo tiembla a medida que se acerca al orgasmo.

Cuando por fin se estremece alrededor de mis dedos y me empapa al correrse, ya no puedo contenerme.

Retiro la mano y me lamo de los dedos su dulce humedad mientras ella me observa, con las mejillas encendidas y el cuerpo todavía tembloroso.

Pero aún no he terminado. Bajo más, besándole los muslos, y, cuando llego a su coño, me tomo mi tiempo para lamerla despacio y saborearla. Ella grita de placer y enreda los dedos en mi pelo mientras vuelvo a llevarla al límite.

Justo cuando estoy a punto de hacer que se corra otra vez, llaman a la puerta. Me quedo inmóvil, con el cuerpo tenso, e Isabella levanta la mirada, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

—¿Señor? —llama una voz desde el otro lado de la puerta—. Tiene una llamada.

Dejo escapar un gemido de frustración y me aparto de Isabella. Ella sigue temblando, con el cuerpo encendido de placer, pero veo la decepción en sus ojos cuando me levanto.

—Quédate aquí —murmuro, dándole un beso suave en los labios—. Me ocuparé de esto.