Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

CAPÍTULO DOS

Isabella

El coche se desliza hasta detenerse frente a su mansión, y me quedo sin aliento al bajar a la entrada de piedra. Es preciosa, con sus imponentes columnas y la suave luz dorada que se derrama por las ventanas. Es como entrar en otro mundo. Un mundo al que no pertenezco.

Nathan apoya una mano en la parte baja de mi espalda mientras me conduce al interior, y el calor de su contacto me provoca un escalofrío.

Las puertas principales dan a un vestíbulo inmenso, con suelos de mármol que relucen bajo nuestros pies y una gran escalera que asciende en curva hasta la segunda planta.

Todo aquí es lujoso, opulento. Huele a madera nueva y a algo limpio, algo que me hace sentir a salvo.

La noche ha sido una sucesión abrumadora de imágenes borrosas, pero ahora, de pie en el centro de esta mansión, empiezo a asimilar dónde estoy.

Es mucho. Demasiado, quizá. Y, sin embargo, cuando alzo la vista hacia Nathan y sus ojos oscuros se encuentran con los míos, siento que estoy justo donde debo estar.

—Debes de estar agotada —murmura con su voz grave y reconfortante—. Deja que te enseñe tu habitación.

Asiento, sin atreverme a hablar. El corazón todavía me late a toda velocidad, y no solo por lo ocurrido esta noche, sino por la forma en que me mira: como si fuera algo frágil, alguien a quien merece la pena proteger. Nadie me había mirado así antes.

Atravesamos la mansión en silencio, roto únicamente por el leve sonido de nuestros pasos sobre el mármol. El pasillo está flanqueado por ventanales que van del suelo al techo y dejan ver los jardines, bañados por la tenue luz de la luna. Parece un sueño, demasiado perfecto para ser real.

—Aquí —dice Nathan mientras abre unas puertas dobles.

Entro y se me corta la respiración. La habitación es impresionante. En el centro hay una cama enorme, cubierta de sábanas sedosas que brillan bajo la tenue iluminación. Las paredes son de un gris oscuro y cálido, y en un rincón arde una gran chimenea que lo tiñe todo de dorado.

Pero, antes de que pueda fijarme en todo, lo siento detrás de mí, su presencia firme y tranquilizadora.

—Aquí estás a salvo, Isabella —susurra, y su voz me inunda de calidez—. Ya nadie puede hacerte daño.

Me vuelvo hacia él con el corazón desbocado. El pelo oscuro le cae sobre la frente y tiene la mandíbula tensa, como si estuviera conteniéndose. Me mira como si librara una batalla consigo mismo, y eso solo hace que lo desee aún más.

—No sé por qué haces esto —susurro con voz apenas audible—. Por qué me ayudas.

Levanta una mano y me acaricia la mejilla con un gesto suave, pero decidido. —Porque mereces que cuiden de ti. Y quiero ser yo quien lo haga.

Entre nosotros salta una chispa, algo que me atrae hacia él. Ni siquiera me doy cuenta de que me he movido hasta que mi cuerpo está pegado al suyo y sus labios se posan sobre los míos. Al principio el beso es suave, tanteador, pero enseguida se vuelve más profundo, más desesperado, más ávido.

Me levanta sin esfuerzo y le rodeo la cintura con las piernas mientras me lleva al otro lado de la habitación, sin que nuestras bocas se separen un instante. El mundo da vueltas cuando me tiende en la cama, con su cuerpo suspendido sobre el mío.

Nunca había sentido nada parecido. Esa intensidad. Esa necesidad. Todo mi cuerpo arde por él, y no puedo contener el suave gemido que se escapa de mis labios cuando sus manos recorren mi cuerpo y empiezan a tirar de mi ropa.

—Nathan... —suspiro con voz temblorosa.

Pero no se detiene. Sus labios descienden por mi cuello mientras sus manos me sacan el vestido por la cabeza y lo arrojan a un lado. Me estremezco cuando el aire fresco roza mi piel desnuda, pero sus manos están calientes al deslizarse por mi cuerpo, explorando cada curva, cada centímetro de mí.

Nathan

Apenas puedo respirar mientras la miro. Isabella está tendida bajo mi cuerpo en la cama, con la piel resplandeciente a la luz del fuego. La forma en que me mira, como si yo fuera lo único que la mantiene anclada a este mundo, despierta en mí una oleada de deseo posesivo.

Le voy quitando la ropa despacio y ella se deja.

Sus ojos no se apartan de los míos, muy abiertos y llenos de confianza, y me entran ganas de adorar cada centímetro de su cuerpo.

Ya sin el vestido que llevaba esta noche, quedan al descubierto la piel cremosa de su pecho, el suave movimiento de sus senos generosos al respirar y la delicada curva de sus caderas.

La desnudo con veneración, recorriendo su piel tersa con las manos.

Me demoro en los bordes de su sujetador de encaje antes de desabrocharlo y dejar que caiga al suelo.

Sus pechos son perfectos, llenos y redondos, y no puedo evitar inclinarme para tomar uno entre los labios y succionarlo con suavidad.

Ella jadea y arquea el cuerpo hacia mí; el sonido de su placer enciende algo en mi interior.

Le beso el cuello y sigo bajando hasta sus pechos.

Trazo círculos con la lengua alrededor de un pezón y luego del otro, recreándome en la respuesta de su piel.

Tiene las manos sobre mis hombros y se aferra a mí como si necesitara sostenerse.

—Isabella —murmuro con voz ronca mientras sigo bajando a besos. Mi mano se desliza por su costado, recorre la suave curva de su cadera y llega a la cinturilla de sus bragas. Tiro de ellas hacia abajo despacio, deliberadamente, y ella tiembla bajo mi cuerpo, ya completamente desnuda.

Su aroma impregna el aire, dulce y embriagador. Siento lo mojada que está, lo preparada que está para mí. Pero no voy a apresurarme. Quiero que lo sienta todo.

Deslizo la mano por su muslo y le separo las piernas con delicadeza. Después paso los dedos por los pliegues húmedos de su sexo. Está empapada y, cuando introduzco un dedo en ella, jadea y levanta las caderas de la cama.

—Dios, Nathan... —susurra sin aliento.

Sonrío contra su piel al sentir que se contrae alrededor de mi dedo. Está tan estrecha, tan caliente... Pensar en estar dentro de ella, en hacerla mía por completo, hace que me recorra una oleada de calor. Pero antes quiero darle todo el placer que sea capaz.

Introduzco otro dedo y empiezo a moverlos despacio, observando su rostro mientras gime, con los labios entreabiertos y el pecho subiendo y bajando al ritmo de su respiración. Tiembla bajo mi cuerpo, aferrada a las sábanas, y noto que está cada vez más cerca.

—Déjate llevar, Isabella —murmuro mientras le acaricio el clítoris con el pulgar—. Quiero verte correrte para mí.

Gime más fuerte y se retuerce bajo mis caricias. Cuando doblo los dedos dentro de ella y encuentro ese punto tan sensible, pierde el control. Todo su cuerpo se tensa, se le corta la respiración y se estremece alrededor de mis dedos mientras el orgasmo la recorre en oleadas.

No me detengo. Sigo acariciándola para prolongar su placer y la observo temblar mientras sus gemidos llenan la habitación. Está preciosa así, entregada por completo al momento. Cuando por fin saco los dedos, están cubiertos de su humedad.

Me los llevo a la boca y la saboreo. —Sabes muy dulce —susurro, y ella se sonroja, aún temblorosa.

Pero no he terminado. Me inclino para besarla de nuevo mientras mis manos se deslizan por sus pechos, su vientre, por todas partes. Nunca había deseado tanto a nadie, nunca había sentido una necesidad semejante, y su manera de responderme solo hace que la desee aún más.

Tiende las manos hacia mí y roza con los dedos la cinturilla de mis pantalones. Dejo que me desnude. Le tiemblan las manos cuando me saca la camisa por la cabeza y, cuando por fin me baja los pantalones, mi polla queda libre, dura y palpitante.

Abre mucho los ojos al mirarme. Veo un destello de incertidumbre en su rostro, pero también hay algo más, algo primario que me impulsa a acercarme.

Extiende la mano y me rodea la polla con los dedos. Gimo al sentir la suavidad de sus caricias. Observo su rostro mientras me toca: tiene los labios entreabiertos y las mejillas encendidas, y apenas puedo contenerme.

—Isabella —murmuro con voz tensa mientras me coloco entre sus piernas—. Te necesito.

Estoy listo para tomarla, para hacerla mía por fin como deseo desde el instante en que la vi, pero, justo cuando estoy a punto de penetrarla, apoya una mano en mi pecho.

—Nathan... Nunca he hecho esto —susurra con voz temblorosa—. Soy virgen.

Sus palabras me sacuden y, por un momento, todo se detiene. Es virgen. Siento cómo tiembla bajo mi cuerpo y comprendo lo inocente que es, cuánto está confiando en mí.

Bajo la mirada hacia ella. Respiro agitadamente y la polla me palpita de ganas de estar dentro de ella, pero no puedo hacerlo. Todavía no. No así.

Me aparto, le tomo el rostro entre las manos y deposito un suave beso en su frente. —No voy a arrebatarte eso —susurro con la voz ronca por el esfuerzo de contenerme—. Esta noche no.

Tiene los ojos muy abiertos y llenos de emoción. En ellos veo la confianza que ha depositado en mí. Y en ese momento sé que esperaré lo que haga falta. Porque merece algo más que un instante de pasión. Se lo merece todo.