Protegida en su mansión (Bajo su protección nº 2)
© inepub.com
Capítulo 1
CAPÍTULO UNO
Isabella
Estoy sentada frente a Matthew y lo veo hablar sin dejarme meter baza, como si yo ni siquiera estuviera aquí.
Tiene una voz suave, pero cada palabra que sale de su boca me crispa los nervios.
Este restaurante me asfixia; es demasiado caro para alguien como yo.
La lámpara de araña que pende sobre nuestras cabezas brilla como esa vida que nunca tendré, y la elegante disposición de la mesa me incomoda más de lo que me impresiona.
Las palabras de Matthew se vuelven un murmullo confuso mientras miro mi regazo e intento acallar la ansiedad que me ronda desde esta mañana.
El allanamiento de mi piso ha sido la gota que ha colmado el vaso.
No tengo adónde ir y ahora mi único refugio —ese espacio diminuto al que he llamado hogar— está teñido de miedo.
Estoy atrapada. Y aquí me encuentro, con un hombre que me hace sentir insignificante. ¿Por qué acepté esta cita?
Echo un vistazo a mi alrededor, desesperada por encontrar algo, lo que sea, que me distraiga del nudo que se me aprieta en el pecho.
Y entonces lo veo.
Está sentado solo en la barra. Es un hombre de pelo oscuro y hombros anchos.
Su presencia es como un nubarrón: atrae las miradas sin proponérselo.
Lleva un traje impecable, pero su porte no tiene nada de rígido.
Emana poder, una seguridad que hace que todos los demás se desdibujen.
Me mira con intensidad, como si pudiera ver más allá de la fachada que he intentado mantener toda la noche.
No puedo apartar los ojos de él. El resto del restaurante parece desaparecer y, por un momento, solo estamos él y yo.
Pero la voz de Matthew me devuelve a la realidad. —Deberías agradecerme que te haya traído aquí siquiera —suelta con desdén, rebosante de arrogancia.
Antes de que pueda responder, el hombre de la barra aparece a nuestro lado.
De cerca es aún más impresionante: alto, musculoso, con un rostro que parece tallado en piedra.
Sus ojos oscuros se centran por completo en mí, y noto que algo desconocido se despierta en mi interior. Seguridad. A su lado me siento segura.
—Ella ya no quiere saber nada de ti —dice con voz serena, pero autoritaria.
Matthew se eriza. —¿Y tú quién coño te crees que eres?
El hombre ni siquiera lo mira. Mantiene los ojos clavados en los míos y algo dentro de mí se libera. —El hombre que va a sacarla de aquí.
Me tiende la mano y la cojo sin pensármelo dos veces. Su forma de sujetarme es firme, tranquilizadora, y dejo que me conduzca fuera del restaurante mientras las protestas de Matthew se desvanecen a nuestra espalda.
Fuera nos espera un elegante coche negro, con la puerta ya abierta.
Vacilo y alzo la vista hacia el desconocido que acaba de sacarme de una situación de la que no sabía cómo escapar.
Debería tener miedo. No lo conozco. Pero esta noche no puedo volver a mi piso.
No puedo enfrentarme a la ventana rota ni al miedo de estar sola.
—Soy Nathan —me dice.
—Yo soy Isabella.
—¿Dónde vives? —pregunta.
—No... No puedo volver a mi piso —susurro con la voz quebrada—. Alguien ha entrado a robar... Ya no... Ya no me siento segura allí.
Su expresión se suaviza, aunque solo un poco. —No tendrás que volver. Ahora estás a salvo conmigo.
Entro en el coche y su lujo me envuelve como un capullo protector. Nathan le dice al chófer que vayamos a su casa antes de subir a mi lado. La puerta se cierra tras él. No dice nada, pero hay algo en su mirada que me hace sentir que todo va a salir bien.
Nathan
En cuanto la vi entrar en el restaurante con aquel hombre, supe que no tenía que estar con él.
Sus miradas nerviosas, cómo jugueteaba con las manos, cómo paseaba la vista por la sala como si buscara una salida...
Todo aquello me dijo cuanto necesitaba saber.
Desentonaba en el mundo de ese hombre, pero, más que eso, se sentía incómoda. Asustada.
Y era preciosa. Dios, qué preciosa es. El pelo rubio y suave le cae en cascada sobre los hombros, y tiene la piel pálida, de aspecto tan delicado que parece que podría dejarle un moratón con solo tocarla.
El vestido se ciñe a sus curvas donde debe, y mi mirada se demora en la redondez de sus pechos generosos, en el suave subir y bajar de su pecho mientras respira de forma entrecortada.
Pero no es solo su cuerpo lo que me cautiva: es la vulnerabilidad de sus ojos. Parece que cualquier paso en falso podría hacer que se viniera abajo. Y quiero ser yo quien se asegure de que eso no ocurra.
Ya he conocido a hombres como él: engreídos, pagados de sí mismos, convencidos de que pueden comprar cuanto se les antoje, incluidas las mujeres. Pero ella no estaba en venta. No para él.
Mientras seguía en la barra, lo vi menospreciarla y tratarla como si no fuera más que otro accesorio.
Me hervía la sangre. Hubo un tiempo en que quizá lo habría ignorado, habría dejado pasar aquello porque no era asunto mío.
Pero esta noche no. Esta noche sentí despertar en mí algo primitivo, algo posesivo.
La deseaba. Y no solo físicamente, aunque ese deseo era innegable. Quería protegerla, resguardarla de lo que fuera que la hacía parecer tan perdida.
Cuando me acerqué a su mesa y vi cómo me miraba —con los ojos muy abiertos por el miedo, pero también por algo más, algo parecido a la esperanza—, supe que no podía dar media vuelta.
—Ella ya no quiere saber nada de ti —dije con un tono que no admitía réplica.
No se lo tomó bien, pero me daba igual. No apartaba los ojos de ella y, cuando me cogió la mano, noté que algo cambiaba en mi interior. Estaba acostumbrado a tener el control, a conseguir lo que quería, pero esto era distinto. No se trataba de poseerla, sino de protegerla.
Ahora está en mi coche y no puedo dejar de pensar en lo suave que parece su piel, en lo carnosos que son sus labios.
Está sentada a mi lado, con las manos entrelazadas en el regazo, y veo el miedo en sus ojos.
Ha pasado por algo que la ha sacudido hasta lo más hondo, y eso me hace querer estrecharla entre mis brazos y decirle que ya no tiene por qué tener miedo.
El coche se detiene frente a mi mansión. Le abro la puerta y observo su rostro mientras contempla las enormes dimensiones de la casa. Abre mucho los ojos y me mira como si intentara averiguar si todo esto es real.
—No sé si debería estar aquí —susurra con voz temblorosa.
Me acerco y apoyo una mano en la parte baja de su espalda. —Aquí estarás más segura que en ningún otro sitio.
Vacila un momento, pero luego asiente y la acompaño al interior.