Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 26. CONVICCIÓN
98%

26. CONVICCIÓN

CONVICCIÓN

Disparé Voidshot e iluminé el túnel por un instante. La luz bañó la túnica blanca de Gurtrum mientras corría tan deprisa como se lo permitía su anciano cuerpo.

Volví a disparar. Aunque mi chispa me suplicaba que la perdonase. Me rogaba que no arrebatara una vida.

—¿Ha merecido la pena? —grité, con la voz resonando por el túnel—. ¿Toda esta puta mierda ha merecido la pena por tu mezquino sueño?

Tantos muertos. Mi amiga entre rejas. Toda aquella carnicería. Tom…

¿Y para qué?

¿Por la maldita política de las Grietas?

Volví a disparar. La bala rebotó y arrancó fragmentos de la pared que salieron despedidos contra la anciana purificadora mientras se internaba cada vez más en la oscuridad.

No sentía cansancio alguno. No sentía ninguna duda ni remordimiento. Mi chispa era un gemido distante. Solo sentía ira. Una ira que se alzaba como un dique contra la inevitable desesperación que me invadiría en cuanto apartara el dedo del gatillo.

Gurtrum dobló una esquina y fui tras ella mientras volvía a disparar. Soltó un grito, pero siguió corriendo.

—Mataste a Lesley. Tendiste una trampa a Stephanie. Tú… tú…

Nada de aquello habría sucedido sin ella. Tom no habría caminado por el vacío una última vez.

Dejé caer lágrimas de rabia mientras disparaba de nuevo. La bala impactó contra el metal y levantó una lluvia de chispas.

Corrí hasta la placa metálica, busqué a tientas un tirador y lo encontré.

Mi chispa intentaba abrirse paso a través de mi ira. Enfriar aquella cólera ajena que nunca había sentido de verdad. Ni siquiera contra Lilian al descubrir que él había sido responsable de la muerte de mi padre adoptivo.

Nunca había odiado a nadie tanto como odiaba a Gurtrum en aquel momento.

Y ni siquiera la magia que me definía podía detenerme.

Abrí la puerta a la fuerza y parpadeé cuando el sol me hirió los ojos. El aire cálido me acarició la piel. Dejé que la vista se acostumbrara a la luz.

Salí a un campo abierto a través de una escotilla secreta, construida en una roca para ocultar su verdadera naturaleza.

Gurtrum corría por el campo, jadeante y con una mano sobre el corazón, mientras sus ropajes ondeaban al viento.

Apunté con Voidshot y centré la mira en su figura.

Yo era más joven que ella. Podía perseguirla. Podía darle alcance. Y, tarde o temprano, se cansaría. Podía detenerla. Heiligslicht la castigaría. Stephanie quedaría libre.

Pero no bastaba.

Mi chispa gritaba en mis oídos. Y también otras voces. Una multitud de protestas sin voz palpitaba en mi mente, suplicándome que no disparase.

Pero ¿por qué no iba a hacerlo?

Ahora que Tom ya no estaba…

El mundo quedó en silencio. Ya no oía mi chispa ni las demás voces.

Contuve la respiración. A lo lejos, oía los jadeos entrecortados de Gurtrum por el esfuerzo.

Apunté.

El sonido cesó. El mundo se oscureció. No existía nada más. Solo el frío metal en mi mano. Y el vacío de mi corazón.

Disparé.

El estampido resonó con estruendo por aquel campo rocoso e interminable.

Gurtrum se detuvo y se volvió hacia mí. Una mancha roja se extendió por su túnica blanca y entonces cayó.

Esperé a que se estremeciera. A que se moviera. A que se curase. El sonido regresó y el sol volvió a bañar el mundo. Los pájaros piaban a lo lejos mientras una brisa me revolvía el cabello apelmazado.

No se movió. Su túnica blanca se tiñó cada vez más de rojo.

Y las emociones regresaron…

Voidshot se me escurrió de los dedos y cayó con un golpe sordo sobre la arena y la hierba seca.

Caí de rodillas.

Mi chispa. No la sentía. Las voces… se habían callado.

Gurtrum yacía muerta. No necesitaba comprobarlo. Sabía que no le quedaba chispa suficiente para curar una herida como aquella. Y no podía sanar algo que ya estaba muerto.

Oí crujir el suelo a mi espalda. El alivio me inundó el corazón y me volví.

—¿Tom?

Allí estaba Conrad. Y en sus ojos vi la verdad.

No iba a volver. Esta vez no.

Ya no pude contenerlo. La ira remitió. Y el dique reventó.

Las lágrimas me brotaron de los ojos y lancé un alarido espantoso y sin palabras. Conrad permaneció a mi lado, en silencio, todo el tiempo.

Aquel idiota. Mi querido insensato, imbécil e impulsivo. El hombre que me había convertido en la mujer que era.

Y ya no estaba. Había muerto con la misma insensatez y generosidad con las que había vivido. Se había llevado al Doblador de Acero al vacío consigo. Y no había regresado.

Quería odiarlo. Quería detestarlo por haberme roto así el corazón.

Pero no podía.

Solo podía gritar y suplicarle que volviera.

Pero no volvió.

Otra promesa rota.

Con los ojos empañados, alcé la mirada hacia Conrad.

—Es culpa mía —lamenté entre sollozos dolorosos—. Yo… no debería haberlo animado. No debería haberlo incitado.

Debería haber sabido desde el principio que era arriesgado. Debería haberle impedido caminar por el vacío. Haber visto antes las señales y salvarlo de aquel camino insensato.

No odiaba a Tom. No podía odiarlo. Pero me odiaba a mí misma.

—No es culpa tuya —dijo Conrad al fin.

Lo miré fijamente, en silencio.

—Yo enseñé a Tom a caminar por el vacío. Lo animé a usarlo. Conocía los riesgos. Sabía lo que le haría. Y permití que sucediera. Yo… yo hice esto.

—¿Por qué? —fue lo único que pude preguntar.

A Conrad le tembló el labio, pero no lloró.

—Tenía que hacerlo.

La ira volvió a crecer en mi corazón y me abalancé sobre Conrad, golpeándole el pecho. No necesitaba explicaciones. Ninguna excusa sería jamás suficiente. Solo sabía que Tom ya no estaba. Y, si no quería estar triste, si no quería que la desesperación me destrozase, tenía que estar furiosa.

—¡Te odio! ¡Te odio! —grité mientras le propinaba puñetazos y golpes. Pero los brazos empezaron a fallarme y ya no pude seguir.

Conrad me rodeó con los brazos y me estrechó con fuerza.

—Lo siento —susurró.

Pero sus palabras no significaban nada.

Tom se había ido. Y, esta vez, no iba a volver.