27. DESENLACES
DESENLACES
Ver a Steph cruzar las puertas automáticas del complejo de Heiligslicht como una mujer libre casi bastó para mitigar el vacío que sentía en el corazón y en el estómago.
En este último caso, el vacío era bastante literal. No recordaba cuándo había comido por última vez.
Steph se iluminó al verme y corrió hacia mí para envolverme en un fuerte abrazo. Yo también la estreché entre mis brazos.
—Gracias, Cins. ¡Gracias! —repitió una y otra vez.
—Entonces, ¿ya está? ¿Tengo que darle algún que otro mamporro más a Cox? —Intenté sonreír, pero no pude.
Steph negó con la cabeza.
—Qué va. Se ha portado con bastante elegancia. Quiere ofrecerme una disculpa formal. De hecho, iba para allá ahora mismo. ¿Quieres venir?
Alcé la vista hacia la torre administrativa de Heiligslicht. La idea de volver a entrar allí después de todo lo ocurrido…
Negué con la cabeza.
—Hoy es tu día. No quiero quitártelo.
Steph se quedó mirándome con el ceño fruncido. Aún no le había hablado de Tom. Todavía no me parecía bien hablar de aquello. Ni siquiera lo había hablado con los demás.
En ese momento solo quería estar sola.
Steph parecía querer decir algo. Probablemente se había dado cuenta de que mi aura se había apagado.
Ya no sentía mi chispa con la misma intensidad que antes.
Después de matar a Gurtrum, se había retraído.
No me había abandonado. No del todo. Pero matar a sangre fría a una anciana no había contribuido precisamente a congraciarme con mi chispa, al menos según la parte más profunda de mi conciencia.
Sentir cómo menguaba aquel resplandor dorado en mi interior me dejaba otra clase de vacío literal. Pero no era nada comparado con la negrura que me llenaba la cabeza.
—Estaré aquí para hablar cuando estés preparada —dijo Steph, y volvió a abrazarme.
—Gracias —respondí, y me despedí con la mano mientras se alejaba. Una mujer libre. Al menos aquí había algo parecido a un final feliz.
Volví a mirar la torre administrativa. Cox me había ofrecido recuperar mi antiguo puesto. Y un montón de ascensos. De verdad quería que volviera al redil. Rechacé la oferta. No quería volver a formar parte de nada. Ni siquiera aunque El Reckoning estuviera desmoronándose sin su auténtico líder.
Además de mi deseo de disfrutar de una sencilla soledad, no podía evitar desconfiar de mi antigua orden.
Se decía que Heiligslicht había unido su suerte a la del Uberkaiser del Sacro Imperio Romano Germánico. Adam Dawi había pronunciado un airado discurso al respecto ante el Consejo. Pero no había mucho que pudiera hacer.
Heiligslicht tenía demasiado poder. Ayudaba a demasiada gente.
Pero, como ahora comprendía, la sanación podía utilizarse para hacer daño. Y que el gremio de sanación más poderoso de la ciudad estuviera sometido a un gobernante extranjero no daba muy buena imagen.
Tampoco podía evitar pensar en Lesley. Ella no había confiado en Heiligslicht.
Y al final había tenido razón. Alguien había revelado al Cuerpo de Exterminio la debilidad del Kan Oscuro.
Solo podía confiar en que hubiese sido Gurtrum.
Pero algo en mis entrañas me decía que aquello llegaba mucho más lejos.
Mi orden, la orden de Herschel, albergaba corrupción en su interior. Una oscuridad que pretendía destruir la civilización en un intento por defenderla.
Y yo no quería formar parte de aquello.
Mientras subía al coche y conducía hacia Rondebosch, reflexioné sobre la chispa de Gurtrum y sobre la mía. Siempre había existido el consenso de que los purificadores, las personas dotadas de una chispa de sanación, eran buenas. Perfectas. Desinteresadas y compasivas. Incapaces de hacer daño.
Pero Gurtrum había demostrado que eso no era cierto.
Se suponía que Stephanie era una embaucadora. Pero era leal a sus amigos. Leal a sí misma.
Y Tom…
Tom era Tom.
La vida no era blanca o negra. También había mucho gris, además de otros colores. Y debería haberme dado cuenta mucho antes. Pero sabía que aún me quedaba mucho por aprender. Heiligslicht demostraba cada vez más ser un maestro tremendamente incompetente.
Antes de darme cuenta de lo que hacía, me había detenido delante de la casa de Tom. Puse las manos sobre las llaves para volver a arrancar mi coche nuevo. Una copia idéntica de mi UhuruTech. Pero algo me detuvo. Mi intención había sido regresar a casa.
Sin embargo, mi corazón me decía que mi hogar estaba allí.
Salí del coche y me acerqué a la puerta. Casi esperaba percibir el olor de un asado chamuscado y el agradable aroma de la madera al arder. Metí las llaves en la cerradura, convencida de que abriría la puerta y descubriría que todo había sido una pesadilla espantosa.
Cerré los ojos y giré el picaporte. Imaginé a Tom al otro lado, obsequiándome con aquella sonrisa pícara.
Abrí los ojos.
No estaba allí.
Cerré la puerta a mi espalda e inspiré. La casa aún olía a él. Aquel aroma ahumado a fuego se mezclaba con su colonia.
Noté que se me humedecían los ojos, pero me negué a permitir que llegara a formarse una lágrima. Ya había llorado bastante. Se acabó.
Recorrí la casa, tocando las paredes y deslizando los dedos por las fotografías enmarcadas y los recortes de periódico. El Reckoning me sonreía. Y yo estaba con ellos. Mi familia. Mi verdadera familia.
Atisbé un destello de fuego y me volví. Pero no había nada. Aun así, podía oler el fuego. Podía oír cómo se burlaba de mí y se reía.
Y podía oírlo decirme que me quería.
Los brazos me cayeron inertes a los costados y regresé al salón arrastrando los pies.
No debería haber ido allí. Pero mi chispa vibró. Ella creía que sí. Aunque ya no nos hablábamos. Aquel dolor… No quería sentirlo. Nunca.
Algo sobre la mesa de centro me llamó la atención y me detuve.
Un sobre. Me acerqué.
—Para mi chispa resplandeciente.
Le di la vuelta.
—Sí, eres tú, Cins.
Abrí el sobre.
—Si todo sale según lo previsto, nunca leerás esto. Llegaré al galope sobre un corcel blanco, cargado de riquezas y pollo frito, y seremos felices. Y tú nunca tendrás que leer esta carta espantosa ni sufrir mi prosa de idiota.
No pude evitar reír, aunque los ojos se me humedecían cada vez más.
—A pesar de mi necedad, sé que no soy invencible.
En este oficio pueden ocurrir cosas inesperadas y terribles.
Por eso quiero dejarlo. Por eso quiero que lo dejemos los dos.
Ya te dije que quería que nos retiráramos, y lo decía en serio.
Esta no es una profesión en la que uno muera en la cama.
Por muy hábiles que seamos, por muy milagroso que sea tu poder, nuestra suerte terminará agotándose.
Y, si estás leyendo esto, la mía se agotó.
Parpadeé para contener las lágrimas y ahogué un sollozo antes de seguir leyendo.
—Lo siento, Cins. Siento que hayas tenido que leer esto.
Y siento no estar ahí contigo ahora. Debería haberte escuchado.
Debería haberme conformado. Pero no está en mi naturaleza.
Soy una llama. Y las llamas se extinguen.
No lo lamento por mí. No me arrepiento de que mi vida haya terminado.
Solo lamento no haber podido envejecer contigo y descubrir todo lo que una vida tranquila tenía que ofrecernos.
Una vez más, quise odiarlo. Pero no pude.
—Ya no puedo estar a tu lado, Cins. Pero todavía puedo dejarte una parte de mí que te ayude a seguir adelante.
La casa es tuya, y también todo lo que hay dentro.
Todo cuanto quede en mi cuenta bancaria es tuyo.
Te ruego que aceptes cualquier recuerdo o reconocimiento que te brinde consuelo y alegría.
Atesóralos. Pero, por encima de todo, quiero que sigas adelante. Que encuentres la felicidad sin mí.
»Te quiero. A través de El Intermedio y en todos los Reinos.
»Tom.
Las lágrimas cayeron sobre la carta y emborronaron la tinta.
No podía concebir una vida sin él. Y no sabía si aquel vacío que llevaba dentro podría llenarse alguna vez.
Mi chispa intentó darme calor. Tranquilizarme. Hacerme saber que todo saldría bien. A pesar de cuanto había hecho, seguía allí para mí.
Me sequé las lágrimas, doblé con cuidado la carta de Tom y la guardé de nuevo en el sobre.
No sabía si algún día podría volver a ser feliz. Pero sabía que tenía una misión. Eso no había cambiado. Daba igual cuánto hubiese perdido.
Había monstruos ahí fuera. Y personas que necesitaban que las salvaran.
Seguiría matando demonios. Seguiría sanando a la gente.
Y, aunque yo no pudiera volver a encontrar la alegría, me aseguraría de que otros sí pudieran.
Sentí que una calidez ardiente me envolvía. Cerré los ojos y, solo por un segundo, fingí que era real antes de desterrarla.
Le di la espalda a la carta de Tom y a todo cuanto había perdido.
Tenía trabajo que hacer.