Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 24. CONFESIONES
87%

24. CONFESIONES

CONFESIONES

Con los siete amontonados unos encima de otros y Brick inclinado sobre los asientos traseros desde el maletero, el viaje resultaba bastante incómodo. Y saber adónde nos dirigíamos lo hacía aún más incómodo.

Adam Dawi tenía una fortaleza secreta en Sea Point que había mandado construir para celebrar las negociaciones del tratado. Si Richard decía la verdad, ahora estaba siendo atacada por miembros de nuestros misteriosos enemigos.

Pese a la impresionante velocidad de Richard, el trayecto era largo y nos dio tiempo de sobra para hablar.

Brick, o debería decir el Khan Exterminador, por fin nos contó toda la verdad sobre su pasado en el Cuerpo.

—Deserté del Cuerpo después de que aniquilaran a mi unidad.

Pero no fue eso lo que me hizo querer marcharme.

Dejé de odiarlos. A los ogros y a los gigantes.

Hacía siglos que habían matado a mi familia.

Y yo había matado a muchísimos de ellos.

Estábamos en paz. Pero el Cuerpo no es algo que se pueda abandonar.

Son tus hermanos. Tus únicos amigos. Las únicas personas que te entienden.

Pero, cuando murieron..., supe que había llegado el momento de irme.

Crucé la frontera y atravesé el Karoo a pie para llegar a Hope City.

—¿Quiénes eran esos tipos? —preguntó Tom—. Creía que el Cuerpo estaba prohibido.

Brick negó con la cabeza.

—Oficialmente sí, pero Goldfield lo mantuvo como una unidad de operaciones encubiertas. Nos metían en toda clase de asuntos. Operaciones que pudieran negar. Escuadrones de la muerte.

Volvió a negar con la cabeza, reprimiendo los recuerdos y la culpa. Me daba cuenta de que matar a sus antiguos camaradas le había hecho daño. Mucho. Pero al final lo había hecho. Porque se regía por un código inquebrantable. Quizá no fuera algo que yo pudiese llegar a entender. Pero él sí.

—No me gusta hablar de esto —admitió.

Gibbs le tocó el hombro.

—Y no hace falta que lo hagas, tío. ¡Ahora eres un kan!

Gibbs soltó un bufido mientras contenía la risa.

—Brick’thor Hammerbane. Escribiría una canción sobre ti, pero antes voy a necesitar otro keytar.

Brick se rio con él. Aún no había asimilado del todo la realidad de su situación. Sospechaba que la Liga Glitch no tardaría en querer echarle las zarpas encima. Un títere en el trono de los ogros tendría un valor incalculable.

La rebelde que había en mí esperaba que Brick los mandara a paseo.

Mientras los demás charlaban, Tom se inclinó hacia mí y susurró:

—Lo... siento, Cins. Por no haber sido sincero contigo.

Le di un beso en la mejilla.

—Me he dado cuenta de que eres idiota. Pero también me he dado cuenta de que eres un idiota al que quiero. Y de que ser descuidado, irreflexivo y temerario forma parte de tu naturaleza.

Sonrió a pesar de los insultos.

—Entonces, ¿me perdonas?

Me incliné para besarlo, pero me detuve a apenas un centímetro de sus labios.

—Todavía no. Creo que tienes que sufrir un poco más.

Puso un mohín exagerado, pero yo sabía que él sabía que ya lo había perdonado. Mucho tiempo atrás.

Apoyé la cabeza en su pecho, sintiendo el calor de su abrigo llameante y los latidos de su corazón. Antes había estado frío y su corazón, silencioso. Cuando el vacío casi se lo llevó.

—Verte casi morir por segunda vez... —susurré mientras los demás daban a Brick ideas para gobernar su nuevo reino de ogros—. Me hizo comprender cuánto te sigo queriendo. Que no puedo perderte.

—Yo también te quiero, Cins. Y...

Se quedó mirando al vacío, ensimismado.

—Por poco no salgo de esa.

Había un miedo palpable en su voz. Y arrepentimiento. El dolor que traslucía me desgarró el corazón. Una herida que mi chispa no podía diagnosticar.

—Todo se volvió negro. Y gris. Una neblina como la de un televisor sintonizado en un canal muerto. No podía sentirme a mí mismo. Ni sentir nada más. Excepto...

Me miró.

—Te sentí a ti. Y entonces te vi.

Lo abracé con fuerza, sin querer soltarlo, mientras el olor salobre del mar entraba por la ventanilla del coche y anunciaba que nos acercábamos.

—Por favor... —susurré, agradecida de que nadie más en el coche nos prestara atención—. No vuelvas a caminar por el vacío. No... no es demasiado tarde para que te recuperes.

—No lo haré —prometió—. Nunca más.

Richard tomó una carretera costera y contemplé cómo el mar se extendía hasta el horizonte y se fundía con el cielo. Era apacible. Y melancólico. Quieto y sin vida, pero siempre en movimiento y rebosante de toda clase de criaturas.

Richard se alejó de la costa y comenzó a subir una colina. Las casas eran cada vez más escasas, hasta que nos encontramos ante una carretera solitaria que ascendía por el acantilado.

—Estamos cerca —anunció Richard con voz siniestra—. No sé qué encontraremos aquí. Pero estad preparados. La ciudad no olvidará vuestro servicio. Jamás.