23. OGROS
OGROS
—Como vencedor de un duelo de honor, reconocido y presenciado por los caídos, ¡Brick’thor Hammerbane es nuestro nuevo Kan! —nos tradujo Urgur.
Dudaba que ese fuera su verdadero nombre, pero Brick tampoco era un nombre muy propio de un Kan.
Seguía sin parecer real. Pellizqué a Tom para despertarlo y él me devolvió el pellizco. Pero ambos estábamos bien despiertos. Gibbs no paraba de mirarnos, esperando que alguien le dijera que todo aquello era una broma.
Los ogros se congregaron alrededor de Brick, hincaron las rodillas y le juraron lealtad como portador del martillo de sus antepasados. El Martillo Negro.
Ninguno tuvimos valor para decirle a Urgur que el martillo se lo habían regalado, que no lo había ganado en combate. Sin embargo, Alex parecía saber algo sobre las leyes de sucesión de los ogros y, por lo visto, aquello no importaba.
El martillo era la corona. Quien lo empuñara gobernaba la horda. Y resultaba que ahora ese era nuestro buen amigo Brick.
¡Que el Titán nos amparase!
Mientras Brick aceptaba, incrédulo, la lealtad y devoción de aquellos guerreros gigantescos, un BMW blanco con las lunas tintadas se detuvo justo en la periferia del campo de batalla. Algunos ogros se volvieron hacia los recién llegados, pero Brick los contuvo valiéndose de Urgur como intérprete.
Conrad Khoi y Richard Evergreen bajaron del coche al instante. Y mis sospechas se multiplicaron por diez.
Adam Dawi no habría instigado personalmente a El Reckoning a cometer aquella traición. Pero la Liga Glitch era un intermediario apropiado y del que podía desvincularse.
Lo cual significaba que Richard Evergreen había estado al tanto del plan desde el principio. Y, a juzgar por los nubarrones que ensombrecían el rostro de Conrad, él acababa de enterarse de que habían utilizado a su grupo de cazadores.
Los dos se acercaron a nosotros, contemplando la carnicería con expresiones inescrutables. Los ogros los observaban con cautela. Con paciencia. Pero dispuestos a aplastar a aquellos intrusos a la menor provocación.
—Esto es lo que pasa cuando actúas a mis espaldas, Richard —dijo Conrad—. ¿En qué estabas pensando?
Richard lo ignoró y nos dedicó a todos una sonrisa cordial, abriendo los brazos a modo de saludo.
No sabía si aquel hombre, que tan obviamente adoraba a su hija aún no nacida, debía caerme bien o si debía odiarlo por ser tan falso y manipulador como el resto de nuestros enemigos en las sombras.
—Veo que han tenido una mañana ajetreada. ¿Señorita Giles? Confío en que su investigación marche bien.
Le respondí con una mirada fulminante. No quería que pensara que aprobaba en absoluto aquel ardid.
Me volví hacia Conrad y lo taladré con la mirada, exigiéndole la verdad. Negó con la cabeza. Y no vi mentira alguna. Estaba tan desconcertado por todo aquello como lo había estado yo. Al menos, eso era algo.
Urgur interrumpió nuestro encuentro haciendo callar a la horda congregada con un grito. Se volvió hacia Brick.
—¡Khan Exterminador! ¿Cuáles son sus órdenes?
Richard arqueó tanto una ceja que amenazó con fundirse con su pelo.
—¿Khan Exterminador? —preguntó, incrédulo.
—Cuando urdes grandes planes, te llevas grandes sorpresas —respondió Conrad, que parecía igual de desconcertado por la noticia del repentino ascenso de Brick al trono de los ogros, pero también complacido de que la intriga de Richard no hubiera salido exactamente como él había planeado.
Brick meditó las palabras de Urgur y después asintió.
—Llevad la lucha hasta los cobardes que nos tendieron esta emboscada. Saquead Goldfield y el Imperio.
—¿Y el tratado? —preguntó Urgur con inquietud en la voz. No sabía muy bien qué pensar de aquel nuevo gobernante humano ni si sería correcto aliarse con Adam Dawi o firmar un tratado con él después de su engaño.
Brick frunció el ceño.
—Me reuniré con el Presidente. Y me aseguraré de que sepa que sus actos tendrán las consecuencias oportunas.
Urgur pareció satisfecho. Transmitió la información a la horda antes de explicarle a Brick cómo encontrarlos cuando terminara.
Con la misma rapidez con la que habían llegado, los ogros montaron en sus rinocerontes y en sus camiones gigantescos y desaparecieron por la N1, dejando tras de sí una estela de polvo, humo y ceniza.
Richard contempló el cadáver de un miembro del Cuerpo vestido con uniforme de camuflaje del CDF que yacía a sus pies. Su rostro pálido, su expresión hermética de repugnancia y el atisbo de culpa en sus ojos me hicieron inclinarme por mi primera impresión de él.
Cerró los ojos, como si tratara de borrar la escena de su mente, y luego volvió a mirarnos. Sin los ogros presentes para oírnos, di un paso al frente y por fin me desahogué.
—¿En qué demonios estabas pensando? Creía que querías un maldito tratado. ¿Traicionar al Kan Oscuro? ¿Y arrojar a mis amigos a la trituradora para satisfacer tus retorcidos tejemanejes políticos? ¿En qué te diferencias de esos cabrones?
Las aves ya estaban posándose y picoteando los cadáveres. Iba a ser endemoniadamente difícil explicar lo que había ocurrido allí. Y Saneamiento tendría que mantener la N1 cerrada durante días mientras retiraban los restos.
—Y engañar a mi panda de idiotas para que hicieran el trabajo sucio por ti, añadiría yo —gruñó Conrad.
—La ciudad está a salvo —respondió Richard con expresión impasible—. De momento. Tenemos a un ciudadano en el trono de la horda de ogros y este ataque de falsa bandera de nuestros enemigos ha fracasado. Misión cumplida.
¿Misión cumplida? Tom me detuvo cuando di un paso al frente, sin importarme lo que pensara mi chispa mientras cerraba la mano en un puño.
—En realidad, no soy ciudadano —intervino Brick—. Soy indocumentado.
A Richard le tembló un párpado.
—Bueno, pues un humano en el trono. Pero la batalla no ha terminado.
Se volvió hacia mí.
—¿Encontró al asesino?
Los recuerdos de mi estancia en la morgue me asaltaron de nuevo y disiparon mi ira.
—Sí. La culpable es una purificadora. La Paladín Delilah Gurtrum.
Aquello conmocionó a Conrad. Se quedó pálido.
—¿Conrad? Por favor, no me digas que era tu médica.
—Casi. Ayer se presentó en mi casa sin que nadie la llamara. Una purificación gratuita.
—¿Y la rechazaste?
Conrad asintió y yo suspiré aliviada.
—Puedes ponernos al corriente por el camino —dijo Richard—. Pero ahora tenemos que irnos.
—¿Adónde? —preguntó Tom—. No sé los demás, pero estoy bastante seguro de que Gibbs y yo hemos muerto dos veces ahí.
Sentí una punzada. Le di a Tom un leve empujón.
—Ni siquiera bromees con eso.
Se rio, pero su rostro volvió a ponerse serio.
—¿A qué viene tanta prisa?
—Una de las amenazas contra la ciudad ha sido eliminada —explicó Richard—. Pero nuestros enemigos no se detendrán ahí. Harán un último intento desesperado por poner la ciudad de rodillas. Y me temo que las únicas personas en las que puedo confiar para impedirlo sois vosotros.
—Sigo sin entenderlo —respondió Brick.
Yo sí.
—Van a por el Presidente. Ahora mismo.