25. EL COMPLEJO
EL COMPLEJO
La estrecha carretera que bordeaba el acantilado terminaba ante una enorme puerta de acero encajada en la montaña. Era alta y ancha. Lo bastante grande para que pasaran ogros.
Costaba creer que Adam Dawi invirtiera tanto en construir semejante lugar de reunión cuando podría haber ordenado con la misma facilidad un ataque contra el Kan Oscuro para evitar un ataque de falsa bandera. La mente de los políticos seguía desconcertándome.
Richard detuvo el coche antes de llegar a la amenazadora entrada de la fortaleza de Dawi.
—Está muy tranquilo —comentó Conrad—. Demasiado tranquilo.
—¿No te parece un poco dramático, jefe? —replicó Tom entre risitas.
Conrad resopló, nada divertido.
—La fortaleza se adentra mucho bajo tierra. Si están aquí, la montaña ocultará el ruido —dijo Richard. Se volvió hacia nosotros.
—Estad preparados para cualquier cosa. Los enemigos del Presidente tienen a su servicio a individuos muy poderosos.
—¿Cómo puedes estar seguro de que habrá un ataque? —preguntó Alex.
—Porque es lo que haría yo —respondió Richard sin la menor vacilación. Salió del coche.
Lo seguimos, saliendo del vehículo en tropel y abriendo el maletero para dejar salir a Brick. Con su nuevo martillo ofrecía una imagen imponente. Y, aunque apenas se notaba, parecía haber crecido desde que se había hecho con él.
Gibbs contempló la entrada y después esbozó una sonrisa radiante.
—Hay unos tíos en la puerta. Seguridad. ¡De lujo! Eso significa que todo va fetén, ¿no?
Avanzó unos pasos apresurados hacia la entrada, saludando a los guardias con la mano.
—¡Eh! ¿Todo guay por aquí?
Richard abrió mucho los ojos y, antes de que ninguno de nosotros pudiera reaccionar, se lanzó hacia Gibbs y lo derribó.
Los supuestos guardias sacaron unas armas que llevaban ocultas y abrieron fuego, acompañados por el relámpago de un electromante.
—¡Esos no son de los nuestros! —gritó Richard por encima de la cacofonía de los disparos.
Eso le bastó a Brick. Cargó hacia delante, apartando las balas a martillazos y evitando, por lo visto, que ningún otro disparo le alcanzara en el cuerpo. Salvó la distancia en cuestión de segundos y le pulverizó la cabeza a un hombre, salpicando la pared con sus sesos.
Conrad y Alex desenfundaron las pistolas y abrieron fuego, obligando a un grupo de guardias de seguridad a ponerse a cubierto tras una columna.
El abrigo de Tom se convirtió en un infierno y él canalizó su ardiente chispa en una bola de llamas palpitantes.
Como un lanzador estrella, la arrojó contra la pared situada detrás de los guardias y dejó que rebotara hacia ellos.
Los hombres gritaron y se retorcieron de dolor mientras intentaban apagar las llamas.
Brick tuvo piedad y acabó con todos ellos mediante la muerte, comparativamente rápida, de un martillazo.
Richard y Gibbs se pusieron de pie cuando cayó el último guardia. El sudor resbalaba por el rostro pálido del detective de la AIU.
—Ya están aquí. ¡Titán! Están dentro del complejo.
Conrad tomó la delantera para alcanzar a Brick.
—No podemos esperar a que llegue el resto de la Liga. Entramos ya. Quizá no sea demasiado tarde.
Corrimos hacia la puerta. Casi cinco metros de metal intimidante. No me habría sorprendido que estuviera revestida de demanzita y plata. Por allí no iba a entrar ningún mago, hombre lobo, demonio ni vampiro. Irónicamente, un ogro no tendría problemas.
Richard aporreó varias teclas de un teclado y después soltó una maldición.
—El control de acceso está muerto. No tiene corriente. Nada.
—¿Cómo piensan salir? —pregunté—. ¿Hay alguna entrada trasera?
Richard negó con la cabeza.
—Ninguna que yo conozca.
—Entonces, ¿esperamos? —preguntó Tom.
—¿Y dejamos morir al Presidente? —bramó Richard.
Tom se encogió de hombros.
—Podemos elegir a otro.
Conrad apoyó una mano en el hombro de Tom, sin prestar atención a las llamas que danzaban alrededor del abrigo de mi novio.
—Dawi no es perfecto, pero es mucho mejor que cualquier otro candidato que pueda ofrecer el Consejo. Me conoces, Tom. Esas sanguijuelas me gustan tan poco como a ti. Pero créeme: si Dawi cae, nuestra forma de vida cambiará. Y será para peor.
Tom suspiró.
—Bueno, ¿cómo vamos a atravesarla? No habrás traído por casualidad pergaminos de explosión, ¿verdad? Ah, espera, la demanzita.
—La magia no servirá. Y hará falta una barbaridad de C4. Quizá podamos...
Richard se vio interrumpido de repente por el chirrido y el estrépito del metal cuando se abrió un boquete en la puerta. Brick permanecía allí muy orgulloso, acariciando su nuevo martillo.
—¿Me llamabais? —preguntó.
—Eso aquí no pega, colega —explicó Gibbs. Era el único que no parecía maravillado por la nueva fuerza de Brick.
—Bueno, pues de nada...
Esta vez fue a Brick a quien interrumpió una lluvia de balas que atravesó el boquete. Milagrosamente, Brick pareció esquivarlas todas. Sonrió como un demente y cargó por la brecha.
Tom me miró y se encogió de hombros antes de envolverse en llamas y correr tras el Khan Exterminador.
Los disparos se entremezclaban con la magia que crepitaba en el aire, el siseo del fuego, el chasquido de los relámpagos y la destrucción arcana.
Alex, Conrad y Richard atravesaron la brecha, dispararon desde la esquina y se adentraron en el complejo.
Gibbs y yo intercambiamos una mirada. Le indiqué que pasara primero.
—Las damas primero, Cinsmeister.
Puse los ojos en blanco y entré tras mis amigos.
Ya había media docena de cadáveres aplastados, mientras que otros estaban carbonizados o acribillados a balazos. Vestían inocuos uniformes de guardias de seguridad, pero llevaban fusiles de asalto y subfusiles.
Tom desató un muro de fuego y atrapó a varios hombres armados detrás de un escritorio mientras Alex, Conrad y Richard disparaban contra ellos.
Brick jugaba al gato y al ratón con un mago de las tormentas: apartaba del aire los rayos del pobre hombre a martillazos, hasta que saltó y descargó el martillo con fuerza suficiente para convertir al mago en una masa informe.
Por lo general, lo normal era que corriera de uno a otro para asegurarme de que todos estuvieran curados y sanos. Sobre todo Brick. Pero no tenía ni un rasguño. La magia atrapada en aquel martillo se había infundido en su cuerpo. No me habría sorprendido que ahora fuese prácticamente invencible.
Tom extinguió su muro de llamas, cruzó las ascuas de los cadáveres y de lo que antes habían sido muebles y partió en dos al último tirador con su hacha de fuego.
Brick lanzó un grito de júbilo y alzó el martillo por encima de la cabeza.
—¡Voy a batir tu récord en un periquete, chico de fuego! —se burló Brick.
—Humildad, mi querido Brick —replicó Tom—. Recuerda que un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Brick puso los ojos en blanco.
—Y la S significa esperanza. Solo tienes miedo de que me convierta en el número uno.
Tom se echó a reír. Para ser el jefe hacía falta mucho más que tener el mayor número de cadáveres a las espaldas.
Richard examinó lo que quedaba del vestíbulo.
Tenía el techo alto y espacio de sobra para albergar a un grupo de ogros.
Incluso había un banco de piedra lo bastante grande para que se sentaran los gigantes.
Por no mencionar un dispensador de agua gigantesco.
Dawi había pensado en todo. O, al menos, su personal.
—Hay muchos agentes aquí —comentó Richard mientras enfundaba la pistola y se apropiaba del fusil de un enemigo caído.
Me incomodaba sobremanera que estuviera allí y llevara semejante arma. Tenía una hija en camino. No debería estar arriesgando la vida. Ni siquiera por su jefe. Ni siquiera por su ciudad. Su hija importaba más.
—No puede haber muchos más. ¿Verdad? —preguntó Alex—. ¿Cómo han colado a tantos hombres armados en estas instalaciones? ¿No vigila la policía? ¡Joder! ¿No supervisa este lugar la CDF?
—El Presidente no confía en el ministro de Policía ni en el de Defensa —respondió Richard—. Contrató a Whiteshield para proteger este lugar.
—Ah, sí. Confía en que unos mercenarios no se pasen al bando del mejor postor —añadió Tom.
—Nosotros somos mercenarios —repliqué. Me sacó la lengua.
—El historial de Whiteshield es impecable. Una vez que les pagas, mueren por ti. De hecho, están obligados por contrato. La Legimancia ofrece unas garantías formidables —dijo Richard, y pasó por encima de un cadáver hacia el fondo de la estancia.
Una gran abertura dominaba el extremo opuesto del vestíbulo.
Al acercarnos, comprendí que era el hueco de un ascensor.
Un ascensor para ogros. La plataforma estaba abajo del todo.
No alcanzaba a verla. En realidad, no veía nada.
Estaba oscuro como el vacío. Aquel lugar descendía hasta una profundidad enorme.
Tenía que servir para algo más que firmar un tratado. ¿No?
¿Estaba Dawi construyéndose una fortaleza?
Gurtrum no iba del todo desencaminada. El Presidente se comportaba de un modo muy parecido a un caudillo feudal. Y aquel era su feudo.
Richard intentó accionar varios interruptores de un panel de control y negó con la cabeza, derrotado.
—Se suponía que este ascensor llevaría al Kan Oscuro hasta la sala donde se firmará el tratado. Pero está atascado. No es por falta de corriente ni por una avería mecánica. Sencillamente, no funciona. En absoluto.
—Tiene que haber unas escaleras para... bueno, la gente de tamaño normal —dijo Tom.
—Te agradecería que no discriminaras a mi pueblo por su tamaño —añadió Brick.
—Hay una escalera de mantenimiento —dijo Richard, y nos condujo por un pasillo hasta una puerta señalizada con el símbolo de un monigote que bajaba unas escaleras.
Brick se abrió paso hasta ponerse delante.
—Yo primero, señor agente. No vas a robarme ninguna baja.
Eso, en el idioma de Brick, significaba: «No quiero que te hagan daño, así que iré yo delante».
Unas tenues luces blancas iluminaban la estrecha escalera. Empezamos a descender y nos adentramos aún más en las entrañas de la fortaleza de Dawi.