Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 22. CONVOY
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22. CONVOY

CONVOY

Me daba igual. Solo oía la voz cada vez más débil de Tom mientras hundía el acelerador con todo mi peso.

La autopista estaba vacía. Ningún policía me perseguía. Ni siquiera el CDF. Mantenían a la gente fuera de las carreteras por su propia seguridad. No por la del Kan Oscuro. Nadie a bordo de un coche diminuto como el mío supondría amenaza alguna para el líder de la horda de ogros.

Apreté con más fuerza el volante, luchando por mantener el control del coche mientras la velocidad hacía que se tambalease y se recalentara.

—¡Solo un poco más! —supliqué, con los dientes castañeteándome al ritmo de las vibraciones del coche—. Solo un poco más…

Frente a mí resonaron disparos, rugidos y explosiones. Una columna de humo oscuro se elevó en el aire y formó una nube negra en un cielo por lo demás despejado.

Mi coche crujía y chillaba de agonía. No aguantaría mucho más.

Enormes siluetas recortadas contra el fuego libraban batalla contra pececillos.

De pronto, di un volantazo y dirigí el coche hacia una rampa. Aceleré a fondo. Y los angustiosos bandazos cesaron.

Mi coche surcó el aire, elevándose sobre el caos y los incendios de abajo. El tiempo se ralentizó y la sensación se volvió casi serena. No pesaba nada.

Con un solo movimiento, abrí la puerta en pleno vuelo y salté. Rodé por el asfalto, sintiendo cómo se me producían raspaduras y fracturas por todo el cuerpo mientras mi coche embestía a un ogro boquiabierto y lo pulverizaba.

Inundé mi cuerpo con una oleada de magia sanadora que curó mis cardenales, raspaduras y heridas. Al menos mi chispa no me había abandonado por haber estado a punto de disparar a Gurtrum. O por no haberle disparado.

Le dediqué una última mirada a mi coche. Era un amasijo de metal humeante y en llamas, casi fusionado con los restos ensangrentados y carbonizados de un ogro que portaba una enorme hacha de guerra. Sentí una punzada de gratitud hacia mi pequeño coche y después me volví hacia la escena.

Lo que solo podían ser trenes sobre neumáticos yacía amontonado en ruinas llameantes. Vi fuegos mágicos salpicando lo que antes había sido el convoy de los ogros. Pero Tom no podía haber hecho aquello solo. También habían empleado explosivos corrientes. ¡Dioses! Eran como terroristas de verdad.

Y yo los estaba ayudando. ¡Que la Luz Sagrada me perdonase!

Los ogros, aturdidos, confusos y furiosos, se arremolinaban alrededor de su tren de carretera devastado.

Divisé la furgoneta de Brick. O lo que quedaba de ella. La habían pulverizado. Reducido a chatarra. Una ametralladora destrozada asomaba entre el metal retorcido. Aquel arma de uso militar no había bastado para detener lo que hubiese destruido la furgoneta.

Me invadió el pánico ante la posibilidad de haber llegado demasiado tarde, pero mi chispa ignoró esos sentimientos tan poco útiles cuando oí los familiares disparos dobles de las dos pistolas de Alex.

Corrí hacia el humo, esquivando a los ogros mientras daban manotazos a ciegas en busca de sus adversarios entre aquella niebla irritante.

Los incendios habían creado una cortina de humo que se elevaba demasiado para impedir la visión de un humano.

Pero los ogros debían de estar atrapados en su interior.

Me habría parecido una idea inteligente si toda aquella aventura no hubiese demostrado ya que mis amigos eran idiotas.

Doblé la esquina tras un vehículo blindado accidentado que parecía más un tren de mercancías. El suelo tembló cuando un ogro cayó muerto ante mí. Tenía los ojos perforados y la sangre roja le corría por las mejillas.

—¡Cins! —gritó Alex. Estaba de pie, apoyado de espaldas contra unos restos. Su voz rebosaba alivio y un miedo y un pesar apenas contenidos.

Fui trotando hacia él, estremeciéndome al oír los rugidos, el estrépito metálico y los disparos.

—¡Dioses, Cins! Me alegro de verte.

Estaba a punto de preguntarle dónde estaba Tom cuando vi a Gibbs desplomado contra el costado de los restos. La sangre formaba un charco alrededor de su cabeza. Alex parecía avergonzado y derrotado a partes iguales. El keytar yacía roto y hecho pedazos por todo el asfalto.

No le hice preguntas. Caí de rodillas y analicé el estado de Gibbs. Mi chispa aún no se había repuesto después de trabajar durante toda la noche, pero la obligué a liberar poder. Tenía que hacerlo.

Percibí vida. Un latido. Y actividad cerebral.

Lo inundé de magia, deteniendo la hemorragia y cerrando el agujero de su cráneo.

Jadeó y tomó una bocanada de vida mientras se aferraba a la garganta.

—¡Cins! —jadeó Gibbs, con la voz ronca y sorprendida—. ¿Seguro que no eres una puta nigromante? Allí vi la oscuridad. Solo oscuridad.

—¿Quieres que te mande de vuelta?

Palideció y negó con la cabeza.

Me puse en pie y examiné a Alex como era debido. Estaba cubierto de sudor y sangre. Buena parte era de Gibbs. No quería saber de dónde procedía el resto.

—¿Dónde está Tom? —pregunté con una voz tan fría como el hielo y tan ardiente como las llamas del infierno.

No necesitó responderme.

El metal golpeaba contra el metal entre gruñidos y rugidos bestiales. El crepitar del fuego ponía un sutil telón de fondo a aquel tramo de carretera sembrado de muerte. No necesitaba la música de Gibbs. El sonido de la matanza frustrada ya era melodía suficiente.

A través de un hueco en el muro de humo, Brick estaba plantado a los pies de un gigante de piel oscura.

Ambos se golpeaban con sus martillos. Brick bloqueó un golpe que debería haberle destrozado las extremidades, pero se mantuvo en pie, rompió el cruce de armas y estrelló el martillo contra la pierna del Kan Oscuro.

Y, a sus pies, Tom se arrastraba hacia nosotros con el abrigo apenas en llamas. Parpadeaba, con el rostro pálido y la piel cada vez más translúcida. Como un fantasma.

—¡Tom! —grité y, sin prestar atención alguna a mi seguridad, corrí hacia él, esquivando por debajo los golpes ciegos de los guardaespaldas ogros y las explosiones tardías de los depósitos de combustible de los vehículos destruidos.

Un ogro se interpuso entre nosotros. Liberé un enorme destello de luz dorada que lo cegó antes de deslizarme entre sus piernas.

Tom extendió la mano hacia mí. Su imagen se desvanecía, entrando y saliendo de la existencia ante mis propios ojos. Y, cuando estaba en este mundo, su sangre se derramaba sobre el asfalto.

El humo y las lágrimas me escocían en los ojos. Moví los brazos con fuerza, corriendo tan deprisa como pude. Hasta que Tom desapareció por completo.

Me detuve. Atónita.

Dioses…

No era así como debía acabar todo. Así no. Tom no.

Caí al suelo con el peso de Tom encima cuando este se precipitó desde el aire. Su sangre me cubrió los brazos y el pecho, tiñendo de rojo las runas escarificadas.

—Cins… —graznó.

Expulsé de mi mente todo el pánico y la desesperación y de inmediato puse las manos sobre él, incluso mientras su cuerpo volvía a desvanecerse y yo sentía que su alma desaparecía y reaparecía. Dividida entre este mundo y El Intermedio.

No pensé. No presté atención a mi chispa menguante. Llené al amor de mi vida con mi chispa de sanación. Tanto como pude. Le ordené que se quedara. Que anclase su alma a este mundo con todo mi amor, devoción, perdón y compasión.

Mientras reparaba las fracturas, roturas, desgarros y hemorragias, me aferré a su alma. Me agarré a ella como quien se aferra a una rama atrapada en una inundación embravecida.

Y no la solté.

Ni siquiera cuando mi chispa se hizo más pequeña y su voz sin palabras se volvió más tenue.

Le di a Tom hasta la última gota.

Y entonces me detuve.

Jadeé, sintiendo que la bilis me subía por la garganta mientras se me nublaba la vista. Había estado a punto de sufrir un agotamiento mágico. Muy a punto. Algo me había detenido. ¿Mi chispa, quizá?

Puse una mano en la mejilla de Tom. Era sólido. Estaba en este mundo. Esperé a que desapareciera, dejando que el duelo entre Brick y el Kan Oscuro se convirtiera en un murmullo apagado al fondo de mi mente.

Pero no desapareció.

Alzó despacio el brazo y me puso la mano en la mejilla. Abrió los ojos y sonrió débilmente.

Solté un sollozo incrédulo de alivio puro y sin adulterar.

—Has venido… —graznó, con la garganta seca como la ceniza.

—Claro que he venido… —Reprimí un sollozo—. Contra todo criterio, te quiero.

Su sonrisa se ensanchó aún más, pero después dejó que se desvaneciera.

—Lo… lo siento, Cins.

—Cállate —lo interrumpí, y lo estreché entre mis brazos, apretándolo con fuerza para que jamás pudiera marcharse. Para que ni siquiera El Intermedio pudiera arrebatármelo.

Nos aferramos el uno al otro, confirmando que todo aquello era real. Hasta que los incendios, los gruñidos y la sangre estuvieron demasiado cerca para seguir ignorándolos.

Solté a Tom y él se incorporó. Contemplamos juntos el duelo, observando cómo hombre y gigante libraban batalla.

—He resuelto mi caso —dije—. Y creo que quienes os metieron en esto están relacionados.

Asintió. Sin perder el hilo.

—Creo que quieren desestabilizar Hope City. Destruirla y hacerse con el control.

Volvió a asentir.

—Lo sé.

Lo miré fijamente, intentando averiguar si de verdad era el hombre del que me había enamorado. Él me sostuvo la mirada, con los ojos llenos de disculpa y sinceridad. Y, sobre todo, de tristeza.

—Y por eso cambiamos de bando.

—Espera… ¿qué?

Había ogros muertos a nuestro alrededor. Gibbs se aferraba la herida ya curada de la cabeza. Aún recordaría qué había sentido al estar a punto de morir. Y Brick… Brick iba a morir. Por muy inhumanamente fuerte que fuera, no podía vencer al Kan Oscuro. Nadie podía.

—Trabajábamos para un grupo que intentaba destruir Hope City. Pero después acudimos al Presidente. Al mismísimo Adam Dawi. Cambiamos de bando. Seguimos el juego a los malos. Les hicimos creer que trabajábamos para ellos. ¡Es un engaño!

Me dedicó lo que él creía que era una sonrisa pícara. Estaba llena de inseguridad y vergüenza.

—Ahora somos los buenos.

Señalé la carnicería que nos rodeaba.

—Pero ¿por qué esto? ¿Por qué ir a por los ogros?