Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 21. MORGUE #4
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21. MORGUE #4

Me temblaban las manos mientras recitaba las palabras que había oído en tantas series policíacas. Probablemente las había dicho fatal. Pero ¿a quién le importaba? No soy policía.

Gurtrum ni se inmutó ante el arma temblorosa que la apuntaba directamente. Se limitó a sonreír con suficiencia. Era una gigante que se cernía sobre mí desde el otro extremo de la sala. Pese a mi arma cargada, parecía llevar las de ganar.

—Las dos tenemos la misma chispa, señorita Giles. Ambas sabemos que no puede apretar el gatillo. Hace falta una determinación auténtica para convencerse de que arrebatar una vida es lo mejor. ¿Tiene usted esa determinación?

Las manos siguieron temblándome. Culpé al frío. Culpé a la mirada inquietante y acusadora de Lesley a mi espalda. Pero sabía la verdad.

Gurtrum retrocedió un paso. Y luego otro.

—¡Deténgase! Dispararé.

Gurtrum negó con la cabeza.

—Debería haber seguido siendo sanadora. O haber continuado cazando esas bestias interminables como si eso fuera a cambiar algo.

Yo avancé un paso y puse el dedo sobre el gatillo.

Había matado a Lesley. Había matado a otra docena de personas. Probablemente a más. Y estaba dispuesta a matar una y otra vez.

Yo había matado a tantos monstruos. Había abatido demonios. Había salvado tantas vidas. Podía salvar más. Tenía que salvar más. Yo mataba monstruos.

Esto no era distinto. Ella era un monstruo. Si no acababa con ella en ese momento, moriría más gente.

Alineé la retícula con su figura, con la vista borrosa, el estómago lleno de ácido y la cabeza palpitándome y temblándome como si me hubiera bebido de un trago todo el alcohol de Brick.

Las vibraciones me sacudían el cuerpo. Mi chispa y mi corazón traqueteaban y se estremecían como una ametralladora disparando a toda velocidad.

Mi respiración se aceleró. Más y más.

Solo tenía que mover un poco el dedo. Eso era todo. Y podría mostrarle al maestre del Capítulo todas las pruebas necesarias para exonerar a Stephanie y condenar la memoria de Gurtrum.

Y ella jamás podría volver a hacerle daño a nadie.

Gurtrum se dio la vuelta, ofreciéndome la espalda, descartándome como amenaza.

Me mordí el labio, afirmé Voidshot y presioné el gatillo mientras Gurtrum permanecía inmóvil.

Y entonces caí de rodillas.

Gurtrum se volvió hacia mí por última vez y negó con la cabeza. Después se marchó, desapareciendo en el laberinto de cadáveres apilados en estanterías.

Respiraba a toda velocidad, al borde de la hiperventilación, mientras me temblaban las manos y Voidshot caía al suelo a mi lado.

Busqué en mi interior, hacia mi chispa. Quería culparla. Regatear con ella. Juzgarla por haber dejado escapar a Gurtrum.

Pero entonces comprendí que había guardado silencio.

Solo había sido yo.

Y no había apretado el gatillo.

Volví en mí unos instantes después, enfundé Voidshot y me puse en pie de un salto. No podía matarla, pero al menos podía detenerla en público.

Eché a correr entre los pasillos, salí de la morgue y pasé como una exhalación junto al guardia sobresaltado, que dormía cuando yo había llegado.

—¿Dónde está la Paladín Gurtrum? —pregunté, presa del pánico, mientras pasaba junto a una acólita.

La pobre muchacha señaló pasillo abajo. Hacia la salida. La anciana me llevaba ventaja. ¡Maldita fuera mi debilidad!

Corrí tras ella, a punto de derribar a un hombre con muletas y a dos enfermeras que llevaban una camilla.

Los pasillos estaban mucho más concurridos que antes. Consulté la hora mientras corría. Llevaba horas bajo tierra. ¡Grietas!

Vi a Gurtrum de espaldas mientras cruzaba la salida con paso sereno.

—¡Detenedla! —grité, pero los desconcertados purificadores y pacientes no hicieron nada. Pasé como una exhalación entre ellos y me recibió la visión del sol recién nacido, que ascendía despacio e iluminaba Table Mountain.

Frente a mí, Gurtrum se metió en su coche y se alejó.

Apreté los dientes y corrí hacia mi coche justo cuando empezó a sonar el teléfono.

Lo ignoré y metí la mano en el bolsillo para sacar las llaves. El teléfono se me cayó y vi quién llamaba.

Tom.

El corazón me dio un vuelco. Recogí el teléfono.

—¡Tom! —exclamé mientras la emoción, la ira, la adrenalina y un sinfín de sentimientos me recorrían por dentro.

Todo aquello quedó sustituido por el pavor cuando oí la respiración entrecortada de Tom, el estruendo de los disparos y los rugidos bestiales de los gigantes al fondo.

—¿Cins...? —jadeó Tom.

—¡¿Tom?! ¿Dónde estás? ¿Qué está pasando?

—Estoy herido, Cins. Muy grave. Yo... —Tosió. Farfulló—. Lo siento. Debería haberte hecho caso.

—¡Malditas Grietas, Tom! —maldije, con los ojos anegándoseme en lágrimas—. ¿Dónde estás?

—Quería volver a oír tu voz —jadeó de nuevo, aturdido—. Una última vez.

—Déjate de gilipolleces dramáticas —solté, en una de esas raras ocasiones en que decía palabrotas—. Voy a rescatarte.

—Debería haberte hecho caso —repitió—. Lo siento...

Conseguí meter la llave en la puerta del coche y la abrí de golpe.

—Voy para allá, idiota. Aguanta...

—¿Cins?

—¿Sí?

Contuve el aliento y apreté el teléfono contra la oreja.

—Te quiero.

La llamada se cortó.