21. MORGUE #3
—Encontré su hechizo, alojado en la arteria coronaria. Simuló un infarto mediante un influjo retardado de magia sanadora para sobreestimular el corazón. La magia oscura no es la única disciplina arcana que siempre deja rastro. Toda magia lo hace. La de Steph, la de Lesley... y la suya.
Gurtrum respondió a mi explicación con un silencio sepulcral. Nos quedamos mirándonos, acompañadas por el cuerpo congelado de Lesley. Era justo que estuviera allí para presenciar la confesión de su asesina.
Como hielo que se derrite a toda velocidad, el severo gesto de Gurtrum se transformó en una sonrisa. Y entonces se echó a reír.
Dejé que su risa desquiciada resonara por toda aquella lúgubre sala hasta extinguirse. No había humor alguno en sus ojos.
—Debería haber encontrado antes la forma de deshacerme de su cuerpo. Supongo que también descubrió a las otras víctimas. El empleado de los archivos me dijo que, al parecer, yo había solicitado una lista de expedientes que ya obraba en mi poder. Incluso me devolvió la lista.
Negó con la cabeza.
—Esos fueron fáciles de ocultar. Las morgues públicas están llenas de agujeros.
Pierden cuerpos constantemente. Tantos guardias con los bolsillos vacíos.
Tantos libros de registro desaparecidos.
No es como Heiligslicht. Esta sí es una institución que merece la pena.
Un bastión de orden en un mundo caótico.
—¿Por qué lo hizo?
Pareció ignorarme.
—Es trágico, la verdad. La señorita Cohen era una sanadora ejemplar.
De hecho, su magia para identificar maldiciones superaba con creces la mía.
Pero ella nunca lo creyó. Vivía atormentada por las dudas y las inseguridades.
Por eso acudió a mí para que fuera su sanadora de apoyo.
No confiaba en sí misma. Igual que no confiaba en Heiligslicht.
Esa desconfianza la llevó a convertirse en espía en el lugar que le había dado un hogar.
Cambié el peso de una pierna a otra, sintiendo Voidshot a mi costado mientras Gurtrum soltaba su prolija confesión.
Mi chispa se estremecía ante el acero encantado enfundado allí.
Aquello que tenía delante no era un monstruo.
Quizá fuera incluso menos monstruosa que la Bestia.
Pero ignoré aquella persistente punzada de duda moral.
Si tenía que disparar, lo haría. Tenía que hacerlo.
Para detener a aquella criatura disfrazada de sanadora.
Gurtrum soltó una risita. Más bien un bufido. Frío. Carente de emoción.
—Lo gracioso es que, si Lesley no hubiera intentado sanarse a sí misma, no le habría ocurrido nada.
Su chispa habría dispersado el exceso de vitalidad.
Pero no confió en ella. Fue su propia magia adicional, canalizada directamente sobre mi runa, la que convirtió una pistola eléctrica en una granada de mano.
—¿En serio? ¿Así que fue culpa suya? —escupí, con la sangre todavía más encendida ante el descaro de Gurtrum al intentar cargarle la culpa a la víctima.
Gurtrum clavó la mirada en mí y asintió.
—Cuando decidió volverse contra nosotros, selló su destino. Una niña insensata, obsesionada con ideales absurdos y nociones ingenuas.
Negó con la cabeza, decepcionada.
—No me entristece que esté muerta. Solo me entristece que una compañera purificadora pudiera caer tan bajo. Que se convirtiera en otro mosquito más, revoloteando alrededor del cadáver de nuestra civilización. En otra enemiga del orden.
—Creía que sanar consistía en recomponer las cosas. Eso fue lo que me dijo. ¿Por qué matarla? ¿Por qué arrebatar una vida cuando se supone que debe salvarla?
—¿Acaso es usted diferente? Abandonó la cogulla y se puso ese chaleco ridículo y descomunal. Comprendió que, para curar una herida, a veces hay que amputarla. Y, mejor aún, que hay que impedir que nadie más resulte herido.
—Lesley no le estaba haciendo daño a nadie. ¡Ninguno de ellos se lo hacía!
—¡Se interponen en el camino del orden! ¡En el camino de la verdadera sanación de la sociedad! —gritó Gurtrum de pronto. Su voz reverberó por los pasillos.
Recobró la calma mientras el eco repetía sus palabras y se perdía en la distancia.
—La Liga Glitch, como tan apropiadamente se han bautizado, se interpone en el camino de la unidad y el orden. Se presentan como adalides de la libertad y la virtud, pero presiden un montón de estiércol y escombros.
Pareció perder la mirada en la distancia, evocando tiempos muy remotos.
—Recuerdo Sudáfrica. Recuerdo lo que era y lo que prometía llegar a ser. Recuerdo cuando esta tierra era una sola y existían promesas de civilización. No este... apocalipsis agónico y pútrido. Este erial de monstruos, crimen y caos.
—¡Esto es civilización! Hay monstruos, pero también hay esperanza. Hay orden. Nosotros traemos orden. Traemos paz. Pero matar...
Negué con la cabeza, casi incapaz de creer su razonamiento.
—Matar no devolverá la vida a un país muerto.
—Ahí es donde se equivoca, muchacha insensata.
Con cada muerte, la fachada mengua. Una herida purgada.
Y pronto habrán desaparecido todos los agentes del caos.
Los oportunistas como el impostor Adam Dawi ya no podrán conservar sus insignificantes feudos.
Y no se permitirá que ningún monstruo se asiente en las tierras de nuestros antepasados.
Pero, antes de que esto pueda volver a ser un solo país, hay que extirpar un último tumor.
Hay que purgar Hope City. Esta ciudad corrupta, hecha de inmundicia y mentiras, debe caer para que el cuerpo vuelva a estar completo.
Ya no me cabía ninguna duda...
—¡Está loca!
—Y usted es ingenua e insensata. Producto de una época que jamás debería haber existido. No debería haber esperado nada mejor de la mocosa de Herschel. Él era demasiado confiado. Demasiado optimista. Y muchísimo más blando de la cuenta. Siempre demasiado blando para hacer lo correcto...
Ya había oído suficiente. Desenfundé Voidshot y apunté a Gurtrum mientras mi chispa vibraba en señal de protesta, instándome a dar una oportunidad a la paz. A rechazar el camino del asesino.
—Queda detenida, Delilah Gurtrum, por el asesinato de Lesley Cohen. Ponga las manos por encima de la cabeza y cierre la boca. Cualquier intento de hablar se considerará un lanzamiento de magia hostil.