Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 21. MORGUE #2
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21. MORGUE #2

El cadáver de Lesley estaba más limpio de lo que recordaba. ¿Tal vez el forense le había devuelto cierta apariencia de dignidad después de examinarla? ¿O era mi mente la que había exagerado el recuerdo de aquella visión funesta?

La herida seguía abierta y dejaba al descubierto su corazón reventado. Coloqué las manos sobre ella, suspendidas justo encima, y cerré los ojos.

Recordaba el hechizo de Gurtrum. Palabra por palabra.

Lo tenía grabado en el cerebro. Marcado a fuego en mi chispa y en mi mente.

Mi chispa no tuvo ningún problema en infundir magia a las palabras arcanas.

Aunque no era un hechizo de sanación, su propósito era justo.

Reparar agravios. Esa era la esencia de mi chispa.

E investigar un crimen, resolver un asesinato, era una forma de sanación.

Lancé el hechizo igual que había hecho junto a Gurtrum.

Pero esta vez no permití que me guiara ni que me empujara hacia lo que ella quería que viese.

No me limité a buscar indicios de magia oscura.

Descompuse la escena y reconstruí el cuerpo de Lesley.

Con el ojo arcano de mi mente, vi sanar su corazón y su pecho.

Vi regenerarse su piel, impoluta. Y cómo sus órganos comenzaban a latir y palpitar con las vibraciones energéticas de la vida.

Igual que antes. Pero retrocedí aún más.

Examiné cada rastro de magia que la había tocado.

Palpé cada hebra mientras todos los pensamientos de mi cabeza se transformaban en el código invisible de lo arcano.

Había incontables vestigios de magia. No era nada inesperado en un mundo mágico. Los separé en compartimentos y busqué lo que era relevante.

Hechicería de sanación. Los intentos fallidos de Steph por reanimarla con un hechizo alimentado por la línea wey y por su chispa, poco apta para ello.

La chispa de purificación de Lesley, canalizando magia sanadora pura. Una magia cruda y sin rumbo. Lanzada presa del pánico.

La magia sanadora de Lesley eclipsaba la mayoría de las firmas mágicas presentes en su cuerpo. Pero ahondé más. Y busqué una firma concreta. El rastro de una magia familiar que sabía que estaba allí. Solo tenía que encontrarlo.

Pero, mientras los minutos se convertían en horas, mi búsqueda exhaustiva no dio fruto.

No había rastro de magia oscura. Ni siquiera de otras formas de magia.

Ninguna magia cinética, que no era maligna, pero podría haberse utilizado para aplastar un corazón.

Ninguna magia de la naturaleza que pudiera haber plantado una semilla y hacerla crecer hasta reventar el órgano.

No había magia ajena aparte de la que caía sobre nosotros de forma natural por el mero hecho de existir en aquel mundo.

Solo magia sanadora. Detecté un corazón sobreestimulado que rezumaba luz dorada. Demasiada magia, demasiado pronto. Quizá Lesley se había esforzado más allá de sus límites y había suministrado a su corazón demasiada chispa en muy poco tiempo.

Era una forma patética de morir. Un final insatisfactorio para una conspiración de tan amplio alcance. Pero era posible. Solo éramos mortales, por mucho poder que tuviéramos.

Seguí examinando la firma mágica de Lesley, pasando sus páginas como si fuera un texto interminable. No me detuve pese a lo avanzado de la hora, al cansancio que sentía en los huesos y a la creciente decepción ante la posibilidad de estar equivocada.

Hasta que vi algo. Me detuve. Mi ojo interior parpadeó, incrédulo. Levanté la mano para frotármelo, pero no había nada que frotar. Todo estaba en mi cabeza. Era la visión de mi alma.

Lo que vi era sutil. Casi se me había pasado por alto. Una marca minúscula, casi invisible, inscrita en las arterias coronarias. No era una maldición. Tampoco ninguna forma de magia oscura.

Era un rastro de magia sanadora.

Tan sutil y quirúrgico que, de no haber estado buscando anomalías en todos y cada uno de los vestigios mágicos, no lo habría detectado.

Aferré la marca con mi ojo arcano, la toqué y desenterré sus secretos.

Era un hechizo. Un hechizo retardado, diseñado para activarse solo después de cierto tiempo.

Cuando lo hiciera, liberaría una descarga de magia sanadora.

Por lo general, eso no supondría ningún problema.

A menudo infundíamos a nuestros pacientes mucha más vitalidad.

Usábamos hechizos retardados como aquel para mantener sanados a nuestros pacientes durante más tiempo.

Les suministrábamos vitalidad poco a poco, a medida que la necesitaban.

Pero eso se hacía de forma generalizada y en dosis pequeñas.

Se lanzaban sobre todo el cuerpo o sobre una herida especialmente cruenta que necesitase regenerarse con rapidez.

Pero aquella marca… estaba concentrada en un punto exacto del corazón de Lesley.

Yo no era médica, por mucho que ahora deseara serlo. La formación anatómica de Heiligslicht no llegaba ni de lejos a prepararnos para ser auténticos médicos. En esencia, yo era una poción de sanación con patas.

Pero Gurtrum sí había sido médica. Una médica de verdad. Sabía qué hacía funcionar el cuerpo. Sabía sanar de verdad. Y también hacer daño.

Un bisturí puede usarse para dañar o para sanar.

La sanación podía poner en marcha un corazón.

Pero, con los conocimientos suficientes, también podía detenerlo.

Una cantidad suficiente de magia en bruto, canalizada en el lugar adecuado —o inadecuado—, forzaría el corazón hasta llevarlo al límite.

Lo sobreestimularía y provocaría el colapso del cuerpo.

Si se le inyectaba aún más magia, la sangre generada por medios mágicos podía llenar el corazón como un globo.

Más sangre, presionando contra los confines del pecho. Más y más. Hasta que… ¡pum!

Se me cortó la respiración y retrocedí tambaleándome, con una mano sobre la boca. Ya no cabía ninguna duda. Ya no.

Me volví, dispuesta a correr hasta el Chapter-Meister y anunciarle mi descubrimiento. Lo despertaría si era necesario. En caso de necesidad, los destellos de purificación podían servir como una alarma muy poco cortés.

El corazón me dio un vuelco. Me quedé paralizada. No estaba sola.

Una figura alta permanecía entre las sombras, oculta de las tenues luces azules por un bloque de cámaras frigoríficas. Yo ya sabía quién era.

Gurtrum emergió de la oscuridad con su expresión de permanente severidad transformada en una máscara asesina.

—¿Señorita Giles? —preguntó, fingiendo sorpresa—. ¿Qué hace aquí a estas horas?

Miró por encima de mi hombro hacia el cuerpo inerte y expuesto de Lesley.

—Ahí no encontrará más respuestas, muchacha.

Ninguna. Pero sospecho que no sabe qué hacer.

No es algo de lo que deba avergonzarse. Usted no es investigadora.

Solo una sanadora convertida en cazadora de monstruos.

Puede que crea que corretear por los archivos disfrazada de mí le proporcionará información, o que un último intento con el cuerpo de la víctima le revelará la verdad, pero el mundo no funciona así. Es hora de poner fin a esta farsa.

Preparé una andanada de excusas, movida por el deseo instintivo de evitar la ira de una superior. Pero entonces reparé en algo que había dicho.

—¿Cómo sabía que me había disfrazado de usted? —solté, como si eso fuera lo importante.

Frunció el ceño.

—Muchacha insensata. ¿Acaso no sabe que hay cámaras en este edificio? Estaba revisando las grabaciones de seguridad en busca de indicios del agresor y vi a la señorita Naidoo convertirla en una copia exacta de mí.

Negó con la cabeza.

—Si necesitaba acceder a los archivos, no tenía más que pedirlo.

Aquello sonaba... razonable.

Mis instintos me decían que me disculpara. Que agachara la cabeza, avergonzada, y suplicara perdón. Era la estudiante que había en mí. La acólita bien educada que obedecía con diligencia a su mentora.

Pero eso era lo que Gurtrum quería.

Apreté el puño y la miré directamente. Sin pestañear.

—Sé que era la sanadora de Lesley —dije.

Arqueó una ceja.

—¿Y? No es ningún secreto. Examiné a la señorita Cohen en busca de maldiciones. La muchacha no confiaba en su capacidad para detectar magia de corrupción insidiosa. Le daba especial miedo ser víctima de una maldición después de encontrarse con un hombre amenazador en los barrios bajos.

Sonaba muy convincente. Si me lo hubiera contado antes, la habría creído.

—¿Por qué no me lo ha dicho hasta ahora? Esto podría haber ayudado en la investigación.

Contempló aquel frío y sombrío laberinto de cadáveres.

—¿De verdad cree que este es el momento o el lugar para mantener esta conversación?

Mi mirada imperturbable y mi elocuente silencio fueron respuesta suficiente.

—La encaminé en la dirección correcta. Un mago oscuro acabó con la vida de Lesley. Faltó a una cita conmigo. De no haberlo hecho, quizá habría podido detectar la maldición y eliminarla antes de que fuera demasiado tarde.

—Qué conveniente que sacara el expediente de Lesley de los archivos —respondí—. Así no podría comprobar los detalles de su cita.

—Esos historiales son confidenciales. Existe un pacto sagrado entre médico y paciente. Usted lo sabe.

—Lesley está muerta. El pacto sagrado quedó anulado cuando su médica la mató.

Gurtrum retrocedió un paso, estupefacta.

—¿Qué? ¿Cree que yo la maté? ¿A mi propia paciente? ¡Cómo se atreve! He sido una leal sanadora de Heiligslicht desde que su luz tocó estas costas malditas. Llevo sanando a los enfermos desde antes de que existiera magia para hacerlo...

—Y utilizó esos conocimientos para matarla.

Gurtrum pareció atónita ante la acusación, pero yo escudriñé sus ojos. Se le daba bien mentir. Muy bien. Pero nadie con una chispa como la nuestra podía mentir a la perfección. Al final, los ojos nos delataban. Siempre.