20. CONSPIRACIÓN
CONSPIRACIÓN
Debería haber sentido alivio al entrar por fin en mi santuario personal, pero los dos misterios y las dos conspiraciones que me habían perseguido durante todo el día hasta adentrarse en aquella noche inquieta se negaban a quedarse en la puerta.
Mi apartamento estaba impecablemente ordenado. Una parte de mí deseaba que no fuera así. Que hubiera suciedad y desorden con los que distraerme. Limpiar siempre era la mejor forma de despejarme. De imponer orden en un mundo caótico. Eliminar la mugre tenía sentido.
La gente era mucho más complicada.
Crucé mi diminuto salón-dormitorio con cocina americana y me dirigí hacia el baño.
Necesitaba una ducha. Una ducha larga y abrasadora que me librara de la suciedad que mi chispa no podía desterrar.
Las capas de frustración, sudor y sangre figurada que se habían ido incrustando en mi piel a lo largo de aquella breve investigación.
Conrad tenía razón. Necesitaba descansar. Estaba cerca. Muy cerca. Pero nada de eso importaría si no estaba en plena forma.
Sin embargo, algo me detuvo en el umbral del baño.
Era como si aquel día aún no hubiera terminado. Todavía quedaba trabajo por hacer. ¿Debería haber acusado a Gurtrum allí mismo? ¿Y si estaba ahí fuera, matando a otro miembro de la Liga Glitch? ¿Y si esa persona era Richard o Conrad?
¿Por qué no le había dicho a Conrad que tenía una sospechosa?
Quizá porque todavía no quería creerlo.
Durante casi toda mi vida me habían enseñado que nuestras chispas nos hacían como éramos. Yo era buena por mi chispa. Los corruptores eran malvados por la suya.
Pero luego había personas como Stephanie. Destinadas a convertirse en embaucadoras y estafadoras. Mentirosas por naturaleza. Pero ella no era así. Steph era mi amiga. Mi mejor amiga. Y una de las mejores personas que conocía.
Y luego estaba Tom. Un piromante. Un pirómano en potencia. Un adicto a la adrenalina obsesionado con quemar todo cuanto pudiera arder. Hasta que no quedara más que ceniza…
Pero era tranquilo. Era compasivo. Me amaba.
Y, Grietas… yo lo amaba.
Me dejé caer de rodillas, sintiendo cómo mis fuerzas se desvanecían deprisa mientras me pasaban factura los días subsistiendo solo a base de cafeína y chispa. Y, más aún, la inmensidad de lo que se avecinaba.
Tom iba a morir. Por el martillo del Kan Oscuro, por su propia estupidez o a manos de los policías cuando lo abatieran por matar a la única esperanza de seguridad del país.
Y eso suponiendo que la Liga Glitch no averiguara antes lo que tramaba y se deshiciera de él de forma mucho más clandestina.
Solo podía confiar en que Conrad los detuviera si llegaba el caso.
A esas alturas ya debería haber sabido que nuestras chispas no nos hacían como éramos. No determinaban quiénes éramos. No forjaban nuestro destino ni nuestro propio ser. Lo hacíamos nosotros. Y eso significaba que Gurtrum podía matar. Podía ser una asesina.
Las pruebas estaban ahí. Tenía acceso a todas las víctimas. La capacidad de detectar si algo iba mal en ellas. No habría permitido que se le escapara ninguna dolencia. A menos que fuera intencionado. Contaba con la autorización necesaria para sabotear los análisis forenses de sus propias víctimas.
Pero ¿por qué? ¿Por qué matarlas?
Porque eran miembros de la Liga. Lo cual significaba que debía de estar vinculada al enemigo que operaba desde las sombras.
La gente que había enviado a un espía al despacho de Conrad.
La gente contra la que él había estado librando tiroteos de alto secreto mientras yo combatía demonios en sótanos de barrios marginales.
La gente que quería ver muerto al Kan Oscuro para desestabilizar Hope City y amenazar su independencia.
De pronto comprendí la verdad. El Reckoning había sido contratado por la misma gente que había provocado la muerte de Lesley.
Debería haberme conmocionado aquella revelación. Pero tenía demasiado sentido. Todo encajaba. Como un puzle compuesto por simples cuadrados. Yo me había negado a contemplar el cuadro completo.
El enemigo de la Liga era incapaz de matar a Dawi. Estaba demasiado bien protegido. Gracias a la Liga, Conrad incluido.
Así que se estaban cubriendo las espaldas y habían enviado a un grupo de experimentados cazadores de monstruos tras el Kan Oscuro.
E incluso si El Reckoning fracasaba, que unos cazadores de Hope City atacaran a su líder no contribuiría precisamente a ganarse el favor de los ogros para el tratado.
El Reckoning ni siquiera necesitaba vencer.
Solo tenían que enfrentarse al Kan Oscuro y Hope City ya habría perdido.
La trama se complicaba en mi mente a medida que establecía conexiones y comprendía que todo había estado ante mis ojos desde el principio.
Y ahora se me acababa el tiempo.
No sabía dónde estaban Tom ni los demás. No sabía cuándo llegaría el Kan Oscuro ni dónde lo atacaría El Reckoning. Solo sabía que era una trampa de la que no podían escapar. Condenados si ganaban, muertos si perdían.
Por los dioses, creía que Tom era más listo.
Con manos temblorosas, intenté llamar a Tom. Saltó directamente el buzón de voz. Intenté llamar a Alex, Brick y Gibbs. Obtuve el mismo resultado. Se estaban preparando. Tal vez ya estuvieran en posición. Listos para librar una batalla que acabaría con todos ellos. Sin su sanadora para salvarlos…
Sentí que una oleada de rabia y frustración me hervía en las entrañas. No me habían hecho caso. ¡Idiotas malditos por las grietas! Y creían que podían abatir a aquel monstruo de señor de la guerra sin mí. Eso dolía. Dolía de verdad.
Pero quizá necesitaba confiar en ellos. Confiar en Tom. Tal vez, al final, hiciera lo correcto. Y, sobre todo, no había nada que yo pudiera hacer al respecto.
Yo tenía mi misión. Él tenía la suya. Por temeraria que fuese. Y, si lograba cortar una de las cabezas de la hidra, quizá no importase que Tom alimentara sin querer a la otra.
Pero aún tenía que asegurarme de que Gurtrum fuera una de las cabezas de aquella hidra asesina. La persona que había matado a Lesley e incriminado a Stephanie. O, como mínimo, una cómplice.
No estaba segura de que Gurtrum tuviera un móvil.
Pero, si estaba involucrada en secreto con los enemigos de la Liga, sin duda tenía un incentivo para matar a sus miembros.
Además, tenía acceso a las víctimas. Incluso disponía de una forma muy oportuna de borrar sus huellas.
Pero me faltaba el arma del crimen. El medio.
¿Cómo lo había hecho? ¿Veneno, un cómplice, magia oscura? ¿Cómo?
Tenía que saberlo. Sin aquella última pieza del maldito puzle, no podía hacer nada. Porque, aunque ya había comprendido que un purificador era capaz de cometer actos oscuros, Heiligslicht necesitaría más pruebas.
Consulté mi reloj. Faltaban pocos minutos para medianoche. El tiempo volaba cuando sufrías crisis de conciencia que te revolvían las entrañas.
La ducha me llamaba. Pero aún no había tiempo para eso. No podía esperar hasta la mañana. Tenía que ir ahora. Echar otro vistazo a lo que había dado comienzo a todo aquello.
Había llegado el momento de examinar como era debido el cadáver de Lesley.