19. PASEO
PASEO
Intenté desterrar de mi cabeza todo pensamiento sobre Tom y El Reckoning mientras conducía de vuelta a mi apartamento en Observatory.
Le di vueltas a mi propia investigación.
Una y otra vez. Más que nada para distraerme de lo que había hecho y de lo que se traían entre manos mi novio y su díscola cuadrilla.
Gurtrum había sido la sanadora de todas y cada una de las víctimas, incluso de Lesley.
No era insólito que los sanadores recurriéramos a otros sanadores.
Aunque casi siempre podíamos cuidar de nosotros mismos, nunca venía mal contar con un segundo par de ojos.
A menudo, nuestro punto ciego éramos nosotros mismos.
Sobre todo ante la posibilidad de ser víctimas de una maldición insidiosa que distorsionara nuestro razonamiento.
Lo especialmente extraño era que Gurtrum no hubiera mencionado que había sido la médica de Lesley. Parecía una información relevante. Cierto, a aquella anciana había que sacarle las palabras con sacacorchos incluso en el mejor de los casos, pero debería haberlo mencionado.
Solo eso ya resultaba sospechoso. El hecho de que hubiera supervisado el tratamiento de todas las demás víctimas era incriminatorio.
Pero ¿por qué? ¿Por qué matarlas? ¿Y cómo?
Al acercarme a casa y pasar junto al Sepulturero, mi mente volvió a adentrarse en territorio prohibido y sentí al mismo tiempo una presión y un entumecimiento intensos.
Mi chispa podía curar heridas físicas. Pero la mente era otra historia.
No existía magia capaz de arreglarla. Ningún hechizo podía remediar la tristeza.
No podía librarme de la sensación de que El Reckoning me había abandonado.
De que me había traicionado a mí y había traicionado mi confianza.
Habían aceptado a mis espaldas una misión temeraria y me la habían ocultado.
¿Y para qué? ¿Por una oportunidad de alcanzar la gloria? ¿Por una montaña de dinero?
¿En qué demonios estaba pensando Tom?
Yo no quería ser rica. Solo quería ayudar a la gente. Él lo sabía. No quería una vida de paz y estabilidad. Ya había dejado eso atrás. Quería ayudar a los demás a conseguirla. Destruyendo a las criaturas que amenazaban con arrebatarles la vida y la felicidad.
Ese era mi propósito. Y creía que también había sido el de Tom.
Quizá fueran ciertas todas sus viejas bromas sobre cazar solo por dinero. Quizá no fueran más que vagabundos y oportunistas.
Reduje la velocidad para entrar en el aparcamiento de mi edificio cuando vi un Golf destartalado que me resultaba familiar estacionado en la calle. Por suerte, no era el de Tom. No me veía capaz de hablar con él. No durante una buena temporada.
Conrad salió de su coche y me saludó con la mano. Aparqué y bajé a recibirlo.
—Creo que es un buen momento para dar un paseo al anochecer —dijo, fingiendo un tono jovial y despreocupado.
Arqueé una ceja.
—¿De verdad crees que ellos han puesto micrófonos en mi apartamento?
Sonrió a modo de respuesta, aunque sus palabras no daban ningún motivo para hacerlo.
—Compórtate como si pudieran estar en cualquier parte y en cualquier momento. Así es como se sobrevive.
—Entonces, si pueden estar en cualquier parte, ¿de verdad estaremos seguros en la calle?
Contemplé las oscuras calles. Mis correrías habían consumido el día y las horas de luz. Ya debería haber cenado.
—Está muy oscuro. Hay muchos sitios donde podrían esconderse los espías.
A Conrad no le hizo gracia. Suspiré.
—La paranoia no te sienta bien, Conrad.
—La prefiero a que me reviente la caja torácica.
Me tocó a mí mirarlo sin el menor asomo de diversión. Él alzó las manos en señal de arrepentimiento.
—Perdona. Demasiado pronto.
Señaló una dirección y echó a andar. Me uní a él.
No dijo nada mientras paseábamos por aquella calle residencial.
De vez en cuando pasaba un coche o veíamos a alguien que sacaba a pasear al perro de noche aguardando con paciencia a que su mascota terminara de olisquear una farola.
La hora de la cena ya había pasado, pero en el aire aún perduraba el olor de la comida cocinada.
Yo no había tenido hambre. Tenía demasiadas cosas en las que pensar aparte de la comida.
A pesar de todo lo que asediaba aquel mundo de magia y monstruos, era un buen barrio.
Al menos para lo que era Hope City. Comparado con los suburbios, era el Elíseo.
Aparte de alguna que otra Grieta, los monstruos escaseaban.
Las bandas se mantenían alejadas. Había una buena línea wey, por lo que los negocios mágicos podían prosperar.
Sin embargo, tampoco era tan bueno como para que los MagiKorps disparasen el precio de las propiedades.
Era un buen término medio entre la extravagancia y la modestia.
Tenía calles hechas para reflexionar y dar paseos nocturnos.
El silencio de las calles y mi extrañamente callado acompañante me dieron tiempo para meditar sobre mi investigación.
Una caja torácica reventada.
Lesley había intentado curarse. También lo había hecho el mago, el profesor Griqua. Eran las únicas víctimas que habían muerto de forma violenta. Todas las demás habían perecido, al parecer, a causa de infartos, aneurismas cerebrales o fallos orgánicos.
Gurtrum podía ser la peor sanadora del mundo y aun así sería demasiada coincidencia. Además, su historial y el tiempo que había pasado en Heiligslicht demostraban que era cualquier cosa menos una mala sanadora. Posiblemente fuera una de las mejores.
Pero ¿podía ser algo más que una sanadora?
La Bestia había dicho que no hacía falta magia para matar.
Era evidente. Debería haberlo sabido. Así pues, ¿podría haber usado veneno?
Tal vez. Gurtrum podría haber envenenado a sus pacientes y después haberlo encubierto mediante sus reconocimientos médicos.
Se había apresurado a ofrecerse para examinar el cadáver de Lesley.
Pero entonces, ¿por qué Lesley y el profesor Griqua habían explotado y los demás no? Parecía arbitrario emplear con ellos un veneno distinto del utilizado con el resto.
¿Quizá se tratara de una maldición que reaccionaba a la magia sanadora?
La corrupción era la antítesis de la purificación.
Aunque podíamos eliminar maldiciones si disponíamos de tiempo y llevábamos a cabo los rituales necesarios, muchas eran capaces de resistirse a la sanación.
No era tan descabellado pensar que una maldición pudiera no solo resistirse a la sanación, sino volverla contra quien la utilizaba.
Pero eso no cambiaba el hecho de que los cadáveres no presentaran rastros de magia oscura. Al menos, el de Lesley no los presentaba. ¿Podría Gurtrum haber ocultado de algún modo los rastros de magia oscura?
Ella misma no podía practicar magia oscura debido a su chispa de purificación.
Pero eso no le impediría trabajar con un cómplice.
Sin duda, aquello estaba relacionado con la conspiración de Conrad.
De modo que quizá hubiera muchos asesinos trabajando juntos.
Gurtrum podía ser solo una pieza de un rompecabezas mucho mayor.
Pero, aun así, no podía evitar tener mis dudas. Gurtrum poseía una chispa como la mía. Una chispa que la impulsaba hacia el bien. ¿De verdad podía ser capaz de matar a tanta gente?
—No he sabido gran cosa de Tom ni de los demás —dijo Conrad al fin, arrancándome de mis sombrías cavilaciones.
No respondí. Por suerte, Conrad no se dio cuenta de que me había puesto tensa.
—Sé que no son la cuadrilla más... responsable. Pero normalmente son más comunicativos. Es como si me ocultaran algo.
Me miró.
—¿Tú sabes algo?
Me planteé contarle lo del plan de asesinato. Lo del misterioso nuevo cliente de El Reckoning. Lo que había robado para ellos. Hacerlo quebrantaría mi juramento. El código de El Reckoning. Nosotros no nos chivábamos. Ni siquiera a uno de los nuestros.
Pero eso se refería a robar un trozo de tarta o romper una ventana. ¡No a un maldito complot para matar a un señor de la guerra!
¿Debería contárselo a Conrad? Él podría detenerlos. Hacerlos entrar en razón. O... algo peor.
No era algo que fueran a resolver con un simple tirón de orejas. Era asesinato. Peor aún: traición. Y pensar que Tom o cualquiera de los demás pudieran meterse en problemas me desgarraba el corazón. Aunque estaba enfadada con todos ellos, no quería que ninguno sufriera daño.
Antes de que pudiera responder, Conrad negó con la cabeza.
—Probablemente solo estoy siendo paranoico.
Podría haber suspirado de alivio al no tener que mentir ni confesar. Pero ¿guardar silencio no se consideraría también una mentira por omisión?
Busqué consuelo en mi chispa, pero no encontré respuesta. Aquel dilema era demasiado complejo y humano para que unas anomalías arcanas pudieran darle sentido.
—Sé que he estado raro últimamente —continuó Conrad. Me alivió que no insistiera en exigirme respuestas, aunque al mismo tiempo me sentía culpable por ocultarle cosas.
—Es solo que... —prosiguió—. La Liga Glitch es importante. Significa algo. Quizá más que mi distracción de cazar monstruos.
Inspiró, saboreando el aire fresco.
—Amo esta ciudad. Sé que no es perfecta.
Sé que el Consejo no es perfecto. ¡Las Grietas saben que el Presidente Dawi tampoco es perfecto!
Pero en nuestra hermosa república se puede encontrar libertad.
Mucha más que en el Imperio o en Goldfield.
Y sí, genera caos. Pero creo que merece la pena pagar ese precio.
Un precio natural, muy preferible al orden artificial que nuestro ruin vecino prefiere mantener.
Giramos para completar nuestro recorrido y pusimos rumbo de vuelta a mi apartamento. La noche era fría y se estaba haciendo tarde, así que no me importó. ¡Grietas! ¿Adónde se había ido el día?
—Esta ciudad tiene muchos defectos —continuó Conrad con su monólogo—. Pero merece la pena defenderla. Y, aunque no acabe de convencerme, creo que este tratado con los ogros será lo mejor. Aunque solo sea porque servirán de barrera contra enemigos mayores.
Había estado escuchando a medias su discurso sobre política e ideales grandilocuentes, pero la mención de los ogros captó mi atención.
—¡Háblame de ese tratado! —solté de repente.
Conrad pareció desconcertado, pero enseguida me lo explicó.
—Como sabrías si en Heiligslicht te hubieran dado una educación más completa, la Horda de Ogros del Sur ha sido una espina clavada en el costado de Hope City desde El Cataclismo.
Sus partidas de saqueo han diezmado nuestra frontera septentrional y destruido muchas tierras de cultivo.
Pero toda maldición trae consigo una bendición...
—Bueno, no exactamente...
—Chist. Estoy soltando un monólogo.
Se aclaró la garganta y continuó:
—Los ogros tampoco se llevan bien con Goldfield ni con el Imperio. Y todo intento de invadir Hope City desde el norte se ha topado con partidas de guerra de ogros que hacen que atravesar el Karoo resulte costoso y casi imposible para cualquier fuerza numerosa.
Empezaba a molestarme mucho lo limitada que había sido mi educación. Aquello parecía bastante importante. Siempre me había preguntado por qué el Imperio no se había limitado a rodear la Línea de los Tres Puntos. Al parecer, la respuesta eran los ogros.
—El Kan Oscuro lleva gobernando la Horda de Ogros del Sur desde que tengo memoria.
Y, hasta hace poco, consideraba la civilización humana un blanco legítimo para sus incursiones.
Pero Adam Dawi, loco como está, ha conseguido convencer al Kan para negociar unas condiciones de paz.
Eso significa que los habitantes de Hope podrán volver a sus granjas, la frontera seguirá protegida y la ira de los ogros se dirigirá firmemente contra los enemigos de la democracia.
Una sensación nauseabunda empezó a crecerme en el estómago. Mi chispa no pudo hacer nada por calmarla. Conrad no se dio cuenta. O fingió no hacerlo.
—La negociación y la firma son mañana. Si todo sale bien, habrá paz. Y Hope City sobrevivirá un poco más. Y yo podré dejar por fin de preocuparme por los asesinos que acechan tras cada sombra.
Me detuve. Se me quedó el aliento atrapado en la garganta. Reanudé la marcha antes de que Conrad se diera cuenta. Me obligué a hablar.
—¿El enemigo quiere ver muerto al Kan Oscuro?
Conrad se encogió de hombros.
—Eso será difícil de conseguir. Sería más fácil matar al Presidente.
A sus adversarios en el Consejo no les gusta la idea de permitir que los ogros se establezcan legalmente en territorio de Good Hope.
Si lo matan, el tratado quedará tan bloqueado en el Consejo que será como si lo hubieran hecho pedazos.
Suspiró.
—Mantener con vida a ese hombre me ha costado incontables horas de sueño. Pero todo habrá merecido la pena.
—¿Y si muriera el Kan Oscuro? —pregunté, arriesgándome a despertar aún más sospechas.
Conrad arqueó una ceja.
—El sucesor del Kan Oscuro probablemente no tendría mucho interés en seguir adelante con la firma del tratado.
Se rumorea que también hay quienes se oponen al acuerdo en el campamento de los ogros.
Va contra sus principios tanto como contra los nuestros.
Pero todos los desafíos por el liderazgo han terminado a favor del Kan Oscuro. De forma violenta.
La confusión en el rostro de Conrad dio paso a una sonrisa tranquilizadora. Me apretó el hombro.
—No te preocupes, Cins. El Kan Oscuro sabe cuidarse solo. Y, después de mañana, el tratado quedará grabado en piedra y ni siquiera la muerte de Dawi podrá deshacerlo.
Llegamos frente a mi apartamento y completamos así nuestro recorrido. Apenas había pronunciado una palabra en todo el paseo y, sin embargo, me faltaba por completo el aliento.
Tom y El Reckoning corrían para matar al Kan Oscuro. O él los aplastaba a todos y yo perdía al amor de mi vida, o ellos conseguían derrotarlo de algún modo. Y condenaban nuestra ciudad...
Conrad frunció el ceño mientras me examinaba.
—Duerme un poco, Cins. Te lo has ganado.
Metió la llave en la cerradura de la puerta de su coche y la abrió antes de volverse hacia mí.
—Tengo la sensación de que estás cercando al asesino. Mañana será un gran día. En más de un sentido.
Hizo ademán de sentarse, pero se detuvo al recordar algo.
—No te acerques a la N1 hasta pasado mañana. Los convoyes de ogros no son conocidos precisamente por respetar las normas de tráfico.
Se despidió con la mano y yo me quedé allí plantada, iluminada por la luz dorada de una farola que danzaba con el resplandor invisible de mi chispa.
Gurtrum. Tom. El Kan Oscuro. ¡Grietas! ¿Es que nada podía ser fácil?