18. CONFIANZA
CONFIANZA
Conseguí escabullirme por un pasillo apartado de un ala tranquila del hospital apenas unos instantes antes de que la ilusión de Steph se deshiciera en polvo y vapor.
Donde antes me habían cubierto la majestuosa capucha y la túnica de Gurtrum, ahora llevaba a la vista mi chaleco táctico de cazador de monstruos, con los historiales del Kan Oscuro asomando por arriba.
Esperaba salir del archivo con una pila de historiales. En ningún momento había imaginado que saldría con las manos vacías. Y mucho menos en aquellas circunstancias.
Había vuelto a interrogar al funcionario, a riesgo de despertar sus sospechas. Por suerte, se limitó a pensar que estaba saturada de trabajo. O quizá un poco senil.
Pero era cierto. Gurtrum figuraba como sanadora responsable de todos y cada uno de los pacientes de la lista. Incluida Lesley Cohen. Un dato que la propia Gurtrum no había mencionado. Pese a ser una información de lo más pertinente.
Quería reflexionar sobre lo que significaba aquello.
No dejaba a Gurtrum en buen lugar. La ira empezó a acumularse en mis entrañas, mientras mi cerebro y mi chispa se esforzaban por calmarme.
Tenía que haber una explicación razonable.
Quizá Gurtrum no había sido la médica asignada, sino que se había llevado los documentos para estudiarlos en busca de pruebas forenses.
Eh... No. Eso no cuadraba. Que yo supiera, Gurtrum no pertenecía a la Liga Glitch.
Lesley había sido el único miembro de la Liga en Heiligslicht.
Y los únicos que conocían la relación entre la muerte de Lesley y los miembros de la Liga eran Conrad, el detective Evergreen...
y la persona o personas responsables de las muertes.
Palidecí, todavía intentando recuperar el aliento tras mis esfuerzos en el archivo y asimilar el impacto de aquella revelación. Estuve a punto de dirigirme sin más al despacho del Chapter-Meister y presentar mi informe.
Pero, por otro lado, haberme disfrazado de Gurtrum para robar los historiales médicos del Kan Oscuro y descubrir después, por pura casualidad, que ella había sido la médica de una docena de personas fallecidas en misteriosas circunstancias no me dejaba precisamente en buen lugar.
En el mejor de los casos, Gurtrum y yo compartiríamos celda. En el peor, la compartiríamos Steph y yo, mientras Gurtrum quedaba en libertad. Fuera culpable o no.
Aún tenía que seguir investigando. Pero aquello suponía un enorme avance. Era la pista que necesitaba. Sentía a la vez la emoción de haber logrado un avance tan importante en el caso y un nudo en el estómago ante la posibilidad de que Gurtrum fuese la responsable.
Había estado allí cuando Herschel me salvó.
Me había dado clases. Había sido mi mentora.
Había salvado muchísimas vidas. Incluso ahora me costaba verla como culpable.
¡Era una purificadora! Tenía una chispa como la mía.
La impulsaba el deseo de hacer el bien. ¿De verdad podía ser capaz de matar a alguien?
Quizá tuviese un cómplice. O alguien intentaba incriminarla.
¡Grietas! Me estaba volviendo como Conrad. Veía conspiraciones en cada sombra.
Tenía que concentrarme. Una cosa cada vez. Primero debía salir de allí. Probablemente llevaba bajo el chaleco el documento más incriminatorio de toda la ciudad en aquel momento. Y no tardarían en empezar a buscarlo.
Respiré hondo y abandoné la seguridad del pasillo apartado.
Casi esperaba encontrar al funcionario y a un par de furiosos guardias purificadores aguardándome a la vuelta de la esquina, pero allí no había nadie.
Era un ala tranquila del hospital. Solo se utilizaba cuando había una saturación grave de pacientes.
Me serené y caminé hacia la salida. No me crucé con nadie ni noté que me siguieran.
Llegué al coche sin incidentes, saludé al guardia con la mano al salir y crucé la calle en dirección al refugio de El Reckoning.
Un pequeño y sórdido edificio en desuso, atrapado entre el abandono y las promesas de renovación.
Aparqué, todavía medio convencida de que unos guardias saldrían de entre los arbustos. Pero no apareció ninguno.
La puerta se abrió cuando llegué. Alex me recibió con una sonrisa, aunque sombría. Sentí un alivio indescriptible al entrar en el refugio y ver que Alex cerraba la puerta tras de mí. Oí el keytar de Gibbs. Una suave tonadilla electrónica.
Lo había conseguido. ¡Luz Sagrada, lo había conseguido!
Me embargaba la euforia por haber concluido con éxito mi misión clandestina, a la vez que percibía la muda desaprobación y la culpa que emanaban de mi chispa.
Ya me esforzaría por apaciguarla. Había mucha gente a la que salvar.
Mucho bien que hacer. Y tenía que confiar en que, por ilícito que pareciese a primera vista el plan de El Reckoning, ellos sabían lo que hacían.
—Lo justo es lo justo, Tom —gimoteó prácticamente Brick desde la otra habitación—. Cuando nos enfrentemos al Kan Oscuro, seré yo quien se mida con él.
—Brick, esto no es un juego para ver quién consigue más bajas —respondió Tom, con exasperación en la voz—. Haremos lo que sea necesario para acabar con él. Da igual si eres tú, Gibbs o yo quien le asesta el golpe de gracia.
—¡¿ Et tu , Gibbs?! —exclamó Brick, horrorizado.
—¡No me metáis en esto!
Rasgueó su keytar, puntuando la discusión con un gemido electrónico.
Entré en la habitación e interrumpí la conversación. Tom se levantó y se acercó para abrazarme. Quería aquel abrazo, pero algo me hizo retroceder. Se quedó desconcertado, aunque optó por pasarlo por alto.
—¿Son esos los historiales? —preguntó.
No contesté. Se los tendí. Cuando alargó la mano para cogerlos, los aparté.
Volví a sentir que me ardía la cara. Había cumplido la misión.
Había enfadado a mi chispa. Había puesto en peligro toda mi investigación y la absolución de Stephanie.
¿Y para qué? Por aquellos juegos absurdos de mi novio y de sus camaradas, todavía más absurdos que él.
Pero no era eso lo que de verdad me hacía hervir la sangre. Antes había logrado dominarme. Tenía un trabajo que hacer. Pero ya estaba hecho. Y me quedaba un asunto pendiente...
—Me mentiste —escupí, con la voz cargada de veneno. Hasta mi chispa tenía demasiado miedo para reprenderme por mi ira—. ¿Por qué?
Tom me miró atónito. No respondió.
—Podrías habérmelo contado desde el principio. Podrías habérmelo explicado todo anoche. Pero, en vez de eso, mentiste. Me dijiste que no era nada. ¿Por qué?
En el rostro de Tom se libraba una batalla entre el deseo de discutir, el de disculparse y el de consumirse sin más en una bola de fuego impenetrable. Ver su tormento interior casi hizo que cediera. Pero no podía. Ahora no.
Los demás miembros de El Reckoning se habían apartado, desviaban la mirada y fingían que no ocurría nada.
Aunque Tom seguía callado, no pude evitar que mi expresión se suavizara. Mi ira se desvaneció. Y se transformó en una profunda tristeza. Me limité a negar con la cabeza.
—Te quiero, Tom. Pero, si queremos tener un futuro juntos, tiene que haber confianza. Deberías haber confiado en mí. Y yo necesito poder confiar en ti.
Arrojé al suelo los historiales del Kan Oscuro y dejé que su contenido se desparramara sobre el cemento de aquella ruina destartalada.
—Ahora tengo mi propia misión. Os deseo toda la suerte del mundo en el Intermedio.
Le di la espalda y me detuve junto a la puerta.
—Solo... no mueras.
Me marché.