17. ARCHIVOS #2
Empecé a recitar la lista de víctimas y comprendí demasiado tarde que podría haberle entregado el papel sin más. Bueno, ya era tarde.
Por fin, apuntó el nombre de Lesley Cohen.
—Necesito los historiales correspondientes a cada uno de estos nombres.
—Deme un segundo, Paladín —dijo mientras consultaba el ordenador.
—¡No! —exclamé, sobresaltando al empleado. Me dio un poco de pena. Pero tenía un trabajo que hacer.
—Quiero los originales —expliqué—. No esas zarandajas digitales de última generación.
¿Zarandajas de última generación? ¡Grietas! ¿Acaso conocía yo a Gurtrum?
El empleado me miró estupefacto, como si quisiera preguntarme si hablaba en serio. Mi mirada fija e impasible fue respuesta suficiente.
Desapareció por una puerta del fondo. Cuando se cerró tras él, suspiré aliviada y salté de inmediato por encima del mostrador.
Tecleé en el ordenador sin dejar de recriminarme haber usado «zarandajas» y «última generación» en la misma frase.
Busqué menciones al Kan Oscuro en la base de datos. Nada. ¿Oscuro? Solo aparecieron un montón de niños con nombres desafortunados. En serio. ¿Quién llama Sombriño a su hijo? Qué vergüenza. Kan dio todavía más resultados. Era un apellido común en Hope City.
¿Cuál era el verdadero nombre del Kan Oscuro? ¿Tenía siquiera uno?
Nunca me habían interesado demasiado la historia, la política ni nada ajeno a mi disciplina mágica o a mi profesión como cazadora de monstruos. Tenía que cambiar eso. Pero las noticias habían hablado tanto de la inminente firma del tratado que no había podido evitar absorber algo de información.
Abrí mucho los ojos. ¡Ya lo tenía! Algo que Alex había mencionado hacía un tiempo. Uno de sus datos triviales y aleatorios.
El-Sathgatar.
El clan del Kan que gobernaba la Horda de Ogros del Sur.
Y hubo un resultado. Manjel el-Sathgatar. El Kan Oscuro. ¡Bingo!
Hice clic en la entrada. Y...
CLASIFICADO. Archivos restringidos.
Nunca podía ser fácil.
Me volví hacia la puerta por la que había desaparecido el empleado. No había ninguna otra. Los archivos estaban detrás de aquella puerta de madera. Incluso los Archivos restringidos.
Me mordí el labio; o, mejor dicho, el de Gurtrum. No me quedaba mucho tiempo.
Fui a paso ligero hasta la puerta, agucé el oído por si escuchaba pisadas y después abrí en silencio la puerta de los archivos.
Eran inmensos. Mucho más grandes por dentro de lo que su exterior habría permitido imaginar.
No me habría sorprendido que hubieran empleado algún tipo de magia para crear semejante espacio.
Las estanterías repletas de cajas, pergaminos y archivadores se alzaban desde el suelo hasta el techo y desaparecían por pasillos en penumbra.
Era un dédalo. Un laberinto de papeleo y conocimientos. Bueno, allá iba.
Avancé tan deprisa como pude sin hacer ruido, pasando junto a cajas y más cajas de historiales médicos, notas, tratados antiguos, correspondencia, pergaminos arcanos y recibos. Todo lo que Heiligslicht necesitaba almacenar.
Vi un letrero al final del pasillo y corrí hacia él en busca de algo que me orientara. El sonido de unos murmullos enfadados me detuvo.
Me agaché detrás de una pila de cajas mientras el empleado pasaba con un montón de expedientes bajo el brazo. Ya llevaba una buena carga, pero no estaban todos. ¡Grietas! Competía contra el reloj de Steph y contra la capacidad organizativa del empleado. ¿Me daría tiempo?
—Malditos purificadores de la Edad de Piedra —murmuró el empleado, irritado—. Son todos unos luditas. Debería quemar los archivos hasta los cimientos para darles una lección. Así aprenderían a no hacerme perder el tiempo. No, no. Cálmate, Jeff. Los archivos son sagrados.
Sentí una punzada de culpabilidad por haber enviado a aquel hombre inocente a una búsqueda tan disparatada, pero la reprimí. Hurgó en un archivador y sacó otro documento antes de seguir adelante.
No quedaba mucho tiempo.
El letrero situado en la intersección de los pasillos señalaba en varias direcciones. Historiales médicos de apellidos entre la Z y la J (no tenía ni idea de por qué no estaban en orden alfabético), tratados alquímicos y Archivos restringidos. ¡Eureka!
Seguí el letrero, serpenteando entre estanterías desperdigadas. Aquel lugar era un caos apenas organizado. Si es que llegaba a eso. Para ser los archivos de una organización de hechiceros obsesionados con el orden y la limpieza, cualquiera diría que estarían mucho mejor estructurados.
Pasé junto a otra estantería y me detuve. Justo detrás de una pila de libros que habría jurado que eran novelas románticas había una puerta metálica con un letrero que rezaba «Archivos restringidos».
Busqué cualquier indicio del empleado y después fui directa hacia la puerta metálica. No sabía qué haría si estaba cerrada con llave. ¿Intentar birlarle la llave? ¿Rendirme?
¿Qué harían Tom y su panda de imbéciles si me rendía ahora?
Me estremecí al pensarlo.
La puerta metálica era de un color dorado rojizo y resplandecía con energía arcana. No tenía ojo de cerradura. Ni cerradura. Ni tampoco un pomo con el que abrirla.
Hasta entonces, mi chispa había permanecido relativamente callada. Encogida y ofendida porque hubiera accedido a hacer aquello por El Reckoning. Pero algo en aquella puerta la despertó. Le habló. Y me habló a mí.
Por instinto, puse la mano en la puerta y cerré los ojos.
Aquel poder. Aquella magia que fluía por la puerta protegida y encantada. La reconocía.
Noté que se me humedecían los ojos. No creía que fuera a sentir de nuevo aquella firma mágica.
Herschel.
Él había creado aquella protección. Había encantado aquella puerta para proteger los secretos de Heiligslicht.
Una parte de su alma estaba contenida en ella. Y seguía viva pese a su muerte.
Cerré los ojos y me recreé en su calor arcano tanto como pude. Solo para volver a sentir la presencia de mi padre adoptivo.
Esperaba que se sintiera orgulloso de la mujer en la que me había convertido.
La puerta se desbloqueó. Abrí los ojos, atónita. A mi chispa no le sorprendió. Había hablado con la magia de su interior y esta me había aceptado. Igual que Herschel. Igual que aún me aceptaba.
Aquello me iluminó el corazón y el alma.
Volví en mí al recordar la urgencia de mi misión.
Entré en los Archivos restringidos y me recibió una estancia mucho más pequeña.
Era más bien una cámara acorazada, con estanterías en las paredes y un techo mucho más bajo.
Los expedientes se erguían como libros en una biblioteca, con los nombres claramente indicados en los lomos.
Recorrí las estanterías con la mirada y encontré enseguida el historial del Kan Oscuro. No perdí tiempo leyéndolo. Tampoco quería hacerlo. Habría sido casi como incriminarme todavía más.
Oí unos silbidos procedentes de los archivos. Silbidos alegres. ¡Ay, Grietas! Eso era justo lo que no quería oír.
El empleado había terminado.
Me metí los historiales médicos del Kan Oscuro bajo el chaleco táctico. Para todos los demás, parecía la túnica de Gurtrum. Salí a toda prisa y la puerta se cerró automáticamente tras de mí.
Los silbidos se acercaban cada vez más a la oficina de recepción. Eché a correr, arriesgándome a hacer más ruido de lo prudente. Los alegres silbidos no cesaron.
Vislumbré al empleado y me agaché para que no pudiera verme.
Cuando pasó, me enderecé y reanudé la carrera a toda velocidad, encaramándome a estanterías bajas y empleando toda la rapidez y fuerza que había perfeccionado como cazadora de monstruos para adelantarlo.
De algún modo, logré ponerme por delante del empleado. Pero no serviría de nada si me veía.
Aceleré hasta esprintar y después me deslicé por el suelo bajo una estantería. Llegué justo al lado de la puerta de la oficina. La abrí, dejé que se cerrara de golpe tras de mí y salté de nuevo por encima del mostrador.
Jadeé con fuerza e intenté alimentarme con mi chispa mientras llegaba el empleado. Al verme jadear, adoptó una expresión perpleja.
—¿Se encuentra bien, Paladín? —preguntó.
—¡Estoy bien! —espeté, y reparé en que llevaba los brazos vacíos. Ni historiales ni expedientes. ¿Me había descubierto?
—¿Por qué ha tardado tanto? ¿Y dónde están los expedientes?
Puso cara de apuro.
—Lo siento, Paladín. He buscado los expedientes, pero todas las carpetas estaban vacías. El registro dice que se los llevaron. Todos ellos. De hecho, se los llevó usted.
—¿Yo? —pregunté, dejando que mi auténtica confusión rezumara a través del disfraz.
Asintió.
—Al fin y al cabo, son pacientes suyos.