17. ARCHIVOS
ARCHIVOS
Espero que el Titán despierte y aplaste a Tom y al resto de El Reckoning bajo su pie de roca fundida.
Aunque, pensándolo bien, retiro lo dicho.
Ahora que los estaba ayudando con aquella misión absurda, yo era tan estúpida como ellos.
Quizá eso me hiciera tan culpable como ellos. Mi chispa parecía estar de acuerdo.
Aceptar conseguir el historial médico del Kan Oscuro había complicado muchísimo mi trabajo original.
Ahora, en vez de presentarme en el despacho del maestre del capítulo y pedir los historiales de pacientes fallecidos que pudieran ayudarme en mi investigación legal, tendría que acceder a los archivos por mi cuenta y robar de algún modo unos documentos de alto secreto para un caudillo gigante.
Documentos de alto secreto que, oficialmente, ni siquiera existían, todo sea dicho.
Y tenía que robar el historial sin que me pillaran. Porque, si me descubrían preguntando por los documentos del Kan Oscuro uno o dos días antes de que lo mataran, pasaría directa al primer puesto de la lista de sospechosos.
Por suerte, tenía una amiga que era una consumada maestra del subterfugio. Aunque solo lo hubiera utilizado para escaparse de casa e irse de fiesta.
Regresé al complejo de Heiligslicht. El guardia de la entrada me miró como si fuera una especie de fantasma.
Yo me limité a sonreír y fingí que no había nada raro en que volviera a entrar en el recinto sin haber salido antes.
Por suerte, no hizo ninguna pregunta. No creía que contarle que mi idiota de novio me había teletransportado fuera sirviera de explicación.
Atravesé el edificio administrativo del hospital.
No parecía haberse armado aún ningún revuelo por el saqueo del despacho del maestre del capítulo a manos de Brick.
Eso seguramente llegaría más tarde. Cox me daba un poco de pena.
Tenía que dirigir una serie de hospitales, un ejército de sanadores mágicos y matademonios, además de toda la administración que acompañaba a ambas empresas, mientras apaciguaba también al Consejo y al capítulo principal de Bavaria.
Encontrarse el despacho patas arriba no iba a ayudarle con su creciente tensión arterial.
Bueno, por suerte para él, estaba rodeado de médicos mágicos.
Mi auto me permitió acceder a las entrañas del edificio y a los tejemanejes menos decorosos de la Orden.
Pasé junto a la morgue y las prisiones de demonios tan deprisa como pude.
Mi chispa ya se sentía insegura y más pequeña de lo que se había sentido en muchísimo tiempo.
No hacía falta exponerla sin necesidad a nada tan siniestro.
A Sarah se le iluminó la cara al verme. ¡Gracias a la Luz Sagrada que estaba de guardia! Aquello facilitaría mucho las cosas.
—¡Cindy! ¿Has averiguado algo? ¿Van a liberarla?
Negué con la cabeza, sintiendo en los huesos la palpable decepción de Sarah. Malditos fueran Tom y las Grietas por arrastrarme a su desastre. Aquello iba a retrasar todavía más mi investigación.
—Estoy siguiendo una pista —añadí, tratando de animar a Sarah. Y de animarme a mí misma.
Eso pareció darle algo de esperanza, pero entonces se puso rígida y se inclinó hacia mí con aire conspirador.
—He oído a los otros purificadores hablar de la investigación. Dicen que Steph lo hizo sin lugar a dudas. Yo... yo no sé qué creer. ¿Podría... podría haberlo hecho?
—¡Claro que no! —exclamé antes de bajar la voz—. Es nuestra amiga y es inocente. Confía en mí.
Sarah sonrió, aliviada. Parecía dispuesta a creer cualquier cosa que le dijeran. El pensamiento crítico no era su fuerte.
Sarah me dejó pasar sin siquiera echar mano del registro de acceso para apuntarme. Bien. No quería que quedara constancia de aquella visita.
A Stephanie se le iluminaron los ojos al verme.
No tenía mucho mejor aspecto que la otra noche.
Se había lavado desde entonces, pero no se había peinado.
Ahora tenía una cama de verdad. Y una mesa y una silla.
Por cortesía de Sarah y Kabo, sospechaba.
Lo agradecía. Las chicas malas por excelencia de mi antigua clase se estaban redimiendo a pasos agigantados a lo largo de aquella desventura.
—¡Cins! Gracias a la puta deidad que todavía se preocupe por mí por haber venido. ¿Has averiguado algo? ¿Va a dejarme salir el maestre del capítulo?
Su expresión se ensombreció.
—¿Has encontrado al cabrón que la mató?
Se le hundieron los hombros al leer la respuesta en mi cara antes incluso de que abriera la boca.
—Estoy siguiendo una pista bastante sólida —dije, tratando de consolarla—. Le he dado una paliza a un mago de la corrupción, lo que ya ha sido una recompensa en sí misma. Pero no fue él.
—Joder —maldijo Stephanie en voz baja. Apoyó una mano en el cristal casi sin darse cuenta. Yo puse la mía sobre la suya.
—Voy a sacarte de aquí, Steph. Lo sabes, ¿verdad?
Asintió.
—Sé que lo harás. Ojalá pudiera ayudar. Ya es bastante malo que Lesley...
Calló y se quedó mirando al vacío unos instantes antes de sacudirse el ensimismamiento.
—Ya es bastante malo que no esté. Y ni siquiera puedo mover un dedo para ayudar a vengarla.
—Puedes ayudarme con algo... —empecé mientras miraba alrededor para asegurarme de que no hubiera nadie espiándonos.
Steph me miró, impaciente y resuelta.
—Necesito acceder a los archivos. Eso significa que necesito autorización de paladín. ¿Podrías disfrazarme con un hechizo?
—No a través de este cristal. Pero intenta abrir el pasaplatos.
Miré hacia donde señalaba y agarré el tirador unido a una sección recortada en el cristal. Abrí la portezuela y dejé que quedara fijada en su sitio.
Steph gesticuló un poco con las manos y creó la ilusión de una pequeña criatura parecida a un hámster a mi lado del cristal.
Asintió, satisfecha.
—Puedo hacerlo. Pero solo mientras el pasaplatos esté abierto. Si se cierra, el disfraz desaparecerá.
—¿Cuándo vendrá alguien que pueda cerrarlo?
Steph miró un reloj que Sarah o Kabo debían de haberle proporcionado para la celda.
—Faltan unos veinte minutos para la hora de comer. Hasta entonces me dejan sola. Así que ese es el tiempo que tienes.
Asentí. Tendría que bastar.
Steph se crujió los nudillos y estiró los brazos. Calentaba como si estuviera a punto de empezar una sesión intensiva en el gimnasio.
—Entonces, ¿qué paladín quieres ser durante los próximos veinte minutos?
—Gurtrum —respondí por instinto—. Ahora mismo está haciendo una visita a domicilio y no debería volver al hospital hasta mucho más tarde.
Sería de lo más incómodo toparme con mi doble. No querría tener que explicárselo al maestre del capítulo. Ni tampoco a mi doble, ya puestos.
Stephanie musitó unas cuantas fórmulas instintivas que le proporcionaba su chispa y agitó brazos y dedos. Sentí que su magia me envolvía hasta que mi tenue reflejo en el cristal mostró a una mujer alta y mayor, de mirada severa y crítica.
—Cuidado con las puertas bajas. Los demás te verán alta, pero tu cabeza atravesará sin más cualquier arco bajo.
Asentí.
—Tendré cuidado.
Steph pareció a punto de decir algo, pero se mordió el labio.
Quería volver a tocar el cristal. Estar cerca de mi amiga. Pero no podía arriesgarme a disipar el disfraz.
—Pronto te sacaré de aquí, Steph. Te lo prometo.
Asintió y me dedicó una débil sonrisa antes de volver a sentarse en la cama, sin más compañía que una revista vieja.
Salí de la prisión. Sarah dio un respingo al verme y saludó como un soldado de película. En Heiligslicht no se hacían saludos militares, lo que volvía la escena aún más embarazosa.
—¡Paladín Gurtrum! —exclamó—. No la he visto entrar.
Estuve a punto de desvelar el truco de magia, pero entonces se me ocurrió una idea divertida.
—¡Está durmiéndose en su puesto, Purificadora Penny! —espeté, imitando a la perfección la voz de Gurtrum. ¡Dioses, Steph era increíble!—. Use esa chispa para darse algo de energía o buscaré a otra persona para hacer guardia.
Volvió a saludar. ¿En qué universo habíamos saludado militarmente a los paladines?
Me marché sin incidentes, después de engañar a Sarah y con una sonrisa traviesa. Una expresión que tendría que borrarme de la cara si veía a alguien que conociera a Gurtrum.
Entré en el ala del hospital caminando deprisa para intentar imitar las largas zancadas que solía dar aquella mujer gigantesca.
La gente se detenía para saludarme o asentía al verme acercar.
Algunos pacientes me agradecieron haberlos sanado a primera hora del día.
Hice todo lo posible por hablar lo menos posible.
Mi mayor temor era que me detuvieran para que fuera a sanar a alguien. Podía hacerlo, por supuesto, pero tenía un plazo muy estricto. Y, si daba la casualidad de que me quedaba atrapada en una operación cuando desapareciera el disfraz... bueno, resultaría incómodo.
Llegué a los Archivos, al otro extremo del complejo. Era un edificio antiguo, cubierto de enredaderas verdes y flores. Varias hadas brillaban alegremente mientras flotaban pensativas alrededor de la estructura. Miré un reloj. Había tardado ocho minutos en llegar. Iba a andar muy justa.
El empleado del mostrador de recepción se cuadró al verme acercar. ¿De verdad trataba la gente con tanta reverencia a los paladines? Debía de ser nuevo. O algo en lo que yo nunca me había fijado.
—¡Paladín Gurtrum! —me saludó el empleado, dedicándome al acercarme una sonrisa solícita y entusiasta. Vestía el atuendo de un purificador: una cogulla blanca sobre ropa informal de oficina. Llevaba unas gafas redondas que sugerían que se sentiría igual de cómodo trabajando de contable.
—¿Cómo puedo ayudarla, Paladín? —continuó, repitiendo el título.
—¡Papel y bolígrafo! —ordené, quizá haciendo que Gurtrum pareciera mucho más severa de lo necesario. Pero una seguridad agresiva solía intimidar a la gente lo suficiente para que no advirtiera que algo iba mal.
El empleado dio un respingo y rebuscó con torpeza entre el material de oficina de su mesa hasta preparar un bolígrafo para escribir.