Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 15. VAGABUNDOS
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15. VAGABUNDOS

VAGABUNDOS

Durante un instante inconmensurable, solo sentí la nada. Sin aire. Sin luz. Sin Brick ni Tom. Y entonces, entre una ráfaga de viento y varias respiraciones entrecortadas, la realidad vino disparada hacia mí bajo la forma de un suelo de hormigón.

Un brazo envuelto en llamas me atrapó justo antes de que chocara contra el hormigón gris y agrietado, y después me dejó caer los últimos centímetros mientras se desvanecía de la existencia.

—¡Tom! —grité, intentando aferrarme a mi novio mientras su cuerpo semitranslúcido aparecía y desaparecía de la existencia. Mi mano lo atravesó. Solté una exclamación ahogada, seguida de los jadeos y gritos de los demás en aquella habitación mugrienta.

Brick se recuperó de la conmoción de nuestra pelea y de haber sido arrojado a través del Intermedio. Contempló la imagen fantasmal y titilante de Tom, pálido y con el rostro cargado de culpa y pesar.

Tom se aferró el pecho y me miró con miedo y vergüenza a partes iguales. En aquel momento, me daba igual lo que estuvieran haciendo. Por qué Brick había estado registrando de arriba abajo el despacho del Maestro de Capítulo o por qué Tom nos había teletransportado fuera con tanta precipitación.

Lo único que importaba era que Alex había tenido razón. Caminar por el vacío era peligroso. Y ahora Tom se estaba deshaciendo.

Intenté coger a Tom de la mano. La mía lo atravesó. Él me miró a los ojos y volvió a tender la mano hacia la mía. Cerré el puño y canalicé mi chispa. No sabía si aquella era una dolencia que pudiera curar. Pero tenía que intentarlo.

Sentí la presencia de otras personas a mi espalda. Gibbs, Alex y Brick. Todos los miembros de El Reckoning. Esperando en silencio. Desesperados.

Canalicé mi chispa hacia el hombre al que amaba mientras las lágrimas me corrían por las mejillas. No sentí que la luz dorada penetrara en su carne ni que reparase herida alguna. Solo pude mirarlo a los ojos, aterrados, y concentrar toda mi voluntad en que se quedara.

De pronto, exhaló, y sentí que su cuerpo volvía a ser sólido cuando cayó entre mis brazos.

—¡Tom! ¿Estás bien?

Tosió y después me estrechó con fuerza. Sentí el calor de su abrigo al volver a prenderse.

—Estoy bien, Cins. Estoy bien. Solo he dado el salto demasiado deprisa, eso es todo. Estoy bien.

Cerré los ojos y dejé que el alivio me inundara mientras me permitía creer que Tom estaba bien de verdad. Y entonces, cuando el alivio disipó el miedo, regresaron mis sentimientos iniciales.

Aparté a Tom de un empujón, con el rostro ardiendo de ira.

Por la ventana situada detrás de Tom vi el hospital Heiligslicht. Aquello era un puesto de observación. Un pequeño refugio mugriento. Desde donde vigilaban mi alma mater .

—¿Qué demonios estabais haciendo? —grité, volviéndome hacia todos los miembros de El Reckoning.

Ninguno dijo nada.

Brick bajó la mirada, avergonzado. Alex evitó mirarme a los ojos. Gibbs parecía a punto de hablar, jugueteando nervioso con las teclas de su keytar, hasta que Brick le dio un codazo en las costillas.

—¿No vais a decir nada? ¿Lo que sea?

Retrocedí un paso mientras una sensación abrasadora me asaltaba las entrañas y el corazón. Mi chispa zumbaba y temblaba, confusa, incapaz de asimilar aquellas emociones. Mi cerebro me decía lo que eran. Aunque mi cuerpo no supiera cómo procesarlas.

Traición.

Creía que era una de ellos. Creía que eran mis amigos. Pero entonces hacían... lo que fuera aquello... y no me decían nada. Ni siquiera ahora.

Antes de que pudiera chillar, gritar o llorar, Tom se levantó y se interpuso entre nosotros.

—Es una de los nuestros —dijo con un tono que no admitía réplica.

Con una mirada que se disculpaba por no habérmelo contado antes, se volvió hacia mí y se plantó ante El Reckoning como su verdadero líder. Conrad no tenía ni idea de lo que estaban planeando. Ya éramos dos. Hasta ahora.

—Siento no habértelo contado antes, Cins. Iba a hacerlo. Es solo que no sabía cómo decírtelo.

—Bueno, el gato-fiera ya ha salido del saco —espeté con un gruñido en la voz capaz de desafiar al de un hombre lobo—. Se acabaron los secretos. ¿Qué estabais haciendo?

Inspiró y después suspiró.

—Aquel cliente del otro día... no era una broma.

—Ya.

Continuó, haciendo caso omiso de mi sarcasmo, fruto del dolor.

—Nos han contratado para asesinar al Kan Oscuro.