Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 14. SUBTERFUGIO
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14. SUBTERFUGIO

SUBTERFUGIO

No sabía qué encontraría en los archivos de Heiligslicht.

Los historiales de los pacientes eran confidenciales y solo se podía acceder a ellos con el permiso del Maestro del Capítulo o de un Paladín de rango lo bastante alto.

Pero, si lograba demostrarle al Maestro del Capítulo que existía una relación entre la muerte de Lesley y la de las demás víctimas, quizá me permitiera consultarlos.

Con la suerte que tenía, todas las víctimas habrían acudido a la Cruz Roja o a otros hospitales y aquello no sería más que otro callejón sin salida. Pero, si existía la posibilidad de encontrar alguna información en sus historiales médicos, tenía que aprovecharla.

Era de día y el guardia de la entrada ni siquiera necesitó que le enseñara el auto para dejarme pasar. Aparqué el coche en el estacionamiento del personal y me dirigí hacia el edificio principal.

—¡Señora Giles! —me llamó Gurtrum mientras se acercaba a mí trotando. Tras ella, una familia se llevaba a un paciente en silla de ruedas. Parecían felices. Aliviados. Uno de ellos miró la espalda de Gurtrum con palpable gratitud.

Si había algo que echaba de verdad de menos de ser sanadora, era aquella mirada. No la gratitud en sí, sino el alivio. La alegría genuina de ver que alguien a quien amabas se había salvado.

Gurtrum se despidió de la familia con la mano antes de volverse de nuevo hacia mí.

Había corrido hasta donde estaba sin el menor esfuerzo.

Pese a su avanzada edad, era evidente que se mantenía en forma.

Tener una chispa de purificación y los conocimientos necesarios para sanar el cuerpo de la mayoría de las dolencias contribuía mucho a prolongar la vida.

—Buenos días, Gurtrum —la saludé con una sonrisa—. Veo que ha ayudado a otra familia.

Pareció confusa, pero entonces volvió la vista hacia la familia y su paciente.

—Ah, sí. Hubo que amputarle una extremidad después de que lo mordiera un zombi.

Frunció el ceño con rabia y un asomo de repugnancia.

—Ojalá no tuviéramos que amputar. Pero, pese a todos los avances que hemos hecho durante estas décadas, seguimos limitándonos a aplicar métodos antiguos con herramientas nuevas. En fin, basta de eso. ¿Cómo va la investigación?

Se le iluminaron los ojos, como si acabara de recordar algo.

—De hecho, tengo los registros de acceso. Pero, por desgracia, no he encontrado nada útil. Stephanie Naidoo y Lesley Cohen no salieron del recinto aquel día. Fueron a cenar al restaurante de aquí.

Qué romántico. Sarcasmos aparte, era bastante tierno.

Los purificadores llevaban una vida muy ajetreada.

Probablemente ambas acababan un turno y tenían que empezar otro poco después.

Aun así, se habían arreglado para una cita.

Me habría derretido el corazón si lo ocurrido después no me lo hubiera roto.

—¿Había algún personaje sospechoso en la torre residencial? —pregunté.

Gurtrum negó con la cabeza.

—Solo purificadores. La mayoría dormía. Todos estaban en sus habitaciones.

Eso pensaba. Y en aquella torre debían de residir decenas de purificadores, quizá hasta un centenar. No tenía sentido investigarlos a todos. Sobre todo ante la sospecha de que el asesino de Lesley también pudiera haber matado a los demás miembros de la Liga.

—¿Sabe si le hicieron un análisis toxicológico al cadáver de Lesley? —pregunté.

Gurtrum asintió.

—El purificador Kan llevó a cabo el examen. Encontró restos de alcohol en el cuerpo de la purificadora Cohen, pero nada letal. Ningún veneno, ni mundano ni mágico. Al menos, nada que los forenses pudieran detectar.

—Y ninguna maldición oculta, supongo.

Gurtrum enarcó una ceja blanca.

—Es probable que cualquier rastro de magia de corrupción desapareciera al usar magia de purificación sobre el cuerpo.

—Creo que quizá no estemos viendo lo evidente. La magia de corrupción deja una firma. La esencia de quien la lanza. No hay purificación capaz de eliminarla.

—¿Quién le ha dicho eso? —preguntó Gurtrum con recelo.

No debería haber sacado el tema. Noté que se me encendían las mejillas.

—Un mago de la corrupción.

Sí, yo tampoco me creería.

Gurtrum negó con la cabeza como una niñera decepcionada.

—Nunca debería confiar en un mago oscuro. Jamás. Tienen sus métodos para mantener las cosas en secreto. Para actuar con insidia. Es su modus operandi .

—Este mago… está orgulloso de lo que hace. No creo que intentara ocultarlo.

—¿Ni siquiera si le apuntaba a la cabeza con esa pistola? —Gurtrum señaló Voidshot, enfundada a mi costado.

No pude responder. Ella suspiró y se llevó las manos a las caderas.

—¿En serio, señora Giles? Creía que tenía más juicio que para creer a un mago oscuro. Y mucho menos a un corruptor. ¿Una firma? Si todos los usuarios de corrupción dejaran una firma, AIU ya los habría atrapado a todos.

No podía rebatirla. Lo que decía tenía sentido. Y eso me llevó a una conclusión espantosa:

¿Y si la Bestia había matado a Lesley? Yo lo había dejado escapar.

Pero eso no explicaría las demás muertes. Los ataques al corazón no eran el modo de actuar de un corruptor. Y, aparte del profesor Griqua y Lesley, ninguna de las demás víctimas había recibido hechizos de purificación que pudieran haber borrado los rastros de magia de corrupción.

Gurtrum miró su reloj.

—¡Discúlpeme, señora Giles! Tengo que hacer una visita a domicilio.

Empezó a alejarse, pero se volvió hacia mí.

—No pierda de vista lo que está haciendo, señora Giles. Sea o no cazadora de monstruos, siempre será una purificadora. Usted combate la oscuridad. Purga lo impuro. Recuérdelo.

Asentí sin mucho entusiasmo. Satisfecha, la anciana purificadora subió a su coche y se marchó.

Gurtrum no había aliviado en absoluto mi mente abrumada. Necesitaba tomar notas detalladas para desembarazarme de todas aquellas redes enmarañadas, de las víctimas entrelazadas y de la verdad sobre la magia de corrupción. Al menos podía estar segura de dos cosas.

Lesley no había sido envenenada. Y no había salido del recinto en todo el día. Habría tenido tiempo de detectar una maldición si se la hubieran lanzado fuera. Pero, pese a la insistencia de Gurtrum, seguía sin creer que aquello fuera obra de la magia oscura.

Demandadme si queréis, pero en ese aspecto confiaba en la Bestia. Solo esperaba estar en lo cierto.

Bueno, una cosa detrás de otra. Subí unas escaleras y luego tomé un ascensor para dirigirme al despacho de Cox.

Esperaba de verdad que no me sepultara bajo un montón de estiércol burocrático de trol por mi solicitud.

Tal vez podría amenazarlo con invocar mis derechos de ocupación y plantar una tienda de campaña en su despacho hasta que me concediera el acceso.

Quizá estuviera lo bastante agotado para acceder.

Sonreí al imaginarme montando un campamento, con hoguera incluida, en el despacho del Maestro del Capítulo cuando llegué a la última planta.

Como de costumbre, la zona de recepción estaba vacía. Cox no tenía secretario. Pero, viendo la cantidad de tareas administrativas y de papeleo de proporciones conradianas que debía gestionar, estaba bastante segura de que necesitaba uno.

Me acerqué a la puerta cerrada de su despacho y oí unos pasos arrastrados. Papeles que crujían. Cox debía de estar moviendo cajas de documentos. ¡Que la Luz Sagrada se apiadara de aquellas almas administrativas! Jamás querría estar en su lugar.

Me planteé llamar, pero Cox se limitaría inevitablemente a decirme que estaba ocupado y yo abriría la puerta de todos modos. Mejor saltarse ese paso.

Abrí la puerta.

—Maestro del Capítulo, necesito…

El Maestro del Capítulo no estaba por ninguna parte. En su lugar, un hombre corpulento con pasamontañas se hallaba en medio de la estancia, estrujando un montón de papeles entre sus enormes manos.

No vacilé. Liberé un destello de luz que cegó al hombre, crucé la habitación a la carrera y le propiné al bruto una patada voladora en el pecho.

Perdió el equilibrio y cayó sobre el escritorio de Cox.

Seguí con un puñetazo en el estómago y sentí que mis huesos gritaban al chocar contra puro músculo.

Mi chispa me sanó al instante, lo que me dio fuerzas suficientes para emplear una técnica que Alex me había enseñado.

Mientras el enmascarado seguía desorientado, enganché su tobillo con el mío, le sujeté el brazo y lo derribé. Cayó con tanta facilidad que no pude evitar pensar que ni siquiera lo estaba intentando.

—¿Quién eres? —grité mientras le arrancaba la máscara.

Solté una exclamación ahogada.

—Hola, Cins… —saludó Brick con una sonrisa avergonzada.

Tom, envuelto en llamas, apareció de golpe en la habitación, nos agarró a ambos y nos llevó al vacío.