12. GLITCH
GLITCH
Me excusé para no participar en otra cacería más.
El equipo lo entendió. Aun así, me daba pena.
No tanto por el dinero. Tom quería darme una parte aunque no estuviera allí.
La rechacé. Sobreviviría y, si las cosas se ponían feas, sabía que los demás me echarían una mano.
Y yo haría lo mismo si la situación fuera a la inversa.
Tom se marchó alrededor de las cinco de la mañana para dar caza a una tripulación de piratas zombis que sembraba el caos frente a la costa de Hout Bay. Parecía divertido. Pero me obligué a olvidarme del miedo a perdérmelo y me preparé para retomar mi propia cacería.
Salí poco antes de las seis de la mañana, después de una ducha lo bastante larga y caliente, una purificación completa de toda mi ropa y algunos cuidados para reparar el desgaste de Voidshot. Me armé de valor y salí de casa de Tom.
AIU estaba mucho más ajetreada que la última vez que había estado allí, si es que eso era posible.
Un grupo de policías uniformados conducía hasta la celda de detención a un puñado de kobolds ataviados con esmóquines diminutos.
Parloteaban con los agentes en su chillona y siseante lengua de lagarto, pero no pude evitar percibir un acento exagerado. Sacado directamente de El padrino .
Los kobolds solían ser competencia de los cazadores de monstruos, pues no eran una especie protegida en Hope City, pero, si aquellos pequeños mafiosos demostraban poseer suficiente inteligencia y capacidad arcana, tenía sentido que AIU interviniera.
En vez de quedarme paralizada y desorientada como un labrador en una convención de hombres lobo, atravesé aquel alboroto con paso decidido, canalizando a partes iguales a Conrad y a Tom. El «Este es mi sitio, cretinos» de Conrad y el «No te metas conmigo. Te quemaré» de Tom.
Nadie me molestó y llegué al despacho de Richard Evergreen. La puerta estaba abierta y oí al detective hacer gorgoritos de bebé. Entré sin llamar. Aquello era sacar a relucir todo mi Reckoning. Tenía que irradiar confianza. Dominio. De lo contrario, nunca llegaría al fondo del asunto.
Evergreen ignoró mi repentina y descortés irrupción y siguió murmurando a voz en cuello monerías ininteligibles por teléfono.
Reparó en mi llegada y levantó un dedo para pedirme que esperara.
—¡Te quiero, Candy! Pórtate bien, pequeña. Adiós, cariño.
Colgó y me recibió con una sonrisa afectuosa. Me sentí un poco culpable por haber irrumpido allí sin más.
—¡Buenos días, señorita Giles! Disculpe, estaba hablando por teléfono con mi hija.
—¡Enhorabuena! ¿Fue bien el parto?
Pareció un tanto desconcertado y luego formó una «o» con la boca.
—No, no. Aún no ha nacido. ¡Pero eso no significa que no pueda decirle cuánto la quiero!
Aquel hombre era, básicamente, el padre modélico. ¡Grietas! Deberían ponerlo como ejemplo en los manuales de crianza.
Me ofreció unos caramelos de su escritorio y después entrelazó los dedos mientras yo me sentaba frente a él.
—Y bien, ¿en qué puedo volver a ayudarla, señorita Giles? Espero que su investigación haya dado frutos. Rastrear corruptores nunca es tarea fácil. A veces una desea no encontrarlos jamás.
Reprimí un escalofrío. Después de enfrentarme a la Bestia, estaba de acuerdo.
—No era un corruptor —expliqué.
—¿De verdad? ¿Cómo lo sabe? —Parecía sinceramente sorprendido. Quizá tenía los mismos prejuicios que yo. Era fácil culpar de todo a la magia maligna.
—He aprendido más sobre la magia de corrupción —admití—. Y no había ningún residuo de ella en el cadáver.
Mantuvo el rostro pétreo, pero advertí una leve contracción en su expresión.
Como si quisiera decir algo. Trabajaba en una división de la policía dedicada a perseguir delincuentes mágicos.
Sin duda podría haberme dicho que la magia de corrupción dejaba una firma.
Podría haberme ahorrado mucho tiempo. Ahora que lo pensaba, estaba mucho mejor preparado que yo para ocuparse del caso.
¡Malditos sean Heiligslicht y sus secretos! Tendría que haber dejado el caso en manos de AIU.
Sin embargo, esa no era la razón por la que estaba allí.
—Ayer, cuando dije el nombre de la víctima, pareció reconocerla. Lo negó, pero estoy bastante segura de que conoce… conocía a Lesley Cohen.
Negó con la cabeza.
—No la conozco. Lo siento. Es solo que siempre resulta impactante que muera un purificador. Vosotros no enfermáis, podéis sanaros. Sois como superhéroes.
Los halagos no iban a llevarlo a ninguna parte.
—La muerte de Lesley no tuvo causas mundanas —proseguí, mirándolo sin parpadear para ver si encontraba alguna grieta en su armadura—.
Tuvo que ser cosa de la magia. No de la magia de corrupción, pero podría estar relacionada con alguna práctica alquímica o con otra escuela de magia.
Tal vez incluso con un envenenamiento no mágico.
—Estoy seguro de que el forense de Heiligslicht está preparando un informe toxicológico exhaustivo.
—Yo también. Pero sigue habiendo algo en todo esto que no me cuadra. Podemos curarnos del veneno. Podemos detectar maldiciones y desterrarlas con más facilidad de la que usted se suena la nariz. No sufrimos infartos, y mucho menos nos explota el corazón.
A Richard Evergreen se le abrieron mucho los ojos y se inclinó hacia delante.
—Un momento, ¿un infarto?
—Un infarto. Existe la posibilidad de que sufriera un infarto que desencadenase la causa de la muerte.
Puede que Tom no fuera sanador, pero por lo general tenía buen ojo para aquellas cosas. Fuera cierta o no, era una teoría que podía conducir a algo.
Richard se quedó mirando la superficie de la mesa durante lo que parecieron minutos antes de levantarse de repente. Toda su actitud había cambiado. Se había vuelto más fría y menos despreocupada.
—Sígueme —dijo sin más.
Me levanté y lo seguí mientras me sacaba del despacho.
Vi a la detective Caro conducir a un hombre encapuchado de negro y adornado con calaveras hasta una sala de interrogatorios.
Tenía las mejillas cosidas con grapas. La herida parecía autoinfligida.
La mafia kobold se afanaba en organizar una fuga encaramándose unos sobre los hombros de otros para intentar excavar el techo.
Un policía aburrido no parecía especialmente preocupado.
Quizá fuera bueno que yo me ocupara de aquella investigación. Parecía que AIU ya tenía bastante entre manos.
—¿Adónde vas, Green? —le preguntó a Richard un hombre corpulento de ojos dorados cuando pasamos junto a su escritorio.
Estaba cubierto de teléfonos móviles y portátiles desmontados.
Tenía seis monitores en los que se veían un videojuego, un partido y un montón de código que a mí me parecía ininteligible.
Sus ojos dorados resplandecían sin parpadear. No percibía magia alguna a su alrededor. No era purificador. Pero aquellos ojos no tenían nada de natural. ¿Un hombre lobo?
¿Podía AIU tener a un hombre lobo en plantilla?
No sabía qué pensar al respecto. Heiligslicht nos enseñaba que los hombres lobo eran bestias peligrosas e incontrolables.
Pero una vez también había atendido a un hombre lobo al que llevaron sus compañeros de manada.
Alguien había envenenado su comida con limaduras de plata y yo lo ayudé a regurgitarlas.
Habían sido amables. Agradecidos y educados. Y parecían quererse de verdad. No como una manada de bestias, sino como una familia.
No sabía qué pensar. La vida era complicada. Y cada vez aprendía más sobre lo sesgada que había sido mi educación.
—Voy a fumar —respondió Evergreen, pasando de largo sin detenerse.
—¡Tú no fumas! —gritó el detective hombre lobo a nuestras espaldas.
—Ahora sí.
Seguí a Richard Evergreen por el laberinto de pasillos de AIU hasta que llegamos a una puerta trasera y salimos a un callejón. Evergreen miró a su alrededor, pero no sacó ni mechero ni paquete de cigarrillos. Yo examiné el callejón.
Solo había algo de basura arrastrada por el viento y una manta abandonada, probablemente perteneciente a alguna persona sin hogar que había salido a buscar desperdicios. A aquellas horas estarían rebuscando en los contenedores, compitiendo con los kobolds y las ratas terribles. Pobres almas…
Satisfecho con lo que fuera que estuviese buscando, Richard sacó el móvil, escribió algo y volvió a guardárselo en el bolsillo.
—Lo que voy a decirle ahora no lo ha oído de mí —habló al fin en voz baja, sin dejar de escrutar el callejón como si esperase que una horda de orcos apareciera de repente.
Contuve la respiración, pues no quería pronunciar por accidente una sola palabra que pudiera interrumpir la revelación que se avecinaba.
—Durante los últimos dos meses se ha producido una serie de muertes misteriosas.
En apariencia no guardan relación. Tal vez solo sean coincidencias.
Fallos orgánicos, infartos. Quizá solo una asistencia sanitaria mediocre.
Pero, en la única ocasión en que intervino AIU, murió un mago después de que le explotara el corazón.
—¿Qué encontraron los forenses? —pregunté.
—Nada de magia oscura. Ningún acto criminal. El mago había intentado sanarse de lo que fuera que le estuviese ocurriendo. Había rastros de purificación en el aire, procedentes de una incantación de línea wey. AIU lo calificó de lanzamiento fallido fatal.
—¿Y usted qué piensa?
Me miró fijamente, estudiándome y sopesando su respuesta.
—Creo que un archimago de semejante reputación no comete errores al lanzar un hechizo.
—¿Y las demás muertes? —pregunté—. ¿Cree que están relacionadas?
Volvió a mirar alrededor. Luego asintió.
—Pero creo que deberíamos esperar a nuestro amigo común antes de continuar.
No dio más explicaciones. Esperamos en silencio. Habría sido un buen momento para empezar a fumar, pero ninguno de los dos encendió un cigarrillo.
Pasó un rato y, por fin, Richard suspiró. Lo miré, esperando que siguiera hablando del caso.