11. RECUPERACIÓN
RECUPERACIÓN
Tuve la desalentadora sensación de haber vuelto al punto de partida. Quizá incluso estaba peor que cuando había iniciado aquella absurda investigación. Porque, mientras yo perseguía a asesinos en serie mágicos por los suburbios, el verdadero culpable seguía ahí fuera, borrando su rastro.
Ya no tenía ninguna pista. Me había aferrado tanto a la idea de que había sido la Bestia que ahora solo sentía un inmenso vacío.
Tampoco ayudaba que la Bestia de las Colinas Azules resultara aún más repulsiva de lo que jamás habría podido imaginar.
Ni que lo hubiera dejado marchar pese a las promesas que le había hecho a la amable vendedora de café.
Deseaba tanto que fuera él, que aquello se redujera a un simple enfrentamiento entre la oscuridad y la luz, que había perdido de vista la investigación entera.
¡Grietas! No estaba hecha para ser detective.
Al menos, no para investigar a seres humanos.
Que me señalaran dónde había un demonio y yo sacaría a la luz todo su linaje infernal.
Pero los humanos eran distintos. Siempre me había costado entenderlos.
Somos demasiado complejos, joder. Con los demonios era fácil.
Eran malvados. Mi chispa lo decía. Mi magia de purificación así lo juzgaba.
Pero con los humanos…
Salí de los suburbios sin ningún incidente.
Pese a mis temores, las bandas no solían meterse con los forasteros a menos que les dieran motivos.
Si no trataba de invadir su territorio ni cuestionaba su autoridad, me dejaban en paz.
Así que salí de los suburbios con poco más que el orgullo maltrecho y una abrumadora sensación de decepción.
¡Que la Luz Sagrada me perdonara! Había sido estúpida.
Muy corta de miras. Mis prejuicios contra la magia oscura me habían empujado por un camino que no llevaba a ninguna parte.
Pero la Bestia tenía razón. No hacía falta magia oscura para matar a alguien.
Tom era un alma hermosa y, sin embargo, su magia podía provocar una muerte agónica.
Y, aunque hacerlo le pesaría en la conciencia desde un punto de vista ético, no dejaría en su alma ni una sola mancha de oscuridad.
Para alguien como yo, la magia y la ética parecían estar a menudo entrelazadas. Pero tenía que recordarme que el mal existía mucho antes de que se produjera El Cataclismo. Y que, en realidad, su rostro no había cambiado. Solo disponía de más herramientas.
Intenté devanarme los sesos mientras conducía por las calles mucho más limpias y mejor cuidadas del centro de Hope City.
La Bestia no podía haber accedido al recinto.
Eso significaba que, si la Bestia había sido el autor, tendría que haber empleado un hechizo de efecto retardado.
Una maldición. Pero ¿acaso Lesley no habría notado una maldición?
Nuestras chispas detectaban ese tipo de cosas.
Y otro purificador nos examinaba a diario en busca de maldiciones.
¡Dioses! Debería haberme dado cuenta. Ninguna maldición habría podido superar los controles de Heiligslicht. Lo cual significaba que el hechizo que había matado a Lesley se lo habían lanzado poco antes de su muerte.
Y eso convertía a Stephanie en la principal sospechosa.
Noté que se me oprimía el pecho. ¿De verdad podía ser ella? ¿Podía estar tan cegada por la lealtad hacia mi amiga que no veía las señales? La posibilidad de que fuera manipuladora. Una asesina. De que Lesley la hubiera rechazado por algún motivo y eso la hubiese impulsado a matarla.
¿Quién era yo para dudar de los investigadores de Heiligslicht?
Habían detenido a Stephanie por alguna razón.
Y, aunque sin duda estaban asustados y desesperados, no eran gente irracional.
Eran profesionales cualificados. No habrían metido a mi amiga en aquella celda si no creyeran que era capaz de hacer algo así.
Me sentía culpable por el mero hecho de planteármelo. Pero, después de todo lo ocurrido, ya no sabía qué pensar.
Aparqué delante de la casa de Tom y sentí un alivio inmediato al llegar a mi refugio seguro.
En cuanto bajé del coche, me envolvieron los aromas deliciosos y grasientos de la comida frita.
Haber estado en El Reckoning me había hecho apreciar la comida poco saludable.
Y, con todo el ejercicio que hacíamos en nuestro trabajo, tampoco era tan malo. ¿Verdad?
Abrí la puerta y me encontré a Tom dejando sobre la mesa de centro la fuente de aquellos deliciosos aromas. Él también debía de acabar de volver. Me dedicó una sonrisa radiante y nos abrazamos.
—¡Te has perdido una cacería de la hostia, Cins! Una cocatriz había convertido un garito en su nuevo nido y al dueño no le había hecho ninguna gracia. Nosotros la convertimos en pollo frito y el dueño, tan agradecido, nos regaló gatsbies para todo el equipo.
Abrió uno de los paquetes y dejó a la vista un recipiente de poliestireno para comida.
—Me he asegurado de que prepararan el tuyo siguiendo tus indicaciones, reina Giles.
Me reí y le di un beso en la mejilla mientras aceptaba la comida caliente, acompañada por el rugido de mi estómago, como si no hubiera comido en todo el día. Probablemente porque no lo había hecho.
Nos sentamos a comer. ¡Aquellos gatsbies eran de categoría!
Al menos, el mío lo era. Un panecillo tostado hasta los topes de patatas fritas, lechuga, salsa, pollo frito y salchichas.
Mientras el relleno del de Tom se desparramaba fuera del pan, el mío estaba cuidadosamente apilado y ordenado para evitar derrames.
Gibbs decía que tanta pulcritud iba contra el espíritu de los gatsbies .
Pero había cosas que yo era incapaz de tolerar.
Al menos ya me había acostumbrado a comer con las manos. Bueno, después de ir al baño y lavármelas un par de docenas de veces. Tras haber estado en contacto con la Bestia, quería lavármelas unas cuantas veces más, pero no quería hacer esperar a Tom.
Nos lanzamos sobre la comida y fuimos saltando de un programa a otro hasta terminar. Tenía el estómago satisfecho, y el calor natural y mágico de Tom había desterrado el frío que se me había instalado bajo la piel.
—Entonces, ¿cómo está Steph? —preguntó Tom por fin. Por su voz, noté que se había estado conteniendo a pesar de la curiosidad. Le agradecí que hubiera retrasado aquel interrogatorio inevitable. Pero tarde o temprano tenía que salir el tema.
Se me hundieron los hombros de forma evidente y enseguida vi aparecer la culpa en el rostro de Tom por haber sacado el tema.
—Es una larga historia…
Y se la conté. Le expliqué que sospechaban que Stephanie había matado a su novia.
Que el maestre del Capítulo me había encargado el caso, en parte por exasperación y en parte porque él también quería que Stephanie fuera inocente.
Le describí la investigación al detalle.
Cómo había analizado el cadáver y por qué eso me había llevado a sospechar de la magia oscura.
No le parecía que hubiera sido un error partir de semejante prejuicio.
Lo que no le gustó nada fue que hubiera recorrido sola los suburbios en busca de asesinos en serie.
Y le gustó aún menos que me hubiera enfrentado sola a la Bestia.
—Deberías haberme llamado —dijo. En ese momento me arrepentí. Pero ya era demasiado tarde.
—Lo siento —fue lo único que pude decir, y no volvimos a discutir sobre el asunto. Tom y yo éramos espíritus libres. Él lo sabía. Yo lo sabía. Pero, aun así, deberíamos apoyarnos más el uno en el otro.
Tom no dijo nada sobre mi decisión de perdonarle la vida a la Bestia. En cierto modo, ojalá lo hubiera hecho. Para tranquilizarme diciéndome que la misericordia era buena en sí misma. O para reprenderme. Para convencerme de que no volviera a dejar con vida a otro cabrón como aquel.
Por fin terminé de relatarle aquel día tan sumamente largo y respiré hondo.
—Así que ahora tengo que volver al principio y ver qué consigo averiguar. Pero ya basta de eso. ¿Qué pasó anoche con aquel cliente? Espero no haberme perdido nada divertido.
Fue algo sutil, pero Tom evitó mirarme a los ojos durante una fracción de segundo. Rara vez parecía nervioso, así que todas las alarmas se dispararon de inmediato en mi cabeza.
—Solo fue una llamada de broma. No apareció nadie. Pero cuéntame algo más sobre la investigación. Sobre cómo murió Lesley. ¿No podría haber sido un accidente? ¿Un simple infarto?
Negué con la cabeza.
—Una pizca de chispa de sanación básica puede curarlo en un instante. Y ningún infarto que yo conozca hace explotar un corazón. Al menos, no sin algún tipo de interferencia mágica.
Tom se frotó la barba, pensativo.
—¿Es posible que se excediera al sanarse? ¿Que estimulara demasiado lo que fuera e hiciera que el corazón se hinchase hasta estallar?
—No creo que eso sea posible. Para empezar, a los purificadores no nos dan infartos. Nuestras chispas nos sanan de manera natural todo el tiempo.
—Qué suerte. Mi chispa me mantiene caliente. Siempre. Incluso cuando fuera hace un calor abrasador.
—Yo te curaré cualquier pupa que te hagas, cariño.
Le acaricié la mejilla, aunque seguía pensando en lo que había dicho Tom.
La muerte de Lesley era sospechosa. Muy sospechosa.
—Creo que acertaste al pensar que se trata de un mago oscuro —dijo Tom—. Pero quizá te precipitaste demasiado al intentar encontrar al asesino. Deberías haber empezado por lo que sí conoces. La víctima. Para empezar, ¿por qué iba a querer alguien verla muerta?
Abrí mucho los ojos, en parte por la revelación y en parte por la vergüenza.
—¡Luz Sagrada! ¿Cómo no se me había ocurrido?
—Porque no te criaste leyendo a Nancy Drew. —Tom sonrió, pero enseguida se puso serio—. Estabas estresada. Le echaron la culpa a tu amiga y querías encontrar una solución fácil. Yo habría hecho lo mismo en tu lugar.
—Las soluciones fáciles matan a los pacientes —murmuré, avergonzada de mí misma. Tom puso su mano sobre la mía y me la apretó mientras me dedicaba una sonrisa tranquilizadora.
—Atraparás a ese cabrón. Empieza por lo que sabes. Y sigue desde ahí.
Arqueó una ceja con aire crítico y fingió mirarme con desaprobación.
—Pero la próxima vez que te vayas por ahí a perseguir asesinos en serie y magos oscuros, llévame contigo.
Asentí.
—Lo haré.
Los dos sabíamos que probablemente era mentira.
Ya no me sentía tan vacía como antes. Tom tenía buen olfato para esas cosas.
Averiguar más sobre la víctima. Debería haber sido evidente. Y, por suerte para mí, ya tenía una pista.
Contuve un bostezo y me estiré.
—Creo que es hora de irse a la cama. Estas misiones diurnas me están destrozando el horario de sueño.
—Irse a dormir a las diez de la noche. ¡Titán se apiade de nosotros! —Tom sonrió.
—Bueno, después de pasar un año cazando hasta las cuatro de la madrugada, ¿puedes culparme?
Tom sonrió.
—Es parte del trabajo. Nosotros no podemos tener horarios.
No le faltaba razón.
—Pero, si aún no estás lista para dormir, yo todavía no estoy cansado. —La sonrisa de Tom se volvió maliciosa—. Aunque no me importaría trasladar esto al dormitorio.
Le devolví la sonrisa cómplice y acepté su mano mientras me conducía hacia su dormitorio.
Después de un día como aquel, me merecía un descanso. Y algo de tiempo para dejar de pensar en asesinos, víctimas y amigas acusadas injustamente.