10. LA BESTIA #4
—Habría maldecido todos sus órganos. Uno por uno.
Una maldición pequeña. No querría cargármela demasiado pronto.
Y cada maldición le hablaría, le diría que iba a morir.
Y ella no podría curarla. No podría librarse de nada.
Y mientras suplicara piedad, yo le diría que podía concedérsela.
Que podía curarla. Pero antes tendría que hacer algo por mí…
Cargué sobre su caja torácica todo el peso que pude. Hizo una mueca y dejó de hablar.
—¿Sabes infligir dolor, pero no soportarlo? —siseé. Levanté el pie y lo descargué con fuerza.
Mi chispa me sacudió. Aquello no le gustaba. Yo no debía estar haciendo eso. Dejé de presionarle el pecho. Tosió y después tomó aire. Aliviado.
—Yo… Yo no maté a esa zorra.
Volví a pisotearlo. Mi chispa no protestó tanto. Esta vez.
—¡No la maté! —gritó—. Además, ¿no lo sabrías tú, joder?
Arqueé una ceja.
—Las monjas podéis olernos a kilómetros. No hay forma de esconderse de vosotras. Los corruptores dejan firmas. ¿Oliste la mía allí?
Mi silencio fue respuesta suficiente.
—Mi magia es única —continuó con orgullo—. Una vez lanzada, no se puede borrar. No de ninguna zorra a la que haya matado. Son mías para siempre.
El dedo me tembló sobre el gatillo. Mi chispa me advirtió. Libró una batalla dentro de mi cabeza. Quería matarlo. De verdad que sí. Pero mi chispa enfrió mi rabia. Me dijo que yo era mejor que eso. Que no podía matar a un ser humano. Aunque fuese la encarnación del mal.
—No había ninguna firma en el cadáver —repliqué—. Ni la tuya ni ninguna otra. Debió de borrarse. De purificarse. Pero solo un corruptor podría haber hecho algo así.
—¿Solo un corruptor? —volvió a chasquear la lengua—. ¿Porque le destrozaron el corazón?
Soltó una risa sin humor.
—Una pistola podría haberlo hecho. Eso no tiene arte. Un corruptor habría querido que sufriera. Si se parecía en algo a ti, se lo merecía.
Esbozó una sonrisa desdeñosa.
—Ojalá lo hubiera hecho yo. Lo habría hecho mejor.
Podía estar mintiendo. Pero algo me decía que aquel no era un hombre que ocultase sus crímenes. Estaba demasiado orgulloso de ellos. No se escondía de la ley. La eludía porque vivía en un mundo caótico al que nada le importaba.
Pero necesitaba un motivo para detenerlo. Necesitaba un motivo para no limitarme a marcharme de allí.
—¿Por qué debería creerte?
Se encogió de hombros.
—Porque eres dom . Te has metido demasiado en esto.
Piensas de un modo demasiado simple. Crees que necesitas magia oscura para matar.
Los mense llevan matando desde mucho antes de que existiera la magia.
Y no necesitas un arma para hacerlo. Un bisturí puede matar o sanar. Solo tienes que cortar de otra manera.
Sentí una náusea en las entrañas. Las extremidades se me quedaron sin fuerzas y la mente se me nubló.
Fue una revelación desoladora. Una decepción abrumadora.
Era un monstruo. Un desperdicio de oxígeno maldito por las grietas, perverso y repugnante. Pero decía la verdad.
Él no había matado a Lesley. Y, por lo que parecía, tampoco lo había hecho un mago oscuro.
Eso me dejaba más atrás que al principio. Me adentraba de lleno en cifras negativas.
Y me dejaba con aquel cabrón enfermo tendido en el suelo y mi arma apuntándole a la cabeza.
—Entonces, ¿ahora vas a matarme? —preguntó.
Quería hacerlo. De verdad que quería. Si lo hacía, las Colinas Azules podrían tener esperanza. Podrían recuperarse. Sin aquel monstruo amenazándolas, podrían convertirse en un lugar feliz.
—¿Por qué no iba a hacerlo?
Se encogió de hombros.
—Hazlo o no lo hagas. Da igual. Cuando yo falte, vendrá otro a ocupar mi lugar. Otro corruptor, o un nigromante que quiera formar un ejército con los mense .
Eso me hizo vacilar.
Sonrió. Había visto la duda en mis ojos.
—Mátame y siempre habrá otro. Yo mantengo cuerdo este lugar. Yo mantengo la paz.
—¿A esto lo llamas paz?
Podría haber escupido. Pero no quería que ni siquiera mi saliva permaneciese en aquel lugar profano.
Asintió.
—Mejor un solo monstruo que muchos.
—No debería haber ninguno.
Se limitó a reír, como si se burlara de una niña ingenua. Quizá fuese ingenua.
Presioné el gatillo. El metal me resultaba familiar. Sería fácil. Muy fácil. Más fácil que cazar demonios.
Mi chispa observaba. Esperaba. Juzgaba. Pero no me importaba. Era mi decisión.
Contemplé su rostro engreído y arrogante a través del alza. Apreté los dientes.
Y dejé que Voidshot cayera sin fuerzas junto a mi costado. Me aparté de él y retrocedí hasta salir de aquel lugar. No esperé a que se burlara de mí ni a que dijera una palabra más. Subí al coche y me marché, huyendo hacia la silueta oscura de Table Mountain.
Al final, no fueron mi chispa ni el temor de que él fuese el único que mantenía el orden lo que impidió que apretara el gatillo. Fue algo mucho más sencillo.
Nunca había matado a nadie. Y quizá se debiera a mi chispa, pero incluso la Bestia seguía siendo humano. No era un demonio. No era un monstruo. Al menos, no literalmente. Y, por firmeza o por debilidad, no fui capaz de apretar aquel gatillo.
Pero no me concedí tiempo para lamentar o meditar aquella decisión. Todavía no. Aún no podía descansar. Estaba más lejos de resolverlo que la noche anterior.
Nos habíamos equivocado sobre lo que había matado a Lesley. Pero, si no había sido la magia oscura, ¿qué había sido?