10. LA BESTIA #3
Sentí un escalofrío. Más que mi chispa, fue mi instinto el que me dijo que estuviera preparada. Había algo que no encajaba en aquel lugar. Aún menos que en la ya apestosa línea wey.
Comprendí que la iglesia no se limitaba a estar vandalizada. Estaba profanada de verdad. Y podía percibir con toda claridad el hedor de lo impío a través de la rendija de la puerta.
Desenfundé Voidshot, comprobé la recámara y empujé con cuidado la puerta hasta abrirla del todo. La brisa atravesó el edificio, ya sin verse interrumpida por los golpes de la puerta.
Lo que antaño había sido una iglesia estaba ahora cubierto de basura. Botellas de cristal rotas, cenizas de hogueras, cigarrillos y latas de licor. Había incluso restos más desagradables que no tenía estómago para mencionar.
Habían puesto boca abajo la cruz del altar. Muy elegante.
Entorné los ojos, intentando ver más de lo que permitía la luz exterior. Sin suerte. Ordené a mi chispa que me diese luz. Un sencillo orbe luminoso que guiase mis pasos.
Mi chispa se mostró reacia. Aquel lugar resultaba asfixiante. Repugnante. Quería que limpiara. Que nos purificase a las dos de aquel dominio inmundo. Pero me mantuve firme. Resistía las ganas de vomitar o huir. Ya nos habíamos enfrentado a cosas peores. Mucho peores.
Pero existía una diferencia enorme entre el mal engendrado por los fuegos del Infierno y aquel mal. Este era mucho más mundano. Mucho más humano.
Y mucho más personal.
Mi chispa terminó por aceptar mi razonamiento y me permitió canalizar una bola de luz.
La sostuve sobre la palma abierta e iluminé las ruinas.
¡Y ojalá no lo hubiera hecho! Entre los desperdicios y la basura había animales muertos.
Ratas, gatos, serpientes e incluso un perro.
Sentí una oleada de náuseas y me volví para salir corriendo.
El aire se me escapó de los pulmones cuando alguien se lanzó sobre mí desde un lado y me derribó.
Oí un estrépito metálico cuando Voidshot se me cayó de las manos y repiqueteó contra el suelo. El orbe de luz permaneció suspendido en el aire, iluminando la zona. Y permitiéndome ver al hombre que me había atacado.
Se puso en pie, alzándose sobre mí como el ser cuyo nombre llevaba. Tenía el pelo negro, corto y muy recortado, y estaba hecho como una muralla. Una mole alta e intimidante de músculos y carne. El destello frío y demente de sus ojos indicaba que solo podía tratarse de una persona.
La Bestia.
Levantó la bota sobre mi cabeza y la descargó con una fuerza devastadora justo cuando yo rodaba para apartarme. Mi chispa me infundió más vitalidad, pese a su advertencia anterior. Entendía lo que eran las emergencias.
La Bestia gruñó de frustración mientras yo me incorporaba de un salto. Sentí un poder resonando en el aire. Aquella magia oscura que impregnaba el lugar. Su chispa oscura.
Olía a aguas residuales y azufre. Y entonaba un canto de odio y malicia puros. ¿Era eso lo que él sentía? ¿Era eso lo que le decía su chispa?
¿Qué esperanza le quedaba? ¿Qué elección había tenido?
Alzó una mano y liberó una onda nociva de arcanos oscuros. La esquivé y vi cómo la magia se estrellaba contra un banco viejo, destrozándolo aún más.
El hedor de la magia llegó hasta mí. ¡Era repugnante!
Pero también inconfundible. Personal. Aquella era la magia de la Bestia.
Y yo no la había percibido en el cadáver de Lesley.
No es que eso resultara concluyente. Gurtrum había dicho que la magia de Stephanie podría haber borrado los restos de la firma de hechizo del asesino.
Pero ese era el menor de mis problemas en aquel momento.
La Bestia gruñó aún más fuerte y cargó contra mí con un puño del tamaño de un tronco en alto. Salté por encima de un banco y caí al suelo cuando este volcó. La Bestia hundió el puño en la madera podrida, sin prestar atención a las astillas que se le clavaron en la mano.
Notaba cómo menguaba mi energía física. Mi chispa estaba fresca, pero poco podría hacer si yo perdía el conocimiento por agotamiento. Tenía que acabar con aquello. Rápido.
Levantó ambas manos hacia mí, con los dedos separados y encorvados. La energía oscura se condensó entre ellos mientras elaboraba una maldición que sin duda me derretiría la piel. Si tenía suerte.
Apreté los dientes. ¡Él no era el único que tenía magia!
Cuando liberó su maldición, ordené a mi chispa que enfrentase mi luz a su oscuridad. Una luz blanca y dorada brotó de mis palmas y hendió su encantamiento oscuro en pleno vuelo. La magia sombría se disipó, y la Bestia se quedó mirándome, atónito.
Aproveché su estupor para abalanzarme sobre él mientras lanzaba un fogonazo cegador. Retrocedió y se cubrió los ojos. Dejando toda su defensa abierta.
Canalicé Brick y concentré toda la potencia y la fuerza que pude reunir en una patada devastadora justo entre las piernas.
Oí crujir algo, e incluso yo hice una mueca cuando la Bestia gritó y cayó al suelo, aferrándose las joyas de la corona.
Vi Voidshot, la recogí y apunté con ella a aquella repugnante excusa de ser humano.
Jadeaba mientras mantenía el arma dirigida hacia él y, cuando sus ojos se recuperaron del fogonazo, comprendió que se encontraba ante un peligro mucho mayor que el de quedarse estéril.
—¡Piedad, piedad! —resolló—. ¿No os encanta esa clase de kak a los purificadores?
—¿Tuviste alguna piedad con Lesley Cohen?
Le propiné una patada en el costado y apunté Voidshot directamente hacia su cara. Un tiro limpio. No sabía si sería capaz de apretar el gatillo. Pero, por la expresión aterrada de sus ojos, supe que él no quería correr el riesgo.
—¿Lesley qué?
Le propiné otra patada y después le planté la bota en el pecho.
—¡ Eina ! Vok . Vosotras, las monjas enfermeras, no soléis ser tan violentas. Ni llevar pipa.
—No soy monja. Soy cazadora de monstruos. Y he abatido presas mayores que tú por motivos mucho más mezquinos. Habla. ¿Por qué mataste a Lesley Cohen?
Me miró desde el suelo, confuso, asustado y dolorido.
—¿Tengo que recordarte lo que hiciste?
Una parte de mí me decía que tal vez me hubiera equivocado de hombre. Que había muchos magos oscuros por ahí. No tenía por qué ser él. Pero el mal que rodeaba a aquel hombre… Quería que fuese él.
—Le hiciste estallar el corazón —expliqué, notando cómo se me quebraba la voz—.
Delante de mi amiga. Hiciste que pareciera un infarto.
Pero uno que ella no podía curar. Querías que sintiera miedo.
Antes de recrearte en tu jodida violencia.
Querías que la sangre salpicara por todas partes.
Aunque no estuvieras allí para disfrutarlo.
Tenías que hacer que fuera jodidamente sangriento. ¿Verdad?
Me di cuenta de que la ira justiciera me había llenado los ojos de lágrimas. El corazón me latía deprisa. Mi chispa guardaba silencio. Confusa. Aquello no era propio de mí. En absoluto.
Era aquel lugar. Aquel hombre.
Los suburbios sacaban lo peor de la gente. Lo peor de mis padres. Lo peor de mí.
Afirmé el brazo. La Bestia se limitó a mirarme como si yo estuviera loca.
—Dímelo —dije en voz baja—. ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué la maldijiste? ¿Por qué a ella? ¿Por qué de esa manera?
Me miró fijamente. Y después chasqueó la lengua.
—Esa maldición es una estupidez de kak . ¿Hacer estallar un corazón? ¿Qué clase de kak de patio de colegio es esa? No tiene ni puta técnica. Eso es lo que pasa. ¿Sabes qué habría hecho yo?
Su expresión de miedo y dolor se transformó en otra de un regocijo repugnante. Casi lascivo.
—Primero la habría cortado. Sin magia. Solo con mi cuchillo. Quizá con un poco de cristal. La habría cortado y habría dejado que se curase. Una y otra vez. Hasta que se le apagara la luz. Y entonces sabría que ya no quedaba esperanza. Ahí es donde empieza la diversión.
Su voz se volvió cada vez más excitada mientras continuaba.