10. LA BESTIA #2
—¡Bienvenida, meisie ! —me saludó el hombre desdentado—. My naam es Henrik Goudcros. Tengo remedios para cualquiera de sus einas o dolencias.
Tardé un rato en descifrar su marcado acento y sus constantes cambios de idioma. Antes de que pudiera responder, continuó.
—Deje que le busque un lekker genees para esas cicatrices, meisie . Usted es una mooi jong vrou . Puedo quitárselas. Acabadas y klaar .
Hice caso omiso de su comportamiento poco profesional y resistí el impulso de fulminarlo con la mirada. Aunque creo que no pude evitar que me temblara una ceja. Advirtió mi irritación, pero se equivocó por completo al diagnosticar su causa.
—¿Tiene maldiciones, meisie ? ¡Puedo curarlas!
Alargó la mano hacia un tarro lleno de tentáculos palpitantes. Retrocedí involuntariamente un paso. Él sonrió de una forma bastante repugnante.
—No muerde. Usted lo muerde a él. Eet dit vinnig. Lo cura todo.
Yo no era boticaria, pero sabía que las maldiciones no podían curarse con pulpo, calamar ni siquiera horrores arcanos en conserva.
—No he venido por...
—¡Ah, ja ! ¿Quiere algo para su hombre? Para que aguante...
—¡Estoy buscando a la Bestia! —lo interrumpí, cerrando los puños y poniéndome tan roja como la sangre que quería derramar de aquel hombre aborrecible.
El hombre enmudeció mientras el rostro se le quedaba pálido.
Me tranquilicé y avancé un paso. Él retrocedió involuntariamente y estuvo a punto de dejar caer el tarro de tentáculos.
—Estoy buscando a la Bestia de las Colinas Azules —dije con insistencia—. ¿Sabe algo sobre su paradero?
Ni siquiera negó con la cabeza ni intentó venderme aceite de serpiente antes de bajarme la persiana en las narices. Cuando quise darme cuenta, la puerta lateral de la «clínica» prefabricada se había cerrado de golpe. Oí una sucesión de chasquidos y cerrojos deslizándose hasta encajar.
Parecía que había activado algo en su interior.
Lo de siempre. Los cabecillas de las bandas y los asesinos locales gobernaban mediante el miedo.
Si tan solo una fracción de la gente tuviera valor suficiente para plantarles cara, caerían.
Pero no podía culpar a nadie por no querer formar parte de aquella minoría que alzaba la voz. Denunciar era una afición peligrosa.
Me puse las manos en las caderas y exhalé por la nariz. Pretendía tranquilizarme, pero me hizo sentir como un toro frustrado.
Me di cuenta de que la escena había hecho callar a todos los congregados junto a la mesa del té y el café.
Los miré con gesto de disculpa y me volví hacia el coche.
— Vrou —me llamó la anciana que atendía el hervidor—. ¿Busca a la Bestia?
Eso me hizo detenerme. Me acerqué a ella. Con una sola mirada, la vendedora de café consiguió que sus clientes retomaran sus respectivas conversaciones. Asentí para darle las gracias mientras me dirigía a la mesa.
—¿Té o café?
—No, gracias... dankie .
Me lanzó una mirada que daba a entender que yo no tenía voz ni voto en el asunto.
—Café, asseblief . Sin azúcar ni leche.
Asintió, satisfecha, y fue al hervidor a por agua hirviendo. Me di cuenta de que, aunque parecía eléctrico, no había ningún enchufe donde conectarlo. Tampoco tenía cables. ¿Cómo funcionaba?
La anciana vio mi mirada curiosa y sonrió con discreción.
Apartó con cuidado un poco el mantel y dejó al descubierto un cálido resplandor anaranjado.
Oculto bajo la mesa, justo debajo del hervidor, estaba el draco de llama más pequeño que había visto en mi vida.
Yacía sobre un montón de camisas viejas y una manta, mordisqueándose satisfecho las alas como un gato que se acicala.
La mujer le rascó con suavidad bajo la barbilla.
La criatura ronroneó antes de lanzar por la boca un chorro de llamas hacia arriba, que alcanzó un disco metálico: la verdadera fuente de calor del hervidor.
La anciana vendedora de café sonrió satisfecha al pequeño reptil alado y le dio unas palmaditas en su diminuta cabeza antes de volver a ocultarlo bajo el mantel.
No dije nada. Los dracos de llama no eran animales domésticos.
Ni mucho menos. Con el tiempo, crecería hasta superar en tamaño a mi pequeño UhuruTech.
Y eso cuando aún fuera joven. Si sobrevivía el tiempo suficiente en aquel mundo que detestaba todo lo peligroso y exótico, podría llegar a ser lo bastante grande como para amenazar aviones y asustar a directores ejecutivos en sus rascacielos.
Conrad nunca aceptaba aquellos trabajos, pero a menudo recibíamos encargos para abatir dracos que anidaban en lo alto de los rascacielos de Claremont y el Casco Antiguo.
Conrad nos decía que era una insensatez aceptar matar a una criatura voladora cuando ninguno de nosotros tenía alas, pero yo sabía que ese no era el motivo.
Sentía debilidad por aquellas bestias majestuosas.
Me parecía un rasgo muy entrañable en él. Y sabía que a Tom también.
La anciana vertió el agua recién hervida en un vaso de poliestireno y convirtió la cucharadita de café instantáneo marrón en un líquido oscuro y turbio. A pesar de su aspecto, olía de maravilla. ¡Justo lo que necesitaba después de aquel día!
—Entonces, jagter , ¿por qué busca a la Bestia? —preguntó mientras dejaba que el vaso me calentara las manos.
Jagter: cazadora. No era difícil de adivinar. El tipo de la clínica era sencillamente idiota.
—Estoy investigando un asesinato.
— Jirre... —exclamó en voz baja y con sarcasmo—. Es culpable de asesinato. Y de cosas mucho peores. Todos hemos intentado que venga la polisie . Sin suerte.
Fruncí el ceño. Era fácil olvidar que en un lugar así también existía el deseo de justicia. Incluso Heiligslicht trataba los suburbios como si hubieran elegido voluntariamente ser territorio de bandas. Pero la verdad era mucho más trágica.
La mayoría de la gente quería paz. Vivir libre del miedo.
Y sospechaba que hasta los policías más vagos querían llevar ante la justicia a gente como la Bestia. Pero el poder, en especial el mágico, hablaba más alto que los ideales. Y se interponía en el camino de lo que debería ser.
—¿No tiene miedo? —pregunté.
Me miró como si dudara de que hablara en serio.
—No tengo miedo del duiwel . Ni siquiera aunque se haya moered a todos los demás duiwels . Es un monstruo. Ha convertido este lugar en un infierno.
Negó con la cabeza, irradiando melancolía.
—Recuerdo cómo era este lugar antes. Nunca fue perfecto. Pero era mejor. Mejor que esto. Un dorp tranquilo. Apacible. Pero entonces...
Volvió a negar con la cabeza y vi asomar una lágrima en uno de sus ojos. Se la enjugó y me miró con seriedad.
—La Bestia está en la ou Iglesia Unida. Ese skellim la profanó. La convirtió en su propio templo impío.
Parecía a punto de escupir al suelo, pero en vez de eso se santiguó mientras murmuraba una oración en afrikáans.
—Gracias —dije—. ¿Cuánto le debo por el café?
Negó con la cabeza.
—Nada, meisie . Tenga cuidado.
Volví a darle las gracias y me bebí el café de un trago antes de regresar al coche.
***
El sol ya se había puesto cuando encontré las ruinas de la Iglesia Unida. Pese al miedo que me daba quedarme atrapada en un lugar así de noche, no podía detenerme ahora. Estaba muy cerca. Demasiado cerca.
Seguí viejos carteles e indicaciones hasta la iglesia, aunque muchas veces acabé en la equivocada.
La mayoría estaban abandonadas. Había incontables iglesias profanadas y destruidas por todo Hope City.
Su santidad de tiempos pasados atraía a los pervertidos por la magia.
A los vampiros les gustaba merodear en torno a sus altares y beber sangre de verdad en lugar de vino de comunión.
Los demonios se burlaban de las reliquias sagradas.
Y a los magos oscuros les gustaba fingir que eran provocadores y transgresores convirtiendo aquellos recintos antaño sagrados en la sede de sus perversas maquinaciones.
Por desgracia, incluso las iglesias que no estaban ocupadas por engendros o nigromantes se habían deteriorado. Ya no parecía importarle demasiado a mucha gente. Al menos, no lo suficiente como para protegerlas de la decadencia.
El Culto del Titán contaba ahora con más miembros en Hope City que cualquier confesión por separado.
Y aunque Heiligslicht sonaba religioso, con tanto hablar de la Luz Sagrada, era de lo más secular.
Herschel había sido judío, y en todos los recintos de Heiligslicht había numerosas salas de oración, santuarios y lugares de culto.
Era una organización que aunaba muchas fes bajo una misma misión.
No sabía cuáles eran mis creencias. Seguía mi chispa. Hacía lo que me parecía correcto. Con eso me bastaba.
Sin embargo, al contemplar la Iglesia Unida, recortada contra la luna y la luz mortecina de una farola, no pude evitar sentirme melancólica.
Aquel lugar había significado algo para mucha gente.
Y ahora su tejado de chapa ondulada estaba oxidado y lleno de agujeros, y todas las ventanas parecían rotas.
Incluso habían arrancado algunos ladrillos.
Intenté reprimir un bostezo. No lo conseguí. Me infundí algo de vitalidad. Mi chispa obedeció, pero me advirtió sin palabras de que aquella sería la última vez. Necesitaba dormir. Dormir de verdad. No limitarme a echar una cabezada en un aparcamiento.
Desoí su insistencia, aunque sabía que tendría que hacerle caso. Si aquello no conducía a nada, como empezaba a sospechar mi creciente pesimismo, volvería directamente a casa de Tom. Me vendría bien verlo. Con suerte, habría conseguido algo de comida. ¡Grietas! Necesitaba comer algo bueno.
Pero, por encima de todo, lo necesitaba a él. Estar allí después del anochecer me recordaba demasiado a Lilian. Y Tom era el único capaz de desterrar aquellos recuerdos oscuros de una época que ojalá pudiera olvidar.
Aparqué el coche y me acerqué a la puerta de la iglesia. Estaba entreabierta y golpeaba con suavidad y melancolía al vaivén del viento, retenida por una piedra que impedía que se cerrase del todo.