10. LA BESTIA
LA BESTIA
Había recorrido un largo camino desde que Lilian me arrastrara a los suburbios el año anterior, llevado por su retorcido empeño en mostrarme la mierda más oscura que la humanidad podía ofrecer. Ya no tenía tanto miedo como entonces. Ya no. Sabía defenderme.
Pero lo que no lograba soportar era el hedor constante de la línea ley oscura.
Para una persona normal, apestaba a goma quemada.
Yo prácticamente podía sentir cómo la desesperación y la inmundicia arcana me bañaban.
Me ponía la piel de gallina y necesitaba hasta la última pizca de determinación para reprimir el impulso de limpiarlo todo.
Cuando esto acabase, iba a comprar una cuba de lejía y embadurnar con ella mi apartamento, solo por diversión.
Esperaba que no me diese también por bañarme en ella.
Puede que después de esta aventura lo hiciera.
Pero, de momento, tenía que centrarme en lo que de verdad importaba: localizar al enfermo de aquella lista que había matado a Lesley y limpiar el nombre de Stephanie.
Me pasé el día entero recorriendo la zona en coche y haciendo preguntas.
Hablé con gánsteres, enfermeras de clínicas, tenderos, líderes vecinales y chicos de la calle.
Con cualquiera que se parase a escucharme.
Muchas veces hacía falta bastante dinero para conseguir que la gente hablase.
Pero así funcionaban los suburbios. Al menos allí el dinero importaba.
Si no fuera así, no habría el menor atisbo de Orden en aquella expansión urbana letal. Solo caos y la ley de la violencia.
Fui tachando nombres de la lista de sospechosos y añadiendo otros a medida que avanzaba mi investigación.
Conforme transcurría el día, me di cuenta de que la mayoría de las personas de la lista ya estaban muertas.
Una suerte para aquellas comunidades pobres y para el mundo.
Pero malo para mi investigación. ¿O quizá bueno?
Aunque, si todos aquellos cabrones resultaban estar muertos, tendría que volver a empezar de cero.
Por suerte para mí, había un nombre concreto de la lista que no dejaba de salir.
Bueno, un alias. Y por la calle se decía que aquel tipo había sido quien había eliminado a la mayoría de los demás.
¿Justicia por su mano? Lo dudaba. Más bien estaba quitándose de en medio a la competencia.
Y mi instinto me decía que aquel cabrón territorial era el hombre que buscaba.
Todo el mundo, incluida la AIU, lo llamaba la Bestia de las Colinas Azules.
Un hechicero de corrupción —o corruptor, como se denominaban ellos mismos— de considerable poder y pésima reputación.
La única razón por la que la AIU no había ido tras él era que su territorio se encontraba en la otra punta de la ciudad.
Aunque técnicamente no quedaba fuera de su jurisdicción, existía una ley tácita según la cual las fuerzas del orden de Hope City no se adentraban demasiado en los suburbios. No era bueno para su salud.
Pero yo no podía permitirme el lujo de dejar el caso en manos de los gánsteres.
Aquella supuesta Bestia era mi mejor pista, así que me dirigí hacia el este.
Cada vez más adentro de aquella expansión urbana de chabolas y bloques de viviendas que se venían abajo.
Hasta que dejé muy atrás la densificación vertical y me vi rodeada por un mar de chabolas, con algún que otro intento de vivienda decente destrozado por la decadencia y el caos.
Las Colinas Azules. Una extraña combinación de tierras de labranza y suburbios densamente poblados. Y el coto de caza de un asesino.
Hasta entonces, mi investigación había consistido sobre todo en hablar primero con quienes ya tenía cierta confianza y seguir después las pistas que me daban. Pero ¿quién en los suburbios estaría dispuesto a ayudar a una santurrona como yo?
Bueno, que aquel fuera un lugar malvado no significaba que todos sus habitantes lo fueran. En los suburbios había muchas más víctimas que verdugos. Y, pese a la línea ley oscura, incluso allí persistían los héroes. Se alzaban por encima del hedor y la miseria. Tal vez precisamente gracias a ellos.
Fue entre aquellos héroes cotidianos donde encontré a las personas más dispuestas a hablar conmigo. A algunas ni siquiera tuve que pagarles.
Mi pequeño UhuruTech avanzaba renqueando por una carretera que, incluso para aquel mundo postapocalíptico, ofrecía un aspecto especialmente apocalíptico, y esquivó por poco un bache que bien podría haber sido el abismo.
Acaricié el volante a modo de disculpa. No llevaba mucho tiempo con aquel coche y ya acusaba los achaques de circular por lugares donde nadie debería hacerlo.
Con un poco de suerte, no tendría que embarcarme en una persecución a toda velocidad.
No creía que mi pequeño automóvil pudiera soportarla.
Me detuve en el arcén de aquella carretera precatalísmica que tenía más tierra que asfalto, junto a una destartalada estructura prefabricada señalada con una cruz roja desvaída en un letrero podrido.
Fruncí el ceño. La pintura se desconchaba, una de las ventanas estaba rota y sospechaba que en el interior no había espacio suficiente para albergar ni a un solo paciente. Aquella no podía ser la única clínica de las Colinas Azules. ¿O sí?
Pero llevaba horas buscando y el sol empezaba a ponerse. No quería quedarme atrapada en los suburbios de noche si podía evitarlo. Sí, era poderosa. Pero mis poderes existían para combatir el mal cósmico. Las especies que la propia esencia de la creación consideraba irredimibles.
Los seres humanos, por viles que fueran, nunca llegaban a cruzar aquel umbral de maldad absoluta. Por mucho que creyera que no merecían clemencia ni compasión, mi chispa opinaba lo contrario y mi magia de purificación no podía hacerles daño.
Tenía Voidshot y unos reflejos perfeccionados durante un año cazando monstruos, pero no confiaba demasiado en mis posibilidades con semejante extensión infestada de monstruos y bandas entre mi hogar y yo.
Me resigné a que aquella fuera mi última parada antes de regresar a mi territorio.
Más me valía unirme a El Reckoning en alguna cacería.
Tenía ahorros, pero no durarían eternamente.
Un cazador de monstruos siempre estaba a dos presas de la pobreza, solía decir Conrad.
En mi caso, siendo tan ahorradora como era, se acercaba más a diez.
Pero sería divertido volver a ver al grupo.
Solo había pasado un día, aunque parecía una eternidad.
En realidad, no había hablado con Tom en todo el día. ¡Grietas! ¿Era una mala novia? Bueno, él tampoco me había llamado. Quizá los dos estuviéramos ocupados. Decidí creerlo, aunque me sentía a la vez culpable y un poco resentida.
Eché el freno de mano y examiné los alrededores en busca de posibles peligros.
Un grupo de niños había intentado atracarme a primera hora.
Mostrarles Voidshot los había ahuyentado, pero no quería acostumbrarme a apuntar a niños con armas.
Aunque seguramente fueran vigías y exploradores de compañeros mayores y mucho más sanguinarios.
Había algunas personas mayores merodeando en torno a aquella destartalada excusa de clínica.
La mayoría estaba sentada en viejas sillas de jardín de plástico, bebiendo de vasos de poliestireno.
Una anciana de aspecto amable atendía una mesita donde había un hervidor y varios tipos de café y té instantáneos.
Una taza de cualquiera de ellos costaba una fracción de lo que valdría en el café más barato del propio Hope City.
A pesar de todo lo que había visto y oído sobre los suburbios, las personas reunidas alrededor de aquel café improvisado al aire libre parecían satisfechas mientras charlaban con sus amigos y jugaban al dominó.
Era una imagen agradable. Una grata escena de alegre normalidad en un mar de miseria y suciedad.
Bajé del coche, escrutando los alrededores en busca de amenazas.
Por si acaso. A diferencia de los suburbios más densos, allí había menos lugares donde pudieran ocultarse los atacantes.
No había grandes bloques de viviendas ni callejones interminables.
Incluso existía espacio entre las chabolas y las casas.
No estaban construidas unas encima de otras como un rompecabezas demencial montado por un niño pequeño e impaciente.
De no ser por el hedor a goma quemada, habría pensado que aquel era un lugar sano. Un refugio en semejante tierra. Pero la magia no mentía. Y aquel sitio se encontraba, como mínimo, a sotavento del mal, si es que no estaba empapado de él.
Dejé el coche abierto. No iba lejos y Gibbs me había enseñado que la mejor forma de conseguir que te forzaran el coche era intentar impedírselo a la gente.
No me preocupaba que alguien lo robara. Los desguaces y los revendedores ilegales estaban interesados en coches mucho más lujosos que el mío.
Así que lo dejé abierto mientras me dirigía a la clínica y a su catálogo de infracciones sanitarias.
Un hombre desdentado que se encontraba dentro de la diminuta clínica sonrió de oreja a oreja al verme. Desapareció de inmediato en el interior del prefabricado y reapareció mientras abría uno de los laterales de la estructura. Parecía más un puesto ambulante de comida que una clínica.
Tras el hombre, que ahora advertí que llevaba una bata de laboratorio manchada de amarillo y rojo, había un estante repleto de botellas de colores, tarros con plantas e insectos en conserva y el Titán sabía qué más, e incluso cajas descoloridas de medicamentos sin receta anteriores a El Cataclismo.
Sabía que eran anteriores a El Cataclismo porque las empresas que los fabricaban habían sido destrozadas por un wyrm anciano que pretendía sustituir a las grandes farmacéuticas por un gran dragón.
Adelanto: funcionó. Y legiones de boticarios, órdenes de sanación y alquimistas habían llenado aquel hueco del mercado.