Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 9. AIU
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9. AIU

AIU

Pese a participar en las pullas de El Reckoning contra las fuerzas del orden, conocía la AIU.

La Unidad de Investigación Arcana. Y sabía que no eran la típica panda de policías que se atiborraban de donuts.

Se los consideraba la élite del HCPD. La envidia de todo el departamento y, de hecho, eran competentes.

No es que el común de la gente se diera mucha cuenta.

La AIU tenía una jurisdicción muy específica, aunque de amplia aplicación en un mundo posterior al advenimiento de la magia.

Solo investigaban casos relacionados con ella.

Ya fuera un hechicero que perdía los estribos y hacía volar por los aires su lugar de trabajo, un mago que malversaba fondos mediante alguna sarta de sandeces leyománticas o cualquier asunto demasiado complicado para que se ocupara de él un cazador de monstruos y demasiado siniestro para la policía de siempre.

Si Conrad tenía contactos allí, de verdad tenía amigos en todas partes.

Fui en coche hasta las oficinas de la AIU.

A diferencia de la sede central del HCPD, se encontraban en el distrito de Claremont.

Eso les confería cierta independencia respecto al HCPD propiamente dicho.

Sospechaba que también fastidiaba muchísimo a muchos policías que dispusieran de un edificio propio en el nuevo distrito financiero.

El edificio en sí era lo habitual para un organismo público.

Un bloque brutalista y sin alma, construido con ladrillos grises y rodeado por las nuevas torres de la industria mágica, con sus columnas encantadas y sus hileras de ventanas cubiertas de runas resplandeciendo bajo el sol de la mañana.

A su sombra, la AIU parecía uno de esos sitios donde hacías cola para renovar el carné de conducir.

Entré en aquella monstruosidad gris y anodina y de inmediato me asaltó una miríada de sensaciones.

Firmas mágicas, buenas, malas y neutrales.

El olor a azufre, el aroma terroso de la magia natural.

Una mujer de pelo verde apaciguaba a un hombre enfadado al que le crecía un árbol de la cabeza.

Un policía arrastraba consigo a un hombre ataviado con una túnica de mago cubierta de estrellas que apuntaba con una varita nudosa a un enano que no paraba de soltar improperios.

Una piromante con el pelo quemado y esposas de demanzita era conducida a una celda llena de hombres trajeados que clamaban por sus derechos y protestaban que solo se trataba de un pequeño fraude leyomántico.

Una detective intentaba calmar los ánimos entre un hombre con cabeza de cabra y otro que tenía pezuñas en vez de manos.

Me quedé plantada en mitad de la entrada, asimilando toda la escena. Era como ver una película de fantasía. Y eso que vivía en un mundo de fantasía.

—¿Puedo ayudarla, señora? —Una voz me arrancó de mi abrumado ensimismamiento.

Alcé la vista y me encontré con una elfa. Una mujer alta y rubia, de facciones afiladas y severos ojos morados. Llevaba el largo cabello recogido en una coleta. Tenía la placa prendida al cinturón, bajo una larga gabardina color sangre.

—Eh... Ah... Hola... —Me costaba un poco orientarme. Tal vez debería haberme terminado aquellos huevos. Necesitaba combustible para el cerebro.

La elfa me tendió la mano para tranquilizarme.

—Me llamo detective Caro. ¿Qué necesita de la AIU, purificadora?

—¿Cómo ha sabido que soy purificadora?

Caro sonrió apenas.

—Por la escritura mágica de su brazo. Es un ritual de destierro. Contiene Sintari. Así que ¿qué necesita Heiligslicht de la AIU? Los de su organización soléis manteneros al margen.

Le mostré la tarjeta que Conrad me había dado.

—Necesito hablar con el detective Evergreen.

—¿Richard? —Caro examinó la tarjeta y después a mí con recelo.

Bajo la intensa mirada de aquella elfa, no pude evitar empezar a sudar un poco. Hasta mi chispa se amilanó ante tanta atención. ¿Poseía alguna clase de magia?

No, comprendí. Solo una presencia perfeccionada para obtener respuestas.

Pero, antes de que pudiera venirme abajo y darle alguna, se encogió de hombros.

—Sígame por aquí, por favor.

Me condujo entre el caos de las parejas que discutían después de haberse polimorfizado mutuamente en distintas especies de roedores, el mago enloquecido por el poder que tenía cuentas pendientes con el tendero del barrio y un invocador de demonios que no dejaba de intentar invocar diablillos con una cera de colores.

—Bañada en demanzita —susurró Caro—. Cree que no nos damos cuenta, pero mantenerlo ocupado de esta manera es mucho mejor que dejar que busque otras alternativas.

Observé unos instantes más al invocador de demonios mientras mascullaba para sí.

Sus círculos de invocación estaban completamente mal trazados y no exudaban esa clase de oscuridad y amenaza insondables que había percibido en auténticos círculos rituales.

Pero no pude evitar recordar a Lilian y verla reflejada en aquel preso trastornado.

—¡Richard! Tienes visita —gritó Caro a través de una puerta abierta en lugar de llamar.

Richard se encontraba en un pequeño despacho de esquina, flanqueado por una celda y otro despacho clausurado en cuya puerta se leía «Detective R. Lamont». Las letras estaban descoloridas y las persianas, bajadas.

—¡Un momento! —Richard levantó un dedo mientras hablaba por el móvil. Mascullaba alguna tontería y sonreía de oreja a oreja. Después lanzó besos al teléfono.

—¡Te quiero! Nos vemos luego.

Caro puso los ojos en blanco, aunque no pudo ocultar una leve sonrisa.

—Buena suerte —susurró antes de marcharse.

¿Buena suerte? ¿Por qué iba a necesitarla?

—¿Una purificadora? ¡Adelante! Siéntate, siéntate —insistió Richard.

Vacilé, pero entré y tomé asiento frente al escritorio de Richard.

Me dedicó una sonrisa radiante, tanto con la boca como con los ojos.

Lo primero que me llamó la atención fueron sus ojos color avellana, tras las gafas de lectura, que contrastaban con su pelo rubio.

Tenía arrugas de expresión alrededor de la boca.

Parecía la viva encarnación de un optimismo sin límites.

—¿Quieres? —Me ofreció un cuenco de caramelos.

Estuve a punto de rechazar la oferta, pero decidí que el azúcar quizá me sentara bien.

Mi chispa estuvo de acuerdo. Cogí un caramelo y lo chupé.

Richard se llevó un puñado. Vi sobre su escritorio tres tazas vacías que en algún momento habían contenido café.

¡No era de extrañar que estuviera tan enérgico!

Examiné el pequeño despacho y reparé en una ecografía enmarcada sobre su escritorio. Richard me vio mirarla y, de algún modo, su sonrisa se ensanchó todavía más.

—¿A que es preciosa? ¡Puede nacer en cualquier momento! ¡Grietas! Es maravillosa. Caro cree que estoy loco por quererla tanto desde antes de que nazca, pero ¿cómo voy a evitarlo? Vamos a llamarla Candace. Candy para abreviar. Porque es dulce como un caramelo.

Richard siguió hablando sin parar de lo emocionado que estaba por ser padre, de la ropa que ya le había escogido, del colegio al que quería que fuera y de cómo ahuyentaría a sus pretendientes con su pistola reglamentaria cuando fuese mayor.

Su alegría era envidiable y me supo fatal tener que detenerlo, pero, al recordar a Stephanie consumiéndose en aquella celda maldita por las grietas, tuve que interrumpirlo.

—Lo siento, detective Evergreen. Candace va a tener muchísima suerte de tenerte como padre. Pero ¿puedes ayudarme? Me envía Conrad.

Al oír el nombre de Conrad, Richard se puso rígido y enmudeció. Dejó caer de nuevo en el cuenco el caramelo cuyo envoltorio estaba desenrollando y entrelazó las manos.

—¿Qué necesitas? —preguntó, despojado ya de toda jovialidad.

¿Quién era Conrad? ¿Y cómo podía tener tanta influencia sobre todo el mundo, desde policías hasta políticos? ¡Solo el Titán lo sabía!

—Necesito una lista de magos de corrupción. Sobre todo de aquellos que guarden rencor a Heiligslicht y quieran matar a una purificadora que trabajaba en los barrios bajos.

—Tengo una lista de asesinos conocidos que usan magia de corrupción. Pero ¿para qué la necesitas? No pareces una cazarrecompensas. Al menos, no una que cace seres humanos.

—Estoy investigando el asesinato de una tal Lesley Cohen. Una purificadora de...

—Heiligslicht... —Richard terminó mi frase con solemne rotundidad. Ya no quedaba ni rastro de aquella positividad ilimitada. Ahora sí parecía un verdadero detective. Sus ojos mostraban esa mirada perdida propia del cálculo interno y el razonamiento frío.

Pero allí había algo más. Un atisbo de familiaridad.

—¿Conocías a Lesley? —pregunté.

—No —respondió enseguida—. Ha sido una suposición afortunada.

Heiligslicht era la principal organización de purificadores de la ciudad. Así que no resultaba difícil suponer que pertenecía a ella. Pero algo en la expresión ahora impasible de Richard daba a entender que sabía más de lo que revelaba.

Richard tecleó algo en su ordenador y después cruzó el despacho haciendo rodar la silla hasta una impresora que ya estaba escupiendo una hoja de papel.

Me la entregó.

Una lista de nombres, alias, ubicaciones. Y delitos. Toda una colección de asesinos, violadores y gánsteres. Gente malvada. Todos ellos poseían una chispa de corrupción o amplios conocimientos de magia oscura que habían usado para matar.

—Normalmente, la AIU se apresuraría a investigar este caso, pero Heiligslicht es un pequeño dominio independiente que no suelta prenda. Así que supongo que contamos contigo, purificadora.