Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 8. PISTAS
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No tenía sentido perder el tiempo volviendo a casa en coche.

Pero, a pesar de mi chispa, aún me pesaban los párpados.

Mi chispa me instaba a dormir. A descansar un poco antes de reanudar aquella nueva clase de cacería.

Me senté en el coche, recliné un poco el asiento del conductor y cerré los ojos.

Pensaba echar una cabezada de quizá media hora.

Como mucho. Pero, cuando abrí los ojos, me recibió el sol naciente, que asomaba por encima del hospital a mi espalda y bañaba la tumba montañosa de Adamastor con una gloriosa luz dorada.

Me invadió la ansiedad por haber desperdiciado unos minutos preciosos que podría haber empleado en localizar al asesino de Lesley, pero no había podido evitarlo.

Tampoco es que mis contactos hubieran estado despiertos a esas horas.

Con suerte, Gurtrum encontraría algo interesante en los registros de acceso.

Por el momento, tendría que investigar la posibilidad de que hubieran maldecido a Lesley.

Lo cual situaba al asesino en cualquier punto entre la entrada del hospital y los vertederos de escoria de Goldfield. Sí, tenía mucho trabajo por delante.

Lo que necesitaba era una lista de magos oscuros. Sospechosos que tuvieran algo contra Heiligslicht, si no contra Lesley en particular. Sobre todo aquellos con cierta predilección por las maldiciones sangrientas capaces de destrozar órganos.

Y creía conocer al hombre perfecto para indicarme el camino. Un tipo que parecía conocer a casi todo el mundo y saber algo de casi todo.

Saqué el móvil, reparé en que cada vez le quedaba menos batería y me hice la nota mental de cargarlo en cuanto tuviera ocasión. Marqué el número de Conrad.

Mientras sonaba el teléfono, noté que una sensación ácida se condensaba en mi estómago. Me di cuenta de que contenía la respiración.

Conrad siempre contestaba. Incluso después de sus largas y misteriosas desapariciones, siempre cogía el teléfono. Pero ¿y si esta vez era distinto? ¿Y si le había ocurrido algo durante su excursión secreta del día anterior?

Me aterrorizaba que el teléfono siguiera sonando sin parar. Que le hubiera pasado algo. ¿Acaso... la Luz Sagrada no lo quisiera... me importaba de verdad?

—Buenos días, Cins. ¿Noche larga o mañana temprana? —me saludó Conrad, tan jovial como un pájaro que le diera los buenos días al sol.

Me contuve para no soltar un suspiro de alivio más que evidente.

—Estoy investigando un asesinato —solté—. Y necesito tu ayuda.

Silencio. —Bueno, sí que has estado ocupada. ¿Me llevo comisión por este caso?

No hice caso.

—Necesito ayuda.

La voz de Conrad se tornó seria.

—Por teléfono, no. Quedemos.

—¿El Sepulturero?

—¡No! —soltó. Después se recompuso—. Qué va. Me apetece cambiar de aires. ¿Recuerdas aquella cacería del trol de parque?

¿Trol de parque? No recordaba haber cazado ningún trol en un parque. Pero sí recordaba haber luchado contra un trasgo en un parque al que quienes llamaron habían confundido con un trol. ¿Dónde había sido?

¿Harfield? ¡Hampstead Park! Cerca de allí había una cafetería.

Murmuré una respuesta afirmativa, captando que Conrad prefería no decir ciertas cosas en voz alta.

—Tomemos allí un café. Y desayunemos.

Recordaba la cafetería. Se llamaba Caffeine, un nombre de lo más apropiado. Era una pequeña cafetería junto al parque, en un barrio residencial tranquilo. No pronuncié el nombre ni le pedí que me lo confirmara. Conrad quería mantenerlo en secreto. ¿Le habían puesto un micrófono? ¿Lo perseguían?

Aquella angustiosa sensación de náusea regresó a mi estómago, y mi chispa no sabía cómo curarla.

Pero no podía cargar con los problemas de Conrad como si fueran míos. Tenía problemas para dar y tomar. Y yo, un asesinato que resolver.

—Nos vemos allí —dije antes de colgar. Era hora de empezar la investigación en serio.

***

Caffeine es una cafetería pequeña y pintoresca, encajada entre dos casas de las afueras y a un salto de un encantador parque para perros al otro lado de la calle, que solo de vez en cuando sufre invasiones de trasgos hambrientos.

Nunca había comido ni pedido nada allí, pero el aroma del café recién hecho y del beicon y los huevos chisporroteando me despertó unas ganas tremendas.

Cuando vi la selección de tartas, incluso me planteé saltarme el desayuno y pasar directamente al postre.

Entré en la cafetería y vi que Conrad ya había llegado. Estaba sentado a una pequeña mesa de un rincón. Aparte de la camarera, solo había otro cliente, que leía el periódico y bebía un expreso en la terraza. Conrad tendría su preciada intimidad.

Me senté y Conrad empujó hacia mí una taza de café y un plato rebosante de beicon, huevos, una salchicha y unas tostadas. Un auténtico desayuno inglés. Él tenía lo mismo y ya había empezado a devorarlo.

Di un largo trago al café y me dejé caer contra el respaldo de la silla. Creía tener hambre, pero mi estómago estaba haciendo eso que hacía cuando estaba demasiado cansado incluso para plantearse comer.

—¿Noche larga? —preguntó Conrad, como si alguna vez tuviéramos noches que no lo fueran.

—Día largo, noche larga y mañana larga —respondí mientras examinaba a mi jefe.

Siempre era difícil descifrar a Conrad. Se arreglaba para impresionar con los trajes más baratos posibles, llevaba siempre el pelo engominado hacia atrás, como si fuera John Travolta en Grease , y jamás parecía tener ojeras ni ninguna otra imperfección, ya puestos.

Una buena rutina de cuidado facial. O quizá invertía su parte de las cacerías en cosméticos mágicos.

Esperaba que no. Los alquimistas hacían cosas bastante atroces para conseguir los ingredientes de sus supuestas pociones de juventud y quitamanchas.

Pero ya llevaba un año conociendo a Conrad, y por la forma en que se desmadejaba en la silla veía que él también había pasado una noche larga. Y que no había disfrutado de la bendita misericordia del sueño.

Estuve tentada de preguntarle qué había estado haciendo el día anterior. Pero sabía que siempre eludiría la pregunta. Y yo tenía asuntos más urgentes.

Di otro sorbo al café y decidí probar los huevos antes de que se enfriaran.

—Por cierto, he cobrado el dinero de la posesión —dijo Conrad—. Aunque Gibbs también me ha dicho que se había cancelado. El cliente dijo que el purificador de Heiligslicht que se ocupó del caso le había ordenado pagarte.

¿Gurtrum había hecho eso? ¡Qué buena mujer!

—Entonces, ¿qué es eso de un asesinato? ¿Alex ha matado por fin a Brick? O viceversa. Por cierto, ¿dónde está Tom? Últimamente siempre vais pegados el uno al otro.

Me ruboricé tanto que cualquiera podría haber confundido mis mejillas rojas con las de un demonio.

—No lo veo desde anoche, cuando el grupo fue a ver a aquel cliente. Me surgió algo más urgente. Mi amiga...

—Espera, perdona que te interrumpa, pero ¿un cliente? ¿Anoche?

Asentí.

—Gibbs les pasó el encargo. ¿No te lo dijo?

—Ese bardo de pacotilla y fumeta no me informó —masculló Conrad entre dientes.

Me encogí de hombros.

—Probablemente fuera una artimaña de Gibbs para conseguir que todos salieran a comer pizza a medianoche.

Conrad se relajó. Sin duda, eso era lo que había ocurrido.

—Entonces, ¿qué necesitas? Debo decir que no te imaginaba como detective. Pero los humanos y los demonios son muy parecidos, así que tiene sentido.

—Necesito información sobre magos oscuros que usan la corrupción. Una lista de asesinos conocidos. Sobre todo de aquellos que puedan tener algo contra Heiligslicht.

Conrad frunció el ceño.

—¿Alguien está liquidando purificadores?

—Solo uno. Y espero que siga siendo así.

—¿Haces esto por pura bondad? ¿O hay recompensa? Sabes que no apruebo eso de perseguir delincuentes. Es trabajo del HCPD. Y resulta demasiado, demasiado sucio para gente como nosotros.

—Han tendido una trampa a mi amiga. Tengo que demostrar su inocencia.

Conrad asintió. Lo entendía. Egoísta por fuera, pero Conrad tenía su propio código. Y la lealtad era uno de sus principios fundamentales.

—Sospecho que el verdadero asesino es un mago de corrupción.

—Bueno, basta con entrar en el edificio del Consejo para encontrar a gente conjurando corrupción.

Conrad se rio por lo bajo de su propio chiste mientras yo lo miraba con el rostro impasible. Su sonrisa se desvaneció y se puso serio.

—Conozco a alguien que quizá pueda ayudarte.

Rebuscó en un pequeño tarjetero que rebosaba de tarjetas de visita. Sacó una tarjeta blanca y pequeña. Minimalista. Comparada con las tarjetas encantadas, luminosas e incluso adornadas con incrustaciones de oro, aquello era poco más que un trozo de papel usado. Me gustaba más.

Detective Richard Evergreen. Analista. Unidad de Investigación Arcana. Esperanza & Justicia.

—¿Quieres que vaya a ver a un policía? Creía que odiabas a los policías.

—¡No odio a los policías! Bueno, no odio a los que hacen su trabajo. Y la AIU es distinta. Allí hay gente con la cabeza bien amueblada. También gente rara de narices. Hacen que Brick y Gibbs parezcan normales. Pero son buenos. Y Evergreen es amigo mío.

—Gracias.

Me levanté y cogí una tostada para comérmela por el camino.

Conrad pareció ofendido.

—¡No deberías desperdiciar una buena comida!

—Los dos sabemos que pensabas comértelo todo de todas formas. Pero descuéntalo de mi parte del caso de la posesión.

Pareció agradecido y luego se levantó para cogerme de la mano.

—Cindy, una última cosa. —No había ni rastro de humor en su expresión. Estaba muy serio—. Ten cuidado con los magos de corrupción. Ni siquiera tu luz bastará para sofocar su oscuridad.

Asentí.

—Tendré cuidado.