7. ESCENA DEL CRIMEN
ESCENA DEL CRIMEN
Kabo tenía que volver al trabajo, pero Sarah esperó lo suficiente para recibir información sobre la situación.
Su alivio y su sorpresa al enterarse de que el Meister del Capítulo me había dado autorización eran palpables.
Antes de regresar a sus obligaciones, me indicó dónde se encontraba la escena del crimen.
Estaba en uno de los edificios de la periferia, apartado del hospital, pero aún dentro del recinto. Era una residencia de purificadores. Solo se permitía entrar y salir a los purificadores. Lo cual hacía que aquello resultara bastante preocupante.
Aunque detestaba que fuese mi amiga quien estuviera recibiendo el castigo, comprendía el deseo de Cox de mantener aquello en secreto.
El revuelo y el caos que se desatarían si salía a la luz que un purificador podía haber matado a otro y seguía suelto…
era algo inconcebible. Había que mantener el orden.
Era necesario preservar la confianza entre los purificadores.
Además, no tenía por qué haber sido un purificador. Había muchas formas de colarse en un edificio. Y muchas formas de volver a salir sin ser visto.
Solo tenía que descubrir lo que nadie más había advertido.
Había un guardia apostado ante el apartamento de Lesley. Levantó una mano para detenerme mientras yo le mostraba el auto. Lo leyó.
—Ármese de valor, señorita. No es una visión agradable.
Examinó mi atuendo. Sobre todo, el Voidshot que llevaba a la cadera.
—Aunque, ahora que lo pienso, creo que estará bien.
Me dejó pasar, pero no entró detrás de mí. Y no se lo reprochaba.
Las ilusiones de Steph no le hacían justicia a la escena.
No pude evitar sentir una punzada de dolor por mi amiga al contemplar lo que ella había tenido que ver.
Al pensar que había estado allí cuando ocurrió.
Que aquella escena se le había grabado a fuego en el cerebro como una cicatriz permanente.
La sangre cubría el apartamento, impregnando los muebles, la moqueta y las cortinas. Había vísceras esparcidas por todo el salón. Y, en el centro, Lesley Cohen yacía boca arriba, con una herida roja y abierta en la cavidad torácica.
Percibía una enorme cantidad de residuos mágicos en la estancia.
Buena parte de ellos procedía de Steph. Conocía bien su chispa.
Había intentado emplearla con encantamientos para sanar a Lesley.
Pero no había bastado. No se puede sanar a alguien que ya está muerto.
Aunque eso no le serviría de consuelo a mi amiga.
Pensaría que había fracasado. Conocía aquella sensación. Demasiado bien.
Inspeccioné la escena sin saber por dónde empezar. Yo era una cazadora de monstruos. No una detective. Pero también era otra cosa. Una sanadora. Así que empecé como hacía siempre en calidad de sanadora.
Me arrodillé junto a Lesley, tratando de desterrar mis recuerdos de ella y de no pensar en lo que Stephanie debía de haber sufrido al presenciar su muerte. Lesley siempre se había portado bien con nosotras. Conmigo. Era una buena sanadora. Grietas…
Su expresión reflejaba dolor. Y conmoción. En sus ojos podía ver que había creído que Stephanie era la responsable. Y Stephanie también lo había visto. Tendría que vivir con aquella mirada. Para siempre.
Pero yo demostraría la inocencia de mi amiga. Y vengaría a Lesley, aunque hubiera creído que mi amiga era su asesina.
Extendí las manos sobre el cuerpo de Lesley, suspendiéndolas justo encima de la carne desgarrada.
No era una médica de verdad, y mucho menos una forense.
Pero tenía magia. Recité un hechizo de diagnóstico y envié mis tentáculos mágicos al interior del cuerpo de Lesley en busca de anomalías. Los resultados no tardaron en llegar.
Corazón explosionado. Buena parte de él, ahora fuera del cuerpo. Gran pérdida de sangre. Muerta.
Bueno, había sido muy útil. O no.
No podía sanar lo que ya estaba muerto. Aprendía aquella lección todos y cada uno de los días. Esa fase ya la había superado.
Un hechizo de diagnóstico estaba concebido para los vivos. Para averiguar cómo curarlos. No me decía qué había provocado aquello.
Oí que la puerta se abría con un chirrido y me volví para encontrarme con Gurtrum.
—¡Paladín Gurtrum!
Ella asintió a modo de saludo.
—Dos veces en un mismo día, señorita Giles. Las coincidencias rara vez vienen de dos en dos.
Fui a sacar mi auto para dar explicaciones, pero la anciana purificadora levantó las manos para detenerme.
—El Meister del Capítulo me lo ha contado. Tiene autorización para investigar este desastre. Me he ofrecido voluntaria para venir a ayudarla. Para realizar un escaneo forense de la escena.
¡Un análisis forense! Eso era lo que necesitaba. No un diagnóstico. Una explicación.
—¿Puede enseñarme? —pregunté, soltándolo prácticamente de golpe.
—Por favor —añadí, avergonzada.
Gurtrum pareció desconcertada. Pero entonces su expresión, habitualmente intensa, se dulcificó.
—Por supuesto. Es magia compleja, pero conozco su reputación. Y veo esa magia escrita por toda su piel. Es capaz de realizarla.
Se arrodilló despacio frente a mí, al otro lado del cuerpo de Lesley. Me tomó con delicadeza las manos, que aún mantenía suspendidas por instinto tras el hechizo de diagnóstico.
—Esta escuela de magia consiste en deshacer el caos.
Esa es su esencia. Los hechizos de diagnóstico sirven para analizar el presente.
Pero, en casos como este, así como ante maldiciones y posesiones más insidiosas, hace falta algo más complejo.
Hay que examinar cada indicio, evaluar todos los daños.
Hay que analizar lo que no debería estar ahí e invertirlo.
Imaginar y reconstruir cómo era todo antes de que lo retorcieran y deformaran. Repita después de mí.
Me apretó la mano y empezó a recitar. Las palabras resonaron en mi mente y amenazaron con escaparse de mi memoria conforme las oía.
Pero no se lo permití. Capturé cada una de ellas y las repetí tras Gurtrum.
Y, al hacerlo, dejé que cada palabra se me grabase a fuego en la mente.
Mi chispa me ayudó y me permitió absorber aquellas escurridizas palabras de poder para que pudiera volver a recitarlas en el futuro.
Y, con cada palabra, vi cómo la escena retrocedía.
Vi a Lesley levantarse y caer. Vi cómo su corazón se reparaba y después se expandía y volvía a romperse, estallando a través de su pecho.
La vi aferrarse el pecho, bombeándolo desesperadamente con magia sanadora para intentar salvarse.
Había sabido que algo iba mal. Lo había percibido.
Había culpado a Steph. Pero aquello no era obra de Steph. Podía verlo con claridad.
Analicé el hechizo que había usado Lesley.
Aún quedaban rastros de magia de purificación en lo que restaba de su corazón.
Un hechizo de angioplastia que nuestro profesor llamaba el Corazón de Osiris.
Se empleaba para tratar los infartos abriendo las arterias obstruidas mediante el bombeo de magia de vitalidad.
Pero aquello no podía ser. Los purificadores no sufrían infartos. ¿O sí?
Volví a analizar la escena, pero no encontré gran cosa más. Estaba claro que Lesley había sabido que algo iba mal. Había intentado sanarse. Pero no había sido suficiente.
Gurtrum dejó de recitar y yo hice lo mismo. Mi percepción de lo sucedido y la intensa concentración en los detalles que rodeaban la muerte se desvanecieron hasta devolverme a mis sentidos normales.
—Intentó sanarse —dije—. Sabía que algo iba mal. Pensó que era un infarto. Pero ¿cómo podía serlo? Y, si lo era, ¿por qué no funcionó la magia sanadora?
—La magia oscura puede abrirse paso incluso entre las magias más luminosas.
—¿Cree que esto lo hizo un mago oscuro? —pregunté.
Tendría sentido. Los purificadores no sufrían infartos.
Nuestras chispas nos mantenían sanos. Nuestra propia magia sanadora nos envolvía de forma constante.
Yo no había tenido ni un simple resfriado en toda mi vida.
Haría falta un daño traumático o una enfermedad mágica para dejarme fuera de combate.
Y Lesley no era una purificadora débil. Tenía una chispa que se acercaba a la mía.
—Si esto hubiera sido un infarto corriente —respondió Gurtrum—, un hechizo de sanación habría funcionado. Lo cual indica que los investigadores preliminares acertaron en una cosa: ha sido un asesinato.
—Pero Stephanie no lo hizo. Es una maga de ilusiones. No es capaz de realizar esta clase de magia.
—Cualquiera es capaz de usar magia oscura si tiene voluntad para ello.
—Ella no la tiene.
Gurtrum me sostuvo la mirada, poniendo a prueba mi determinación. No flaqueé.
—Creo que tiene razón. Percibo una segunda firma mágica en el cuerpo. Supongo que pertenece a la señorita Naidoo. Intentó sanar a la señorita Cohen.
Asentí.
—Conozco su chispa casi tan bien como la mía. Intentó salvar a Lesley, no hacerle daño.
Gurtrum se frotó la barbilla.
—La creo. Esto sería magia de corrupción avanzada. Conozco a la señorita Naidoo. No tan bien como usted, pero sí lo suficiente para saber que ella no hizo esto.
—Entonces, ¿lo hizo un mago oscuro? Pero ¿cómo consiguió acceder al edificio?
—Comprobaré los registros de acceso, aunque es posible que el asesino ni siquiera entrara en el edificio.
Existen maldiciones insidiosas que ni los mayores purificadores pueden detectar hasta que ya es demasiado tarde.
Sobre todo si el autor conocía el nombre verdadero de la víctima.
Lesley realizaba muchas más obras benéficas de las que le correspondían en los suburbios y proporcionaba sanación y cuidados en numerosas zonas infestadas de gánsteres.
Si se permanece suficiente tiempo en un lugar tan atroz, las maldiciones naturales se aferran a una y la van consumiendo poco a poco.
Eso lo sabía demasiado bien. Las líneas ley oscuras engendraban maldiciones como las ratas engendraban la peste.
—Y no solo eso: a las necropandillas no les agrada nuestra presencia en su territorio. Puede que algún mago oscuro retorcido le impusiera una maldición más poderosa y esperase el momento oportuno para que se pudriera y detonara.
Suspiró con tono lastimero.
—Esta clase de tragedias solo es posible en una sociedad fracturada y caótica como la nuestra. Veo la paz que el Uberkaiser ha alcanzado en Alemania, y eso me da esperanza y me provoca envidia. Solo puedo soñar con que una reunificación semejante llegue a producirse en Sudáfrica.
La política se me escapaba por completo.
Yo había nacido mucho después de que Sudáfrica dejase de ser un solo país.
Y tampoco me interesaba la historia. Mi vida había consistido en esconderme de la ira de mis padres, aprender después a salvar vidas y, por último, matar monstruos y demonios.
No había tenido mucho tiempo para la política ni para la historia.
Pero el resto de lo que Gurtrum había dicho sí era interesante. ¿Una maldición?
—No he percibido ninguna maldición —dije.
—Probablemente su amiga eliminó todo rastro con su arremetida de purificación. La destruyó. Por desgracia, demasiado tarde.
Y también había destruido una pista. No pensaba contárselo a Steph. Ya se estaba machacando bastante.
—¿Cree que nuestra investigación aquí bastará para exonerar a Stephanie? —pregunté esperanzada.
Gurtrum negó con la cabeza.
—El Meister del Capítulo necesita algo más. Me temo que lo único que liberará a su amiga será que encontremos al verdadero culpable.
Miré el rostro de Lesley y sentí los ecos de lo que había percibido durante el escaneo forense. Imaginé su pánico. Su desesperación. La confusión, el espanto y la derrota de Steph.
Encontraré a quien te mató, le prometí a un cadáver. Y haré que pague.