6. MEISTER
MEISTER
Salí de las celdas de detención con Sarah y Kabo justo antes de que el guardia regresara de su descanso.
Kabo le dirigió una mirada severa mientras nos marchábamos, solo para asegurarse de que entendía que debía mantener la boca cerrada.
Sabía que, si yo hubiera sido el blanco de aquella mirada, probablemente hasta yo habría guardado silencio.
—Necesito ver al Meister del Capítulo —dije sin más.
—No la pondrá en libertad —espetó Sarah—. No puede permitirse quedar mal.
—No espero que la libere, pero al menos tengo que intentar que me asigne el caso.
—Entonces, ¿vas a hacerlo? ¿Vas a encontrar a quien hizo esto de verdad? —preguntó Kabo.
Asentí.
Sarah y Kabo intercambiaron una mirada.
—Te llevaremos a su despacho.
—Gracias.
Parecía que lo único que hacía falta para que Sarah y Kabo acabaran respetándome era que nuestra amiga común se metiera en problemas.
Aunque, por otra parte, yo ya no era aquella chica tímida y callada de la que solían burlarse.
Tenía un brazo cubierto de escarificaciones y llevaba un chaleco de cazador de monstruos en lugar de mis antiguos blancos de purificador.
También parecía mayor. El tiempo que había pasado luchando contra demonios y monstruos me había cambiado.
Y sospechaba que las batallas a las que se hubieran enfrentado Sarah y Kabo habían hecho lo mismo con ellas.
Éramos demasiado mayores para las pullas mezquinas de clase o las maldades de adolescentes.
Me sacaron del sótano y me condujeron por un laberinto de pasillos que ascendían sin cesar, hasta que alcanzamos la última planta de aquel hospital gargantuesco. Una vez arriba, disiparon varias protecciones con unas contraseñas pronunciadas en voz baja y luego me dejaron seguir sola.
Antes de marcharse, intercambiamos una última inclinación de cabeza en señal de respeto.
—Buena suerte —susurró Sarah.
—Contamos contigo.
Cerraron la puerta, dejándome encerrada en una sala de recepción vacía. Solo había un camino para continuar: una puerta sencilla. Y tras ella se encontraba el hombre más poderoso de la Orden. Al menos, al sur del ecuador.
La última vez que había visto al Meister del Capítulo Geoffard Cox había sido en circunstancias favorables.
Se había sentido avergonzado por expulsarme de Heiligslicht, así que me ofreció cualquier puesto que quisiera.
Yo lo había rechazado. Pero se lo tomó bastante bien.
Parecía un hombre razonable. Solo que estaba anclado en sus costumbres.
Intenso, sentencioso, draconiano, crítico. Pero justo.
Podía hacerle entrar en razón. Sabía que podía. Tenía que hacerlo.
Me armé de valor, crucé la sala de recepción con paso decidido y llamé a la puerta antes de que pudiera pensármelo mejor.
—¡Estoy demasiado ocupado para aspirantes a un ascenso, paladines quejicas y magos que se pelean por la línea wey!
Abrí la puerta.
—¿Y para las expurificadoras?
Geoffard Cox alzó la vista de su escritorio, con la sorpresa pintada en el rostro.
Hasta sus gélidos ojos, por lo general intensos y penetrantes, mostraban asombro.
Era un hombre en la segunda mitad de la mediana edad, con el pelo oscuro empezando apenas a encanecer por las puntas.
Una fina capa de barba incipiente cubría sus mejillas, habitualmente bien afeitadas.
—¿Señorita Giles? ¿Cómo ha entrado? En realidad... no me lo diga. —Suspiró—. Debería haber sabido que las lealtades forjadas en las aulas siempre se impondrían a la cadena de mando.
Dejó la pluma y entrelazó los dedos.
—Supongo que está aquí por la señorita Naidoo.
—¡Stephanie es inocente! —insistí de pronto y, debo admitir con vergüenza, con bastante irritación.
Geoffard se encogió de hombros.
—Es posible. Pero la investigación preliminar encontró a Stephanie Naidoo cubierta con la sangre de la víctima, de pie junto a ella, en unas circunstancias de gran carga pasional.
—¿¡Pasional!? Era una cita, por el amor del Titán.
—Una cita que salió mal, por lo que parece.
Cox volvió a suspirar y relajó los hombros. En cierto modo, parecía sentir que conmigo podía mostrarse más sincero. Yo no era una de sus subordinadas. No tenía necesidad de fingir.
—Sé que es difícil. Usted era amiga suya. Puede que resulte duro de aceptar, pero sabe tan bien como cualquiera que los sorchiceros de ilusión son propensos a... comportamientos impropios. Engaño, arterías, narcisismo. Está en su naturaleza.
—¡No en la de Steph! Mire su expediente.
Ha sido una alumna y miembro ejemplar de la Orden durante más de una década.
Creció junto a nosotros. La conocemos. ¡Sus guardaespaldas la conocen!
Ella no haría algo así. No podría hacerlo.
Es tan purificadora como cualquier otra persona de este edificio. ¡Y amaba a Lesley!
—Quizá ese amor la empujó demasiado lejos —sugirió Geoffard—. ¿Tal vez un rechazo hizo que perdiera el control?
—Siempre ha sido sensata. Una de las voces de la razón tanto en la academia como en el hospital.
—Nos hizo creer que era sensata. Es lo que hacen.
No respondí, para evitar perder los estribos y cualquier posibilidad de mantener la calma.
—Si de verdad cree que es capaz de semejante engaño, ¿por qué la nombró miembro de su escuadrón?
Eso lo detuvo. Frunció el ceño y comprendí que por fin había logrado hacerle mella.
—Sinceramente, no puedo dedicar demasiado tiempo ni energía a este asunto, señorita Giles.
Tengo que compaginar las gestiones con el Presidente del Consejo por las inminentes negociaciones del tratado con el Kan Oscuro y el envío de misivas a Bavaria para decidir si la Orden debe integrarse en el Sacro Imperio Romano Germánico resucitado por este Uberkaiser.
No sabía nada de ninguno de los dos asuntos ni me importaban. Lo que me preocupaba era mi amiga.
Su mirada se suavizó.
—No creo que Stephanie lo hiciera. Pero el protocolo dicta que debemos mantenerla detenida.
Y, más aún, es imprescindible que siga detenida.
Porque, mucho más peligroso que pensar que la señorita Naidoo pudiera haber cometido este acto atroz, es que el asesino siga suelto.
Esa posibilidad resulta mucho más aterradora.
—¿Así que mantendrá encarcelada a una mujer inocente para evitar que cunda el pánico? Sabe muy bien que ella no es capaz de algo así. Precisamente por los mismos motivos que hicieron que sospechara de ella, no pudo hacerlo. No es una maga de la corrupción. Sus ilusiones son inofensivas.
Geoffard se limitó a mirarme fijamente. Podía ver la duda y la culpa batallando tras sus ojos gélidos.
Respiré hondo y me erguí.
—Quiero investigar. Encontrar al verdadero asesino y exonerar a mi amiga de este crimen.
Enarcó una ceja.
—Cazadora de monstruos y ahora detective. Ha recorrido un largo camino desde que era sanadora, señorita Giles.
Se llevó un dedo a los labios, pensativo. Después me miró.
—Muy bien. Le redactaré un auto que le dará acceso a cuanto necesite para investigar este caso.
—Espere. ¿De verdad? —pregunté, estupefacta de que hubiera accedido con tanta facilidad.
—Es la persona idónea para investigar todo este desastre.
Es ajena a la Orden, pero conoce nuestras costumbres.
Confío en su capacidad para ser discreta.
Y tiene la mejor coartada de todos los miembros de la Orden.
Su aura es difícil de pasar por alto y no cabe duda de que no estaba cerca cuando se produjo el asesinato.
¿De verdad se notaba tanto mi aura? Lilian había mencionado que se había sentido atraído por ella. Que quería corromperla. ¡Grietas! ¿Qué más me estaría observando? Atraído por mi maldita chispa.
Geoffard sacó unos documentos de aspecto oficial y empezó a garabatear firmas y cláusulas, antes de estamparlos con su sello mágico.
Me los tendió. Alargué la mano para aceptarlos, pero los apartó justo fuera de mi alcance.
—Sin embargo, debo advertirle, señorita Giles, que mantenga la mente abierta. No permita que su lealtad hacia la señorita Naidoo le nuble el juicio. Los purificadores deben velar por el orden y el bien por encima de todo. Si ella es la asesina, no le debe lealtad alguna.
Vacilé, pero asentí antes de aceptar el auto y dejar al Meister del Capítulo con su trabajo nocturno.