5. CELDA
CELDA
Heiligslicht podía ser toda una institución en Hope City, a menudo indisociable del Consejo que gobernaba esta hermosa república, pero era, ante todo, su propia Orden.
Una organización reservada y mucho más antigua que la mayoría de las naciones poscataclismo.
En las pocas décadas en que la magia y los monstruos habían campado a sus anchas, Heiligslicht se había convertido en un elemento esencial de las infraestructuras de casi todos los países.
Una organización internacional indispensable dedicada a la sanación y la purificación.
Pero también tenía su lado oscuro. Como les ocurre inevitablemente a todas las organizaciones. Y, aunque los vicios de Heiligslicht eran mucho menos graves que los habituales en Hope City, aun así me dejaban un sabor amargo en la boca.
Había oído los rumores sobre las celdas de detención de la sede del Capítulo en Pinelands.
Pero nunca había investigado si eran ciertos.
Sin embargo, parecía que sí. Una prisión para purificadores y enemigos de Heiligslicht.
La clase de presos de los que la Orden prefería que el gobierno local no supiera nada.
Porque, aunque Heiligslicht respetaba el orden y la ley, se daba por sentado que seguía sus propias reglas.
Su propio orden. Y su propio concepto de la justicia.
¡Grietas! Solo esperaba que la brújula moral de mi antigua Orden siguiera siendo como la recordaba.
Tom insistió en que podrían reunirse con el cliente sin mí. Me pondría al día en cuanto pudiera. Le aseguré que estaría bien sin él en el hospital. Además, necesitaba hacer esto sola.
Puede que ya no fuera purificadora de Heiligslicht, pero seguían siendo mi familia. Aunque me hubiera distanciado de ellos voluntariamente. Y Stephanie era mi amiga. La ayudaría. Tenía que hacerlo.
Conduje hasta la sede del Capítulo en Pinelands.
Todo el mundo la llamaba el Recinto de Heiligslicht, pero su nombre oficial era Hospital Vincent Palotti: un hospital precataclísmico que databa nada menos que de 1938.
Antes había sido un hospital católico. Con monjas y todo.
Tras el Cataclismo, Heiligslicht se hizo con él.
Pasé una temporada allí cuando estaba en la rama de sanación.
Era el segundo hospital más grande en el que había prestado servicio.
No tan grande como el Groote Schuur, eso sí.
Pero estaba mucho mejor equipado para tratar hasta las maldiciones más severas y las heridas más graves.
Allí trabajaban los mejores sanadores del país.
Probablemente estaría allí de no haber abandonado la Orden. No sabía si eso debía provocarme arrepentimiento o alegría.
Me detuve ante las verjas del hospital, bloqueadas por una barrera. La noche estaba oscura. Solo había un puñado de luces encendidas en las distintas torres que formaban el complejo hospitalario. Recordaba bien el lugar, pese al poco tiempo que había pasado allí.
Ojalá hubiera podido regresar en mejores circunstancias.
Un hombre con una capucha blanca, un walkie-talkie y una linterna se acercó a la ventanilla del coche.
—Buenas noches, señora —dijo—. ¿Tiene una urgencia? Me temo que las consultas y el horario de visitas terminaron hace unas horas.
—Soy purificadora. Mi amiga está en las celdas de detención.
El guardia de la entrada pareció desconcertado.
—Voy a necesitar ver su tarjeta de acceso.
Llevé la mano hacia un bolsillo que ya no estaba allí. Ya no tenía mi tarjeta de Heiligslicht. Ya no pertenecía a la Orden. Me habían invitado a regresar, pero me había negado. Mi lugar estaba con El Reckoning. Y que me echaran la primera vez me había dolido. Todavía me dolía.
—Ya no pertenezco a la Orden —expliqué—. Pero mi amiga está en apuros. Fui purificadora. Cindy Giles. Puede preguntarle a cualquiera que esté de servicio. Pregúntele al Maestro del Capítulo. Él me dejará entrar.
No estaba tan segura de eso. Pero valía la pena intentarlo.
El guardia frunció el ceño.
—Señora, voy a pedirle que dé marcha atrás y se marche. Solo se permite la entrada a urgencias y al personal. ¡Que pase una buena noche!
Antes de que pudiera abrir la boca para protestar, un rostro conocido salió a la luz. Llevaba una capucha de purificadora de combate y un cinturón cargado de sales curativas, polvo de plata, una estaca de arce purificado y una daga de aspecto aterrador.
Sarah Penny. Una antigua compañera de clase. Y una de las matonas ascendidas a toda prisa por el Maestro del Capítulo que me había despojado de mi rango el año anterior. Digamos tan solo que no nos llevábamos bien.
—Déjala pasar —ordenó Sarah.
Un momento, ¿qué había sido eso?
El guardia pareció tan sorprendido como yo.
Sarah repitió la orden y el hombre se apresuró a levantar la barrera.
Entré con el coche y me detuve junto a Sarah.
Sus ojos parecían distintos de la última vez que la había visto.
Tenía en ellos un enrojecimiento que apenas conseguía ocultar.
Y restos de lágrimas secas en las mejillas. Fingía ser fuerte.
—¿Has venido por Steph? —preguntó en voz baja.
Asentí. Ella suspiró aliviada.
—Aparca en el estacionamiento del personal. Te llevaré a las celdas.
Aparqué en una plaza vacía del estacionamiento del personal. Estaba casi desierto. Los purificadores que trabajaban en el turno de noche solían vivir en el recinto. No necesitaban coche.
Volví a reunirme con Sarah junto a la entrada del personal. Había muy poca gente por allí. Era una noche tranquila, incluso para los estándares de Hope City.
—¿Qué ha pasado? —le pregunté a Sarah a modo de saludo. No pareció importarle.
No éramos amigas. Pero las dos éramos amigas de Stephanie. Eso era lo que importaba.
Sarah negó con la cabeza.
—Sigo sin tenerlo claro. Dicen que Steph mató a Lesley Cohen. Pero... Luz Sagrada. ¿Cómo es posible? Steph no lo haría... No podría...
—No es posible. Tiene que haber algún error. Steph jamás haría algo así. A nadie.
Y mucho menos a su novia. Ni siquiera sabía que tenía novia. Eso dolía. Solo un poco. Stephanie solía contármelo todo.
Y saber que había matado a Lesley Cohen...
¡Grietas! Stephanie llevaba colada por Lesley desde que yo tenía memoria.
Lesley era una chica tranquila unos años mayor que nosotras.
Había ayudado a Steph a solicitar plaza para estudiar Psicología a distancia mientras continuaba con sus deberes de purificadora.
Stephanie jamás haría daño a Lesley. Jamás haría daño a nadie. Algo no cuadraba.
Pensé en Tom y en El Reckoning. Esperaba que no se estuvieran metiendo en algo que les viniera demasiado grande.
Bueno, Tom los mantendría a salvo. Y Alex impediría que Tom hiciera alguna estupidez.
Llevaban muchísimo tiempo sobreviviendo antes de que yo llegara.
Sobrevivirían otra noche sin mí. Pero, pese a todo, no podía evitar sentirme un poco excluida.
Aunque esto era mucho más importante que mi miedo a perderme algo.
Sarah me condujo por el hospital, escaleras abajo, hasta las profundidades del sótano.
Pasamos junto a la morgue, las cámaras frigoríficas, el depósito de artefactos prohibidos y las prisiones para demonios, camino de las tristemente célebres celdas donde Heiligslicht impartía su justicia en secreto.
Nunca había bajado tanto. Era un aspecto de Heiligslicht mucho más oscuro de lo que les gustaba mostrar a sus sanadores. El lugar donde Heiligslicht castigaba a los suyos.
Heiligslicht tenía una reputación internacional que mantener. Se suponía que los purificadores eran la luz en la oscuridad. Infalibles. Los salvadores del mundo. Incorruptibles de mente y espíritu.
Y, en su mayoría, lo éramos. Las personas con chispa de purificación no podían ser malvadas. Nos veíamos obligadas a hacer el bien o nuestra chispa nos rechazaba. Nuestra naturaleza era sanar. Proteger. Cuidar y santificar.
Pero no todos los purificadores eran hechiceros de purificación. Heiligslicht acogía a muchos otros tipos de hechiceros y magos. Y sus chispas no los obligaban necesariamente a ser buenos.
Desde que era niña, muchos de los altos cargos habían postulado que la afinidad con la ilusión de Stephanie la predispondría al engaño.
Que tenía que mentir para alimentar su magia.
Había llegado a Heiligslicht siendo huérfana, como yo.
Pero, a diferencia de mí, su lugar allí siempre se había puesto en duda.
Aunque había sentido celos cuando ella y los demás se convirtieron en purificadores de combate después de que yo me marchara, en secreto también me había alegrado. Significaba que Heiligslicht por fin había aceptado a mi amiga. De verdad.
Hasta ahora, por lo visto.
Porque ahora mismo todo el mundo estaría hablando de la hechicera de ilusiones que había matado a su novia y había intentado ocultarlo todo. Dirían que su chispa la había empujado hacia el mal.
Pero no conocían a mi amiga. Steph nunca había sido maliciosa.
Ni manipuladora. En realidad, ni siquiera era mentirosa.
Usaba sus ilusiones para llevar alegría a los demás.
Para ayudar a la gente. Era una narradora que empleaba imágenes para aliviar el dolor.
Para poner fin al sufrimiento. Sus ilusiones no ocultaban la verdad.
Ayudaban a realzar lo que de verdad importaba.
Quería ser terapeuta. Quería ayudar a la gente.
Y ahora languidecía en una celda subterránea.
Doblamos una esquina de aquel laberinto de paredes y baldosas de un blanco reluciente. Kabo esperaba al fondo, inquieta. Tenía lágrimas en los ojos. Pese a nuestra historia, pareció aliviada de verme.
—¿Está bien? —preguntó Sarah.
Kabo negó con la cabeza.
—No quiere decir nada. Ni comer nada. Creo que solo tú puedes conseguir que hable.
Me señaló. Yo era a quien Steph llamaba. Y su mejor amiga. Pese a lo que Sarah y Kabo pudieran pensar de mí, significaba mucho que estuvieran dispuestas a dejarlo todo a un lado para ayudar a nuestra amiga común.