Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 4. CENA
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4. CENA

CENA

Debería dejar de depender de Conrad para que me lleve. Tener que coger un taxi de vuelta al Sepulturero cada vez que Conrad me abandonaba para irse de aventuras al más puro estilo de James Bond resultaba agotador.

Ni siquiera tenía excusa. Al fin y al cabo, ahora tenía coche propio.

Nada del otro mundo. Un pequeño cupé blanco de UhuruTech que le había comprado por una ganga a un cliente agradecido cerca de Navidad.

Aun así, era bastante más sofisticado que los destartalados Golf de Conrad y Tom.

Aunque creo que conducían aquellas trampas mortales más por orgullo que por otra cosa.

El taxi me dejó en el Sepulturero y, con las prisas por abrir el coche, casi rompí mi propia ventanilla. Por suerte, la casa de Tom estaba muy cerca. Apenas había que conducir un poco hacia el sur, hasta Rondebosch.

Por lo que había podido averiguar, casi todos los miembros de El Reckoning se habían instalado a tiro de piedra del Sepulturero.

Gibbs vivía en un loft de Woodstock, justo al norte de Observatory.

Alex tenía un apartamento bonito y ordenado cerca de Rondebosch Main Road.

Y Brick... Bueno, Brick parecía vivir entre los moteles que aún no lo habían echado por causar destrozos.

El hecho de que todos hubieran acabado reuniéndose en la misma zona ponía de manifiesto lo aislado que había estado Lilian al vivir en Muizenberg. Pero todo aquello pertenecía al pasado. Tenía que seguir recordándomelo.

Hasta yo tenía ya un sitio propio. Un estudio en Observatory, a poca distancia a pie de la taberna.

Pero apenas pasaba tiempo allí. O estaba de caza o en casa de Tom.

Y casi nunca dormía. Tampoco necesitaba dormir mucho.

Cuando me cansaba, no tenía más que volver a infundirme mi propia chispa.

Sí, aquello no era sostenible. Tarde o temprano acabaría desplomándome.

Pero, de momento, a mi chispa no parecía importarle.

Había crecido mucho durante el último año.

Percibía mi determinación. Confiaba en nuestra misión.

Y quería que permaneciera despierta para llevarla a cabo.

Paré delante de la casa de Tom y puse el freno de mano justo cuando una llamarada salió por la ventana. ¡Una explosión!

Sin pensarlo, salí disparada del coche y corrí hacia la puerta principal. Metí mi copia de la llave y entré a toda prisa, preparando mi chispa para curar a mi novio.

Tom estaba delante de la cocina con una bandeja llena de algo que parecía carbón. Me la ofreció con aire avergonzado. Su abrigo de salamandra resplandeció con calidez a modo de saludo. No tenía ni un rasguño. Tan solo una pequeña llama en la barba, por lo demás intacta.

—El pollo me ha mirado raro —explicó, buscando una excusa.

Me eché a reír y volví al coche para recoger unas bolsas de papel. Él apagó la llama rebelde de su barba.

—He traído unos pollos más educados. Por si acaso.

Tom fingió sentirse ofendido y después se rio conmigo antes de besarme y tirar a la basura su asado fallido.

Nos lanzamos sobre el pollo frito que había comprado por el camino.

Cualquiera pensaría que ser piromante implicaba que Tom tendría un control decente del fuego y del calor.

Y se equivocaría. Las habilidades de Tom consistían más bien en producir la mayor cantidad posible de calor en el menor tiempo posible.

Eso lo había vuelto increíblemente poderoso, pero también muy impaciente.

Aun así, me encantaba que siguiera intentando preparar la cena. Era adorable. Y estoy segura de que los establecimientos de comida rápida de la zona agradecían nuestra clientela cada vez que carbonizaba uno de sus intentos.

Nos acomodamos en el sofá, abrazados, mientras dábamos buena cuenta del pollo frito.

Nos decidimos por la primera serie que encontramos.

Un drama médico sobre purificadores y sanadores.

Creo que se llamaba Blue’s Healery . Aunque daba igual lo que viéramos.

Lo único importante era que estábamos juntos.

Si dos años atrás me hubieran preguntado si un momento así era posible, habría estado demasiado ocupada en urgencias para responder. Pero ahora... ahora era feliz. Y no había muchas cosas capaces de cambiar eso.

Terminé de comer, apilé cuidadosamente las cajas y las metí en la bolsa de papel en la que habían venido.

Tom lo llevó todo a la basura. Sabía que no me gustaba esperar para limpiar.

La caza era una cosa, pero, para sentirme cómoda, necesitaba estar limpia.

Y también necesitaba que el espacio a mi alrededor estuviera limpio.

Tom lo entendía. Nunca se burlaba de ello.

Me ayudaba a sentirme cómoda. Desde que habíamos empezado a salir, y sin que yo se lo pidiera, su casa estaba cada vez más limpia.

Siempre se aseguraba de fregar los platos y de guardar cualquier trasto.

Y jamás tenía que insistirle. Era con aquellos pequeños gestos silenciosos como demostraba cuánto le importaba. Y por eso yo lo quería aún más.

Le dediqué una sonrisa de agradecimiento cuando regresó a su sitio en el sofá.

Me acurruqué contra su brazo, disfrutando del calor de su abrigo e ignorando aquella representación excesivamente dramática de un hospital del poscataclismo.

Puedo asegurar que ningún purificador tiene tiempo suficiente para escaquearse del trabajo e ir a enrollarse al almacén.

Al menos yo nunca lo había tenido. Ni tampoco las ganas. Pero entonces aún no conocía a Tom.

—Cada vez se te da mejor caminar por el vacío —comenté—. En la pelea de hoy.

Él resopló.

—Me he desviado una barbaridad. Si no hubiera tenido los propulsores, habría caído al suelo y apenas me habría dado tiempo a ponerme colorado antes de que el cíclope me aplastara.

—Bah. Te habría dejado como nuevo.

Tom sacó la lengua.

—Ya sabes lo que opino de que me dejen como nuevo.

—Es lo mejor que puedo hacer después de que acabes convertido en un charco bajo el pie del cíclope.

Tom se rio y nos acurrucamos aún más.

—¿Cómo...? ¿Cómo es? —pregunté por fin, bajando un poco la voz—. Caminar por el vacío...

Meditó la pregunta durante unos instantes, frunciendo el ceño, concentrado.

—Es difícil de explicar. No es como andar.

Bueno, quizá sí. Pero bajo el agua. Y no es algo que me apetezca hacer normalmente, ¿sabes?

Es como si tuviera todas las extremidades entumecidas.

Como si las arrastrara detrás de mí. A ti puede parecerte instantáneo, pero para mí la teleportación lleva su tiempo.

Cuando salgo de este Reino, vislumbro otro.

Y es como estar en las fosas más oscuras del océano.

Aunque no del todo. Veo retazos de aquel lugar y retazos de este.

Y se superponen. A veces veo más de uno que del otro.

Pero no sé controlar esa parte. Y por eso tiendo a desviarme mucho.

—La verdad es que suena bastante aterrador.

Me miró sin el menor atisbo de humor en el rostro.

—Es emocionante.

Resoplé.

—Muy propio de un piromante contemplar el lugar donde termina la existencia y tomárselo como una atracción de feria.

Se rio.

—Sí. Seguramente no sea para ti, señorita Purificadora.

Pero entonces volvió a ensombrecérsele la expresión.

—Aunque quizá tampoco sea para mí.

El silencio provocado por aquella ominosa confesión no tardó en romperse con el zumbido de nuestros teléfonos. Un mensaje de grupo.

—¿Conrad? —pregunté, mientras Tom se me adelantaba y cogía su móvil.

Negó con la cabeza.

—Gibbs. Dice que hay un cliente que quiere reunirse con nosotros para hablar de un trabajo. Ahora.

Suspiré. Los malvados nunca descansan. Ni los puros, por lo visto. Me detuve.

—Espera... ¿Por qué avisa Gibbs? ¿No debería venir de Conrad?

Tom se encogió de hombros, pero vi que él también sospechaba.

—Conrad está dejando cada vez más tareas administrativas en manos de Gibbs. Quizá el viejo no esté disponible y Gibbs por fin se esté ganando el sueldo.

Dudaba mucho de aquello último.

—Entonces, ¿cuál es el trabajo?

—Ni idea. Nos enteraremos allí.

Hice un mohín.

—Y justo cuando pensaba que íbamos a tener algo de tiempo libre.

—Podemos pedirle a Conrad que nos pague las horas extras.

—Sabes de sobra que Conrad no paga horas extras.

Tom sonrió. Nos levantamos y nos estiramos justo cuando sonó mi teléfono.

Stephanie. Mi mejor amiga. Levanté un dedo hacia Tom para indicarle que solo tardaría un minuto. Respondí a la llamada.

—Hola, Steph. ¿Qué pasa? —pregunté.

—¿Cins? ¡Luz Sagrada! Cins... necesito tu ayuda.

La voz de Stephanie no se estaba quebrando. Ya se había quebrado. Se había hecho añicos en un torrente de sollozos y lágrimas. De fondo se oía un áspero griterío. Reprimendas, insultos y alaridos. Una cacofonía de voces cargadas de odio y furia.

Me puse rígida. La expresión de Tom se endureció al ver cómo cambiaba por completo mi actitud.

—¿Steph? ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—Está muerta, Cins. Está... está muerta.

—¿Quién? ¿Quién está muerta?

Steph sollozó al otro lado de la línea. Oí un grito al otro lado. Steph sorbió por la nariz y se sobresaltó al oírlo. Me hirvió la sangre y sentí crecer la rabia contra quienquiera que estuviese haciendo daño a mi amiga.

—¿Quién está muerta, Steph?

—Lesley Cohen... —respondió Steph por fin—. Mi novia. Y creen que la he matado yo.