3. POSESIÓN #4
Mientras que los hechiceros como yo teníamos en nuestro interior reservas innatas de magia que podíamos canalizar a voluntad hacia un hechizo acorde con nuestra afinidad, los magos eran capaces de utilizar la magia del mundo para acometer tareas más complejas.
Lo hacían mediante la memorización y recitación de encantamientos.
Palabras y frases poderosas y complicadas que poseían un poder inherente.
Memorizar encantamientos era increíblemente difícil.
La mayoría de los hechiceros, e incluso las personas sin magia alguna, ni se molestaban.
Gurtrum combinó hechicería y magia, recurriendo a su chispa para potenciar sus palabras de poder.
Tenía que admitir que estaba impresionada.
Yo también lo hacía. Era un requisito para ser sanadora.
No se podía imponer magia sanadora a alguien por la fuerza y esperar que se recuperase.
Pero podía sentir la complejidad de aquel hechizo.
La ingente cantidad de idiomas distintos utilizados para construirlo. ¡Era sobrecogedor!
Las sales resplandecientes empezaron a elevarse en el aire, girando despacio.
Como un miniciclón. No, no un ciclón. Como un escáner.
Unas barras de luz recorrieron al chico atrapado mientras él miraba frenéticamente a su alrededor en busca de una vía de escape.
Con cada palabra, Gurtrum profundizaba más en su análisis.
Se parecía a los hechizos de diagnóstico que yo utilizaba, pero era mucho más complejo. Como si estuviese examinando su alma.
Y, mientras lo escaneaba, algo comenzó a aparecer sobre el chico. Primero de forma tenue y después cada vez más nítida. Abrí mucho los ojos.
Unos tenues hilos se aferraban a las extremidades del chico y ascendían por el aire, donde los sostenían las numerosas manitas de algo parecido a un cruce entre una pulga gigante y una judía cocida.
La criatura con aspecto de pulga chilló y cortó los hilos. El chico se desplomó en el suelo cuando terminó el ritual dorado. Peter se abalanzó para sujetar a su hijo y se raspó las rodillas con la sal.
—¡Giles, atrápalo! —ordenó Gurtrum.
El demonio pulga salió disparado por encima del círculo de sales, volando sin alas. ¡Lo de siempre! Nunca podía ser fácil.
—No entiendo a qué viene tanto escándalo —chilló mientras zumbaba por la habitación como una mosca atrapada—. Solo quería un hogar. Un hogar agradable, joven, jugoso y suculento.
Recobró el equilibrio y se precipitó hacia la puerta. Gurtrum intentó recitar un encantamiento, pero su resplandor dorado titiló. Se había quedado sin chispa.
Saqué Voidshot y apunté. Veamos si el entrenamiento de Alex había dado sus frutos.
—¡Hora de buscarse otro garito! —anunció el demonio.
No si yo podía evitarlo. Apreté el gatillo y sentí la detonación resonar por todo mi brazo.
La bala, encantada por haber estado dentro de un arma procedente de los Bosques Inmortales, surcó el aire e impactó contra el demonio, atravesando su caparazón de insecto.
Cayó al suelo, derramando sangre translúcida.
—¿Cómo…? —jadeó.
Voidshot podía atravesar el velo entre el Reino físico y El Intermedio. Pero no pensaba decírselo.
Me acerqué y lo pisé. La criatura chilló y gimió. La bala seguía obrando su magia y hacía corpóreo a aquel ser demoníaco. Enfundé Voidshot. El arma podía herirlo, pero no acabar con él de forma definitiva.
Alcé mi único brazo con la palma hacia el demonio mientras dejaba que el otro acariciara las cicatrices que yo misma me había grabado un año atrás. Permití que aquellas hendiduras me recordaran mis luchas pasadas. Lo que había logrado. Lo que era capaz de hacer.
Mi chispa respondió y sentí cómo la luz dorada brotaba en mi interior antes de salir disparada de mi mano en forma de rayo dorado.
El demonio gritó cuando el rayo lo alcanzó. Poco a poco, su viscosa carne demoníaca se evaporó y se convirtió en polvo dorado. Hasta que por fin desapareció.
Ni siquiera había necesitado su nombre verdadero. Débil.
A mi espalda, Gurtrum recitó magia sanadora, usando la línea wey en lugar de su chispa. Los ojos del chico se abrieron despacio y después se desorbitaron.
Ahora comprendía cómo había sabido Peter que algo iba mal. Aquellos eran otros ojos. Unos ojos bondadosos. Nada que ver con los de antes. Solo un padre podía conocer de verdad a su hijo.
—¿Pa… papá? —preguntó el chico. Peter asintió con lágrimas en los ojos.
—Hola, Jonty.
—He tenido un sueño raro. Mamá seguía viva. Pero era distinta.
Bajó la vista hacia su ropa como si nunca la hubiera visto y después miró a su alrededor, hacia nosotros.
Peter abrazó a su hijo, derramando lágrimas de alegría.
—Gracias. ¡Muchísimas gracias! —nos dijo a las dos, aferrado a su hijo como si nunca fuese a soltarlo.
Gurtrum indicó que debíamos marcharnos y la seguí al exterior.
—Está usted llena de sorpresas, señorita Giles —dijo por fin Gurtrum cuando pudimos dejarles a Peter y Jonty algo de intimidad para su reencuentro—.
Heiligslicht sufrió una gran pérdida cuando usted se marchó.
Necesitamos buenas chispas en la Orden. Sobre todo ante nuestra posible unión con el Uberkaiser en la madre patria.
Me sonrojé justo cuando reparé en lo mucho que había oscurecido. Miré el reloj.
¡Grietas! ¿Cuánto tiempo llevaba allí? ¡Llegaba tarde a mi cita con Tom!
—Gracias, Pala… Gurtrum. Me ha alegrado verla.
Ella asintió.
—Espero que nuestros caminos vuelvan a cruzarse, Cindy Giles. ¡Buenas noches!
Me despedí de ella y corrí hacia la parada de taxis.