3. POSESIÓN #3
—Todo esto parece el comportamiento típico de un adolescente, señor Schmitt.
Aunque sea un comportamiento adolescente atroz —respondió Gurtrum con calma.
Era exactamente la purificadora profesional que Heiligslicht quería mostrar al mundo.
No como yo. Ella era serena, racional y centrada.
Capaz de separar las emociones de un problema sin dejar de estar absolutamente decidida a resolverlo.
—¡¿Lo ves?! —exclamó el chico, levantándose y arrastrando la silla por el suelo de madera—. Estoy sano. Fuerte como un puto roble. Me voy.
—¡Siéntate! —ordenó Gurtrum sin levantar la voz ni un decibelio, aunque de algún modo sonó más fuerte que un disparo. Y yo debía saberlo, después de las trastadas de Brick.
Había poder en su voz. Su chispa de purificación latente impregnaba cada palabra.
El chico se sentó en silencio, con torpeza.
—Señorita Giles, saque el frasco de sales benditas que lleva en el bolsillo delantero y trace un círculo de contención alrededor del chico.
Me dispuse a hacer lo que decía. Aunque me hubiera mostrado reacia, su voz y la formación que había recibido de ella no admitían réplica. Volví a sentirme como una acólita.
—¿De verdad es necesario? —preguntó el chico, poniendo los ojos en blanco e intentando sonar apático, molesto e indiferente. Pero percibí que estaba nervioso. Mucho más de lo que debería.
Vertí las sales alrededor del chico, con cuidado de no romper el círculo. No hacía falta que quedara tan pulcro, pero ni siquiera un año con El Reckoning había mitigado todas mis compulsiones obsesivas. Le dediqué al chico una pequeña sonrisa tranquilizadora. Por si en realidad no estaba poseído.
—¡Sal de ahí de una vez, espíritu! Quiero que me devuelvas a mi hijo —insistió Peter, de pie detrás de Gurtrum como si ella fuese un escudo.
—No es un espíritu, señor Schmitt. Pero averiguaré qué ha clavado sus garras en su hijo.
Gurtrum se levantó. Fue sutil, pero el chico pareció estremecerse. No lo culpaba. Gurtrum era alta. Medía fácilmente un metro ochenta. Y la edad no había hecho nada por menguarla.
—Es importante… —comenzó mientras rodeaba la mesa y yo me apartaba de su camino— comprender la verdadera naturaleza de algo.
Lo que está destinado a ser. No solo su forma original, sino su esencia.
Sein Wesen, como dirían nuestros camaradas de la patria.
Su ser esencial. Debemos comprender un cuerpo en toda su plenitud para detectar una herida o diagnosticar una enfermedad.
Debemos comprender una sociedad para poder combatir la injusticia.
Y debemos reconocer un alma para distinguir al parásito aferrado a ella.
Y, una vez lancemos el forúnculo, el tumor retorcido, podremos reunificar el cuerpo. Y devolverle su integridad.
Ahora estaba junto al chico, dentro del círculo. Lo miraba desde arriba como si analizara un insecto. Habría pensado que lo observaba con desdén de no ser porque aquella era su expresión habitual.
—La sanación consiste en hacer que las cosas sean como están destinadas a ser. Ni más ni menos.
El chico había palidecido mientras intentaba al mismo tiempo alzar la vista con gesto desafiante hacia aquella purificadora gigantesca que se cernía sobre él, aunque era incapaz de sostenerle la mirada.
—Yo… estoy bien. Soy normal. Díselo, papá. Esto es un error. Soy tu hijo. Tu niño. ¡Díselo! ¡Estoy bien!
Había alzado la voz. Ahora suplicaba.
Peter se limitó a negar con la cabeza mientras las lágrimas le inundaban los ojos.
Su hijo, o lo que fuera que había ocupado el lugar de su hijo, apretó los dientes.
—¡El poseído es él! Es él. Él es el demonio.
—¡Pues exorcízame a mí! —exclamó Peter en voz baja y con absoluta sinceridad—. Solo quiero que todo vuelva a ser normal.
—No te hará daño si no eres un demonio —le aseguré al chico—. Quédate quieto.
Gurtrum asintió para darme la razón y colocó las manos sobre la cabeza del chico. Él la agarró por las muñecas, pero después bajó las manos. Gurtrum ni se inmutó. Empezó a canalizar, dejando que la luz dorada fluyera desde su corazón y le iluminara los ojos, los brazos y, finalmente, las manos.
Sentí su chispa cuando habló con la mía.
Eran parecidas. Del mismo tipo. Purificación.
Pero distintas. Siempre distintas. No había dos chispas iguales.
Nunca. Y, mientras que mi manifestación de la sanación o la magia purificadora era más bien un torrente desatado de vitalidad y magia, había algo inquisitivo en la chispa y los hechizos de Gurtrum. Algo más agudo. Más analítico.
Cuando había exorcizado mi caso de posesión auténtica, había expulsado al demonio con una descarga de magia.
Había bañado a la víctima en chispa de purificación pura.
Pero Gurtrum parecía enviar su purificación con mesura y precisión.
Como una aguja diminuta que se abría paso por su torrente sanguíneo en busca del parásito.
De pronto, el chico se levantó, derribó la silla y echó a correr hacia la puerta. Me interpuse en su camino y se detuvo. Puede que fuera pequeña, pero con el brazo cubierto de cicatrices y la empuñadura de la pistola a la vista, aún debía de resultar al menos un poco intimidante.
El chico se detuvo, pero comprendí que no había sido por mí. La punta de su zapatilla flotaba justo delante del círculo de sal bendita, que ahora resplandecía con luz dorada, encendido por la magia de Gurtrum.
Gurtrum empezó a recitar una melodiosa corriente de encantamientos arcanos.
Reconocí algunos. Parte estaba en hebreo y parte en Seráfico.
Había también otros hechizos de purificación.
Pero hubo bastantes palabras que no reconocí.
Además de ser una poderosa hechicera, Gurtrum parecía una maga consumada.