3. POSESIÓN
POSESIÓN
Ha pasado poco más de un año desde que vi a Lilian Pumpernickel ser engullido por el archidemonio que había traído al mundo.
En una sola noche, acabé con el engendro que había matado a mi padre adoptivo y desterré al gran villano que podría haber arrojado esta ciudad a las profundidades del infierno.
Tampoco es que aquello fuera para tanto.
Los apocalipsis estaban a la orden del día en Hope City.
Pero, por las molestias, recibí una invitación para volver a Heiligslicht.
La rechacé. Y desde entonces no me he arrepentido.
Mi hogar está con El Reckoning. Y, después de desterrar yo sola al mismísimo diablo y devolverlo a las profundidades del Tártaro, a los Infiernos o a cualquier otro Reino Demoníaco del que hubiera salido arrastrándose, Conrad ya no podía seguir negándome mi verdadera vocación.
Matar demonios.
Así que desde entonces ha sido mi mentor.
Empezamos con mucha teoría. Conrad me había enseñado una forma de adivinar el nombre de un demonio la víspera de mi primer enfrentamiento con uno, pero era arriesgado.
Cuando mirabas al abismo que ocupaba el lugar del alma de un demonio, el abismo te devolvía la mirada.
Adivinar el nombre verdadero de un demonio para luego desterrarlo exigía fuerza de voluntad.
Era un tira y afloja de determinación. Y, aunque Conrad admitía que yo tenía la tenacidad de un buey enano, cualquiera podía tener un mal día.
Bastaba un mal momento para perder el alma a manos del diablo.
La mayoría de los cazadores de demonios no confiaban en peligrosos juegos mágicos de gallina.
Estudiaban a fondo y aprendían cuanto podían sobre mitos demoníacos, engendros y diablos célebres y las debilidades de las distintas especies demoníacas.
Qué los movía y qué podía atravesarles las entrañas.
Era la formación que siempre había querido recibir en Heiligslicht, pero que me habían negado porque me obligaron a seguir la rama de sanación.
Conrad era un pozo de sabiduría en todo lo relativo a lo demoníaco.
Tanto que habría temido que él mismo hubiera hecho sus pinitos invocando demonios.
Pero sabía que no era así. Pactar con demonios dejaba un hedor en las personas.
Conrad no lo tenía. Sus conocimientos procedían de toda una vida enfrentándose a demonios y clavándoles virotes benditos de ballesta en sus cornudas cabezotas.
Después de considerar suficientes mis conocimientos teóricos, Conrad empezó a aceptar trabajos solo para nosotros dos.
Afirmaba que no quería repartirse el dinero con el resto de El Reckoning, o que se limitarían a robarle la comida de la nevera al cliente mientras yo hacía todo el trabajo, pero yo conocía el verdadero motivo.
Contra los demonios, la superioridad numérica no servía de gran cosa.
O estabas preparado para enfrentarte a ellos o no tardarías en conocer horrores inimaginables.
Brick, Alex, Gibbs… incluso Tom… no eran la clase de personas capaces de plantar cara a un diablo y hacer algo al respecto.
El fuego de Tom no haría más que envalentonar a la mayoría de los demonios.
Así que Conrad y yo íbamos juntos y aceptábamos trabajos en los que matábamos diablillos armados únicamente con virotes de purificación y balas de plata, o exorcizábamos engendros horribles derrotándolos en juegos de azar. Yo aportaba la magia; Conrad, la experiencia. Formábamos un buen equipo.
Iba en el asiento del copiloto del destartalado Golf de Conrad. Parecía haberse recuperado casi por completo de su diatriba. Y de lo que Stephen DuPreez y la HCPD debían de haberle hecho pasar.
—¿De qué va el caso, jefe ? —pronuncié la última palabra con un sarcasmo desenfadado y nada disimulado.
Resopló.
—¿Ahora estás aprendiendo de Alex? ¡Grietas! Estás adquiriendo los peores hábitos de cada uno. Lo próximo será pensar que poner música durante una batalla te da derecho a cobrar un sueldo.
—¿Qué malos hábitos? —pregunté, fingiendo inocencia—. Soy una purificadora impoluta y santificada. No tengo nada de malo.
—¡Ja! Hay una línea muy fina entre los ángeles y los demonios, y creo que tú la estás difuminando bastante, señorita Purificadora.
Se incorporó a la autovía y entonces se puso serio.
—El trabajo es un posible caso de posesión. Un padre sospecha que su hijo adolescente está poseído.
No pude evitar suspirar. Casi siempre resultaban ser falsos.
Mucha gente quería culpar a la magia de todos sus problemas, cuando a menudo solo era cuestión de ser malos padres.
O de que los adolescentes ya eran monstruosos de por sí.
Y lo digo yo, que tengo diecinueve años y me gano la vida matando monstruos.
—Cobraremos nuestros honorarios. Haya demonio o no. La Unión de Exorcistas promovió una ley para disuadir de los avisos falsos.
Se aclaró la garganta y empezó a recitar de memoria.
—En caso de contratar a un profesional o especialista para exorcizar de una persona a un espíritu, demonio u otra criatura semejante, el empleador deberá pagar la suma acordada aun cuando se determine que la posesión es falsa.
Asentí.
—Eso significa que no será una pérdida total de tiempo.
Pero yo seguía pensando que sí. Me dedicaba a aquello para matar demonios, no para mitigar las preocupaciones de personas paranoicas que buscaban cualquier excusa con tal de no afrontar sus problemas como era debido.
Hice una mueca.
—Aun así, las posesiones falsas siempre dan lugar a situaciones muy incómodas.
Conrad arqueó una ceja.
—¿Preferirías que fuera una posesión de verdad?
Noté que me ardían las mejillas. Pues sí, en cierto modo lo prefería. Mi chispa me reprendió debidamente por semejante pensamiento.
Me recosté en el asiento y suspiré.
—Bueno, haya posesión o no, será un cambio de ritmo bienvenido después de las últimas cacerías. ¡Grietas! Necesito un descanso después de ese cíclope.
Conrad se frotó la espalda e hizo una mueca.
—¿De verdad esto te parece relajante? Aún tengo un moratón por culpa de aquel engendro infernal de la semana pasada.
—Te curé ese moratón justo después de que te lo hiciera.
—Sí, pero no sanaste el daño que le hizo a mi alma.
Resoplé.
—¿No querrás decir a tu ego?
—¿Qué diferencia hay?
Sonrió, y yo también.
He disfrutado de estas cacerías con Conrad. No solo porque siento que nací para matar demonios. Sé que estoy aprendiendo. Creciendo. Y, aunque adoro El Reckoning, aquello parece más bien un juego. Pasamos más tiempo haciendo el tonto que trabajando de verdad.
Pero con Conrad siento que tengo un mentor de verdad.
Es muy distinto de Herschel. Viste trajes de raya diplomática varias tallas demasiado grandes, y su sonrisa, a menudo untuosa, recuerda a la de un vendedor de coches usados.
Cultiva deliberadamente su fama de canalla sin escrúpulos.
Pero lo he visto negarse a aceptar dinero de víctimas desesperadas suficientes veces para saber que tiene corazón. Uno enorme.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué dejaste de cazar monstruos? Sobre todo teniendo en cuenta que has vuelto a matar demonios.
Se encogió de hombros.
—Te estoy guiando. No soy cazador. Ya no. Considéralo como seguir los pasos de una leyenda retirada para aprender el oficio.
—¡Ja! ¿Leyenda? ¿Desde cuándo?
Me dedicó una de sus ensayadas sonrisas de vendedor de coches.
—Nadie conoce a las verdaderas leyendas.
—No creo que funcione así, pero deja de esquivar la pregunta. ¿Por qué lo dejaste?
Guardó silencio un rato y luego suspiró, derrotado.
—Me hice demasiado viejo para esto.
Aquello sonaba a excusa.
—No creo que sea verdad. Mi mentor de Heiligslicht se acercaba a los setenta y aún se dedicaba a cazar demonios y espíritus oscuros. ¡Tú no aparentas ni un día más de cuarenta!
—Gracias —dijo Conrad, pasándose los dedos por el pelo engominado para enfatizar sus palabras.
Pero entonces exhaló—. Las apariencias engañan, Cins.
Tú lo sabes. Y una cosa es cazar, pero también hace falta alguien que guíe a los cazadores.
Que prepare a la siguiente generación. Mi tiempo ha terminado.
Ahora te toca a ti. Y, con un poco de suerte, aún me quedarán energías suficientes para preparar también a la próxima hornada y que pueda defender esta maldita ciudad.
—¿Guiar a nuevos cazadores o sacar provecho de ellos? —bromeé. Conrad sonrió con expresión cómplice.
Al contemplar el maltrecho coche de Conrad, que había sobrevivido a múltiples apocalipsis, y sabiendo que tenía que planchar sus trajes baratos encima del escritorio, comprendía que Conrad no nos estaba explotando. Ni mucho menos. Y creo que todos lo sabíamos.
Nos detuvimos frente a una casa suburbana de una sola planta. El cielo estaba blanco y gris. Amenazaba lluvia. Ya debería ser primavera, pero el tiempo de Hope City siempre era impredecible. Podía llover a un lado de la calle y hacer sol al otro.
Bajé del coche y metí las manos en los bolsillos de mi chaleco táctico.
Ya nadie podía confundirme con una purificadora.
No llevaba ni una pizca de blanco. Vaqueros con rodilleras, botas de combate y un chaleco gris.
Y, encima, mi chaleco táctico de cazadora de monstruos.
Me servía de armadura y para guardar todos mis juguetes.
Llevaba Voidshot en una funda aparte, sujeta al cinturón.
Ahora sí que tenía pinta de cazadora de monstruos.
Solo las cicatrices de mi brazo, que yo misma me había grabado para desterrar al archidemonio el año anterior, daban alguna pista de mis poderes. Pero la mayoría de los monstruos, incluso los inteligentes, no se daban cuenta de que yo era la sanadora del grupo. Hasta que ya era demasiado tarde.
Conrad se desperezó al bajar del asiento del conductor, justo cuando sonó su móvil. Contestó con indolencia y luego se puso rígido. Lo observé en silencio mientras atendía la llamada.
—¿Sí? Sí… Sí. Voy para allá.
Colgó y me dirigió una mirada compungida.
—¡Lo siento muchísimo, Cins! Tengo que irme.
Arqueé una ceja y crucé los brazos.