Protector Puro (Serie Kat Drummond 20, Cindy Giles 2) 2. REPERCUSIONES
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2. REPERCUSIONES

REPERCUSIONES

—¿Tienes idea del calvario de fuego infernal del Rift por el que me habéis hecho pasar? —bramó Conrad, repitiéndose por duodécima vez durante los veinte minutos que llevaba abroncando a todo el Reckoning.

—No solo habéis incumplido todas las cláusulas del contrato de mandato principal, sino que además habéis destruido el mismísimo lugar que debíais proteger.

Estoy casi seguro de que he tenido que venderle mi alma al HCPD para acallar las quejas por ruido, por no hablar de que he tenido que mirar hacia otro lado con los daños a la propiedad...

Empezó a enumerarlos con los dedos.

—Daños por incendio, objetos de valor desaparecidos, daños por agua, agujeros de bala, cráteres de martillazos...

—No se nos puede culpar de lo que haga un monstruo, ¿no? —intenté argumentar.

La mirada de Conrad podía causar más destrozos que los sufridos por la mansión de Stephen.

—Ni siquiera he llegado aún a lo que dejasteis que hiciera el cíclope.

¡Por Titán! ¿Cómo demonios pudisteis cagarla tanto?

Era un puñetero cíclope, maldito por Zeus.

No un jodido archidemonio. Tiene una vulnerabilidad tan grande que prácticamente es su rasgo distintivo.

Pero no... Vosotros teníais que poneros creativos y llevar al monstruo hasta el mismísimo salón del cliente.

Y no me hagáis hablar de la cubertería desaparecida.

¿En nombre de todos los panteones por qué robasteis la cubertería?

No, no me lo digáis. Eso ni siquiera importa.

Lo que importa es que no solo echasteis a perder el trabajo, sino que además cabreasteis a uno de los hombres más poderosos de la ciudad.

¡Por los dioses, debería despediros a todos!

La diatriba de Conrad se había prolongado tanto que ya casi nos habíamos vuelto inmunes.

Bastante castigo era habernos jugado la vida para no cobrar.

Y ahora teníamos que pasar casi media hora apiñados en el despacho de Conrad, que era una caja de zapatos, mientras nos atormentaban los deliciosos aromas que subían desde la Taberna del Sepulturero. ¡Qué tortura!

Sí, la casa del cliente había quedado destruida. Sí, nuestro trabajo era protegerla. Y sí, quizá podríamos haber evitado contribuir nosotros mismos a los destrozos.

Vale, puede que Conrad tuviera motivos para gritarnos.

Alex levantó el brazo tatuado ritualmente como un colegial.

Conrad enmudeció de la sorpresa, pero hasta Brick se daba cuenta de que hervía de furia ante la sarcástica exhibición de Alex.

Para los de fuera, Alex era la viva imagen de la cortesía.

Los de El Reckoning sabíamos que sus modales exquisitos y sus reverencias estaban pensados para ocultar insultos mucho más afilados que cualquier palabrota.

Conrad le indicó a Alex que podía hablar.

—Señor, el cíclope iba a destruir la mansión de todas formas. Lo matamos lo mejor que pudimos. Hiciéramos lo que hiciéramos, era un trabajo sin salida. La mansión estaba condenada.

—Pues lo mejor que pudieron no fue suficiente. Ese es el problema, señor Mkhumbeni.

Aquello nos hizo contener el aliento. Conrad solo utilizaba los apellidos cuando se ponía especialmente formal... o estaba muy enfadado.

—Esto no habría ocurrido si hubiéramos tenido ese fusil que llevo tiempo pidiendo —intervino Brick—. Podríamos haber abatido al cíclope de un solo disparo.

Simuló que disparaba su almádena como si fuera un fusil y después volvió a apoyársela contra la pierna.

La ira de Conrad abandonó a Alex para centrarse en Brick, que aún llevaba los objetos robados en la mochila.

¡Luz Sagrada! ¿Por qué se había llevado tanto, en nombre de todos los reinos demoníacos?

¿Quizá había previsto que no cobraríamos la recompensa y quería sacar algo a cambio de las molestias?

A mí no me gustaba robar, aunque el cliente fuera un imbécil.

Pero no iba a delatar a Brick. Al fin y al cabo, el Reckoning tenía un código.

—¿El fusil que quieres? —preguntó Conrad, con la voz cargada de sarcasmo y una ira apenas contenida—. ¿Te refieres al fusil antimaterial que diseñó WarTek para destruir vehículos blindados y tanques ligeros?

Brick sonrió radiante y asintió. Conrad se acercó a él, agachándose un poco para mirar a Brick a los ojos.

—¿Te refieres al arma que cuesta más de lo que ganamos en un año?

Brick asintió con más entusiasmo aún, sin percibir ni una pizca de sarcasmo.

Conrad tomó aire mientras la exasperación se le venía encima como un camión a toda velocidad.

—¿Te refieres al arma que es tan potente que solo las fuerzas de operaciones especiales de la CDF tienen permitido utilizarla en la Línea de los Tres Puntos?

—¡Sí! Esa misma. Si tuviera una, todas las cacerías serían pan de cocatriz.

Conrad no respondió. Inspiró despacio, se levantó y se colocó detrás de su escritorio. Cuando por fin habló, lo hizo con una voz fría como el hielo.

—Mientras trabajes para mí, Brick, no te dejaré tocar ni una pistola de juguete. ¡Nada de armas de fuego! No quiera Titán que el Consejo te conceda alguna vez una licencia.

Brick frunció el ceño. Casi parecía el mohín de un niño. Entonces le brilló algo en los ojos.

—¡Puedo ser responsable con un arma! Mira, te lo demostraré...

Y entonces hizo justo aquello que conseguiría que le prohibieran de por vida manejar un arma de fuego: intentó agarrar la pistola de la funda de Alex.

Alex se apartó, pero no lo bastante rápido: Brick le arrancó la pistola de la funda e inmediatamente disparó una bala al techo.

El estampido nos reventó los oídos mientras el proyectil desaparecía por un pequeño agujero —ahora carísimo— abierto en lo que hasta ese momento era un techo recién pintado.

Me tapé los oídos con las manos, pues aún no estaba acostumbrada al estallido repentino de los disparos, aunque llevara un año luchando junto a Alex.

Conrad apretó los dientes y se llevó las manos a la cabeza hasta que el pitido de nuestros oídos por fin remitió.

Brick estaba blanco como un fantasma. Y creedme, he tenido que vérmelas con muchos. Alex extendió la mano y Brick le devolvió la pistola, muerto de vergüenza. Volvió a sentarse en la silla y se colocó cuidadosamente las manos sobre el regazo, como un niño al que acababan de reñir.

Conrad inspiró y no dijo nada. El último vestigio del pitido se desvaneció. Y entonces Conrad estalló.

—¡Brick, te apellides como te apellides, estás despedido! Lárgate de aquí y no vuelvas jamás.

Atónito, Brick nos miró a Tom y a mí, y después a Gibbs y a Alex. Conrad bullía en silencio mientras Brick se ponía en pie. Se encaminó hacia la puerta sin recoger siquiera el martillo ni la mochila llena de cubertería.

Se detuvo junto a la puerta y nos dedicó una última mirada melancólica. Gibbs sorbió por la nariz, sofocando un sollozo, mientras jugueteaba con su keytar y proporcionaba una banda sonora pesarosa. Tom le dedicó un gesto solemne con la cabeza. Yo aparté la mirada. Aquello era demasiado doloroso...

Por fin, se despidió con la mano y cerró la puerta tras él.

Se hizo un silencio tenso. Hasta que Conrad acabó suspirando. Señaló a Gibbs, que dejó de tocar con un estallido de estática.

—Ve a readmitir a ese idiota. Pero dile que esta vez no tiene cobertura dental.

Gibbs sonrió radiante mientras salía corriendo por la puerta. Yo puse los ojos en blanco. No podía creer que Gibbs pensara que Conrad iba a mantener su decisión esta vez.

—Ya no tenemos cobertura dental —dijo Tom.

—Pues ahora tendréis menos —replicó Conrad.

—Jefe, sabes que no va a aprender la lección si sigues despidiéndolo todas las semanas —añadió Alex.

—¿Qué otra cosa se supone que debo hacer? —rezongó Conrad—. No puedo quitaros las pensiones, la cobertura dental, el seguro médico ni los días de vacaciones. ¿Cómo se supone que voy a castigaros si no?

—¿Quizá manteniéndonos despedidos en vez de readmitirnos treinta segundos después? —sugirió Alex.

Conrad lo miró como si fuera una bestia sin corazón.

—¿Tú despedirías a Brick? ¡El verdadero monstruo eres tú!

Esta vez fue Alex quien puso los ojos en blanco.

Conrad se recostó en la silla y dejó escapar otro hondo suspiro. Al menos ya había desahogado su ira. Solo le quedaba la frustración.

—La sanación de Cindy os ha vuelto negligentes a todos.

Creéis que podéis disparar armas dentro de casa, poneros a hacer una braai encima de mi escritorio porque llego dos puñeteros minutos tarde a una reunión y atraer arpías con música electrónica experimental.

Brick se equivoca. No necesitamos más armas.

Necesitamos sutileza. Disciplina. Por los dioses, ahora sois demasiados.

Es como si alimentarais el caos de los demás.

¡Hasta la pobre Cindy se ha dejado arrastrar por vuestras malas artes!

Tom soltó una risita.

—Ella nos ha enseñado un par de cosas sobre cómo portarse mal.

Le di un codazo en las costillas. ¡No me metas en esto!

Conrad resopló.

—Cierto. Enfrentarse sola a un archidemonio sentó un mal precedente.

Se llevó un dedo a los labios, pensativo.

—Pero, ahora que lo pienso, puede que actuar en solitario sea el camino adecuado. Mucho más sencillo. Menos daños colaterales. Y no tendría que pagaros a todos, panda de idiotas.

—No nos pagas —le recordó Tom—. Nos repartimos las recompensas. No sé muy bien qué aportas tú.

—Os pago con mi agotamiento mental y mis canas. Y además os libro de la cárcel.

Yo no le veía ninguna cana, pero he de reconocer que procuraba no quedarme mirando a Conrad. Y no acabar en prisión valía sin duda hasta el último céntimo que Conrad se quedaba de su parte.

Conrad consultó el reloj. Parecía haber vuelto a ser el de siempre. Solo necesitaba desahogarse gritándoles a sus subordinados. Habría parecido maltrato si nos lo hubiéramos tomado en serio. Pero, considerando todas las trastadas que hacíamos, lo cierto era que salíamos bastante bien parados.

Digamos que El Reckoning rara vez paga por las tartas. Y me sorprende que las pastelerías del Casco Antiguo sigan abiertas. Y ese es el menor de los delitos leves que cometemos en acto de servicio. Aunque a mi chispa no parecía importarle. Así que no estaba todo mal, ¿verdad?

—Vosotros dos podéis iros —dijo, señalando a Alex y a Tom—. Cindy, tenemos trabajo.

—Mira quién es ahora la favorita del profesor —comentó Alex, aunque me dio un amistoso apretón en el hombro al levantarse para marcharse.

Me puse de pie para abrazar y besar a Tom. Nos abrazamos unos instantes mientras Alex se batía rápidamente en retirada.

—Recuerda que hemos quedado para cenar en mi casa —dijo Tom—. Prometo no quemar la comida. No demasiado.

Sonreí y volví a besarlo.

Conrad fingió tener arcadas con exagerado asco.

Por fin, Tom y yo nos soltamos, aunque nuestros dedos prolongaron el contacto mientras él se marchaba.

Conrad se puso la chaqueta del traje y se encaminó hacia la puerta.

—Vamos, Cins, tenemos un demonio que matar.