Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 10 NORA #2
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10 NORA #2

Lo miré desde el otro lado de la limusina, irresistible con un traje de diseñador cuya marca probablemente no podría pronunciar ni aunque me pagaran. El gris de sus ojos parecía más afilado bajo la luz tenue, y me observaba con demasiada intensidad para mi comodidad.

Asentí con más entusiasmo del que sentía en realidad.

—¿Segura? —preguntó de nuevo, y abandonó su asiento para deslizarse a mi lado.

Me tensé, de pronto muy consciente de lo cerca que estaba. Su calor. Su aroma. El recuerdo de sus manos sobre mí la noche anterior aún persistía, y no de una forma que pudiera ignorar.

«Ahora no, hormonas. No es el momento».

Su mano se posó suavemente en mi muslo y casi me estremecí.

—Sabes que no tienes que hacer esto, ¿verdad? —Su voz sonaba tensa.

Lo miré y vi que no lo decía solo por quedar bien. Lo decía en serio. La preocupación grabada en su rostro no era algo que estuviera acostumbrada a ver. No en él.

—Podemos ir a lo clásico. Tirar las puertas abajo, disparar a todo lo que se mueva y sacarla.

El rostro de Liz volvió a surgir en mi mente: piel pálida, mejillas hundidas y ojos atormentados. La última vez que la vi, era como si ya ni siquiera habitara su propio cuerpo.

No podía irme. No cuando estaba tan cerca. No cuando ella me necesitaba.

—Necesito hacer esto —dije con voz baja pero firme—. Por Liz.

La mandíbula de Colt se tensó, pero no discutió. En cambio, levantó la mano y me sujetó la cabeza, obligándome a mirarlo.

—Estoy contigo. A cada paso. En cuanto algo vaya mal, dices la palabra y nos vamos.

Asentí, mientras una calma serena brotaba en mi pecho.

Como si lo hubiera ensayado, mi pendiente-auricular crepitó y llegó la voz de Reyes.

—Recuerda, Nora. Tenemos menos de una hora para encontrar a Liz y sacarla antes de que empiecen a llegar los invitados.

—Recibido —dije en voz baja, aunque el estómago ya se me estaba haciendo un nudo.

No necesitaba que me lo explicara. En menos de una hora, este complejo estaría plagado de pervertidos y cerdos sedientos de poder que trataban a las chicas como piezas de coleccionista. Si fallábamos, uno de ellos le echaría las garras encima a Liz.

Colt asintió levemente y la puerta del coche se abrió con suavidad. Salí a la brisa de la tarde, ajustándome el chal de piel absurdamente suave sobre los hombros como si realmente perteneciera a este lugar.

Luego levanté la barbilla, erguí la espalda y me pavoneé hacia la puerta principal como la asistente esnob y excesivamente bien pagada que fingía ser.

No había dado ni cinco pasos cuando el guardia de delante levantó la vista.

—¡¡¡Alto!!! ¡Quieta ahí! —ladró, alzando la mano y aferrando el rifle con más fuerza.

El corazón me dio un vuelco, pero no lo dejé ver. En lugar de eso, puse los ojos en blanco, deliberadamente dramática.

El guardia se acercó a grandes zancadas. Era alto, de hombros anchos, y a juzgar por su complexión y su tatuaje, parecía de esos que tienen abono vitalicio en el gimnasio de la cárcel más cercana.

—¿Qué demonios haces aquí? —exigió, recorriéndome con la mirada de arriba abajo.

Exactamente la reacción que buscaba con mi atuendo. El vestido negro sin mangas se ceñía donde tenía que ceñirse. Solté un suspiro de aburrimiento y lo miré como si el fuera de lugar fuera él.

—Si tienes que preguntarlo, no pintas lo suficiente aquí como para detenerme.

Su mirada se desvió a la izquierda, luego a la derecha, ya dudando de sí mismo.

—Eh... supongo que vienes a la gala. ¿Puedo ver tu...?

Antes de que pudiera terminar, le planté en el pecho la invitación que Colt había conseguido para nosotros.

La repasó rápidamente y la tensión de sus hombros se relajó.

—El evento no empieza hasta dentro de un par de horas.

—Ya lo sé —dije con un suspiro—. Mi jefe, el Sr. Novak, quiere echar un vistazo en privado antes de que esto se llene demasiado.

Me incliné un poco y bajé la voz a un susurro sensual.

—Un pequeño aperitivo, por así decirlo.

—¿Un recorrido privado? —repitió, claramente aún procesando la información.

Bendita su alma simple y confundida.

Parpadeé lentamente, sin impresionarme lo más mínimo.

—Es muy especial. Le van las rubias. ¿Tenéis a alguna arriba que encaje con sus gustos?

Se le curvaron los labios en una sonrisa.

—Puede ser.

Y volvió a repasarme de arriba abajo con la mirada.

Me incliné y volví a bajar la voz.

—Y que quede claro: le gusta la privacidad. Privacidad de verdad.

Saqué un sobre abultado del bolso y se lo deslicé en la mano.

Se quedó mirándolo, dudando, pero sus dedos no soltaron el sobre.

—Yo... no sé si puedo hacer eso.

—Si nos ayudas esta noche... —dejé que mis dedos le rozaran el brazo, bajando la voz a un tono casi pecaminoso— puede que yo te ayude después. Tú y yo solos.

Le guiñé un ojo para rematar.

Un rubor le subió por el cuello.

El auricular del oído derecho crepitó.

—¿Qué demonios crees que estás haciendo, Nora? —La voz de Colt era cortante, y desde luego no le hacía ninguna gracia.

«Relájate, gruñón. Estoy trabajando».

Lo ignoré y me concentré en el guardia. Batí las pestañas e incluso le dediqué una sonrisita mientras me acercaba un poco más.

—¿Entonces? —pregunté con dulzura, jugueteando con la solapa de su camisa.

—Voy a salir ahora mismo —gruñó Colt en mi oído. Sí. Eso eran celos. Inconfundibles.

«Como me arruines esto, Colt, te juro...».

Me enrollé un mechón de pelo en el dedo, manteniendo el encanto y la compostura, mientras suplicaba mentalmente que Colt se quedara quieto hasta que cerrara el trato.

El guardia finalmente asintió.

—Vale. Supongo que puedo darle a tu jefe diez minutos.

«¡Sí!»

Oí la puerta de la limusina abrirse a mi espalda, pero no me volví. Sentía la mirada de Colt clavada en mi nuca mientras él bajaba del coche.

—¿Veinte? —tanteé, con una sonrisa esperanzada.

El guardia entrecerró los ojos.

—No puedo darte más de quince.

—Trato hecho —dije con suavidad, tendiéndole la mano como si estuviéramos cerrando un negocio millonario.

Me la estrechó con cierta floritura y luego, porque los hombres no pueden evitarlo, se la llevó a los labios y me besó el dorso.

«¡Puaj!»

Casi me echo hacia atrás.

Colt llegó a mi lado justo a tiempo y me rodeó la cintura con el brazo de forma posesiva, como marcando territorio.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, adoptando ese falso acento de Europa del Este.

—Mi amigo aquí presente —dije con dulzura, señalando al guardia— ha tenido la generosidad de ofrecerle quince minutos con la chica.

—Y ella ha sido aún más generosa ofreciéndome un buen rato después —añadió el guardia, sonriendo como un idiota.

El cuerpo de Colt se tensó a mi lado. Se le ensancharon las fosas nasales y fulminó al guardia con la mirada.

«Señor, ayuda a este tonto».

Solté una risa incómoda.

—No le hagas caso. Se pone un poco territorial.

Demasiado tarde. La expresión del tipo ya estaba pasando de divertida a recelosa. El guardia nos miró a los dos, de repente cauteloso. Luego sacó un escáner portátil.

—Voy a tener que registraros a los dos en busca de armas antes de que entréis.

«Mierda. Mierda. MIERDA».

Se me secó la boca y la piel empezó a arderme bajo el vestido. Normalmente, Colt llevaba al menos dos armas encima, puede que tres si estaba paranoico.

No duraríamos ni cinco segundos si esa cosa pitaba.

Miré hacia el bosque a lo lejos, rezando en silencio para que Reyes estuviera preparado con su rifle de francotirador.

«Si alguna vez hubo un momento para lucirte, chaval francotirador, es ahora».

—No necesitamos eso —dije rápidamente, interponiéndome—. Somos VIP. A Novak no se le registra.

—Es el protocolo —dijo el guardia, sin ceder ni un ápice.

Antes de que pudiera soltar más excusas, Colt dio un paso al frente, tranquilo y seguro de sí mismo, como si no llevara un arsenal escondido bajo el traje.

«¿Qué estás haciendo, Colt? ¿Es que quieres que te maten?»

El tiempo pareció ralentizarse mientras el escáner pasaba sobre su cabeza, sus hombros y luego su pecho. Apreté los puños, a la espera del revelador pitido. Pero no sonó.

—Estás limpio —dijo el guardia.

Espera, ¿qué?

Colt esbozó una sonrisa casi imperceptible mientras se hacía a un lado, y el escáner se volvió hacia mí. Sin pitido, por supuesto. Yo estaba limpia.

El guardia asintió brevemente.

—Síganme.

Atravesamos las enormes puertas de acero hacia el frío interior industrial. Todo era metal, las paredes parecían bloques de prisión, y había guardias apostados en cada esquina con mirada de tiburón.

Y sin embargo, mientras Colt caminaba a mi lado, con su brazo rozando el mío, sentí una oleada de tranquilidad. Pasara lo que pasara, Colt me protegería.

—¿En qué estabas pensando? —murmuró con el aliento acariciándome la oreja—. Coquetear con él así fue innecesario... y temerario.

—Pero funcionó, ¿no? —dije con una sonrisa petulante.

Las puertas del ascensor se abrieron y el guardia se hizo a un lado, dejándonos entrar primero. Colt y yo nos movimos hacia el fondo, hombro con hombro, mientras nuestro canguro armado se colocaba frente a nosotros.

Desde donde estaba, podía verlo todo: llevaba al menos tres armas de fuego visibles sujetas a la espalda y la cintura, y quién sabe qué más escondía bajo esa chaqueta.

—Está en el siguiente piso —anunció.

Cuando las puertas se cerraron, la mirada de Colt se dirigió hacia la cámara de vigilancia que parpadeaba sobre nosotros. Se ajustó el reloj de pulsera y tocó algo en él. Un solo toque, y vi cómo la luz roja de grabación parpadeaba una vez y luego se apagaba.

El viaje en ascensor fue, gracias a Dios, corto y silencioso. Cuando las puertas se abrieron, salimos a un pasillo estéril. Era el tipo de lugar capaz de tragarse los gritos y devolver solo silencio.

El guardia nos condujo por un pasillo interminable hasta que se detuvo ante una puerta de acero marcada con el 213.

—Aquí estamos —dijo, dedicándome una sonrisa que me revolvió el estómago. Se pasó la lengua por los labios en un gesto lento y grasiento.

—Vas a disfrutar. Lo mejor de lo mejor ahí dentro. Importaciones de primera.

Colt esbozó una sonrisa tensa que no le llegó a los ojos.