Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 6 NORA #2
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6 NORA #2

Se la sacó por la cabeza y la lanzó a un lado, y por primera vez vi su cuerpo.

Era duro, esculpido en músculos, con los abdominales perfectamente marcados. Tragué saliva, expectante.

Recorrí su cuerpo con la mano, hambrienta, antes de que mis dedos vagaran hacia la V que desaparecía bajo su cinturilla. Jadeé al tocarlo. Era grueso y duro.

—¡No! —dijo Colt sin aliento, agarrándome la mano para detenerme.

Fruncí el ceño, confundida, y levanté la vista hacia su rostro. Algo había cambiado en él. Estaba rígido, muy lejos del hombre que acababa de hacer que todo mi cuerpo temblara de placer.

—Lo siento —murmuró mientras me sacaba la mano de sus pantalones.

—¿Por qué te disculpas? —nada de esto tenía sentido.

—Porque... —no terminó la frase ni me miró. Solo dio otro paso atrás—. Me voy a dormir, ¿vale?

¿Así sin más?

Su tono era frío y distante, como si no hubiera estado gimiendo mi nombre apenas unos minutos antes.

Sin mirarme siquiera, se dio la vuelta y se marchó.

Lo miré fijamente, sin palabras, con la bata todavía arrugada en las caderas. Un dolor se instaló en mi pecho mientras me bajaba la seda sobre los muslos, con los labios aún hinchados por su beso. Nunca me había sentido tan expuesta, física y emocionalmente.

¿Qué demonios acababa de pasar?

Me dejé caer contra la mesa, con cada nervio aún encendido, cada centímetro de mí pidiendo más a gritos. Pero Colt ya se había ido, con la espalda rígida como la piedra, la voz cortante y fría.

Debería haber sido suficiente, cómo me había hecho desmoronarme. Pero en lugar de sentirme más cerca de él, me sentía... vacía. Como si hubiera tocado mi cuerpo pero hubiera mantenido cada parte de sí mismo bajo llave.

Por primera vez en mi vida, deseaba a alguien tan desesperadamente que dolía.

Y el muy cabrón acababa de largarse.

Tres días en la casa de seguridad, y me estaba volviendo loca.

No por miedo. Ni siquiera por preocupación por Liz, aunque eso me carcomía constantemente, un peso frío en mi pecho que nunca desaparecía del todo. No, me estaba volviendo loca por culpa de él.

Colt me había estado evitando desde aquella noche en la sala de control. No de manera obvia; era demasiado disciplinado para eso. Seguía vigilándome, seguía informándome sobre el progreso de Saber rastreando a Liz, seguía asegurándose de que tuviera todo lo que necesitaba.

Pero no me miraba.

Cada vez que entraba en una habitación, él salía. Cada vez que intentaba iniciar una conversación, me respondía con monosílabos y buscaba cualquier excusa para marcharse. Era como vivir con un fantasma que, por cierto, tenía unos abdominales en los que no podías dejar de pensar.

«Te besó hace tres días», me recordó la parte inútil de mi cerebro. «Y luego simplemente... paró».

Cerré la puerta de la nevera con más fuerza de la necesaria y las botellas del interior tintinearon.

—¿Algún problema?

Su voz llegó desde detrás de mí. Me giré y encontré a Colt apoyado en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados, observándome con esa expresión exasperantemente neutral.

—Solo tengo hambre —dije tensa—. Y aquí no hay nada excepto barritas de proteína y tristeza.

Una ceja se arqueó. Casi una sonrisa.

—Puedo pedirle a Lucas que traiga algo.

—Lucas no es mi sirviente.

—A Lucas le pagan muy bien por hacer lo que le pido.

Agarré una barrita de proteína y rasgué el envoltorio con más violencia de la necesaria.

—Debe ser agradable. Tener gente que haga todo lo que les pidas.

La temperatura de la habitación bajó.

—¿Qué se supone que significa eso?

«¿Ah, así que AHORA quiere hablar?».

—Nada —respondí mientras masticaba con rabia—. Absolutamente nada.

Colt se apartó del marco de la puerta y caminó hacia mí. Lento. Deliberado. Como un depredador decidiendo si su presa valía el esfuerzo.

—Estás enfadada —observó.

—No estoy enfadada.

—Acabas de atacar esa barrita de proteína como si hubiera insultado a tu madre.

—Quizás es que me apasionan los aperitivos.

Se detuvo a un metro de distancia. Lo suficientemente cerca como para que pudiera olerlo: cedro y algo más oscuro, algo que hacía que mi estómago diera un vuelco.

—Nora.

—¿Qué?

—Háblame.

Me reí, una risa aguda y amarga.

—Mira quién fue a hablar. Apenas me has dicho diez palabras en tres días.

—He estado trabajando.

—Mentira —tiré la barrita de proteína sobre la encimera—. Me has estado evitando. Desde que...

Me callé y el calor me subió a las mejillas.

«Desde que me hiciste correrme en tu mesa de la sala de control y luego te alejaste como si hubiera sido un error».

Su mandíbula se tensó.

—Eso fue...

—¿Un error? Sí, me quedó clarísimo —crucé los brazos, imitando su postura anterior—. Sabes, la mayoría de los tíos al menos tienen la decencia de mostrarse incómodos. Tú simplemente te convertiste en un robot.

Algo brilló en sus ojos. Algo que parecía casi dolor.

—No fue un error.

—Entonces, ¿qué fue?

No respondió. Solo se quedó ahí, rígido como una estatua, mirándome como si fuera una bomba que no sabía cómo desactivar.

El silencio se extendió. Debería haberlo dejado pasar. Debería haberme alejado, haberme retirado a mi habitación, haber protegido lo que quedaba de mi dignidad. En cambio, me acerqué un paso más.

—No te estoy pidiendo flores ni poesía, Colt. No te estoy pidiendo una relación ni un futuro ni lo que sea que te asuste —mi voz salió más áspera de lo que pretendía—. Solo quiero que dejes de tratarme como si estuviera contaminada. Como si tocarme hubiera sido un fracaso.

Su control se resquebrajó. Solo por un segundo: un destello de calor en esos ojos grises, un temblor en el músculo de su mandíbula.

—¿Crees que no quería tocarte?

—Creo que querías y luego decidiste que no merecía la pena complicarte la vida.

Se movió tan rápido que apenas lo procesé. Un momento estaba a un metro de distancia; al siguiente, sus manos estaban en mi cintura y me empujaba contra la encimera, su cuerpo convertido en una pared de calor y tensión.

—No tienes ni idea de lo que me haces —su voz era baja, casi un gruñido—. Ni idea de lo difícil que ha sido mantenerme alejado. Cada vez que entras en una habitación, cada vez que sonríes...

—Entonces, ¿por qué paraste?

—Porque no puedo protegerte si estoy pensando en tu sabor —su agarre se intensificó—. Porque este trabajo requiere concentración, y tú me haces perder la maldita cabeza.

Se me cortó la respiración.

—Quizás no quiero que me protejas.

—Eso no te toca decidirlo a ti.

—Claro que sí...

Me besó. Duro y desesperado, nada que ver con el hombre controlado que se había alejado hacía tres días. Esto era crudo. Caótico. Sus manos se deslizaron por mi espalda y me atrajo contra él mientras yo agarraba su camisa como si me estuviera ahogando.

Cuando por fin nos separamos, ambos respirábamos con dificultad. Su frente quedó apoyada contra la mía.

—Esto es una mala idea —murmuró.

—Lo sé.

—Deberíamos parar.

—Probablemente.

Ninguno de los dos se movió.

—Me voy a arrepentir de esto —dijo, y volvió a besarme.

No fuimos más allá. No esa noche. Pero algo había cambiado entre nosotros: un reconocimiento de aquello contra lo que ambos luchábamos. La tensión seguía ahí, más intensa que nunca, pero al menos habíamos dejado de fingir que no existía.

A la mañana siguiente, lo encontré en la cocina de nuevo. Esta vez, había comida de verdad sobre la encimera: huevos, beicon, fruta fresca. Estaba de pie junto a los fogones, espátula en mano, con un aspecto tan absurdamente doméstico que casi me eché a reír.

—¿Cocinas?

Me lanzó una mirada por encima del hombro. —¿Sorprendida?

—Pensaba que sobrevivías a base de barritas de proteína y las lágrimas de tus enemigos.

Se le escapó una media sonrisa. —Los domingos, quizás.

Me acomodé en un taburete y lo observé moverse por la cocina. Con toda su intensidad, había algo casi pacífico en él así, con las mangas arremangadas, concentrado en algo simple y cotidiano.

—¿Dónde aprendiste? —pregunté.

—Mi abuela —cascó un huevo con una mano—. Fue ella quien me crió, principalmente. Mis padres estaban... —hizo una pausa— ausentes.

Archivé el dato. Era la primera cosa personal que compartía desde que lo conocí. —Debió de ser alguien especial.

—Lo era —una sonrisa fugaz le iluminó el rostro, desapareciendo casi de inmediato—. Murió cuando tenía diecisiete años. Justo antes de que me alistara.

—Lo siento.

Se encogió de hombros, pero pude ver la vieja herida bajo el gesto. —Hace mucho tiempo.

Desayunamos en un silencio cómodo. Sin tensión, sin pullas, solo dos personas compartiendo una comida. Resultaba extrañamente íntimo. Más íntimo, quizás, que lo que había pasado en la sala de control.

Cuando terminamos, recogió los platos antes de que pudiera moverme.

—No soy indefensa, ¿sabes? —dije—. Puedo lavar los platos.

—Lo sé —abrió el grifo—. Pero no tienes por qué.

Algo cálido floreció en mi pecho. Peligroso, me recordé. Toda esta situación es peligrosa.

Pero viéndolo fregar una sartén como una persona normal, con las mangas mojadas y el pelo cayéndole sobre la frente, no conseguía que me importara.

El cuarto día, descubrí que Colt no sabía cocinar nada que no fuera proteína y verduras.

—¿Qué es esto? —pinché el bulto gris de mi plato.

—Pechuga de pollo.

—Parece algo que murió dos veces.

Apretó la mandíbula. —No soy chef.