Protector gruñón accidental (Los protectores prohibidos) 6 NORA
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6 NORA

La había cagado pero bien.

El silencio en el coche era asfixiante, cargado de todas las palabras que ninguno de los dos diría. Cada vez que la mandíbula de Colt se tensaba, cada vez que sus nudillos se ponían blancos sobre el reposabrazos, sentía otra oleada de vergüenza arrollarme.

Me había escabullido. Casi me habían matado. Perdí el portátil. Y ahora estaba aquí sentada como una niña regañada, esperando la reprimenda que me merecía con creces.

Pero la reprimenda nunca llegó.

Y eso era aún peor.

Le lancé otra mirada de reojo a Colt. Estaba rígido y silencioso, pegado al asiento como una estatua.

Tenía los ojos clavados al frente, como si yo ni siquiera estuviera en el coche.

No me había dirigido la palabra desde aquel momento en la escalera, cuando me tocó la cara un instante para luego apartarse como si lo hubiera quemado.

Dios, había sentido ese roce recorrerme toda la columna, y por mucho que lo intentara, no podía quitarme de encima el calor que había despertado.

No debería estar pensando en eso, no ahora, cuando la tensión entre nosotros era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo.

—Lo siento mucho —susurré, demasiado avergonzada para alzar la voz. Pero si me oyó, no dio señal alguna. Ni siquiera una mirada o un gruñido. Su única reacción fue apretar la mandíbula y cerrar el puño con más fuerza en su regazo.

Me sentí aliviada cuando el coche por fin entró en el complejo. El motor aún estaba en marcha cuando Colt abrió la puerta de golpe y salió sin decir palabra. Pero se aseguró de cerrarla de un portazo para que me quedara claro que estaba furioso.

Di un respingo en el asiento y me encogí al verlo alejarse.

Mensaje recibido.

Salí del coche y lo seguí como una adolescente culpable que se había escapado después del toque de queda. Ni siquiera miró atrás mientras entraba a zancadas en la casa. Para cuando llegué al salón, apenas alcancé a ver su ancha espalda antes de que desapareciera en la sala de control.

Lucas pasó un segundo después y me lanzó una mirada rápida y elocuente que gritaba: «Uf». Luego desapareció en la misma habitación y me dejó allí plantada en medio de la casa, aferrada a la enorme chaqueta de Colt.

¡Dios, odiaba esto! Este silencio cargado de culpa. Me mordí el labio inferior con el corazón encogido. Estaba dividida entre dejarlo calmarse o irrumpir en esa estúpida sala de control y obligarlo a escucharme.

Me retiré a mi habitación como un perro con el rabo entre las piernas, me quité la ropa arruinada y me metí en la ducha, con la esperanza de que el agua hirviendo sirviera para lavar la vergüenza que se me pegaba a la piel.

Ni siquiera el chorro caliente que me golpeaba la espalda pudo borrar la mirada que Colt me había lanzado en la escalera. Bajo aquella máscara fría e inescrutable, sus ojos habían ardido con algo peligroso cuando me tocó la mejilla. No era solo ira.

Había algo más. Se notaba que se estaba conteniendo para no desatar su furia.

Me froté con más fuerza mientras la mugre y los restos se arremolinaban hacia el desagüe. Cuanto más pensaba en ello, más crecía mi frustración. ¿Por qué era yo la única que se ahogaba en culpa mientras él se cerraba en banda?

Yo era la que había sido perseguida por las azoteas, a la que casi le disparan, y la que tuvo que escalar un bajante como Catwoman. Sí, no habría estado en esa situación en primer lugar si le hubiera hecho caso, pero aun así... tenía que darme un respiro.

Para cuando me sequé y me puse la bata, estaba claro que no iba a pegar ojo esa noche.

Caminé de un lado a otro de mi habitación, descalza.

La culpa me carcomía mientras lo repasaba todo una y otra vez.

La decepción en sus ojos, la forma en que me había mirado como si fuera a la vez exasperante y frágil. No podía soportarlo más.

No solo quería explicarme, necesitaba hacerlo. Él tenía que entender por qué había hecho lo que hice. Que no era imprudente ni estúpida ni desagradecida. Solo... había actuado por instinto.

Sí, la había cagado, pero no iba a dejar que fuera por ahí tratándome como si fuera una inútil sin cerebro.

Decidí allí mismo lo que iba a hacer. ¿Era precipitado? Sí. Pero no iba a pasarme el día también muriéndome de culpa. Ya estaba bien.

Abrí la puerta de golpe, recorrí el pasillo y me planté frente a la sala de control. Llamé con fuerza y esperé. Nada.

Por supuesto, me ignora como el maníaco del control emocionalmente estreñido que es.

La mayoría de la gente habría captado la indirecta y se habría largado. Yo no era la mayoría.

—Muy bien —murmuré con la mano ya en el pomo—. ¿No quieres hablar? Pues peor para ti.

Empujé la puerta y entré sin que nadie me invitara.

El rostro de Colt estaba bañado en el resplandor azul pálido de los monitores.

No se inmutó ni me dedicó una mirada. Salvo por el ceño fruncido, no dio señales de haber notado mi entrada dramática.

Simplemente siguió haciendo clic en lo que fuera, alguna grabación de seguridad o chorradas de hombre taciturno con las que se estaba distrayendo.

La habitación parecía sacada de un thriller de espías, con múltiples monitores que colgaban de las paredes como en un centro de mando.

Cada pantalla brillaba con mapas, imágenes de vigilancia o líneas de código que ni siquiera podía empezar a entender.

El aire era frío y clínico, probablemente para mantener las máquinas refrigeradas y el corazón de Colt congelado.

Me planté frente a él, decidida a no dejarme intimidar por su actitud.

—¿De verdad no vas a hablarme? —Su única respuesta fue una ligera contracción de la mandíbula mientras deslizaba las manos sobre el ratón.

¡Ah, eso sí que no!

Crucé la habitación y me planté justo delante de su escritorio.

—He venido a disculparme —dije—, pero está claro que has decidido fingir que no existo. Mensaje recibido.

Seguía sin responder.

La frustración que llevaba dentro hirvió hasta desbordarse como un volcán. Si no iba a dejarme disculparme, al menos le cantaría las cuarenta.

—¿Sabes qué? Ni siquiera sé por qué me he molestado en intentar hablar contigo. Como si alguna vez fueras capaz de escuchar a los demás. Te sientas ahí en tu pedestal, como si fueras mejor que yo. Pero en realidad no eres más que un pomposo, creído y arrogante gili...

Levantó la cabeza de golpe. —¿Qué quieres? —gruñó.

Ese pequeño destello de atención no debería haberme afectado así, pero fue como si mi corazón hubiera estado conteniendo el aliento y acabara de recordar cómo latir.

—Solo quiero que hables conmigo —dije con voz quebrada por la desesperación.

Exhaló un suspiro largo y controlado, pero pude ver la lucha en sus ojos.

—Ahora no puedo hablar contigo —dijo, casi con demasiada calma—. Estoy intentando no perder los estribos.

Se me abrieron los ojos como platos.

¿Esa era su excusa?

—Oh, por supuesto. No puedes tener una conversación normal como cualquier ser humano a menos que seas tú quien lleve las riendas —espeté—. No vaya a ser que Colt pierda un ápice de control. Tu mundo podría venirse abajo.

—¿De qué demonios estás hablando?

—¿Sabes qué? —levanté las manos con exasperación—. ¡Tú ganas!

Giré sobre mis talones y me alejé.

¿Por qué me había molestado siquiera en intentar hacer entrar en razón a una estatua andante de ego y control?

¡Ah!

Una mano grande tiró de mí hacia atrás tan rápido que apenas registré el borrón de movimiento antes de chocar contra un muro de músculo y calor. Y su mirada. La misma que me había lanzado en la escalera, solo que ahora estaba más cerca. Más hambrienta.

—No te alejes de mí, Nora —dijo en un tono bajo e intimidante. Se me secó la garganta.

—Yo... yo... —no tuve oportunidad de terminar la frase patética que estaba a punto de soltar porque, antes de darme cuenta, me agarró de la cintura y me besó.

Y joder, quedé atónita. No por el beso en sí, sino por cómo me besó. Como si hubiera estado hambriento de mí. El beso me recorrió entera e inflamó mis sentidos. Cada nervio. Cada célula.

Sus labios sobre los míos, intensos, desesperados. Le devolví el beso con fiereza, con el mismo fervor. Con las manos en su nuca, lo atraje aún más hacia mí. Mi lengua encontró la suya, provocándola, buscándola, anhelándola.

—¡Nora! —gimió contra mi boca, y sentí que todo mi cuerpo se estremecía de excitación.

Su mano encontró mi trasero a través de la seda de mi bata y apretó. Gemí y me arqueé contra él.

Podía sentirlo, la presión firme de su erección tensándose contra la cremallera y apretándose contra mí. ¡Joder! Estaba perdiendo el control. Y yo disfrutaba cada segundo.

No había nada dulce en nuestro beso. Era necesidad pura, sin filtros. Me levantó como si no pesara nada y mis piernas se enroscaron instintivamente en su cintura mientras sus manos se deslizaban bajo mi bata hasta encontrar la piel desnuda de mis muslos.

Me llevó hacia atrás hasta que mi espalda chocó contra el borde de una mesa.

Me sentó en el borde y me separó los muslos. Sus ojos se clavaron en los míos como si estuviera a punto de devorarme entera. Entonces se agachó, levantó el dobladillo de mi bata y hundió la cabeza.

Fue dejando besos a lo largo de la cara interna de mi muslo hasta llegar a mi entrepierna, provocándome e incendiando mi cuerpo hasta dejarme sin aliento.

—¡Colt, por favor! —gemí mientras empujaba las caderas contra su rostro y mi clítoris palpitaba de anticipación.

Casi me desmayo cuando su lengua me tocó ahí.

Fue meticuloso, lamiéndome y chupándome con la lengua, la boca, los labios.

Estaba en todas partes: en mi clítoris, alrededor de mis labios, en mis muslos, en mi entrepierna.

Me aferré a su pelo como si me fuera la vida en ello mientras me acercaba al orgasmo.

—Oh, joder... Colt... oh, Dios mío.

No cedió. Al contrario, aceleró el ritmo, volviéndome aún más loca. Ya no podía aguantar más; todo mi cuerpo se tensó y llegué al orgasmo.

—¡Joder! —todo mi cuerpo se estremeció mientras las oleadas del orgasmo me recorrían.

Fue entonces cuando Colt finalmente emergió de debajo de mi bata.

Para entonces, ya había bajado del subidón y tiré de su camisa.