5 COLT
Acababa de apagar el portátil y estaba en la cocina sirviéndome un vaso de agua cuando sonó el móvil.
No le di importancia —probablemente sería una notificación del sistema o una comprobación rutinaria.
Mi pulgar se movió por costumbre, desbloqueando la pantalla justo cuando me llevaba el vaso a los labios.
Lo que vi me heló la sangre. Una palabra. Un «¡¡Ayuda!!» del móvil desechable que había dejado en la habitación donde tenía encerrada a Nora.
Escupí el agua y el vaso salió volando mientras corría hacia su habitación. Abrí la puerta de una patada. Vacía. El móvil desechable… había desaparecido.
Maldita sea, Nora.
Miles de escenarios me pasaron por la cabeza. ¿Dónde estaba? ¿Cómo había escapado? Que hubieran asaltado la casa franca quedaba descartado: sin alarmas, sin señales de entrada forzada. No era una intrusión. Se había escapado sola, y ahora, como era de esperar, se había metido en problemas.
La culpa era mía. Debería haberla tenido bajo vigilancia total. Debería haber tratado esto como cualquier otra misión.
Pero ella no era un activo. No era una misión. Y ahí era donde la había cagado.
Volví corriendo a mi sala de control y encendí el sistema de nuevo, con la mandíbula apretada mientras rastreaba la señal del móvil desechable. Un punto rojo parpadeó en la pantalla.
Un bloque de pisos ruinoso en uno de los peores barrios de la ciudad.
El lugar perfecto para que te matara la Mafia.
—Joder, es increíble —gruñí—. Ha vuelto a ese piso.
Cómo no.
Le envié un mensaje rápido a Lucas con la ubicación.
Encuéntrame en el garaje en dos minutos.
Trae el equipo. Nora se ha escapado. Mi pulgar se quedó sobre la pantalla más tiempo del necesario, con los ojos clavados en el punto rojo parpadeante.
Esa tensión familiar y no deseada se me enroscó en las tripas.
Preocupación.
Me la sacudí de encima como al enemigo que era y abrí el cajón de un tirón. Mi mano se cerró en torno al acero frío: mi Nighthawk Custom. El peso familiar me centró. Esto era una operación. Entrar. Recuperar. Neutralizar. Extraer.
Simple. Solo que el pecho se me encogía con cada paso.
Lucas ya estaba en el garaje, con el todoterreno en marcha. Subí sin decir palabra. Eso era lo bueno de Lucas: nunca preguntaba, nunca perdía el tiempo. Un mensaje y ya estaba armado, alerta, listo. Más que un conductor: mi mano derecha.
Abrí la caja de armamento bajo el salpicadero. Cinco pistolas, cargadores, silenciadores, una Glock de reserva. Bien.
Nos lanzamos a la noche, con el neón y las sombras difuminándose a nuestro paso. Incluso a esta velocidad, parecía demasiado lento. Mis ojos volvían al rastreador una y otra vez, aunque me decía a mí mismo que no lo hiciera.
Esto es una misión. Solo una misión.
Solo que no lo era.
El punto rojo no se había movido. Alivio o pavor. Si la hubieran cogido, la señal se habría desplazado. A menos que ya le hubieran disparado. Muerta.
Apreté el móvil hasta que la carcasa crujió.
Y entonces me asaltó el recuerdo. El olor enfermizo y cobrizo que me había llenado la nariz aquella mañana en el bosque.
Todavía recordaba el color del cielo. Los pájaros.
Las moscas zumbando. Y ella. Apenas diecinueve años, tirada en una zanja como la basura de ayer.
El vacío en sus ojos grabado a fuego en mi memoria.
Había llegado demasiado tarde entonces. No podía llegar tarde otra vez.
El miedo me arañó, crudo y feroz. Otra vez no.
Lucas giró hacia el barrio y me asomé por la ventanilla. Manchas de óxido surcaban las paredes de edificios que no habían visto pintura en décadas. Yo había crecido en un lugar así, en otra vida.
Aparcó en el parking. Salí antes de que el coche se detuviera del todo. El bloque de pisos se alzaba ante nosotros, inquietantemente silencioso. Unas pocas luces tenues brillaban. Sin sirenas. Sin gritos. Sin Nora.
Deslicé el dedo y marqué el móvil desechable. Dos tonos. Sin respuesta. Se me tensó la mandíbula. ¿Por qué no contestas?
Me volví hacia Lucas y bajé la voz.
—Me da igual si tenemos que llamar a todas las puertas de este edificio. Vamos a sacarla de aquí.
Entramos. Una mujer corpulenta con un jersey descolorido de Hello Kitty salió arrastrando los pies del hueco de la escalera, cargando bolsas de basura. Entrecerró los ojos.
—Señora —dije con calma—. ¿Vive usted aquí?
Asintió con recelo.
—Necesito hablar con el administrador del edificio.
Soltó una risa áspera y amarga.
—Aquí no hay administrador. Viene un tío cada par de semanas a cobrar el alquiler. Y ya.
Inútil. Aun así, insistí.
—¿Ha oído algo raro esta noche?
—Defina raro.
—Gritos. Disparos. Alaridos.
Se encogió de hombros.
—Puede que oyera unos petardeos. A lo mejor era el pirado ese espantando palomas. Ese tiene problemas.
—¿Dónde?
Señaló vagamente hacia la izquierda.
—Por ahí. ¿Es usted poli?
—No. Busco a alguien. Una chica joven. Está en peligro.
Vaciló.
—Ahora que lo dice… sí. Oí a una chica pidiendo ayuda a gritos después de los disparos. Vino la policía, no encontraron nada y se largaron.
Entrecerró los ojos.
—Pasó corriendo por delante de mi puerta y subió por la escalera de incendios. Parecía asustada.
Seguí su gesto con la mirada. La escalera de incendios.
—¿Qué hay arriba? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—La azotea. ¿Dónde si no?
No le di las gracias. Ya estaba en movimiento, subiendo los escalones de dos en dos. Al llegar al octavo piso me ardían los pulmones, pero no me detuve. Dos pisos más y me estampé contra la puerta de hierro de la azotea.
Golpeé con el puño. —¡NORA! —Mi voz retumbó. El viento silbó por una rendija. Nada. —¡NORA!
Todavía nada. La rabia se desbordó. Mi mano se cerró sobre la Nighthawk.
—Atrás —le murmuré a Lucas.
Apunté la pistola a la cerradura. Mi dedo quedó en el aire. Entonces... un forcejeo. Una voz. Suave, quebrada.
—¿Colt? ¿Eres tú?
El alivio me golpeó con fuerza.
—¡Nora! —Bajé el arma.
—¿Viste mi mensaje? —Un sollozo le quebró la voz.
—¡Aléjate de la puerta. ¡Ahora!
Esperé a oír sus pasos, luego apreté el gatillo. Un disparo limpio. El acero cedió bajo mi hombro.
El viento frío de la azotea me azotó. Nada de eso importaba. Ella estaba allí... cabello castaño en un moño despeinado, mejillas surcadas de lágrimas, vestida de negro como una vigilante imprudente.
—¡Colt! —gritó, tropezando hacia mí.
El alivio me golpeó tan fuerte que casi se me doblaron las rodillas. La atrapé; ella me rodeó el cuello con los brazos, el cuerpo sacudido por los sollozos.
Y por una fracción de segundo, mi cuerpo me traicionó. El deseo surgió, crudo e innegable.
No debería haber sido así. El sexo siempre había sido simple. Olvidable. Una forma de acallar el ruido.
Mi cabeza se llenó de un recuerdo que no había pedido...
una morena sin nombre de un bar en Praga.
Falda ajustada, sonrisa más afilada, sus manos sobre mí en cuanto cerré la puerta del hotel.
Recordaba el roce de los dientes cuando se arrodilló, los sonidos obscenos mientras me engullía, atragantándose para hacerme gemir.
Le agarré el pelo y usé su boca hasta derramarme; la satisfacción cruda y vacía me golpeó con fuerza.
Después, se subió encima de mí, las uñas arañándome el pecho mientras se hundía con fuerza.
Le agarré las caderas y la embestí, rápido, implacable, deseando que el alivio llegara pronto para poder irme.
Ella gritó, estremeciéndose a mi alrededor, pero lo único que sentí fue la tensión en mi cuerpo, a la espera de que terminara.
Empujé más fuerte, persiguiendo otro orgasmo solo para adormecerme, y cuando por fin llegó, fue vacío.
Olvidable. Ni siquiera me quedé lo suficiente para preguntarle el nombre.
Eso era lo que yo era. Eso era todo lo que conocía. Lujuria. Liberación. Nada más.
Pero tener a Nora entre mis brazos, temblando contra mí, no se parecía en nada a eso. No era simple. No era olvidable. Y eso me aterraba.
—Lo siento —lloró contra mi pecho—. Solo quería... el portátil.
La aparté y le limpié las marcas húmedas de las mejillas.
—¿Estás herida?
Negó con la cabeza mientras las lágrimas le corrían por la cara.
—No. Solo... asustada. ¿Estás... enfadado conmigo?
¿Enfadado? Furioso. Pero en lugar de responder, le puse la chaqueta sobre los hombros.
—Ponte esto. No querrás resfriarte aquí arriba.
Me miró con ojos culpables. Aparté la mirada. Demasiado cerca de perder la cabeza.
La guie escaleras abajo sin apartar la mano de su espalda. El alivio dio paso a la ira, que hervía a fuego lento. Había desobedecido. Lo había arriesgado todo.
Podrías haber muerto.
Se mantuvo cerca, como si no confiara en el silencio. Yo tampoco. El peso en mi pecho aumentaba con cada paso.
—¿Colt? —susurró en el rellano del cuarto piso—. Por favor... di algo.
Me giré. Sus ojos color avellana atraparon los míos. Peligrosos. Irresistibles.
Me incliné antes de poder detenerme, lo bastante cerca para sentir su respiración entrecortada. Sus labios se entreabrieron. Mi mano se alzó por instinto y le rozó la mejilla. Suave. Se inclinó hacia mí, y durante un instante me ahogué en sus ojos.
Quería besarla... Dios, necesitaba hacerlo... pero el deber tiró de mí hacia atrás.
Bajé la mano. El dolor, agudo.
—Hablaremos cuando estemos en casa —dije con voz fría. Luego me di la vuelta y seguí caminando, dejándola sin aliento en el rellano.
Y no me atreví a mirar atrás. Porque si lo hacía, no estaba seguro de poder controlarme.